lunes, 18 de octubre de 2010

Charlie Allnut (Humphrey Bogart, La reina de África)

Rose acaba de descubrir por fin cómo se llama el señor Allnut.  

Cuenta John Huston en sus “Memorias” que a Humphrey Bogart no le gustaba ni África ni la caza ni su personaje. En los descansos del rodaje de “La reina de África” (“The African Queen”, 1951) se sentaba junto al equipo con una copa en la mano a contar historias. No se quejaba, pero tampoco entendía por qué una película no se podía rodar entera en los estudios de Londres, donde la vida nocturna tenía más sentido para él y para su 'Betty', Lauren Bacall.
Bogart encarnó a Charlie Allnut guiado al principio por el director, que le enseñó a entender a su personaje. Huston quería un Allnut débil de carácter, descuidado, absurdo y valiente, y el actor tardó un poco en saber cuándo tenía que mostrar debilidad y valentía o cuándo había que ser absurdo y descuidado. En el momento en que Bogart captó la esencia del papel, le quedó una interpretación prodigiosa. Fue como si le hubieran quitado la mítica y genial máscara de “Bogie” (la que muestra en “Casablanca”, “Los violentos años 20”, “El sueño eterno”, “El último refugio” o “El halcón maltés”), y debajo hubiera aparecido simplemente un actor. Un grandísimo actor.
Charlie Allnut es uno de mis personajes preferidos de la pantalla quizá porque lo descubrí tarde, cuando creía que Bogart ya no podía hacer más que de Bogart. Su sentido del humor, su fragilidad y su simpleza para entender la vida son reveladores. En su primera aparición lo vemos sentado en su barco, riendo como un niño, bebiendo y fumando mientras un nativo le abanica. Hace sonar la sirena para anunciar al poblado su llegada; cuando tira su cigarro al suelo, varios hombres se lanzan a por él y Allnut se echa a reír. Su existencia parece estar llena de esos pequeños detalles insustanciales.
La escena del té con Rose (Katherine Hepburn) y el reverendo Samuel Sayer (Robert Morley) resulta cómica porque la interpreta él, y no Jack Lemmon o Bob Hope. "Vaya con mis tripas, me rugen como si tuviera dentro una hiena", se le ocurre decir mientras sus dos anfitriones procuran cambiar de conversación.
Nuestro personaje es un ser despreocupado que transporta todo tipo de mercancías por el río Ulanga. Ha estallado la Primera Guerra Mundial, pero a él sólo le interesa su barco, The African Queen, y sus botellas de ginebra. Exactamente no es un vago, pero tiene que darle patadas a la caldera para que no explote, porque no ha sido capaz de desmontar la válvula de seguridad donde se encuentra atascado un destornillador que cayó por descuido. "Pienso hacerlo cualquier día de estos".
Su estilo de vida sufrirá una brusca sacudida cuando, tras la muerte del reverendo, se lleve consigo río abajo a la remilgada hermana de éste, Rose, una puritana que se escandaliza en silencio con frecuencia y que se muestra  inflexible con el sentido del deber. Ha decidido llegar hasta el lago Victoria para hundir el buque cañonero alemán Louisa y pretende utilizar para ello el African Queen. Sólo hace falta fabricar torpedos.
Allnut se rasca la oreja izquierda cuando algo le disgusta o no comprende; es su manera de expresar fastidio ante aquella extraña mujer que le está complicando la vida. Pero él es débil de carácter y se deja dominar. En vez de negarse rotundamente, confía en que ella misma se dará cuenta de que es una misión casi imposible llegar hasta el lago.

- ¿Echa de menos su país?
- Sí, sobre todo las tardes del domingo: la paz, la tranquilidad...
- Yo las tardes de los domingos las pasaba durmiendo la mona.

Sólo borracho es capaz de plantarle cara a Rose y decirle exactamente lo que piensa de ella. "La traje conmigo porque me dio pena tras lo de su hermano. ¡Pero ya no me da lástima, escuálida solterona cantante de salmos!", le suelta cuando explota. Y acto seguido, tambaleándose, se aleja muy digno para ponerse a cantar una absurda canción sobre un viejo marinero. Es muy difícil hacer mejor esa gran escena.

Allnut, borracho, a punto de explotar.
A la mañana siguiente, cuando se despierta con un espantoso dolor de cabeza, observa con horror cómo la odiosa mujer le está vaciando una por una todas las botellas de ginebra que guarda en el barco. Pero eso no es lo peor para él: lo que no soporta en realidad es que ella no le dirija la palabra. Se ha afeitado por fin, se ha puesto su mejor pañuelo al cuello, pero Rose no le habla. No levanta su vista de la Biblia. Está ofendida no tanto por la borrachera, sino porque él faltó a su promesa de llegar al lago. Y Charlie prefiere cumplirla antes que soportar esa tensión de silencio que ella le impone.
A estas alturas hay que dejar bien claro que, sin Katherine Hepburn, la gran actuación de Bogart no sería lo mismo. El señor Allnut es un gran papel porque el de Rose Sayer también lo es y ambos llevan el peso completo de la película. Desde el punto de vista interpretativo, el equilibrio es perfecto. Ambos componen una de las escenas más maravillosas de la historia del cine: eufóricos tras haber superado el paso del fuerte alemán Shona y los primeros rápidos, se abrazan, dan hurras, el sombrero de ella sale lanzado por los aires y, sin quererlo, sus labios se juntan. Cuando se separan y comprenden qué les está ocurriendo, los personajes ya no vuelven a ser los mismos.

Maravillosa escena.
El señor Allnut pasa a llamarse Charlie y se convierte en un tipo responsable, decidido y valiente. Ahora ya no tiene miedo a bajar por el Ulanga (que les depara todavía un terrorífico salto de agua) ni ve obstáculos para atacar al cañonero alemán. A Rosie la colma de atenciones y le hace reír con sus bromas. Es un hombre nuevo que resuelve los problemas que surgen: la hélice, el tortuoso camino hacia el lago, la fabricación de los torpedos... y ya no necesita la ginebra para afrontarlos.
En su libro-diario "El rodaje de La reina de África", Katherine Hepburn se deshizo en elogios hacia Bogart: era un actor muy profesional, que se sabía los diálogos y tenía una estricta puntualidad para todo. La actriz recuerda que bebía tanto como John Huston, aunque sólo era provocador con las personas que él consideraba falsas. Sufrió mucho para meterse bajo el agua a reparar la hélice del barco (en una cisterna de agua muy fría en los estudios de Londres) y se portó como el Bogart que era cuando le colocaron las sanguijuelas en el cuerpo.
Del desenlace de "La reina de África" me quedo con el cruce de miradas de Rosie y Charlie cuando les van a ahorcar juntos; de repente, él se adelanta al capitán del Louisa y le pide un favor, que los case. El perfecto toque de romanticismo anula el momento trágico que están viviendo: "Por la autoridad otorgada por Guillermo II, los declaro marido y mujer. Procedan a la ejecución", dice el capitán alemán con solemnidad.
Humphrey Bogart ganó el único Oscar de su carrera por el papel de Charlie Allnut con todo merecimiento. La Hepburn fue superada por Vivien Leigh (maravillosa Blanche DuBois) en la gala. Lo sorprendente es que una de las obras maestras del cine, como es "La reina de África", ni siquiera fuera nominada.



viernes, 15 de octubre de 2010

Eloise Kelly (Ava Gardner, Mogambo)

Victor Marswell, aturdido ante la belleza de Kelly.

Es posible que Eloise “Honey Bear” Kelly no sea el mejor papel que ha protagonizado Ava Gardner en su vida. Algunos destacan a Maxine (“La noche de la iguana”), otros ensalzan su María Vargas, la gitana de “La condesa descalza”, e incluso hay quien prefiere la Pandora Reynolds de “Pandora y el holandés errante”. Admito cualquier sugerencia al respecto porque Ava transmitía sensualidad y arte en muchos de sus personajes. Pero lo que, a mi juicio, diferencia a miss Kelly de las demás es que condensa las conocidas virtudes de la actriz (belleza superlativa y carácter, sobre todo) y aporta un sentido del humor corrosivo y mordaz como pocas veces había visto en un personaje femenino. En fin, que además de enamorarte de ella, sería una compañera ideal para ir de juerga.
El personaje de Eloise Kelly en “Mogambo” (1953) es espléndido, sincero y divertido, con un carácter y una presencia que iluminan la pantalla. En alguna ocasión hemos podido leer, en referencia a su pasado, que se trata de una buscavidas e incluso de una prostituta: Retrógrada manera de catalogar a una mujer independiente y que disfruta de la vida sin ataduras de ninguna clase. Incluso aunque ella hará las paces con Dios (las hondas raíces católicas de John Ford tuvieron mucho que ver con la significativa escena de la confesión), no necesitamos ninguna referencia sobre su pasado para juzgarla o para quererla. “Ni tú ni nadie volverá a darme un chapuzón para ponerme a secar”, le dice a Victor.
Tampoco necesita sus referencias Victor Marswell (Clark Gable), que es un tipo parecido a ella: independiente, solitario, algo cínico y sin prejuicios. Aunque muestra ciertos reparos ante la posibilidad de enamorarse de Kelly, entendemos que, simplemente, busca la aventura amorosa como pasatiempo y sin compromisos serios.
La presentación de Kelly en la pantalla es elocuente, dice mucho de quién es y de cómo actúa. Desnuda bajo una ducha improvisada, pero convenientemente tapada a los ojos de Marswell, le aclara que ha llegado de Nueva York para citarse con un tal maharajá de Dunganore e irse de safari. Al principio, el campamento del cazador le parece un lugar inmundo; y Victor la desprecia: “Es una de esas actrices baratas de cabaret; no hay una pizca de honestidad en ella”.
Kelly posee una sana ignorancia; no tiene estudios y hasta confunde a un rinoceronte con un canguro. Pero su simpatía, su sinceridad y su enorme vitalidad cautivan a Marswell y a su ayudante Brown (Philip Stainton).

- Kelly, me cae usted bien. ¿Le apetece un trago?
- Sí, me encantaría.
- Lo siento, no hay hielo.
- Me alegro, el hielo a mí se me sube a la cabeza.


La semana idílica, durante la cual ambos disfrutan de un apacible romance, acaba de manera brusca. Marswell le anuncia de golpe que el barco ha regresado y que ya se puede marchar. Además llega el matrimonio de
Donald (Donald Sinden) y Linda Nordley (Grace Kelly), y miss Kelly estorba. Ella se siente herida, todavía más cuando Victor le ofrece dinero para su vuelta a Nueva York. No obstante, el barco sufre una avería y tiene que regresar al campamento para quedarse durante varias semanas más.
Linda y Eloise chocan desde el primer momento: una es delicada, dramática, fina y un tanto empalagosa; la otra es espontánea, extremadamente sincera, algo vulgar y sin escrúpulos para tratar cualquier asunto, de mujeres o de hombres.
“Vaya chavala la rubia, es estupenda; es de esas a quienes los hombres les dais los planos de la mina”, le suelta al aturdido Victor cuando empieza a sospechar que existe una atracción salvaje entre ambos.

Kelly, sufriendo por Marswell.
Kelly utiliza el humor para ocultar sus celos, pero sufrirá un brusco cambio cuando, de camino al territorio de los gorilas, se encuentre con un sacerdote en una tribu. Después de confesarse, aparece una mujer transformada: seria, trascendental, amable y profunda. Consciente de que la relación entre Linda y Victor puede arruinar el matrimonio de la joven, le previene con honestidad: “Victor es una boa constrictor en forma humana”.
Mientras padece en silencio el secreto idilio de los amantes, Eloise se sincera con su único apoyo, Brown, a quien le cuenta cuál es la cicatriz que oculta: la muerte de su joven esposo durante la Segunda Guerra Mundial le condujo a una vida alegre, de la que quiere huir definitivamente.
Ella ha cambiado, pero se siente impotente para atraer a Marswell. Sólo puede emplear el sarcasmo. Cuando Linda y Victor charlan sobre los conceptos de familia y de infidelidad entre animales, su paciencia explota: “Amigos, aguanto este paseo turístico por el zoo, pero si van a seguir haciendo streeptease mental para luego taparse con disculpitas, será mejor que les olvide”. El ingenio verbal de Kelly (a veces improvisaba la propia actriz) alcanza su punto álgido de humor cuando observa un elefante y no puede resistir la comparación con Victor: "¿Dónde he visto yo esas orejazas?", se pregunta. 
Cuando la relación amorosa se rompe, Kelly sabe actuar con absoluta solidaridad hacia ambos. Para salvar la reputación de Linda se inventa una historia que sólo deja mal al cazador. Éste vuelve a fijarse en esa mujer tan admirable que sabe sacrificarse para solucionar los problemas.
Para Eloise llega la hora de la despedida. Victor se descuelga con una propuesta de matrimonio, pero a ella no le parece suficiente. “Oye, camarada, tú y tus cambios de humor no me cubrirán de flores de azahar sólo porque llega el frío del invierno”, le dice al perplejo cazador. Será su última frase ingeniosa, pero su sonrisa, cuando se encuentra con la de Marswell, pone el punto de felicidad, forzado o no, que necesitaba la historia.

Curiosidades
-En el doblaje al castellano, el código de censura español obligó a cambiar los diálogos de “Mogambo” (significa “pasión” en idioma swahili) para evitar el adulterio en el argumento, por lo que  Donald y Linda pasaron a ser hermanos.
- Ava Gardner lo tuvo difícil porque la actriz no fue una elección del director, John Ford -éste quería a su favorita, Maureen O’Hara-, sino una imposición de la Metro Goldwyn Mayer, lo que irritó al cineasta. En los primeros días del rodaje de “Mogambo” (1953), Ford sólo le dirigía la palabra para despreciarla, ante el estupor de un Clark Gable que había coincidido con Ava en “Mercaderes de ilusiones” y “Estrella del destino”.
Frank y Ava.
- Tras unos cuantos días de tensión, de repente el maestro Ford le soltó: “Eres jodidamente buena”. Y ahí empezó una relación de respeto y cariño entre ambos. “Nunca me había sentido ni me volví a sentir más relajada y cómoda en un papel”, reveló la actriz en su autobiografía.
- Ava Gardner recibió la visita de su marido, entonces Frank Sinatra, durante la estancia en Kenia. Poco tiempo después sufrió un desmayo durante el rodaje. La actriz le confesó a John Ford que se había quedado embarazada. Pese a la insistencia del director, Ava decidió abortar cuando el equipo se trasladó a Londres.
- Al igual que en la ficción del filme, Clark Gable y Grace Kelly se enamoraron durante el rodaje. El idilio duró hasta que el rodaje pasó a Londres.
- La película es un nueva versión de “Tierra de pasión” (1932), de Victor Fleming, y está basada en una obra de Wilson Collison.
- Ava Gardner (mejor actriz principal) y Grace Kelly (mejor actriz de reparto) recibieron sendas nominaciones al Oscar, pero la estatuilla se la llevó la gran Audrey Hepburn por “Vacaciones en Roma”, de William Wyler.




miércoles, 13 de octubre de 2010

Amadeo (Pepe Isbert, El verdugo)


- Oye, oye. Calma, calma. Te lo he dicho veinte veces, llegará el indulto.
- ¡No, que no llega!
- Que no importa, es lo que pasa siempre. Ah, no olvides apretar la palomilla de la derecha, porque si no los hierros resbalarán en el palo.

Amadeo trata de tranquilizar a su desesperado yerno.

Amadeo es uno de esos personajes milagrosos del cine español que surgen de la inspiración del guionista, de la complicidad del director y del inmenso talento del intérprete. Pepe Isbert tenía 77 años cuando protagonizó “El verdugo” (1963). Seguía siendo en esencia un actor de reparto, pero Luis García Berlanga ya le había aupado diez años atrás al estrellato gracias a “¡Bienvenido, Mister Marshall!” (1953). A pesar de su físico, era un cómico de poderosa presencia en la pantalla y poseía un timbre de voz ronco e inconfundible, agravado (pero provechoso para el cine) por su cáncer de laringe.
El veterano verdugo de la película es un hombre cordial, bonachón y humilde que, después de tantos años, ya está acostumbrado a la soledad y al desprecio de los demás. Acaba de liquidar a un condenado y sale por la puerta tranquilo, saluda a los guardias sin obtener respuesta y coloca su bolsa de trabajo en la mesa donde uno de los vigilantes tiene el desayuno. El hombre le recrimina y él pide perdón. Luego intenta mantener una conversación sobre el tabaco que todos rehuyen. “Yo debería dejarlo por los bronquios, pero no tengo coraje”. Sorprendente falta de coraje para alguien que acaba de aplicar el garrote vil a un ser humano.
Por su plácida apariencia, en su maletín podría guardar un instrumento musical, deberes de los alumnos o las herramientas de un fontanero. No tiene remordimientos de conciencia por su oficio ni dinero para replantearse otra manera de ganarse la vida. “Si existe la pena de muerte, alguien tiene que aplicarla”, le cuenta a José Luis (Nino Manfredi), su futuro yerno y empleado en una funeraria.
Como carece de complejos de culpabilidad, se permite filosofar sobre su sórdida misión en la vida. “Me hacen reír los que dicen que el garrote es inhumano. ¿Qué es mejor? ¿La guillotina? ¿Usted cree que se puede enterrar a un hombre hecho pedazos?”. Ejecutar a un condenado no deja de ser, a su modo de ver, una ocupación inevitable, que asume con tranquilidad y resignación. Por eso, no tiene reparos en simular en el cuello de Álvarez, amigo de José Luis, cómo se coloca el garrote vil o en ponerse para la boda de su hija el mismo traje que utiliza para su trabajo. “¡Si está nuevo! Total, tres veces en cinco años”. Sin pretenderlo, la seriedad del personaje provoca momentos de comedia: Cuando Carmen le pregunta a su marido su talla y éste no la sabe, ella le pregunta a su padre, que tras una fugaz ojeada al cuello de su yerno, asegura con la profesionalidad del experto: “41”.

Los tres sueñan con el piso. 
Amadeo posee dignidad y sentido del honor. Cuando pilla a su hija Carmen (Emma Penella) con José Luis junto a una cama deshecha, reacciona como si le hubieran deshonrado. La promesa de boda lo arreglará todo y es cuando el espectador empieza a preguntarse si el buen hombre no estará controlando a su antojo la situación. Esta suposición queda más patente cuando, al borde de la jubilación, descubre que perderá el piso de protección oficial si no encuentra antes un remedio. Y la única solución es que su yerno herede su siniestra profesión.
Comienza así su agobiante presión hacia José Luis. Éste, incapaz de decir que no, irá aceptando todos los pasos que le marca su suegro, incluida la visita al señor Corcuera (la escena de la firma de libros es antológica) para que lo recomiende en el ministerio. Amadeo dirige la vida de su yerno con paciencia y maestría, siempre con la falsa garantía de que, llegado el hipotético caso de una ejecución, podrá dimitir.
Así ocurre finalmente. José Luis tiene que encargarse de un condenado a muerte en Palma de Mallorca y decide llevarse a la familia por si acaso necesita que Amadeo le reemplace en el momento justo. “No te preocupes, que lo indultan. Con la de viajes que he hecho en balde...”, le insiste el viejo verdugo, que actúa como un padre que lleva al hijo a la consulta del dentista con la improbable promesa de que no le quitará ninguna muela.
El desenlace, además de una magistral lección de cine (el plano del condenado que avanza sereno delante de su verdugo, que se tambalea, lo confirma) nos desvela las miserias humanas:
José Luis: - ¡No lo haré más, ¿entiende? ¡No lo haré más!
Amadeo: - Bah, eso mismo dije yo la primera vez. 

El verdugo se derrumba. Magistral plano que se inventó Berlanga.    

Curiosidades
- Nada más terminar el rodaje, Pepe Isbert fue operado de cáncer de laringe y perdió su voz. El director buscó a un imitador para que lo doblase en la post-producción, pero fatalmente se murió el candidato. Afortunadamente, el actor se recuperó y pudo doblar su voz.
- Luis García Berlanga quería José Luis López Vázquez para el papel de José Luis, pero los productores italianos de la película impusieron a Nino Manfredi.
- La elección de “El verdugo” para la sección oficial del Festival de Venecia provocó tensiones políticas. Sólo catorce días antes de la presentación de la película, murieron ejecutados los anarquistas Francisco Granados y Joaquín Delgado. Alfredo Sánchez-Bella, embajador español en Roma, salió indignado de la proyección previa y denunció el film como una conspiración antifranquista: no en vano a Franco se le llamaba en Europa ‘El Verdugo’.
- García Berlanga afirma que construyó la película a partir del plano final. La idea se le ocurrió gracias a un amigo abogado; éste le relató el caso de un verdugo que sufrió un ataque de nervios al tener que ejecutar en 1959 a Pilar Prades, conocida como ‘La Envenenadora de Valencia’.
- Emma Penella confesó que durante el rodaje de la película se le olvidaban a menudo los diálogos por la impresionante actuación de Pepe Isbert, que encandiló a todos.
- La censura española impuso diecisiete cortes al guión de Rafael Azcona y García Berlanga, que sufrió durante meses las iras de la administración franquista. 

Cecilia (Mia Farrow, La rosa púrpura de El Cairo)


Cecilia vive todos sus sueños en la sala del Cine Jewel.
"Señorita, veo que le encanta esta película" (Tom Baxter a Cecilia)

Woody Allen ha regalado a sus actrices un buen puñado de personajes fascinantes a lo largo de su carrera. Intérpretes como Dianne Wiest, Judy Davis, Mira Sorvino, Barbara Hershey, Anjelica Huston y, por supuesto, sus principales musas, Diane Keaton y Mia Farrow, han disfrutado de papeles inolvidables. Cecilia, la sufrida esposa y adorable cinéfila de “La rosa púrpura de El Cairo” (“The purple rose of Cairo”, 1985), es para mí el más memorable.
De todo el universo creativo de Woody Allen, Cecilia constituye uno de los personajes más cercanos a nuestra realidad mundana. Aunque es idealista, inocente y entusiasta, vive angustiada por la Gran Depresión americana, época de paro y miserias tras el “Crack del 29”, y por la actitud de su marido, Monk (Danny Aiello), un tipo vago, bebedor, mujeriego, autoritario y violento. Sus sueños de juventud se debieron desvanecer hace tiempo, pero ella los recupera en el Cine Jewel de una pequeña ciudad de New Jersey, donde se refugia para escapar de su realidad.

Cuando la vemos entrar en la sala con su amplia sonrisa intuimos que sólo allí encuentra la felicidad. Estamos en los años 30, una época en la que a nadie le importa cuál es el título de la película y qué actores salen. En esta ocasión toca “La rosa púrpura de El Cairo” y ella se queda maravillada al admirar los lujosos decorados y la presencia de Tom Baxter (Jeff Daniels), “poeta, aventurero y explorador, de los Baxter de Chicago”. 
Cecilia tampoco se encuentra a gusto en el trabajo de camarera que le ha encontrado su hermana (Stephanie Farrow, también hermana en la vida real); se despista con gran facilidad, desatiende a los clientes y de vez en cuando rompe algún plato. Que está más que harta de su vida es algo evidente: una noche encuentra a Monk en casa con una mujer y decide abandonarle, aunque regresará al toparse en la calle con una prostituta; a buen seguro, ese sería el único oficio que encontraría en medio de la crisis del país.
Al día siguiente, el dueño del restaurante la despide por su enésimo despiste y Cecilia se refugia en la sala de cine para contemplar una y otra vez el pase de “La rosa púrpura de El Cairo”. Se sienta en una butaca con la mirada perdida y la mente en su mundo real, pero la fascinante historia de la pantalla vuelve a cautivarla.
Asistimos entonces a un momento mágico, a una de las escenas más maravillosas de la historia del cine: Tom Baxter cobra vida, se salta el guión, abandona la pantalla y se lleva del brazo a su fiel espectadora, incapaz de reaccionar ante la fantástica situación que está viviendo. "Señorita, veo que le encanta esta película", le dice antes de traspasar el umbral de la ficción. 
Cecilia pasa del asombro absoluto a la felicidad. Por primera vez en su vida se siente querida; por primera vez en su vida le ocurre algo extraordinario. Su idealizado personaje le declara su amor mientras ambos huyen del Cine Jewel para ocultarse en la ciudad.
La rutina, la angustia y el hastío desaparecen de su vida en un instante. Por la noche tiene su primera cita con Tom en un restaurante de lujo. Aunque nada sale como pretenden (el dinero del personaje es tan ficticio como él), ambos están alcanzando la felicidad más completa que podían soñar. A los dos les une la inocencia, el deseo de conocer mundo y el ansia por liberarse de su esclava existencia. Cecilia recibe su primer beso de amor y él se queda admirado al comprobar que no hay fundido en negro después de una escena de pasión. “¡Fascinante! ¿Así que hacéis el amor sin fundido?”.

A Tom le maravilla poder hacer el amor sin fundido en negro.

La increíble fuga de Tom Baxter ha provocado un revuelo sin precedentes y a la pequeña ciudad acuden periodistas, gente del mundo del cine y, entre otros, Gil Sheperd (Jeff Daniels), el actor que le encarna. Cecilia tropieza con él y se emociona al descubrir que está hablando con un actor de Hollywood; para ella es un acontecimiento único, tan inverosímil y sorprendente en su oscuro mundo como besar a un personaje de ficción.

“Estoy casada, acabo de conocer a un hombre maravilloso; no es un ser real, claro que todo no se puede tener”

La frágil y abnegada esposa de Monk se siente aturdida cuando Gil Sheperd le declara también su amor. El actor le invita a entrar en su fascinante vida de glamour, lujo, viajes y estrellas de cine. Es lo que siempre ha soñado. “¿Recuerda cuando me dijo que tengo un brillo mágico? Pues la que lo tiene es usted”, le dice Gil.

Cecilia conoce a Gil Sheperd.
De nada le sirve a Tom Baxter introducirla en la pantalla para conocer cómo es de perfecta la ficción. Allí nadie te defrauda, todo el mundo es consecuente y no hay que preocuparse ni por el desempleo ni por los maridos que beben demasiado y maltratan a sus mujeres.
Pero Cecilia ha decidido elegir su propio mundo y rechaza la perfección. También rechaza a Monk, quien vuelve a advertirle acerca de sus frustrados sueños: “¡Esto es la vida real, no es como el cine! ¡Es la vida real! ¡Volverás!”, le grita.
La vida real es cruel y traicionera. Gil Sheperd se ha marchado sin esperarla y ella se queda abatida, completamente desolada ante la puerta del Cine Jewel, su refugio. El actor vuela rumbo a Hollywood y en su mirada se aprecia el remordimiento por lo que acaba de hacer: Ha preferido engañar a una mujer llena de ilusiones y de inocencia para poder salvar su carrera profesional.
Dentro del cine suena una canción maravillosa, “Cheek to cheek”, y el rostro de ella se transforma. Cuando olvida su frustración y mira a la pantalla, sus ojos se iluminan al ver bailar a Fred Astaire y Ginger Rogers. La vida real es un círculo para Cecilia: se desmorona, sufre y se ilusiona permanentemente... aunque sólo sea en una sala de cine.

¿La mejor película de Woody Allen?
 Siempre que le han preguntado sobre su mejor película, Woody Allen ha respondido lo mismo: “La rosa púrpura de El Cairo”. El director neoyorquino maravilló en 1985 a críticos y aficionados con esta ingeniosa, divertida y bellísima historia sobre el cine. Desde esa fecha, este film ha sido convenientemente analizado por estudiosos del cine, e incluso por filósofos, desde todos los puntos de vista posibles.
La película no ganó ningún Oscar (ni a Mia Farrow ni al mejor guión original), pero sí triunfó en el Festival de Cannes, donde conquistó el premio de la Crítica. La revista "Time Magazine" la incluye en su lista de las 100 mejores películas de todos los tiempos. Para Woody Allen, se trata de una de las pocas películas en las que el resultado final se ajustó a lo que tenía previsto hacer. Uno de sus aciertos fue rechazar a Michael Keaton y apostar por Jeff Daniels. Pero especialmente se mostró inflexible ante las sugerencias para cambiar el final. El director no cedió ni un ápice porque, a su juicio, la película no tendría sentido sin ese desenlace.
 

sábado, 9 de octubre de 2010

Bill El Carnicero (Daniel Day-Lewis, Gangs of New York)

Daniel Day-Lewis es un actor único e inclasificable. Sólo se parece a sí mismo. Cualquiera de sus papeles, desde el Christy Brown de “Mi pie izquierdo” (1989) hasta el Daniel Plainview de “Pozos de ambición” (2007), constituye una revelación para el aficionado. Quienes seguimos su intermitente carrera con auténtica devoción no fuimos a ver “Gangs of New York” (2002) por Martin Scorsese, sino por este extraordinario actor, que regresaba a la pantalla después de cinco años ausente.

Bill, junto a Amsterdam y parte de su banda.

Bill ‘el Carnicero’ (William ‘the Butcher’ Cutting) es un personaje que queda grabado en nuestra retina desde su aparición, cuando la cámara se acerca a su extravagante figura: es un dandy con chistera alargada, pantalones a rayas y paños de colores. En su rostro, ávido de sangre, hay un ojo de cristal; en sus manos, cuchillos de carnicero que utiliza con maestría; y en sus labios, un desafío: “¡Que el Señor de los Cristianos guíe mi mano contra vuestro Papísimo romano!”, le grita al sacerdote Vallon.

Bill asesta el golpe mortal a Vallon.
Ambos son los respectivos líderes de los Nativos y los Conejos Muertos y luchan por el control de Five Points, uno de los puntos estratégicos de Nueva York. Bill mata a Vallon (Liam Neeson) delante de su hijo Amsterdam, pero no permite que nadie toque su cuerpo. Siente hacia él un respeto profundo, por su fortaleza, su integridad y su concepto del honor, aunque sea opuesto al suyo. Ha sido su mejor rival, alguien que respetaba las viejas normas y el único que podía haberle dado una muerte digna. “Orejas y narices serán los trofeos del día, ¡pero que ninguna mano le toque a él! ¡Que ninguno de vosotros le toque! Él cruzará entero, con honor”.
Estamos a mediados del siglo XIX y Bill controla los bajos fondos de la ciudad. Domina a los mendigos, a los ladrones, a las prostitutas, a los chinos, a los policías, a los políticos corruptos... De todos ellos obtiene beneficio. Es fanático, ultrapatriota y xenófobo. Odia a los irlandeses y a los negros tanto como desprecia a los traidores, a quienes bajan la mirada y a los que no van de frente, como el hombre que le dispara en el teatro. Cuando recibe el balazo, grita más de rabia por la cobardía de su ejecutor que de dolor por la herida.
Amsterdam (Leonardo Di Caprio) regresa a la ciudad dieciséis años después y Bill no tardará en apreciar en él las cualidades que más admira; poco a poco lo irá tratando como a su propio hijo, sin saber que se trata del primogénito de su respetado enemigo. Con él será cariñoso, confidente y protector y le permitirá que se líe con Jenny (Cameron Diaz); a los demás les brinda cinismo, crueldad, tiranía y un sentido del humor hiriente y a veces macabro.

“Tengo 47 años, ¿y sabes cómo me he mantenido vivo tanto tiempo, todos estos años? Miedo... el espectáculo de actos terribles. Si alguien me roba, le corto las manos; si me insulta, le corto la lengua; si se rebela contra mí, clavo su cabeza en una estaca, y la pongo bien alta, para que puedan verla todos. Eso es lo que mantiene el orden de las cosas: el miedo”

Cuando descubre su verdadera identidad, Bill le pierde el respeto a Amsterdam. El hijo de su admirado adversario es tan traidor como el hombre que atentó contra él y no va a tenerle ninguna consideración. “No se ha ganado la muerte, no se ha ganado que le mate con mis propias manos”, grita después de dejarle malherido y de humillarle delante de todos.
A estas alturas de la película queda claro que el personaje de Bill es el más trabajado y rico de todos. Los detalles brillantes de la interpretación son numerosos: la conversación con Amsterdam en su habitación, en la que aparece ataviado con una bandera americana, es soberbia; en la brutal escena de la muerte de Monk (Brendan Gleeson), Bill se queda quieto delante de él, impaciente y silencioso ante la lección de democracia que le ofrece su adversario político; de repente, lanza un elocuente suspiro de hastío y sube las escaleras para matarlo: él no cree en la democracia, soluciona los problemas con remedios primitivos.

Patriota hasta el fin.
En otra escena insignificante, Amsterdam se le acerca para retarle a un duelo entre bandas. Bill está fumando su pipa, se la quita de los labios lo justo para decir “Acepto el desafío” y vuelve a dejarla colgando de su boca. Posee una elegancia notable. Son los detalles casi inapreciables los que hacen grande a un personaje y Daniel Day-Lewis los trabajó al máximo.
Amsterdam culmina su venganza en medio del caos que se origina por las revueltas y la intervención del ejército por las calles. Bill se ha clavado un cuchillo y va a morir. Acepta su destino. “Gracias a Dios, muero como un auténtico norteamericano”, son sus últimas palabras. Quizá por acelerar su fin, como hizo con su padre, o por el afán de matarlo con sus propias manos, se abalanza sobre él y le propina el golpe de gracia. El joven le entierra junto a la tumba del sacerdote Vallon, como un tributo de respeto.

Curiosidades:
- “Gangs of New York” está escrita a partir del libro “The Gangs of New York: An Informal History of the Underworld” (1928) del periodista y escritor estadounidense, Herbert Asbury (1889-1963).
- Muchos de los personajes que aparecen en la película, incluido el de William ‘The Butcher’ Cutting (Bill El Carnicero), están basados en personajes reales. Concretamente Bill era William ‘The Butcher’ Poole y murió acribillado por un policía.
- Todos los actores de la película tuvieron que pasar por un cásting, excepto Daniel Day-Lewis, ya que ese papel era “suyo” desde que Scorsese se le ofreciera tras filmar ambos “La edad de la inocencia” (1993).
- El actor había abandonado el cine tras bordar su papel de Danny Flynn en “The boxer” (1997) y se había refugiado en Italia a vivir. Regresó cuando Scorsese le anunció que iba a acometer por fin el viejo proyecto. En realidad, ya en 1977 se especulaba con el rodaje de “Gangs of New York”.
- La implicación y capacidad de trabajo de Day-Lewis en la película fueron tales que en los descansos del rodaje no se dirigía a sus compañeros por sus nombres verdaderos sino por los de sus personajes.

viernes, 8 de octubre de 2010

Cabiria (Giulietta Masina, Las noches de Cabiria)

Cuando veo “Las noches de Cabiria” (“Le notti di Cabiria”, 1957) se me ocurre la frase que Melvin (Jack Nicholson) le lanza a Carol (Helen Hunt) en la película “Mejor... imposible” (1997): “Tú haces que quiera ser mejor persona”. Eso es lo que me inspira la infeliz pero adorable Maria Ceccarelli, alias “Cabiria”, un personaje siempre abocado a la tragedia, una “pequeña criatura que quiere dar amor y que vive por amor”, como explicó el director de la película, Federico Fellini.
Cabiria, a quien da vida Giulietta Masina, es una prostituta de los bajos fondos de Roma. Sus fracasados intentos por cambiar de vida no han logrado doblegar ni su ánimo ni su alegre vitalidad. Lo observamos desde el comienzo de la película, cuando su supuesto novio intenta asesinarla en el río para quedarse con su dinero. La forma con que afronta la tragedia, la rabia que siente y la discusión tan infantil que mantiene con su amiga Wanda (Franca Marzi) nos permiten deducir que es uno más de los muchos desengaños amorosos que ha sufrido.

Cabiria, orgullosa y vitalista.

Pero ella está acostumbrada a levantarse de inmediato tras una caída. Es divertida, soñadora, ocurrente y muy, muy orgullosa. “¡Yo no soy ninguna soplona!”, grita con su mirada altiva a quien quiera oírla cuando Wanda le sugiere que denuncie a su novio. Sola, por la noche, Fellini nos muestra su soberbia, su dolor, su tristeza y su rabia en apenas dos minutos magistrales.
Más tarde, cuando acude al lugar de encuentro con las demás prostitutas, su cuerpo se deja llevar por el sonido de un mambo con una comicidad que nos recuerda a Chaplin. Ha asimilado ya la tragedia, la vida continúa para ella.
“Las noches de Cabiria” se estructura en pequeños episodios, cada uno con una fuerza propia. En la lujosa zona de Vía Veneto conoce al famoso actor Alberto Lazzari (Amedeo Nazzari), una especie de Errol Flynn de vuelta de todo. Siempre orgullosa, le acompaña a un club nocturno donde damas sofisticadas y estiradas la estudian con altivez. Ella, como no podía ser de otra manera, les devuelve la mirada como si fuera la princesa de un cuento de hadas y, de nuevo al sonido del mambo, no puede evitar bailar con su cómico desenfado.

“¿Qué se ha creído usted? Yo tengo mi casa, con agua, luz y hornillo de petróleo, con todas las comodidades, no me falta de nada. Tengo hasta termómetro”

El episodio de la Virgen del Divino Amor es mucho más revelador. Cabiria se arrastra con devoción desesperada hacia ese mercado felliniano de iconos religiosos, sacerdotes exaltados y fieles al borde del colapso. “Virgencita mía, haz que cambie de vida. Concédeme esa gracia”, repite. Pero la devoción deja paso a la frustración: “¡No hemos cambiado! ¡No hemos cambiado ninguna! Seguimos siendo lo mismo”, les grita a sus compañeras.
La verdadera Cabiria, la María que se esconde tras la apariencia de una prostituta, la encontramos en la espléndida escena de la sesión de hipnotismo, a la que acude movida por la curiosidad y el aburrimiento. Bajo los efectos de la hipnosis descubrimos a una mujer llena de dulzura y delicadeza, que se deja seducir por un imaginario hombre llamado Óscar. “¿Entonces es verdad, me quiere usted? ¿Habla de veras? ¿No trata de engañarme? ¿Me quiere usted de verdad?”.
Tras la sesión aparece Óscar D’Onofrio (François Périer), un individuo a quien la actuación de Cabiria ha conmovido. Ella recela al principio, pero su galantería y su respeto acabarán por ilusionarle y empieza a creer que ha encontrado el amor que busca. Cuando Óscar le pide en matrimonio no tarda en contárselo a Wanda y en vender su casa y todas sus pertenencias para marcharse con él.

Cabiria vuelve a sonreír.

Quien no haya visto aún la película quizás no debería leer esto, porque hablar de “Las noches de Cabiria” sin mencionar el bellísimo y emotivo final no tiene sentido. El momento en que ella descubre las verdaderas intenciones de su supuesto amado nos deja un nudo en la garganta: no se puede interpretar mejor. De la euforia pasa a la desolación al ver el rostro desencajado y sudoroso de aquel miserable que va a romperle el corazón. “¡Mátame, mátame por favor! ¡Tírame al agua, ya no quiero vivir!”, repite en la sobrecogedora escena. 
Hundida y humillada una vez más, regresa de noche. Varios jóvenes que cantan y ríen con franca felicidad le abordan por el camino. Estamos ante uno de los más conmovedores finales de la historia del cine. La mágica música de Nino Rota y la increíble mirada de Giulietta Masina me reafirman en lo dicho al principio: Ella hace que quiera ser mejor persona.

(Aviso: Este video es el final de la película, abstenerse aquellos que no la hayan visto todavía)



jueves, 7 de octubre de 2010

Sefton

 (William Holden, "Traidor en el infierno")

Cartel promocional de la película.

El sargento J.J. Sefton es uno de los personajes más singulares y soberbios que ha dado el  cine de la II Guerra Mundial. Cínico, individualista y despreocupado, lamenta estar en un campo de concentración alemán, pero desprecia a los que van de héroes por la vida. Él ha decidido adaptarse al drama diario y vivir lo mejor posible. Su único compromiso es la supervivencia. No mueve ni un dedo para alcanzar la libertad ni para complicarle la vida a los nazis, porque de ellos obtiene lo que necesita. Su conducta provoca un ambiente de hostilidad en su contra que se agrava cuando los prisioneros del barracón comienzan a tener la certeza de que existe un traidor entre ellos.

“Yo no molesto a nadie. Vosotros podéis ser héroes, de esos que ponen el pecho ante las balas. Yo vivo aquí muy bien y procuraré estar lo más cómodo que pueda. Si tengo que comerciar con el enemigo para procurarme comida y un colchón mejor, lo haré cien veces”

“Traidor en el infierno" (“Stalag 17”, 1953), de Billy Wilder, es la primera gran película sobre campos de concentración, precedente de otra joya de este subgénero, “La gran evasión”. El director, un maestro en la composición de excelentes personajes, dibujó a Sefton a la medida de William Holden, quien en posteriores trabajos (“El puente sobre el río Kwai”, “Sabrina” o “Picnic”, por ejemplo) dejó algunas huellas de este cínico sargento.
Sefton utiliza los cigarrillos como moneda de cambio con los nazis para obtener puros, buen vino, café, huevos o cualquier artilugio que le permita conseguir más cigarrillos, ya sea un telescopio para observar a las prisioneras rusas o una máquina de destilería para transformar las mondas de patatas en aguardiente. Si estuviera en el frente sería como el Nicholas Holden (Tony Curtis) de “Operación Pacífico”, el soldado Kelly (Clint Eastwood) de “Los violentos de Kelly” o el soldado Corby (Bobby Darin) de “Comando”, personajes que, posiblemente, tomaron a Sefton como referencia.




Su clase social parece clara: Sefton está habituado a luchar para sobrevivir. Debió sufrir una dura infancia y la necesidad le obligó a espabilar para salir adelante en la vida. Por eso no es extraño que trate con desdén al teniente Dunbar, un oficial millonario que llega al campo tras haber realizado una acción de sabotaje. Y quizá por eso también los conceptos de honor, patriotismo y heroísmo no van con él.
Tampoco se arruga ante nadie, ni siquiera frente al agresivo Duke (Neville Brand), con quien mantiene a menudo un abierto enfrentamiento. Sabe que existe una gran hostilidad hacia él, pero lo afronta con sentido del humor y con mucha valentía, sobre todo al recibir la paliza de sus compañeros: “¿Por qué no lo hacéis uno a uno, cobardes?”, les grita a sus compañeros cuando le atacan.
Sefton es inteligente y tiene paciencia, virtudes que le permitirán descubrir primero cuál es el ingenioso sistema de comunicación que mantiene el auténtico traidor con los nazis; posteriormente averiguará su identidad. La escena en que revela a sus compañeros la verdad resulta sorprendente, emocionante, antológica. Aquí, por supuesto, no la voy a desvelar.
Ni siquiera cuando le toca jugar a ser héroe lo hace por convencimiento, por cuestión de honor, orgullo o por compromiso, sino por la recompensa que la familia del teniente Dunbar le podría pagar al devolver al millonario a su hogar. Aunque algo nos dice que, en el fondo, Sefton acabará estando muy orgulloso de su hazaña.

- Por cierto, ¿cuándo fue lo de Pearl Harbor?

- El 7 de diciembre del 41.
- ¿A qué hora?
- A las ocho. Yo estaba cenando.

- Las ocho en Berlín, en Cleveland era mediodía.

Price, Sefton, Duke y Hoffman. 

Curiosidades

- La acción de “Traidor en el infierno” transcurre en el campo de concentración Stalag 17, situado en Alemania, cerca del Danubio, durante los días 24 a 26 de diciembre de 1944. El narrador es Clarence Harvey Cook, “Cooky” (Gil Stratton), servil ayudante de Sefton.
- La película está basada en la obra de Broadway de Donald Bevan y Edmund Trzcinski, antiguos prisioneros de guerra en el Stalag 17B de Austria. Trzcinski aparece en la película como actor en un breve papel.
- Billy Wilder aseguró en el libro “Nadie es perfecto” (Wilder y Karasek), que dejó de trabajar para la Paramount tras recibir una propuesta que le disgustó: convertir al traidor en un polaco para que el público alemán aceptara mejor la película.
And the winner was...
- William Holden le pidió a Billy Wilder que introdujera alguna línea de diálogo para dejar claro que odiaba a los nazis. El genial director se negó en redondo a cambiar ni una sola frase del guión. Y eso que si alguien odiaba a los nazis era precisamente Wilder, que había sufrido la muerte de varios familiares tras su fuga de Alemania.- La excelente interpretación de William Holden en la película le valió el único Oscar de su carrera, superando a cuatro grandes estrellas: Marlon Brando (“Julio César”), Richard Burton (“La túnica sagrada”), Montgomery Clift  y Burt Lancaster (“De aquí a la eternidad”). Holden hubiera preferido recibirlo años atrás por su Joe Gillis de "El crepúsculo de los dioses".
- Aunque la película obtuvo un buen recibimiento en general, algunas críticas lamentaron que un tema tan dramático como era el de los campos de concentración se tratara con un elevado tono de comedia en el film de Billy Wilder. Era la época álgida de la “caza de brujas” en Hollywood y Estados Unidos se hallaba inmerso todavía en la guerra de Corea.