viernes, 10 de diciembre de 2010

James Bond

(Sean Connery, "Goldfinger")

Bond, con una copa del mejor coñac en sus manos.

- ¿Por qué lleva siempre pistola?
- Tengo un ligero complejo de inferioridad.

Se suele considerar a "James Bond contra Goldfinger" ("Goldfinger", 1964) como la mejor película de la inagotable saga del agente 007. "Bondólogos", críticos de cine e incluso diseccionadores escépticos del personaje coinciden en señalar este film como el más completo y de mayor calidad de los 22 oficiales ("Nunca digas nunca jamás", de 1983, surgió al margen de la productora) que se han realizado hasta 2008. Incluso el público de la época recibió "Goldfinger" con un entusiasmo ilimitado, sin precedentes ni comparación posible con otras entregas posteriores.
Aunque me he acostumbrado a tratar las películas de James Bond como un todo inseparable (hay escenas, diálogos, artilugios y personajes muy brillantes en cada una de ellas), reconozco que, si tuviera que elegir una, sería ésta, entre otras razones porque marca el patrón de estilo para casi todas las demás, un molde que, por reiterativo que resulte, siempre nos ha fascinado a la mayoría de incondicionales de 007.
En "Goldfinger" por fin adquiere más protagonismo el personaje de Q (Desmond Llewelyn), con declarada antipatía hacia el héroe; la escena de coqueteo entre Bond (Sean Connery) y Monypenny (Lois Maxwell) alcanza entidad propia y será un sello más para las escenas iniciales de las siguientes aventuras; se introduce el afortunado "teaser" (secuencia inicial diferente a la trama principal) que abrirá las posteriores películas; el jefe M (Bernard Lee) marca perfectamente su autoridad y posee sus propios latiguillos ("Preste atención, 007"); y, para no extenderme demasiado, los títulos de crédito de Maurice Binder y la canción que los acompaña (en este caso, de Shirley Bassey, que logró un extraordinario éxito) se convierten en elementos indispensables para la serie.
También el agente 007 está perfectamente definido: muestra ya el cinismo y el peculiar sentido del humor que -al menos hasta la irrupción de Daniel Craig- va a caracterizar a las demás entregas; es más humano, menos grave y tenso, ya no mata a sangre fría y, aunque le afectan las cuestiones personales, antepone siempre el sentido del deber; demuestra ser "excepcionalmente culto" (como le definirá un personaje de "Sólo se vive dos veces", 1967) ya sea para hablar de vinos, de geografía o de oro; es elegante, sibarita, sensual, machista como siempre, afortunado, cortés y refinado, experto en artes marciales, en armas, en vehículos, en el dominio de cualquier tecnología avanzada, en el arte de la seducción... aunque quizá flojea un poco en música: para él, beber un Dom Perignon del 53 a más de 4 grados de temperatura es un crimen tan grande como "escuchar a los Beatles sin taparse los oídos".
Otro de los grandes méritos de la película es la poderosa personalidad que poseen el villano y su principal esbirro. Auric Goldfinger (Gert Fröbe) es uno de los mejores 'malos' de la saga, a la altura de Francisco Scaramanga (Christopher Lee, "El hombre de la pistola de oro", 1974), al que considero el más logrado. Y Oddjob (Harold Sakata) compone, con su mortífero sombrero, su helada sonrisa y sin necesidad de hablar, uno de los secuaces más impactantes de la serie.

James Bond, elegante en cualquier situación.

Pero vayamos con James Bond. Connery le aporta en esta película una apariencia de simpático vividor, más sociable y cordial que en las dos anteriores películas, y con un aire divertido y despreocupado que ya se perfilaba en "Desde Rusia con amor". En el episodio de presentación, que transcurre en México, se quita el traje de buzo y aparece vestido con un impecable esmoquin blanco; cuando estalla la bomba que ha colocado para destrozar depósitos de heroína, mira con cara angelical como si no supiera de qué va el asunto; antes de viajar a Miami se entretiene con una bailarina en su camerino, donde le espera un matón que acaba electrocutado en la bañera. "Chocante. Realmente chocante". Es la primera coletilla de humor que los siguientes Bond aplicarán con frecuencia (sobre todo Roger Moore), cuando liquiden a los malos.
Bond debe vigilar a un orondo traficante de oro y joyero de prestigioso, a quien le gusta hacer trampas jugando a las cartas, llamado Goldfinger. 007 no puede resistir la tentación de desmontarle el tinglado que le ha preparado a un incauto. Pero las consecuencias serán terribles para la joven Jill Masterson (Shirley Eaton), que le ha ayudado: aparece muerta en la cama por asfixia cutánea, ya que su cuerpo ha sido cubierto con un baño de oro.

James examina el cadáver de Jill Masterson.

James Bond es un profesional y aparcará sus tímidos deseos de venganza. De regreso a Europa se cita con el villano en un campo de golf y demostrará su gran facilidad para desquiciar a cualquier enemigo. Es una de las características novedosas del personaje, que no se toma en serio ni a sí mismo excepto en los momentos de alta tensión. "Cuide su próximo chiste, señor Bond, puede ser el último", le advertirá Goldfinger. La táctica que emplea, por ejemplo, para escapar del calabozo es muy significativa: se asoma a la ventanilla de la celda y sonríe con ánimo de coquetear con su sorprendido guardían; se aleja y vuelve a acercarse, esta vez con una pícara mirada que confunde al carcelero; finalmente, se agacha y desaparece de la vista del esbirro, quien acabará abriendo la puerta.
Pese a ser un hombre de acción, Bond se relaja como nunca en esta película. Durante buena parte de la trama, el agente 007 es prisionero de Goldfinger, bien vigilado por la bellísima e impactante Pussy Galore (Honor Blackman), que deja más o menos claras sus preferencias sexuales con insinuaciones sobre su lesbianismo. "No malgaste su atractivo, soy inmune", le advierte nada más conocerse.
No obstante, pese a esta aparente pasividad del personaje, el film contiene algunas de las escenas más inolvidables de la serie: además de la archifamosa muerte de Jill Masterson, cubierta de oro, o el original método de asesinato de uno de los financieros invitados por el villano (aplastado en un vehículo que acaba reducido a chatarra), el momento de mayor tensión sucede en un almacén de mercancías propiedad de Goldfinger. Bond está atado sobre una tabla y un rayo láser comienza a cortar lentamente la madera, con el propósito de partir en dos al héroe.

- "¿Espera usted que hable?
- ¡No, señor Bond! Espero que muera

Bond sobrevive justo a tiempo y será testigo de los planes criminales de su anfitrión, que pretender asaltar Fort Knox, el más importante banco de oro del mundo. Siguiendo el esquema clásico de la saga, tendrá que eliminar primero al esbirro principal, a Oddjob, que morirá electrocutado al intentar recoger su mortífero sombrero. El enfrentamiento con el malo principal será la sorpresa final de la película, como ya ocurrió en "Desde Rusia con amor" y como sucederá en muchos de los siguientes filmes.

Oddjob y Goldfinger, dos soberbios malvados.

James Bond no salva al mundo. Ni siquiera es el artífice de que Fort Knox se libre de volar por los aires, ya que será un experto en bombas explosivas quien detenga el mecanismo justo cuando faltan 007 segundos para el fatal desenlace. Pero es más humano que en otras películas y, por si fuera poco, vencerá la resistencia de Pussy Galore. Ya sólo por esto es un héroe este Bond.

La película
- En 1964, Sean Connery se tomó muy en serio el papel de 007 y transmitió a los productores Albert R. Broccoli y Harry Saltzman que estaba en plena forma para acometer la tercera película de la saga, tras haber vacilado un poco al pretender desligarse del personaje para dedicarse a otros proyectos cinematográficos. El suculento sueldo que le ofrecieron y la posibilidad de rodar a la vez "Marnie", de Alfred Hitchcock le convencieron para seguir en la piel de Bond.
- La película constituyó un rotundo éxito de público y se convirtió no sólo en una de las más taquilleras de 1964 sino en un fenómeno del merchandising. Una de las grandes sensaciones fue el Aston Martin DB5, que se convirtió en el coche de moda para la alta sociedad de la época.
- Guy Hamilton sustituyó a Terence Young en la dirección debido al elevado sueldo que pidió éste a los productores por dirigir de nuevo a Bond. Young volvería tras las cámaras en "Operación Trueno", mientras que Hamilton se encargó de tres películas más de la serie.
    
La inolvidable Pussy Galore.
- Gert Fröbe fue elegido para el papel de Goldfinger debido a su gran actuación en la película de Ladislao Vajda "El cebo", que impresionó a Hamilton y a los productores. Lo único malo es que no tenía ni idea de inglés y tuvieron que doblarle su voz.
- Harold Sakata era un luchador hawaiano que había sido medallista olímpico en 1948. Pese a la brutalidad de su personaje, se trataba de un tipo cordial y encantador. Como desconocía los trucos habituales en el cine, Sean Connery sufrió un fuerte golpe en la nuca durante la escena en que le asalta en la habitación del hotel.
- La elección de Honor Blackman para el papel de Pussy Galore fue decisión de Guy Hamilton. Había triunfado en la serie televisiva "Los vengadores" y existían dudas debido a su excesiva edad para el papel (37 años), pero hoy en día es una de las "chicas Bond" más memorables.
- La célebre escena del rayo láser no tenía truco, el haz de luz dorado cortaba realmente la tabla sobre la que reposaba Connery. Los técnicos habían dispuesto un mecanismo para que se detuviera en el momento preciso y el actor sufrió realmente la alta tensión de ese momento.
- El escritor Ian Fleming, creador de las novelas de James Bond, visitó el rodaje de la película pero no pudo verla, ya que falleció meses después, en agosto de 1964.
- Shirley Eaton conquistó la fama pese a su breve aparición en pantalla. Pero para el público y los medios de comunicación fue una revelación contemplar su figura bañada en oro. Durante el rodaje de la escena, un médico estuvo constantemente a su lado porque existía riesgo real de asfixia cutánea.



domingo, 5 de diciembre de 2010

Sally Bowles

(Liza Minnelli, "Cabaret")

Espléndido fotomontaje de Sally Bowles/Liza Minnelli.

- Bueno, ¿te acuestas con mujeres o no?

- Sally, esas cosas no se preguntan.
- Yo sí.

Sally Bowles
es un personaje que interpreta a varios personajes. Quiere ser una mujer fatal, misteriosa y codiciada por los hombres; sueña con imitar a la "vampiresa" de cine mudo Lya de Putti, aunque luego la desprecia; es una cantante de cabaret que quiere triunfar en la música, pero que se acuesta de vez en cuando con clientes; presume del cariño y de la compañía de su padre, un diplomático que nunca le ha hecho caso; aparenta ser sofisticada pero su vulgaridad la delata con frecuencia... Pretende siempre lo que no es, aunque se empeña en demostrar lo contrario.

Sally es un bombón para cualquier actriz y Liza Minnelli lo saboreó con deleite en 1972. El personaje, surgido de una novela corta en 1939 y que se fue puliendo en sucesivas adaptaciones teatrales desde 1951, llegó a la gran pantalla enriquecido con todas las aportaciones anteriores y con una revisión modernizada a cargo de Bob Fosse y de la guionista Jay Presson Allen. La película "Cabaret" convirtió a Sally en un icono más de los años 70, sobre todo con ese inolvidable y sorprendente estilismo que ha sido imitado continuamente desde entonces: pantalones negros y muy cortos, una chaqueta escotada del mismo color, medias y bombín. Un vestuario mítico.
Fosse rompió con muchas normas clásicas del musical. Su personal estilo coreográfico era provocativo, sensual y burlesco, con muchas influencias del jazz y del cabaret y muy pocas del Hollywood dorado. Los temas musicales se insertan con un motivo argumental. Tienen sentido por sí mismos. Y quizá sea rizar el rizo, pero incluso la primera aparición de Liza Minnelli en pantalla es muy poco convencional, para tratarse de la protagonista. Cuando el irreal y mágico maestro de ceremonias (Joel Grey) presenta a todos los personajes del cabaret, la cámara apenas se detiene en ella, es una más.
A Sally la conocemos cuando Brian Roberts (Michael York), un joven estudiante que llega a Berlín para completar su doctorado universitario de Lengua, llama al timbre de una pensión. "¿Tienes un cigarrillo? No puedo más", le suelta tras una breve presentación en alemán. (Quizá sea un sacrilegio para algunos decir esto, pero la versión doblada me parece que, si bien oculta muchas referencias sexuales de la versión original, sí ofrece matices más precisos del personaje, mérito de la soberbia actriz de doblaje María del Puy. Esta simple frase, por ejemplo, es mucho más rica en castellano: "¿Tienes un cigarrillo, encanto? Estoy desesperada").
En su primer encuentro con Brian, la personalidad de Sally se desborda de manera arrebatadora en apenas unos minutos. Es abierta, divertida, cariñosa, descarada, generosa, impulsiva... un torbellino que contrasta con la prudencia y timidez del joven estudiante. Cuando éste descubre enseguida que es norteamericana, ella bromea: "¡Qué deprimente! Quería parecer una misteriosa espía internacional. He estado ensayando meses como una loca".
Sally está muy lejos de ser misteriosa o enigmática. Es un libro abierto para todos sus amigos y dice lo que piensa en cada momento. Sólo en el cabaret representa lo que aspira ser. En su primer número (el mítico, excepcional e imitadísimo "Mein herr"), Sally interpreta a una mujer independiente, que no quiere ningún compromiso, una vagabunda que va por su camino libremente y que necesita aire.  
Cuando termina la actuación, vuelve a ser la chica apasionada, espontánea y frenética de siempre. Habla sin parar, intenta ser sofisticada y escandalosa, interrumpe en cualquier momento y actúa según su capricho o su instinto. Durante un tranquilo paseo por la ciudad, y mientras atiende a su manera a Brian, Sally escucha el sonido de un tren y se lanza a correr; se mete debajo de un túnel y lanza un grito prolongado y liberador, como si fuera un orgasmo.

Sally le enseña a Brian cómo liberarse, gritando debajo de un túnel.

Es Sally quien lleva siempre la iniciativa, la que intenta seducir a un Brian muy ambiguo en cuestiones de sexo. Cuando ella se lanza a por él en la habitación, se muestra seductora a su manera, pero no consigue vencer su resistencia y directamente le pregunta si le gustan las mujeres; a él le resulta complicado responder, pero a veces es mejor ser directo que irse por las ramas. "¿Ves como estas cosas hay que tratarlas abiertamente? Brian, tú eres mi mejor amigo. Hoy en día es más difícil encontrar un amigo que un amante. El sexo siempre arruina la amistad. ¡No lo permitiremos!", exclama feliz.
Brian se convierte en alguien muy especial para ella. Incluso cuando tiene un día malo, es comprensiva con él y puede cambiar súbitamente su humor. En la escena en que él da lecciones de inglés a Fritz Wendel (Fritz Wepper) y espera la llegada de la rica heredera Natalia Landauer (Marisa Berenson), Sally entra sin llamar a la habitación, quiere un trago y le importa poco quién esté. Finalmente cederá, pero decide quedarse en la habitación por simple curiosidad.
Liza Minnelli está especialmente inspirada en esta escena. Actúa sobre todo con los ojos: cuando observa las atenciones a la distinguida nueva alumna, cuando escucha la descripción literal de un resfriado o cuando se queda perpleja ante el burdo sentido del humor de Fritz. En el momento en que decide hablar (para explicar que las personas se pueden contagiar mediante el acto sexual, las consecuencias son temibles.

- Brian, ¿cómo se dice en alemán?

- No me acuerdo.
- Ah, sí: Bumsen. (Natalia se queda paralizada)
- Tenía que ser la única palabra alemana que conocieras.
- Claro, como que me he pasado la tarde "bumseando" con un productor carcamal que ha prometido contratarme.


Sally puede vivir en un mundo de fantasía, pero no sabe fingir. Cuando se hacen amigos de Natalia, a ella le importa bien poco guardar las formas delante de la elegante y refinada chica judía. Y cuando Natalia le revela que Fritz se ha abalanzado sobre ella en el sofá de su padre, la afligida chica quiere saber si eso es amor o debilidad carnal: "En realidad, qué importa, si se divierte", le suelta la sorprendida Sally.

Liza y Joel Grey, en el prodigioso número "Money, money".

Hay que quererla como es. Por ejemplo, ilusionada, feliz e infantil cuando se prepara para reunirse con su ocupado padre. O hundida, sensible y desolada cuando regresa sin conseguir verlo, una vez más. La transición entre ese estado de ánimo y el amor que nace entre Sally y Brian cuando éste la consuela es bellísima, aderezada con la canción "Maybe this time".
La intromisión de Maximilian von Heune (Helmut Griem) provoca los celos de Brian, que se siente desplazado y herido ante la fascinación de Sally por ese barón elegante y multimillonario que se ha colado en sus vidas y en su habitación, con caro champán francés, caviar, abrigos de piel, medias de seda y pitillera de lujo. Max manipula a la pareja a su antojo: a Sally porque es fácil de manejar cuando se trata de lujo y atenciones; a Brian, porque, aunque percibe cierta inmoralidad en las intenciones, es tan bisexual como Max: la escena en que los tres se abrazan bailando resulta excepcional: Sally no se entera de nada, pero ellos dos saben perfectamente qué está pasando en el momento en que cesa la música y siguen juntos.
En realidad, Sally Bowles es ajena a muchas situaciones que están ocurriendo a su alrededor. Mientras Natalia, Fritz (que ha ocultado su condición de judío), Brian y Max son conscientes del auge del nazismo en Berlín y del riesgo que supone, ella no tiene ni idea de lo que le están hablando. Tampoco se entera de que la historia con el barón millonario se ha terminado: sigue soñando con manejarle a su antojo y convertirse en una rica baronesa.
- ¡Por amor de Dios, Sally, ya basta! ¿Cuándo vas a dejar de engañarte a ti misma? ¡Manejar a Max! Te has portado como una mujer fatal ridícula. Y tú tienes tanto de fatal como un caramelo de menta.
La decisión más trascendental en su vida llega cuando se entera de que está embarazada. No sabe quién es el padre, pero quiere abortar. Brian le propone el matrimonio y durante un tiempo ambos son felices con la idea. "Por ti y por el niño", brindan, convencidos de que van a ser padres y tienen ante sí una vida en común.

Max, Brian y Sally, en la escena del baile a tres.

Pero Sally cambia de opinión y decide abortar. Es un acto de generosidad hacia él. Se da cuenta de que va a hacerle infeliz, de que su vida es demasiado descontrolada como para atarse al matrimonio. Está cansada, destrozada físicamente, y su estado de ánimo está por los suelos, pero finge frivolidad y despreocupación cuando él descubre la verdad.  
- Te has librado de él, ¿por qué?
- Uno de mis caprichos.
No ha sido, por supuesto, un capricho, pero es la forma más directa para acabar con una relación que acabaría fatal. Brian se marcha de Berlín y ella se aleja por el andén. De espaldas se despide de él agitando una mano, consciente de que la está observando. Consciente también de que no la olvidará jamás.
A veces he pensado cómo sería el futuro de Sally Bowles tras la película. Es posible que con el tiempo terminara sentando la cabeza, aunque me inquieta pensar que pudo acabar como fräulein Kost o fräulein Schneider, una vieja prostituta olvidada en una pensión. Quiero creer, más bien, que se convirtió en una espía internacional en la Segunda Guerra Mundial, viajando por Tombuctú, Singapur y Lisboa, de fiesta en fiesta, bebiendo y seduciendo a nazis para obtener secretos de Estado y enseñando sus uñas pintadas de verde: "Sofisticadas, ¿no?".
    
La película
- "Cabaret" es la adaptación de la obra teatral del mismo título, de John Kander y Fred Ebb, que se estrenó en Broadway en 1966. Este musical se inspiró a su vez en otra obra escénica, "I am a camera" (1951), de John Van Druten, con Julie Harris en el papel de Sally Bowles. Y, a su vez, esta pieza se basó en una novela corta de Christopher Isherwood, "Adiós a Berlín", escrita en 1939.
- Isherwood visitó a comienzos de los años 30 Berlín, una ciudad en la que existía mucha libertad sexual, justo antes de la irrupción del nazismo. En 1931 conoció a una tal Jean Ross, quien le sirvió de inspiración para su personaje de Sally Bowles. 
- "Cabaret" fue la gran triunfadora en la gala de los Oscar de 1972, aunque el premio a la mejor película se lo llevó "El Padrino", que también obtuvo dos estatuillas más, para Marlon Brando y para el mejor guión adaptado. Fue mala suerte que ambos filmes, dos obras maestras perdurables en el tiempo, compitieran en la misma edición. Las dos películas coincidieron en resucitar, con innovadoras aportaciones narrativas y de estilo, dos géneros cinematográficos que estaban en declive en esa época: el musical y el de cine de gángsters, en este caso con protagonismo absoluto de la Mafia italiana. 
- Liza Minnelli era la principal favorita como mejor actriz y superó a Diana Ross, Maggie Smith, Cicely Tyson y Liv Ullmann. Sus padres, Judy Garland y el director Vincente Minnelli, también lograron premios de la Academia, lo que constituye un hito (familiar) en la historia de los Oscar.

Liza, con su Oscar.
- Julie Andrews era la primera opción de Bob Fosse para el papel de Sally Bowles, pero finalmente lo rechazó. Pese a ello, el director se quedó encantado (al igual que el público) con la actuación de Liza.
- Cy Feuer, productor de la película, cuenta que cuando le propusieron a Liza Minnelli el papel, ésta les tranquilizó diciendo: "No os preocupéis, voy a estar genial". El mismo productor le advirtió seriamente a Bob Fosse que no se le ocurriera prescindir del genial Joel Grey para el papel de maestro de ceremonias que había desempeñado en el teatro: "Si perdemos a Joel, te perdemos a ti también".
- La contratación de Michael York para el papel de Brian parece una leyenda. El actor supo que alguien estaba buscando a un actor inglés "que se pareciera a Michael York" y le dijo a su agente que le concertara una cita con el productor, porque si alguien podía hacer de Michael York, era precisamente él.
- La actriz Judy Dench interpretó a Sally Bowles en la obra teatral de Broadway. Dench, que ha sido y es una de las más grandes figuras del teatro británico, se hizo célebre a partir de 1995 por su personaje de M en la saga de James Bond, además de otras grandes películas.
- La película de Bob Fosse revitalizó el cine musical y abrió un camino más fascinante para futuras obras, teatrales y cinematográficas, como "Chicago" (2004) o "Nine" (2009), que son herederas directas de "Cabaret".

miércoles, 1 de diciembre de 2010

François Pignon

(Jacques Villeret, La cena de los idiotas)

François Pignon, en plena acción.

“La cena de los idiotas” (“Le diner de cons”) es ya un clásico de la comedia teatral, pese a que surgió en 1996, poco antes de su adaptación al cine. La obra de Francis Veber (su creador absoluto) es tan universal que puede estar representándose hoy mismo en cualquier escenario del mundo; los diálogos ya garantizan de por sí la mitad del éxito, y si los directores tienen la fortuna de encontrar a un François Pignon adecuado, entonces las risas y los aplausos estarán asegurados.
Jacques Villeret fue el Pignon original, el de la escena y la pantalla, el que aportó los gestos, la mirada, los tonos de voz y el toque inconfundible, el que modeló al personaje para que la obra se convirtiera en el paradigma de comedia moderna, divertida, desternillante.
La película, realizada en 1998, constituyó un éxito rotundo de crítica y público, una feliz coincidencia que sólo obras tan audaces e innovadoras como “La vida de Brian” (1979, Terry Jones) o “La extraña pareja” (1968, Gene Saks), entre otras, habían alcanzado antes. Además del guión, el milagro de esta película francesa es un personaje de una bondad abrumadora y de una estupidez sin límites. Pignon nos cautiva porque es como un libro abierto, no tiene malicia ni prejuicios. Es un idiota maravilloso.
En su primera escena, cuando sube a bordo del TGV, una lámina de la Torre Eiffel que ha construido en miniatura con miles de cerillas se le cae del maletín y él aprovecha la circunstancia para mostrársela disimuladamente, con orgullo infantil, al pasajero de al lado, un tal Cordier. Casualmente, éste es amigo del editor Pierre Brochant (Thierry Lhermitte), un triunfador social, egoísta y soberbio, que se divierte participando con sus amigos en un juego un tanto cruel: todos los miércoles tienen que invitar a cenar a idiotas para burlarse de ellos.

- Pierre, ¡lo tengo!
- Dime, ¿cómo es?
- Un campeón del mundo.
Hay idiotas entrañables como Pignon, eruditos como Tanner (el chiflado de los boomerangs) o cretinos como Lucien Cheval (Daniel Prévost), un duro inspector de Hacienda y compañero del protagonista. Pero la película nos enseña que el límite es incierto y que cualquiera puede caer en la memez si se descuida. Como Pierre Brochant, por ejemplo, que será víctima de su propio juego. Cuando François llega a su casa para ir juntos a la cena, Pierre está en el sofá, aquejado de lumbalgia, y no puede valerse por sí mismo. A lo largo de la película permitirá que las llamadas telefónicas, todas de gran importancia para el propósito de reconciliarse con su esposa, caigan en manos de su singular invitado.

Pignon, herido en su orgullo, pero dispuesto a quedarse.

A Pierre sólo le interesa Pignon para presentarlo en la cena como el campeón indiscutible del juego. Le adula para burlarse aún más de él, le engaña con la propuesta de editar en un libro sus láminas de maquetas de cerillas y hasta elogia su infantil contestador automático. Sólo le importa presumir de haber encontrado al mejor idiota del mundo. Cuando François le cuenta que su mujer le abandonó por un zoquete, pone gran interés: podría servirle para otra futura cena.

- ¿Más zoquete que...? Desde luego, usted es inteligente, pero ¿comparado con usted?
- Oiga, no me gusta ser grosero, pero en su caso la palabra es idiota.


La sinceridad de Pignon resulta conmovedora frente a la hipocresía de su anfitrión. Está realmente apenado por su estado físico y no le importa abrirle su corazón, contarle que su esposa le abandonó o revelarle que su interés por invitarle a cenar y editar un libro sobre sus maquetas le ha cambiado por completo la vida.
La idiotez de François Pignon se basa en unas características esenciales:
a) Es corto de mente: no entiende, por ejemplo, que una persona pueda llamarse de nombre Juste (Solo, en versión doblada).
b) Es espontáneo: suelta las cosas como le vienen a la cabeza (a la amante de Pierre la tilda de loca y de ninfómana en su presencia).
c) Es torpe físicamente: intenta ayudar a Pierre, pero acaba aplastándolo y agravando su estado.
d) Mete la pata sin descanso: a la esposa de su anfitrión la trata como si fuera su amante y viceversa.
e) Se despista con facilidad: a Juste Leblanc (Francis Huster) le llama para saber si la esposa de Pierre está con él, pero acaba celebrando que le ha comprado los derechos de su novela.
d) Le divierte la simpleza: se ríe con las situaciones más elementales, ya sea una confusión de nombres o un chiste malo.
e) Es plomizo: Pierre le echa de casa varias veces, pero él nunca se va. Es capaz de hablar de sus maquetas hechas con cerillas durante horas.
f) Es como un niño: no tiene malicia, es curioso, tierno y disfruta cuando recurren a él continuamente para que llame por teléfono, como si fuera un juego.

 François Pignon tampoco es rencoroso. Le duele que Pierre cambie súbitamente de humor, que se indigne y que le eche de su casa (lo hará varias veces), pero más tristeza le produce la llamada de Christine (Alexandra Vandernoot), esposa de Brochant, que anuncia en el contestador automático su decisión de abandonarle.
El grave error de Pierre es hacerle caso y permitir que su orondo visitante sea quien le llame. La sucesión de desastres empieza ahí: Pignon se equivoca de teléfono y le cuenta todo lo que está ocurriendo a Marléne Sasseur (Catherine Frot), la amante, convencido de que se trata de la hermana de su anfitrión (confunde el apellido Sasseur con soeur, hermana en francés). Cuando trata de arreglarlo aún meterá la pata hasta el fondo, pero Pignon siempre se queda en ese apartamento, por muy indignado e insultante que se muestre Pierre.
La divertidísima escena de la llamada a Leblanc (amigo de Pierre y antiguo novio de Christine) es soberbia; en apenas cinco minutos el actor Jacques Villeret nos ofrece la esencia pura del personaje. Para empezar, Brochant quiere asegurarse muy bien de que su invitado ha entendido cuál es el propósito de la llamada, averiguar si Leblanc está con su esposa:

- Señor Pignon, ¿si le digo exactamente lo que tiene que decirle, cree que podrá hacerlo?
- En algunos momentos tengo la impresión de que me toma por un idiota. ¡Pues claro que puedo hacerlo!

Pierre le pide que se haga pasar por un productor de cine belga que quiere comprarle los derechos de una novela suya. Pignon no entiende nada, se pregunta para qué quiere comprar los derechos si la novela es mala, y se queda extrañadísimo de que se llama Juste Leblanc (Solo Leblanc en castellano).
- Tenga, ya suena.
- ¿Hago acento belga?
- ¡No!

Brochant, aterrado ante la actuación de Pignon.

Pero es inútil, Pignon tiene ideas propias y decide poner un exagerado acento belga. Tras una elaborada interpretación, cuelga sin saber si la esposa está con él… pero ha conseguir comprar los derechos de la novela. “¡Los derechos son nuestros!”, canturrea feliz ante el pasmo de Brochant. Cuando vuelve a llamar a Leblanc, éste le pide que le dé su teléfono… Y Pignon, por supuesto, le da el número de Pierre, que no puede dar crédito a lo que está pasando.

- ¿Usted nunca descansa, verdad?

- Disculpe, pero me he perdido.
- Un gran campeón, puede que sea el campeón mundial...


François Pignon no descansa, desde luego, Llega la esposa, posiblemente dispuesta a escuchar a su marido, pero él la confunde con la amante y decide actuar por su cuenta, con la psicología que él considera adecuada en estos casos. Le miente para quitársela de encima a Pierre, y la frase que le suelta no tiene desperdicio: “Me gustaría darle un consejo de amigo, Marlène. Paciencia, compórtese como la mujer sensual y divertida que debe ser. Sea toda ‘ligueros y champán’, siga viéndole tres o cuatro veces por semana, como antes. Distráigale y espere su turno”.
Cuando llega al apartamento la verdadera Marlène, la situación es grotesca, pero él aún la empeora todavía más al justificarse: “Creí que era la otra, la ninfómana”, explica delante de ella. Leblanc, que ha decidido acudir a casa de su amigo, no puede evitar partirse de risa continuamente ante el tremendo desaguisado que ha montado ese hombrecillo en poco rato.

Leblanc y Brochant, asombrados.

Pero, por muy mal que esté la situación para Pierre Brochant, el idiota siempre está ahí, dispuesto a enredar más la situación. Cuando los dos amigos sospechan que Christine ha podido caer en brazos de una especie de obseso sexual (Pascal Meneaux), Pignon se hace el interesante: su amigo Lucien Cheval sabe dónde vive ese tipo. El problema es que Cheval es un sagaz inspector de Hacienda y el piso de Pierre es una lujosa mansión. Aunque ocultan deprisa todos los objetos de valor y las obras de arte, será Pignon quien conducirá a Cheval por equivocación hasta la habitación donde los han dejado amontonados.

- El idiota se va pero antes quiere una respuesta: ¿Me invitó a una cena de idiotas, señor Brochant?

- Sólo puedo decirle que en una sola noche se ha vengado por todos los idiotas invitados a todas las cenas de idiotas a lo largo de todos los tiempos.

François se entera por fin de las verdaderas intenciones de Brochant al invitarle. Se siente humillado y frustrado, pero decide actuar con absoluta generosidad: Pierre se acaba de enterar de que su mujer ha tenido un accidente y se encuentra en un hospital; cuando ve que su anfitrión está mezclando pastillas con alcohol, tiene un arranque de lucidez, vuelve a coger el teléfono, se hace pasar por doctor y habla con la esposa para aclararlo todo definitivamente. La conversación es tan sincera y sentida que Christine le cree y Pierre se queda admirado. “Estoy preocupado por él, porque sé que las personas pueden morirse de amor”.

Estamos ante una comedia, no ante un drama romántico, y el desenlace no puede defraudar. Pignon aún se reserva un último toque. Es un bonachón, un tipo maravilloso, sincero y entrañable. Pero no nos engañemos, es un idiota. Adorable, pero idiota al fin.

Villeret, con su Cesar.
La película
- Francis Veber dirigió y escribió este film tras comprobar el tremendo éxito que la obra teatral había logrado apenas dos años atrás. La idea se le ocurrió cuando se enteró de que gente adinerada y sin muchos escrúpulos organizaba este tipo de cenas para divertirse.
- François Pignon es el nombre fetiche que Veber utiliza para muchos de sus personajes protagonistas. Lo han interpretado los actores Patrick Timsit, Gad Elmaleh, Daniel Auteuil, Pierre Richard y Jacques Brel en diferentes películas y caracterizaciones, no necesariamente de idiota. Su antecedente en otras películas escritas o dirigidas por Veber era “François Perrin”.
- Además de las numerosas adaptaciones teatrales de la obra en todo el mundo, en 2010 se estrenó un remake al estilo Hollywood, dirigido por Jay Roach. Steve Carell interpretó el papel de Pignon, pero con el nombre de Barry.
- En el año 2001, los directores Thibault Carterot y Nicolas De La Mothe realizaron un documental titulado “La saga Pignon”, un recorrido por la historia de este peculiar personaje. Participaron, además de Veber, los actores principales de “La cena de los idiotas”, además de otros grandes intérpretes del cine francés.

- Jacques Villeret recibió el Cesar (equivalente francés del Premio Oscar) al mejor actor en 1998 por su interpretación en esta película, que está entre las más taquilleras francesas de todos los tiempos.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Charlotte "Charlie" Newton

(Teresa Wright, "La sombra de una duda")

"Charlie" y su sombra, en una impactante imagen de la película.

Una chica vitalista y adorable, que vive con su familia en un idílico pueblo de California, siente auténtica devoción por su tío, a quien no ve desde hace mucho tiempo. Cuando descubre que en realidad se trata de un asesino de viudas, su percepción de la vida sufrirá un durísimo golpe.
La idea argumental de "La sombra de una duda" ("Shadow of a doubt", 1943) es tan atractiva que ya tiene medio atrapado al espectador, sea amante o no de la intriga y del suspense. Si además la desarrolla un maestro como Alfred Hitchcock y la interpretan excelentes actores, entonces nos hallamos ante una gran obra cinematográfica.
Siento una debilidad especial por Teresa Wright, cuya trayectoria profesional me resulta incomprensible: en sus tres primeras películas recibió tres nominaciones al Oscar (ganó el de mejor actriz de reparto por "La señora Miniver"), salió encumbrada tras su experiencia en "La sombra de una duda"  y demostró sus dotes en otras dos excelentes películas, "Los mejores años de nuestras vidas" y "Perseguido". Y de repente, papeles de escasa relevancia, directores de menor prestigio, la televisión y el olvido.
La razón más extendida de este declive, además de su segundo matrimonio, fue su negativa a promocionar "Enchantment" (1948) con el argumento de que ella era actriz y no un florero. El caso es que Samuel Goldwyn, el mismo hombre que la descubrió para el cine, se tomó muy mal esa rebelion y provocó su estancamiento y su posterior marginación. Al menos, de ella nos quedan personajes tan sobresalientes como el de Charlotte Newton, llamada "Charlie" en honor a su tío, Charlie Oakley (Joseph Cotten).
Entre tío y sobrina existe una oculta conexión espiritual que se establece desde el inicio de la película. Ambos aparecen tumbados sobre una cama, meditando sobre el futuro: él, en una pensión de Nueva York; ella, en la casa familiar de Santa Rosa, en California, a miles de kilómetros de distancia. Los dos necesitan un aliciente que cambie sus vidas y cada uno piensa en el otro para que se produzca. Cuando ella decide mandarle un telegrama, en la oficina de telégrafos ya ha llegado uno remitido por su tío, en el que anuncia su inminente visita.
- ¿Sabe lo que es la telepatía, señora Henderson?
- Bueno, debería saberlo, ese es mi trabajo.
- Oh, no es telegrafía, sino telepatía mental.
"Charlie" idolatra a su tío porque éste representa lo que a ella le falta: emoción, viajes, lujo, independencia y una vida algo más aventurera que la que tiene en su ciudad. Seguramente, esa imagen se ha avivado gracias al cariño que su madre Emma (Patricia Collinge) ha sentido por su hermano pequeño de manera permanente. Ambas desconocen, por supuesto, que la persona a la que idealizan no existe: Charlie Oakley es un hombre que odia al mundo entero, porque el mundo entero es un infierno para él. Más allá de su familia no hay nada que le inspire ternura, afecto o simpatía. Siente un gran desprecio hacia los demás, sobre todo hacia las mujeres de vida ociosa. La explicación sobre el origen de su conducta es un tanto simple y nos lo ofrece su hermana Emma: de pequeño sufrió un grave accidente que le afectó al cerebro.
La personalidad de su sobrina es radicalmente diferente. "Charlie" es una joven desenfadada, risueña, atenta, inteligente, inconformista y muy responsable. Se diría que es el cabeza de familia para muchas situaciones. Con sus padres mantiene una relación tan estrecha que a veces ella misma parece la madre de ambos. En la escena en que aparece por primera vez en pantalla, tumbada en la cama y pensativa, le reprocha a su padre, Joseph Newton (Henry Travers), que su vida sea rutinaria y casi vacía. "Dormimos y comemos, nada más". Joseph ni siquiera se ofende, porque sabe que es un arrebato juvenil y que su hija siempre da mucho más de lo que pide.

"Charlie", deprimida por la rutinaria vida familiar, con su padre.

A pesar de ese conato de rebeldía, ella se siente muy a gusto en ese mundo de equilibrio y armonía que es Santa Rosa. Y conforme vaya descubriendo la verdad sobre su tío, se aferrará a todos esos valores tradicionales que transmite la acogedora y pacífica ciudad. Por ejemplo, en la escena del banco, donde trabaja Joseph de empleado, ella se siente un tanto escandalizada y molesta por la actitud cínica y burlona de su tío hacia su padre delante de todos: "Hola, Joe, ¿puedes dejar de malversar dinero durante un minuto y prestarme atención?".
La aparición de su tío en la estación de Santa Rosa constituye un momento único, el estado de felicidad absoluta. Ella parece vivir en un sueño del que no quiere despertar. No desea ni el regalo de rigor que ha traído para cada uno de la familia, porque su presencia es la única recompensa que esperaba. No obstante, el anillo que le obsequia será la primera sombra de esa duda que irá creciendo en su interior: la sortija lleva inscrita una dedicatoria y él se pone nervioso al comprobar que no ató todos los cabos de su último crimen.
Hitchcock crea una atmósfera de tensión tan perfecta que no nos damos cuenta de lo inverosímil que resulta el torpe empeño de Charlie Oakley para tratar de ocultar los indicios sobre su siniestro pasado. Durante la comida, "Charlie" tararea los compases de la opereta "La viuda alegre" y él derrama un vaso sobre la mesa para interrumpirla; cuando descubre en el periódico la noticia sobre el asesino de viudas (el plano es genial, él oculto tras el diario y una bocanada de humo de su cigarro que sale tras las páginas), se inventa un juego con su sobrina pequeña, Ann (Edna May Wonacott), para recortar con disimulo lo que desea ocultar. Realmente es absurdo actuar así, porque su familia ni va a reparar en ese suceso ni lo relacionará con él. Además, sólo consigue que la protagonista comience entonces a sospechar. Su comportamiento, desde luego, es inverosímil... pero ¿a quién le importa la verosimilitud en las películas de Hitchcock?
"No somos sólo un tío y una sobrina. Es otra cosa. Te conozco. Sé que no dices a la gente un montón de cosas. Yo tampoco. Siento que dentro de ti hay algo que nadie conoce ... algo secreto y maravilloso. Y lo voy a averiguar" 
Entre "Charlie" y Charlie existe una compleja relación psicológica que se irá retorciendo conforme ella empiece a descubrir la cara criminal de su tío. Cuando Jack Graham (Mcdonald Carey) -uno de los detectives que ha seguido los pasos de Oakley- le revela las graves sospechas sobre su culpabilidad en el asesinato de varias viudas, ella decide comprobar ese recorte del periódico. Al salir de la biblioteca, su mundo perfecto se ha desmoronado por completo. Hitchcock nos la muestra de espaldas y con la cámara ascendiendo con una grúa para acentuar el trágico descubrimiento.

Dos momentos opuestos en la relación entre tío y sobrina.

La actriz da un giro notable a su interpretación a partir de ese instante. La hemos visto reír con una alegría desbordante y juvenil, pero cuando sale de la biblioteca es como si hubiera alcanzado de golpe la madurez; su rostro es grave y extrañamente adulto y posee un halo trágico que le va a acompañar hasta el final. Su angustia es doble: por un lado, el tío es un asesino pero no puede revelarlo porque sería un golpe muy duro para su madre y un foco de habladurías malintencionadas en la ciudad; pero, además, lamenta que esa conexión mágica entre tío y sobrina se haya roto por completo. Todo lo que ha sentido durante años era una mentira. 
"Charlie" procura evitar a ese hombre, ahora extraño y maléfico. Al día siguente, durante la cena, le lanza dos comentarios intencionados que él capta enseguida, aunque no le impide ofrecer su impresión sobre esas viudas parásitas de la sociedad que no saben otra cosa que malgastar el dinero de sus esposos.

"Los maridos mueren y dejan su dinero a sus tontas esposas. ¿Y qué hacen esas estúpidas mujeres? Las vemos en los hoteles, en los mejores hoteles, por miles, bebiendo el dinero, comiendo el dinero, perdiendo el dinero en el juego..."


La escena es magnífica, y todavía más con el angustioso grito de "Charlie": "¡Pero son seres humanos!". Su tío la mira con desdén y la respuesta le encoge el corazón; "¿De veras, Charlie?". Hitchcock encadena dos grandes escenas: cuando el vecino Herbert (Hume Cronyn) llega como siempre para hablar con Joseph sobre su pasión por los crímenes, ella estalla de rabia, les reprocha a ambos que no sepan hablar de otra cosa y se marcha de casa; su tío la persigue, dispuesto a aclarar lo que está ocurriendo, y en un bar se descubre finalmente cómo es, un ser amargado, que odia a todo el mundo.


Cuando Tío Charlie se quita la máscara.

"Charlie" atraviesa por una fase de incertidumbre que resuelve con enorme entereza. Sabe que no puede revelar a nadie el secreto, ni mucho menos a Jack, el detective que se ha enamorado de ella. Por si fuera poco, la única prueba que tenía, el anillo, se lo ha devuelto a su tío. Vive una situación irreal y asfixiante que se tornará muy peligrosa cuando sufra una caída por las escaleras exteriores de la casa; está plenamente convencida de que quiere eliminarla. "Vete de aquí, te lo advierto, o yo misma te mataré. Eso es lo que ahora siento por ti", le aclara.
Una inesperada noticia cambiará la situación: la policía ha cerrado el caso del asesino de viudas cuando otro sospechoso muere durante una persecución. Charlie Oakley se siente eufórico, ya no tiene intención de marcharse, como le había prometido a su sobrina. Pero ella ha conseguido recuperar el anillo y, tras un segundo "accidente", se lo muestra en silencio como seria advertencia. Ahora no le queda más remedio que marcharse. Obligada a despedirse de su tío en el tren, el desenlace será coherente y liberador.

 Hitchcock sentía predilección por "La sombra de una duda", la consideraba su mejor película. En parte porque había varias referencias personales: el retrato de su niñez es parecido al de la infancia de Charlie Oakley y algunas de las actitudes de Emma corresponden, en realidad, a las de la madre del director, que falleció precisamente en 1943.
Aunque Thornton Wilder aparece como guionista de la película, en realidad sus aportaciones se limitan al tono literario del argumento, escrito por Gordon McDonnell, y a una excelente descripción de la vida en Santa Rosa, ya que dejó inacabado el guión. Wilder fue llamado a filas y participó en la Segunda Guerra Mundial hasta el final, pero su amigo Hitchcock le acreditó como uno de los guionistas, junto con Alma Reville, esposa del director, y Sally Benson.



miércoles, 24 de noviembre de 2010

Michaleen Oge Flynn

(Barry Fitzgerald, "El hombre tranquilo") 

Francis Ford, Wayne, McLaglen, John Ford y, sentado, Barry Fitzgerald.

Aunque no es frecuente que un personaje secundario sea capaz de transformar una película corriente en una gran película (se me ocurre el caso de Arnold, interpretado por Tony Randall, que convierte "No me mandes flores" (1964), de Norman Jewison, en una comedia notable y francamente divertida), lo habitual es que los intérpretes de reparto se limiten a engrandecer una obra maestra. Por ejemplo, "Irma la dulce" (1963, Billy Wilder) gana muchísimo con el personaje de Moustache (Lou Jacobi); Peter Falk (Joy Boy) es indispensable para "Un gángster para un milagro" (1961, Frank Capra) y “Cabaret” (1973), de Bob Fosse, no sería lo mismo sin el maestro de ceremonias que interpreta Joel Grey.
Entre esta pléyade maravillosa de actores y actrices secundarios tiene un lugar de honor Barry Fitzgerald con su Michaleen Oge Flynn, el borrachín casamentero de la comedia romántica "El hombre tranquilo" ("The quiet man", 1952), de John Ford. La película seguiría siendo una obra maestra del cine sin él, pero creo que es más grande gracias a este inolvidable personaje.
Su apariencia física es por sí sola un punto de comicidad añadido. Es un hombrecillo de aspecto graciosamente ceremonioso, con una barbilla prominente que le retrata ya, a simple vista, como un entrañable bonachón. Camina con su inseparable pipa en la boca, tiene el pelo alborotado cuando se quita el sombrero y muestra dos gestos característicos en su rostro: solemne y grave cuando sermonea (o intenta disimular su embriaguez), y sumamente travieso cuando se emociona o se divierte.
Michaleen es un tipo que sobrevive con espléndida dignidad en Innisfree pese a sus escasas ocupaciones productivas y su desmedida afición por la bebida. En cualquier otro lugar podría ser el borracho del pueblo, el hombre de quien todos se burlarían. Pero no, desde luego, en Irlanda. Suponemos que se ocupa de pequeños recados con su carruaje, además de ser casamentero y organizador de cualquier actividad, legal o no, que le aporte algún beneficio extra. Nuestro personaje simpatiza, por ejemplo, con la causa del IRA y no tiene inconveniente en llamar a uno de sus activistas "mi comandante". Cuando éste le hace ver que aún no están en guerra, Michaleen replica con ironía: "No pierdo las esperanzas"
Su aparición en la película intriga al principio a Sean Thornton (John Wayne), un norteamericano que ha vuelto a su tierra natal para recuperar la memoria de los suyos e instalarse en el hogar de sus ancestros. Michaleen se acerca sin decir nada hasta el tren, recoge su equipaje y se lo lleva consigo para alejar a Sean de los curiosos que le han rodeado a su llegada. Durante el camino a la villa, le mira continuamente con gesto contrariado, hasta que al final suelta la pregunta que parece atormentarle:
- ¿1,96?
- 92.
- ¡Qué barbaridad!

Maureen O'Hara, una pelirroja con todas las consecuencias.

Una vez conocida la estatura del forastero, Thornton revela su identidad para saciar por completo la curiosidad del hombrecillo, que ríe con gran sensibilidad al contemplar cómo ha crecido aquel muchacho a quien él le limpiaba los mocos de pequeño. Ese momento en concreto, en que Barry Fitzgerald mueve su cabeza hacia abajo con un gesto de emoción, es una espléndida lección de interpretación. Al instante, Sean se convierte en su protegido y recibirá consejos sobre lo que debe y no debe hacer, como si todavía fuera un chaval. Por eso le mira con severidad paternal cuando se fija demasiado en Mary Kate Danaher (Maureen O'Hara). Sean le pregunta si esa mujer es un sueño. "Es muchísimo peor; sin duda es un espejismo provocado por la sed" y dicho eso se dirige a la taberna Pat Cohan, el único hogar que conocemos del señor Flynn.

“Eso no está bien, no está bien, Sean Thornton. Eres atrevido y pecador. ¿Quién te ha enseñado a hacer manitas con agua bendita?”

Michaleen tendrá mucho trabajo a partir de ese momento. Mary Kate es la hermana de Red Will Danaher (Victor McLaglen), que se define a sí mismo como el hombre más importante de Innisfree. Es una especie de toro salvaje: bruto, arrogante, adinerado, despótico y siempre desconfiado. Con semejante individuo en el hogar, ella no ha encontrado a nadie que tenga el suficiente coraje como para cortejarla. "¿Casada? ¿Mary? ¡Qué disparate! Con su piel pecosa y su mal genio... Es una pelirroja con todas las consecuencias".
Conocemos su vida durante el día, ya que buena parte de ella transcurre entre su carruaje y la taberna. Allí se siente a gusto entre pintas de cerveza que bebe a gran velocidad y, a menudo, por invitación de los habituales clientes. "Podría contar historias increíbles sobre su abuelo, Sean Thornton, sin embargo mi garganta está seca", explica a la parroquia del Pat Cohan tras la llegada del "yankee". Cuando llega la noche, Michaleen desaparece ("Es una noche muy adecuada para reunirse con los amigos y comentar pequeñas traiciones", le replica a Sean cuando éste le invita a su casa) y no sabemos nada de él hasta el día siguiente.

Michaleen se pregunta quién será ese forastero.
En la divertida escena en que le anuncia a Mary formalmente el interés de "la primera parte" por conocer a "la segunda parte", Michaleen aparece elegante y señorial con su traje nuevo, muy digno... pero muy borracho. Cuando Mary Kate le ofrece agua con el whisky, su respuesta lo dice todo acerca de su peculiar sentido del humor: "Cuando bebo whisky, bebo whisky, y cuando bebo agua, bebo agua".
No nos dejemos engañar por su afición a la bebida: Michaleen es muy responsable cuando ejerce de recadero, casamentero o corredor de apuestas. Quiere que se cumplan las normas y es muy escrupuloso. En la primera visita formal a la casa de los Danaher, le recrimina a Sean cuando le ofrece en la puerta un ramo de flores. Con solemnidad les presenta, aunque el formulismo que elige nos suena a broma: "Señor Sean Thornton, le presento a la señorita Mary Kate Danaher, solterona. Señorita Danaher, le presento al señor Thornton, de Pittsburgh, Massachusetts, USA".
Tras haber participa activamente en la conspiración que ha urdido el padre Lonergan (Ward Bond) para que Red Will permita a su hermana ser la novia de Sean, Flynn asume la responsabilidad de garantizar que el noviazgo transcurrirá según las normas. "¿Qué es lo que haces, insensato? Las manos quietas, ya te diré yo cuándo se las puedes coger", le dice delante de todo el pueblo cuando trata de ayudarla a subir al carruaje. Pero ni siquiera Michaleen puede hacer frente a dos fuerzas de la naturaleza: una, el deseo de Sean y Mary Kate, que se escapan de su vigilancia; la otra, la minuciosa rutina a la que ha acostumbrado a su caballo; cuando el carruaje pasa por delante de la taberna Pat Cohan, el animal se detiene bruscamente: "Eres un caballo con mucho sentido común".
De Michaleen es la expresión más célebre, por imprevisible y absurda, de la película. Una vez casados los protagonistas, varios hombres de Innisfree llevan los enseres de Mary Kate a la nueva casa (Blanca Mañana) y el hombrecillo se queda de piedra al ver la enorme cama en el suelo, que ha debido hundirse por el ímpetu amoroso, o así lo cree él: "¡Impetuoso! ¡Homérico!", exclama al entrar en la habitación para depositar la cuna.

Borracho pero elegante.
 A Michaleen lo vemos sufrir realmente cuando Sean rechaza la pelea con Red Will, quien se niega a satisfacer la dote de su hermana. No es que le importe a Thornton, pero es un derecho vital para su esposa, que se niega a acostarse con él hasta que no le reclame a su hermano las 350 libras que le debe. Como todos los habitantes del pueblo, Michaleen está deseando que se produzca la inevitable pelea y siente que su amigo le defrauda con su supuesta cobardía.
El intento de huida de Mary convence a Sean para olvidarse de su pasado (rechaza las peleas porque cuando era un famoso boxeador provocó la muerte de un púgil) y enfrentarse a Danaher. Michaleen observa la reacción de su amigo e intuye con una pícara sonrisa que el acontecimiento esperado, la gran pelea, está a punto de celebrarse. Hasta comienza a tararear la melodía ("The rakes of Mallow") que va a marcar las siguientes escenas.
Antes del ansiado momento, Flynn organiza la larga espera de los habitantes. Sean está llegando desde la estación arrastrando a su esposa por el camino y él va y viene de la taberna a la calle para enterarse de la última hora. "Si tenemos pelea oiréis salvas de artillería", exclama eufórico. Para él, este enfrentamiento entre los dos colosos es mucho más que una pelea, es la prueba de que no se equivocó al admirar a su amigo Sean.
Lógicamente, nuestro hombre se convierte en el corredor de apuestas y en el imprescindible juez de la pelea: “Señores, si no les importa, está es una pelea privada. Las reglas del marqués de Queensbury deben respetarse en todo momento”, advierte a los demás cuando varios empiezan a cruzar puñetazos. Cuando termina, con Red Will tirado en la calle, a Michaleen se le ocurre la definición exacta de ese memorable acontecimiento: "¡Homérico!".
La vida continúa en el idílico Innisfree. Michaleen sigue como casamentero, esta vez para Red Will y la viuda Sarah Tillane (Mildred Natwick). Nos reconforta pensar que seguirá bebiendo con su pícaro sentido del humor, que será el gran apoyo de Sean y que siempre encontrará noches adecuadas para reunirse con los amigos y comentar pequeñas traiciones.

La película
- "El hombre tranquilo" está considerada con todo merecimiento como una de las obras maestras del cine, o como "uno de esos milagros que te salvan la vida", tal como la definió José Luis Garci. Frank S. Nugent y John Ford escribieron el guión, basado en una historia de Maurice Walsh, publicado en 1933.
- Barry Fitzgerald era uno de actores predilectos de John Ford y Howard Hawks, aunque fue una película de Leo McCarey ("Siguiendo mi camino"), la que le proporcionó el Oscar al mejor actor secundario. 
- En la película actuó también su hermano Arthur Shields, en el papel del reverendo Playfair. Pero la película tiene varios vínculos familiares: como figurantes o secundarios intervinieron dos hermanos de Maureen O'Hara, el hermano de John Ford y, entre otros, algunos de los hijos de John Wayne.
- La productora Republic Pictures acordó financiar la película si los dos intérpretes principales, John Wayne y Maureen O'Hara, y el director intervenían en un western. "Río Grande" fue el resultado de esa promesa.
- Innisfree ya era una localidad idealizada por el poeta William B. Yeats, pero la película de Ford convirtió al pueblo y a la comarca en una atracción turística. Numerosos fans de esta película se reúnen cada año en el castillo de Ashford como tributo a esta obra maestra.
- El carruaje que utiliza Michaleen es el célebre "jauting car", vehículo que se empleaba frecuentemente en el siglo XIX en Irlanda.
- La espléndida fotografía de Winton C. Hoch y Archie Stout ganó con todo merecimiento uno de los dos Oscar que recibió el film. El otro galardón se lo llevó John Ford como mejor director. La película también fue nominada como mejor película, mejor actor de reparto (Victor McLaglen), mejor dirección artística, mejor sonido y mejor guión adaptado.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Joanna y Mark Wallace

 Audrey Hepburn, Albert Finney
("Dos en la carretera")


- ¿Qué clase de personas se sientan en un restaurante sin nada que decirse?
- ¿Los matrimonios?

Analizar por separado cualquiera de los dos protagonistas de la magnífica "Dos en la carretera" ("Two for the road", 1967) me resulta una tarea tan incompleta como injusta. Joanna y Mark se complementan, participan con la misma intensidad en cada una de las escenas del film y son elementos inseparables de la historia. Por si fuera poco, no logro distinguir cuál de los dos intérpretes me gusta más. Albert Finney y Audrey Hepburn están soberbios porque dependen el uno del otro. La actuación del actor británico es sobresaliente porque la de ella también lo es y viceversa.
Stanley Donen dio en 1967 un notable giro en su carrera con esta melancólica reflexión sobre la evolución sentimental de una pareja a través de sus diferentes viajes por carretera. El guión, firmado por Frederic Raphael, se estructura mediante continuos saltos en el tiempo, de forma que los episodios de la historia se mezclan entre sí. Este tipo de narración combina esas etapas en la vida de los protagonistas de manera que nos permite apreciar mucho mejor la nostalgia de los tiempos felices, la pérdida de la pasión y los vaivenes emocionales  que sufren ambos.
La película habla del matrimonio, desde luego, pero ofrece demasiadas lecturas adicionales. Para mí, trata sobre todo de la nostalgia de la libertad. En el plano del presente, al principio del film, Mark y Joanna parecen tenerlo todo en la vida: lujo, prestigio profesional, comodidades y una hija. Pero recuerdan la independencia de sus primeros años, cuando se divertían haciendo autostop, dormían a la intemperie, se bañaban en un Mediterráneo sin colonizar todavía, comían lo que podían comprar en los pueblos y se amaban apasionadamente.
En su primer viaje llegan a una playa vacía que les recuerda al Edén. Ella comenta que el colmo de la felicidad sería dar una palmada y que un camarero acudiese con una suculenta comida. Pasan los años y los vemos en la misma playa, llena de turistas, hoteles y apartamentos: Mark da esa palmada y acude, en efecto, un camarero con la carta del restaurante, pero ahora sus deseos son otros: "¿No te gustaría dar una palmada y que toda esta gente desapareciese?".
La escena de presentación, que introduce el entrelazado flash-back, es un compendio de todas esas sensaciones: Mark y Joanna observan desde su coche una boda; los novios parecen serios. "¿Por qué no iban a estarlo? Acaban de casarse", observa él con intención. En el aeropuerto, ella se queja de Maurice Dalbret (Claude Dauphin), el jefe de su esposo que nunca le deja en paz, justo antes de que éste les localice por teléfono. Ella no es feliz, no tiene lo que desea. Su marido trabaja demasiado y no son libres como antes. Joanna echa en falta el periodo más pasional, atrevido, divertido y entusiasta de su vida. Echa en falta su juventud.
Mark tiene el mismo problema, pero está demasiado ocupado como para detenerse a pensar; sabe que algo no funciona como antes, pero confía en que ya se solucionará: Algún día, cuando acumule mucho dinero, mucho prestigio y mucha experiencia, ya recuperará ese momento de felicidad y reconducirá la situación. Mark no ha escuchado, por supuesto, a John Lennon: "Life is what happens while you're busy making other plans" ("La vida es aquello que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes").
Si desenredamos la madeja narrativa y la convertimos en un argumento lineal, tenemos la historia de una pareja que se conoce durante un viaje de estudios por Francia. Joanna forma parte de un coro femenino que va a participar en un festival musical. Mark, un altivo e independiente estudiante de Arquitectura, viaja por su cuenta visitando monumentos y haciendo autostop. Ambos seguirán juntos e iniciarán un idilio. En posteriores etapas de sus vidas comprobaremos cómo han ido progresando: vehículos cada vez más caros, hoteles cada vez más lujosos y un amor cada vez más decadente.
Mark aparenta tener las ideas muy claras desde el principio: quiere ser autosuficiente, detesta los convencionalismos y parece saber en cada momento cómo disfrutar de la vida. Opina de todo con vehemencia y sin temor a equivocarse. Ella calla, espera y asiente con una sonrisa, pero acabará siendo quien tome las decisiones y solucione los problemas.

Joanna, poco antes de declararse a Mark.

- ¿Qué ha pasado con tu elegante amigo del Alfa Romeo?
- Le dije que estaba enamorada de ti y me dejó en tierra.

El pasaporte de Mark es un poco el símbolo de esa relación. Él siempre lo pierde, Joanna siempre lo encuentra. "Si hay algo que me pone negro es una mujer indispensable", le reprocha en una ocasión. Mientras él teoriza sobre la vida, el amor, el matrimonio, el trabajo, los hijos y la posición social, con prepotencia masculina y con un idealismo que disolverá el paso del tiempo, ella es práctica y resolutiva en todos esos conceptos. Sabe lo que quiere y va a por ello sin alardes. Joanna es quien da el empujón definitivo a su relación cuando se le declara espontáneamente en la carretera y la que decidirá el futuro en común, con matrimonio y una hija. Ella será quien promocione a su marido ante el millonario Maurice (la clave de su desdicha posterior) y también la primera en detectar la alarmante apatía y el desamor que les invade con los años.
Joanna actúa con una honestidad que no siempre encontramos en su esposo. Así, Mark le será infiel a escondidas, pero ella es incapaz de ocultar su relación con David (Georges Descrières) y afronta las consecuencias con valentía. Cuando regresa a su lado, le mira a los ojos y busca su apoyo, más que su perdón:
- ¡Mark, he vuelto!
- Me has humillado, me has humillado y has vuelto.
- Es cierto.
- ¡Gracias a Dios!
La frágil apariencia de Joanna engaña desde el principio. Cuando Jackie (Jacqueline Bisset en sus comienzos) parece ser la única del grupo de amigas que no se ha contagiado de varicela, ella aparece a la mañana siguiente fresca y jovial, dispuesta a seguir con Mark, quien apenas oculta su desencanto por ello. No le importa desplazarse en un camión de ganado, caminar cargada de maletas, dormir donde elija él, pasar hambre o frío. Es frágil pero sale con éxito de las situaciones más comprometidas, incluso mucho mejor que su pareja.
Mark es egoísta y Joanna le permite que lo sea al comienzo de sus relaciones ("¿Recuerdas el viejo MG? ¿En cuál de mis cumpleaños te lo regalaste a ti mismo?"), pero con el paso del tiempo le reprochará su actitud en más de una ocasión. Por ejemplo, cuando no tiene reparos en discutir, gritar o golpear la pared de la habitación donde duerme la pequeña Caroline. "Tú no sabes lo que es querer. Lo único que has hecho en tu vida es adorar tu propia imagen".
Él siempre cree tener la razón y la defiende con ardor, pero es quien más a menudo se equivoca. Por ejemplo, cuando le pregunta si es virgen, no espera la respuesta: "Lo suponía, estudié dos años en la Universidad de Chicago". "¿Estudiando detección de vírgenes?", replica ella con sarcasmo. O cuando Mark la censura en silencio tras perder el tubo de escape del MG, aunque será su apaño (sujetarlo con trapos) el que provocará el incendio y la destrucción del vehículo.

Cuatro momentos diferentes en la vida de la pareja.

Joanna se siente atraída por ese tipo engreído e insufrible que actúa sin tacto ni consideración, pero que posee una envidiable vitalidad. Pese al carácter dominante de Mark, en realidad es ella quien controla las situaciones al principio. "Siempre acabas consiguiendo lo que quieres", le reconoce admirado cuando sabe que va a ser padre. No siempre será así, sin embargo. Con el tiempo, él gana reconocimiento profesional como arquitecto y una vida lujosa, pero a cambio el matrimonio pierde la independencia y la libertad que disfrutaban antes.
En una de las escenas más reveladoras, Joanna se baja del vehículo y sigue el trayecto andando, por culpa de la agresiva velocidad de Mark. Viajar ha dejado de ser placentero, porque ahora tiene prisa e importan más las obligaciones. Él trata de explicarle que para mantener su ritmo de vida (una mansión, cocinera, niñera, coches de moda, ropa cara...) tiene que atender a su jefe Maurice, pero ella le replica que, en realidad, no necesita nada de eso. Mark intenta convencerla enseñándole el caro reloj que ella le ha devuelto por despecho, pero en realidad lo que le hace detenerse es una de esas frases que no se pronuncian casi nunca, pese a sus mágicos efectos: "¡Joanna, te quiero!". Suene falso o no, es lo que ella necesita oír, como ocurría con frecuencia cuando la pasión no había desaparecido.
- ¿Sabes lo que seríamos sin Maurice?
- ¡Felices!
- Pobres.
- ¡Pobres, pero felices!
En su primer viaje como casados, además de amarse se divierten. El incendio del coche se ha producido ante el lujoso hotel Domaine St. Just (del que serán asiduos clientes cuando adquiera una alta posición social) y sólo tienen dinero para pagar una noche de habitación, pero no para comer en su restaurante. Mark tendrá que ir al pueblo a comprar comida y la introducirá en el hotel a escondidas. A la mañana siguiente, tras una noche espantando mosquitos, la camarera les pregunta por qué no han utilizado la red antimosquitos que tenían sobre sus cabezas y se quedará sorprendida cuando rechacen (¡por motivos religiosos!) el desayuno que no pueden pagar... sin saber que tanto la cena como el desayuno entran dentro de la tarifa.

- Cariño, ¿cómo se dice en francés "Inspector, no creo nada de lo que me dice y no voy a pagarle ni un centavo"?
- Oui, monsieur.

Maurice Dalbret, su futuro jefe, entra en escena cuando se encarga de pagar los desperfectos que ha causado la pareja a un campesino. Curiosamente es Joanna quien más interés pone para "vender" a su marido ante ese adinerado hombre que anda buscando a un arquitecto.
No es la única vez que la pareja se desplaza en compañía de alguien. El episodio más divertido de la película corresponde al viaje que efectúan con el matrimonio Manchester y su odiosa hija Ruthie (Gabrielle Middleton). Cathie (Eleanor Bron), que había sido novia de Mark, y Howard (William Daniels) les proponen ir hasta Grecia en coche, pero acaba siendo una completa pesadilla por la despótica actitud de la niña y el comportamiento de sus padres, incapaces de educarla con un mínimo sentido común.
Joanna y Mark ven reflejado en esa pareja lo que detestan del matrimonio: un hombre que organiza hasta los más nimios detalles y que no se sale de sus normas, una esposa de conversación banal y un tormento de hija, caprichosa y tiránica, a quien Howard dedica continuas atenciones para no traumatizarla, sin darse cuenta de que lo está por completo. "Probablemente se siente excluida del grupo", aduce cuando pellizca a Cathie. Cuando se le antoja arrancar las llaves del coche en marcha y tirarlas por la ventanilla, será finalmente Joanna quien solucione el problema con un conveniente grito que asusta a la pequeña.
La relación se acabará antes de llegar a Grecia por culpa de Ruthie, que revela la verdadera impresión que tienen sus padres de Joanna: "¿Por qué dijo mamá que era una infeliz provinciana inglesa?". Mark insulta al majadero de Howard y pone punto final al absurdo viaje.
Una mirada retrospectiva al final de la película nos demuestra que el amor siempre ha perdurado en la pareja. El amargo episodio de David, con quien Joanna tiene un romance auténtico, servirá para reactivar ese amor a través de otra dimensión, la de los celos. Personalmente, me parece lo más inconsistente de la película, porque David es un personaje poco desarrollado y demasiado arrogante, vacío e insípido como para interesar a Joanna. No está, ni de lejos, a la altura de Mark.

Mark y Joanna, a punto de iniciar una nueva etapa.

Pese a la decadente visión que nos transmite el film, el futuro es esperanzador: Mark planta a Maurice y emprende otra aventura con su esposa, rumbo a Roma. Ambos tienen dudas y parecen tantear un terreno incierto. En la frontera, como era de prever, él no encuentra el pasaporte, pero ella se lo coloca sobre el volante. A partir de ahora deberán aprender a convivir con las imperfecciones de su relación. No obstante, uno tiene la impresión de que mientras Joanna siga encontrando su pasaporte serán felices.

La película
- "Dos en la carretera" se convirtió en una película de culto en Europa gracias, en gran medida, a la adoración que sintieron hacia ella muchos componentes de la "Nouvelle Vague". El fim de Stanley Donen tiene mucho que ver, en cuanto a vanguardismo narrativo, con esta corriente artística. Hoy en día sigue siendo una película de culto para varias generaciones.
- La idea original partió de la mente del guionista, el singular Frederic Raphael ("Eyes Wide Shut", 1999, Stanley Kubrick), que había escrito "Fango en la cumbre" (1964, Clive Donner). A raíz de este trabajo, Donen le encargó que le presentara una historia y a Raphael se le ocurrió esta especie de "road movie" al recordar los viajes que hacía con su esposa por Francia.
- Paul Newman y Michael Caine fueron las primeras opciones para el personaje de Mark, hasta que el director reparó en Albert Finney, que había triunfado años atrás con la película "Tom Jones" (1963), una de las obras más representativas del "Free Cinema" británico.
- Audrey Hepburn se encontraba en la cumbre de su carrera tras haber protagonizado películas como "Desayuno con diamantes" (1961), "My fair lady" (1964), "Cómo robar un millón y..." (1966) o "Sola en la oscuridad" (1967), que le permitiría ser nominada al Oscar de mejor actriz. La madurez de Joanna significó una evolución en la línea de sus personajes anteriores, más juveniles y cándidos.

Audrey y Mel Ferrer.
- La actriz rechazó en principio la oferta para interpretar a Joanna por cuestiones personales. En esos momentos estaba atravesando una difícil etapa, ya que su matrimonio con el actor Mel Ferrer estaba a punto de acabar en divorcio. La insistencia de Donen y del propio Mel Ferrer le obligó a aceptar un personaje que tenía muchas similitudes con su vida privada.
- Audrey Hepburn se desvinculó para este film de su diseñador de vestuario favorito, Hubert de Givenchy. Stanley Donen quiso romper la imagen sofisticada que le aportaba y lució en la película modelos de diferentes creadores, como Paco Rabanne, Mary Quant o Kent Scott.
- Como casi siempre le ocurría a la actriz, los rumores sobre su idilio con Albert Finney persiguieron a Audrey Hepburn durante mucho tiempo, sobre todo cuando la prensa del corazón descubrió a ambos fuera del rodaje en actitud cariñosa.
- El compositor Henry Mancini se inventó una melodía delicada y armoniosa que capta perfectamente la intención nostálgica y sentimental de la historia. El tema principal es una joya musical que acompaña perfectamente a las imágenes. "Two for the road" es una de las melodías más destacadas de su extensa trayectoria profesional.