viernes, 7 de enero de 2011

Scarlett O'Hara

(Vivien Leigh, "Lo que el viento se llevó")

Bella y fascinante: Vivien Leigh.

Scarlett O'Hara es uno de los pocos nombres del cine norteamericano que se castellanizaron por la tremenda impresión que causó el personaje. Como Dorita (Dorothy), de "El mago de Oz". ¿Podemos imaginarnos un Carlos Foster Kane, un Estanislao Kowalski o un Lorenzo de Arabia en el doblaje de la época? Scarlett se llamó Escarlata para hacerla más cercana y familiar al asombrado público español que, once años después de su estreno mundial en Atlanta, pudo contemplar por fin la colosal "Lo que el viento se llevó" ("Gone with the wind", 1939).
Esta joven sureña, egoísta, manipuladora, terca y caprichosa, es uno de los mitos de ficción más universales que ha dado el cine, como Robin Hood, Vito Corleone o Blancanieves. Setenta y cinco años después de su creación literaria, gracias a la novelista Margaret Mitchell, sigue siendo un icono femenino que expertos de todo tipo han diseccionado a fondo a lo largo de los años: desde su carácter, ambición y moralidad hasta sus frases, miradas, maridos, vestuario o peinados.
Scarlett rompió moldes, literarios y cinematográficos, por su desprecio a las cualidades y virtudes que las mujeres debían conservar en la alta sociedad del siglo XIX, extensibles también a la época en que se escribió la novela y se dirigió la película. No es recatada ni sumisa ante los hombres, odia llevar luto, quebranta cualquier norma que le incomode para sus ambiciones, se convierte en empresaria en un mundo masculino y se deja llevar por sus pasiones y emociones sin importarle un bledo las apariencias. Mitchell la describió de una manera completa y soberbia, con una dimensión épica que enmascara sus actitudes más oscuras. Porque tampoco hay que olvidar que Kathy Scarlett O'Hara pretende destruir un matrimonio feliz, es una mala esposa, su instinto maternal deja mucho que desear, permite el maltrato a los presidiarios, que utiliza descaradamente en su negocio, y es básicamente una especuladora, lo que en la novela se denomina "carpetbagger" (quien utiliza cualquier método para explotar un territorio, término que la escritora aplica con frecuencia a Rhett Butler y a ella).
Y sin embargo, para millones de lectores y espectadores se trata de un personaje irresistible, con una fortaleza y un espíritu de lucha admirables. Además de superar tragedias familiares, el hambre y el horror de una guerra, Escarlata debe hacer frente con entereza y determinación al permanente desdén que le dedica una sociedad anclada en la gloria del aristocrático Sur, que nunca aprueba su conducta. El cariño que le profesa un ser tan puro y bondadoso como es su cuñada Melanie (o Melania) será a menudo la tabla de salvación de Scarlett y una de las principales razones por las que el público confíe aún en ella. Al fin y al cabo, si Melanie la quiere es que algo bueno debe tener.
El legendario personaje del cine contó con un espectacular proceso de selección de su intérprete, que incluía votaciones populares y una insólita y cuidadosa campaña en todos los medios. Hoy en día sigue siendo una excelente lección para aprendices publicitarios. La elegida fue la encantadora actriz británica Vivien Leigh, una de las grandes responsables del halo mítico que posee la película.Vivien, de aspecto frágil pero seductor y de mirada coqueta y traviesa, cuenta con dos personajes antológicos en su carrera cinematográfica: Scarlett O'Hara y Blanche DuBois ("Un tranvía llamado Deseo"), ambos en la cima de los más grandes papeles femeninos de todos los tiempos. La traumática separación de su marido, el actor Laurence Olivier, y una tuberculosis mal curada -que le condujo a la muerte a los 53 años- le llevaron a rodar sólo nueve películas en veinticinco años.

Vivien, en un descanso.
Lo primero que llama la atención de Scarlett es la devoción que siente hacia sus padres y el desprecio que dedica siempre a sus hermanas pequeñas (Suellen y Carreen), como si las considerara potenciales rivales en el flirteo amoroso. Será por eso que no tiene ni una sola amiga a lo largo de la película, si exceptuamos a su confidente Mammy (Hattie McDaniel), la persona que mejor la conoce, y, sin que ella lo pretenda, a la abnegada, bondadosa y amable Melanie Hamilton (Olivia De Havilland), esposa del hombre a quien ama y que a lo largo de la película le mostrará siempre a Scarlett una sincera devoción. 
¿Por qué Scarlett O'Hara ha fascinado a tantas generaciones?
1. Poderoso atractivo: Margaret Mitchell ya nos advierte al comienzo de la novela que no era bella, aunque los hombres "no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo". Tiene el semblante sereno y delicado de su madre, de ascendencia francesa, y los rasgos más toscos de su padre, de origen irlandés. Su figura es fina y graciosa, con un busto "muy bien desarrollado para sus 16 años".
2. Arte para seducir: Los gemelos Tarleton, Charles Hamilton (Rand Brooks), Frank Kennedy (Carroll Nye) y unos cuantos muchachos del condado de Clayton (Georgia) se quedan hipnotizados ante su presencia. A su edad ya sabe mejor que nadie lo irresistible que es una caída de ojos o cómo sonreír en cada momento, porque existen múltiples sonrisas para múltiples propósitos. En el primer tramo de la historia sólo le importan las fiestas, los cotilleos, los vestidos y los jovencitos que la miran con embobada atención. “¡Guerra, guerra, guerra! ¿Es que no sabéis hablar de otra cosa?”.
3. Determinación y tenacidad: Son las cualidades preferidas por Rhett Butler (
Clark Gable), un canalla y cínico hombre de negocios, de oscuro pasado, que se enamora de ella desde el momento en que la descubre declarando su amor, de forma impetuosa, a Ashley Wilkes (Leslie Howard), el exquisito, soñador y apacible caballero de Doce Robles.
- Señor, no es usted un caballero.
- Ni usted una dama. No se ofenda: las damas no tienen ningún atractivo para mí.
A Rhett no le alteran ni los graciosos hoyuelos de sus mejillas ni sus ojos verdes, sino la capacidad de la joven para hacer todo aquello que se propone con una osadía insólita para la época. "¡Qué gran mujer!", exclamará cuando se reencuentren, después de un tiempo, ella convertida en la señora Kennedy. Sólo unos meses atrás, le había visitado en la cárcel, muerta de hambre pero tratando de ocultarlo, para venderse por unos cuantos dólares.
4. Espíritu de lucha: Su evolución es asombrosa. Pasa de ser una damisela caprichosa y consentida a una mujer decidida y emprendedora. Para recuperar Tara, la tierra de sus padres, tendrá que recoger algodón con sus manos, matar a un renegado, huir con una madre enferma y un recién nacido a través de los campos de batalla, ofrecerse como amante, casarse con un hombre a quien no quiere y, entre otras muchas acciones, convertirse en cabeza de familia por la demencia de su padre, Gerald O'Hara (
Thomas Mitchell).
5. Osadía y descaro: Desde el comienzo de la película observamos que, pese al correcto porte de su figura, sus educadas maneras y su recatado gesto, posee una energía vital que necesita salir de la encorsetada sociedad en la que vive. Sus traviesos ojos la delatan. No soporta actuar como una mujer discreta y decorosa. En su primer luto baila con Rhett hasta escandalizar a las damas de la ciudad; se casa por despecho, por necesidad y, finalmente, por placer; se comporta como una dura mujer de negocios ante una sociedad que rechaza su conducta; conduce ella misma su propio carruaje sin preocuparle la delincuencia que ronda por los alrededores de Atlanta ni las graves consecuencias de su acción; persigue a Ashley, su sueño, sin importarle las apariencias...


Scarlett y Ashley, en uno de sus traumáticos momentos.

Escarlata es, además, un personaje contradictorio. Posee la férrea voluntad irlandesa de su padre, pero admira la armonía y serenidad de su madre, Ellen O'Hara Robillard (Barbara O'Neil). Durante doce años persigue a Ashley Wilkes, pero sabemos (Rhett Butler, Mammy y nosotros, el público) que se hubiera sentido defraudada y desgraciada si se hubiera casado con él. Por contra, no se da cuenta hasta el final de que el amor de su vida lo ha tenido rondando siempre muy cerca, antes y después de la guerra. Es una mujer apasionada y ardiente, sin embargo pierde el tiempo con un amor platónico que nunca le corresponde. Destroza la vida de Frank Kennedy, su segundo y sumiso esposo, que estaba comprometido con su hermana Suellen, pero sólo lo lamenta cuando ya está muerto. "Querida, es como el ladrón al que no le importa robar, pero que lamenta terriblemente ir a la cárcel", le aclara Rhett cuando ella sufre una crisis emocional, agudizada por el alcohol que ha bebido a escondidas.
A pesar de su frivolidad, lo que más ama en el mundo es Tara, la plantación de algodón, la casa señorial donde creció, los campos y prados que recorrió a caballo desde niña. Parece como si en lo más profundo de su corazón quisiera ser una dama tranquila y distinguida, reposando su mirada ante una puesta de sol mientras la vida gira sin sobresaltos. "Hay algo que amas más que a mí, aunque no lo sepas, y es la tierra roja de Tara", le explica Ashley. Tara, un nombre que adquiere connotaciones casi mágicas para la protagonista con solo pronunciarlo, es su refugio cuando las cosas le salen mal. Es como "Rosebud" para el protagonista de "Ciudadano Kane" o "Shane" para el niño de "Raíces profundas": palabras que reconfortan con solo expresarlas.
De la juvenil Scarlett que aparece en las primeras escenas (seductora, caprichosa, egoísta y coqueta) no queda nada al final. Estamos ante una mujer de 28 años, angustiada, herida y, por primera vez, enamorada de verdad, sin falso idealismo. Durante esos doce años la hemos visto atravesar por numerosos estados de ánimo, un indudable reto para cualquier actriz y, en el caso de Vivien Leigh, un portentoso trabajo de interpretación.

Con los gemelos Tarleton.
Al comienzo vemos a una joven radiante e ilusionada que despliega todas sus armas para conquistar. Se prepara a conciencia para convencer a Ashley de que olvide su planeado matrimonio con Melanie y se case con ella. En su encuentro a solas con el heredero de Doce Robles ocurren tres cosas: él la rechaza con elegancia, ella le abofetea indignada y en el mismo salón conoce a Rhett Butler, que se había apartado discretamente de los invitados tras haber ofendido sus ánimos de guerra con el Norte. Scarlett, herida y humillada por los comentarios de las muchachas del condado, decide vengarse de una de ellas, India Wilkes (Alicia Rhett), la hermana de Ashley, y se casa por despecho con el atolondrado prometido de ésta, Charles Hamilton, a su vez hermano de Melanie.
La desgracia (o la fortuna, según se mire) se alía con ella, ya que se queda viuda nada más iniciarse la guerra. Está deprimida y no precisamente por la muerte de su marido, sino porque el luto parece haberla enterrado en vida. Ya no puede lucir bellos vestidos ni lucirlos en fiestas. La solución es viajar a Atlanta, una ciudad agitada por la contienda y bulliciosa, aunque sea con Melanie. La única que se opone es su ama, Mammy:

- Savannah sería mejor para usted, señorita Scarlett. En Atlanta no encontrará más que problemas.
- ¿De qué problemas estás hablando?
- Sabe muy bien de qué estoy hablando. El señorito Ashley volverá a Atlanta cuando tenga un permiso y usted estará ahí esperándole como una araña. Él pertenece a la señorita Melanie.
- Vete a empaquetar mi equipaje, como te dijo mamá.

Una de las muchas escenas imprescindibles de la película es el baile benéfico a favor de los soldados de la Confederación (el Ejército del Sur). La cámara nos muestra a Scarlett en un tenderete para recaudar fondos. La protagonista mira con nostalgia a hombres y mujeres bailando; la cámara enfoca su figura por detrás y observamos cómo sus pies están siguiendo el ritmo de la música con frenesí. Cuando Rhett puja por ella para tenerla de pareja, todos se escandalizan por su atrevimiento, pero la joven viuda se lanza a bailar durante horas.

Doctor Meade: ¿La señora Hamilton? Seguro que preferirá otra dama...
Rhett: He dicho 150 dólares en oro por la señora Hamilton.
Doctor Meade: Pero la señora Hamilton está de luto, no va a aceptar..
Scarlett: ¡Oh, sí, claro que acepto!

"Bailaría hasta con el mismísimo Lincoln".

Scarlett debe ser seguramente la única persona en Atlanta a quien la guerra le importa un bledo. Le afecta leer en la lista de bajas los nombres de amigos, pretendientes y conocidos, pero en realidad está en la capital para prolongar su dorada juventud. Ni es consciente de su nuevo estado, con un luto del que se desprenderá en cuanto pueda, ni de la profunda transformación que está sufriendo el mundo al que pertenece. Coquetea con Rhett en la medida en que éste, sincero, cínico y burlón, le permite. “No, no voy a besarte. Aunque lo necesitas. Eso es lo que te pasa, que deberían besarte a menudo, por alguien que sepa cómo hacerlo”.
Tras unas Navidades más alegres por el regreso de Ashley, la guerra y la muerte se acercan a Atlanta y su estado de ánimo pasa de la incomprensión al fastidio. Como Melanie y otras muchas mujeres, ayuda al doctor Meade (Harry Davenport) en el hospital. Pero está harta de ver cadáveres y lisiados. “¡No quiero que muera más gente, no quiero!”, protesta como una chiquilla cuando huye por la ciudad.
Sin embargo, nos estamos acercando al momento clave en que Scarlett va a dejar de ser una jovencita caprichosa y egoísta para convertirse en una mujer que deberá asumir más responsabilidades de las que podría imaginar. Melanie está a punto de dar a luz, el doctor sólo puede atender a los heridos y ella, con la inútil ayuda de su sirvienta Prissy (Butterfly McQueen), va a tener que actuar de comadrona. Por si fuera poco, ante la llegada del ejército de Sherman (general del Norte), asume el riesgo de escapar de Atlanta con su cuñada, el recién nacido y Prissy.
Rhett Butler le consigue un carruaje y le acompaña por las peligrosas calles de la ciudad, entre el fuego, los bandidos y los que huyen desesperadamente. Pero antes de llegar al condado se detiene y le abandona para alistarse con el derrotado ejército de la Confederación que él tanto había despreciado. Es una gran escena de amor, intensa e irresistible para una Escarlata que se siente herida y desprotegida.

“No te pido que me perdones. Ni yo mismo sé si podré perdonarme. Y si una bala me alcanza me reiré por haber sido tan idiota. Sólo sé que te amo, Escarlata, a pesar de que a nuestro alrededor este mundo parece volar en pedazos. Te amo porque somos iguales, egoístas y astutos. Capaces de ver las cosas y llamarlas por su nombre”.

Su última esperanza es cobijarse bajo la protección de su padre y descansar en Tara, pero al llegar se encuentra un panorama desolador. Gerald O’Hara parece un fantasma tras la muerte de su esposa y los efectos de la guerra. Ella va a tener que tomar todas las decisiones porque hasta los esclavos de la plantación que se han quedado están esperando que alguien asuma el control de la situación. No hay ganado, no hay lujos, no hay comida siquiera. Es la peor pesadilla que podía imaginar. Definitivamente, se acaba de convertir en una mujer absolutamente responsable, con una carga monumental para sus hombros.

La espectacular estampa de Scarlett ante el cielo rojo de Tara.

La evolución del personaje marca la mitad de la película. A partir de ese glorioso instante en que alza su puño hacia el cielo e invoca a Dios para no volver a pasar hambre, toda su obsesión estará dirigida a ese empeño. Aunque, como ella mismo dice, tenga que matar (a un soldado del Norte que trataba de robar y de abusar de ella), engañar (cuando visita a Rhett en la cárcel, ataviada como si aún fuera un encantadora rica, para que le preste dinero) o robar (a su hermana el pretendiente, Frank Kennedy, con el fin de que pague así los 300 dólares yankees que cuesta la contribución de Tara). Cuando Suellen llora amargamente por haberle quitado el novio, no podemos evitar sentir simpatía hacia una valiente Scarlett, que ha sacrificado de nuevo su vida para salvar algo más que unas tierras: el paraíso de su infancia que levantaron sus padres.
La nueva señora Kennedy no tiene miramientos con nadie; se apodera del aserradero de su marido, un negocio modesto que ella convierte en próspero, cancela créditos y deja todo en manos de un cruel capataz, Johnny Gallagher, para que resulte más rentable. Cuando Ashley le reprocha que éste emplee como esclavos a presidiarios, antiguos soldados de la Confederación, ella no siente ningún remordimiento:

“Te has olvidado de lo que es vivir sin dinero? Me he dado cuenta de que el dinero es lo más importante del mundo y no estoy dispuesta a que me vuelva a faltar”.

Escarlata es valiente, no teme ni a nada ni a nadie después de lo que ha tenido que pasar. Pero en las afueras de la ciudad, del aserradero a casa, sufre el ataque de un grupo de antiguos esclavos, y ese asalto provocará las represalias de la “gente de bien” de Atlanta, en lo que se considera el germen del Ku-Klux-Klan. Su marido muere en la refriega y ella se entera mientras sonríe de forma pícara a Rhett, que se lo suelta bruscamente cuando ella sólo se interesa por Ashley.
Por primera vez la vemos arrepentida y con un gran sentimiento de culpabilidad. Es su segundo luto y el coñac que ha bebido a escondidas le ayuda a derramar lágrimas de angustia, por temor a ir al infierno, y de remordimiento, porque se siente culpable de haber hecho desdichado a Frank. Cuando Rhett se atreve a visitarla a solas, se olvida de las apariencias y acepta su compañía. Hasta Scarlett necesita un amigo con el que compartir sus penas.
Esta es mi escena favorita, absolutamente deliciosa, atrevida e irrepetible. Él acude sonriente, como si fuera a una fiesta; ella trata de disimular su embriaguez, pero con Rhett no hay nada que ocultar. Tras contarle sus penas entre lágrimas, él pasa a otro asunto: le pide en matrimonio, arrodillado y recitando cómicamente una declaración de amor.

- ¿Has pensado en casarte por diversión?
- ¿El matrimonio, divertido? Bobadas, sólo es divertido para los hombres.
- Te casaste con un niño y con un viejo. Prueba con un hombre de edad adecuada y que sepa tratar a las mujeres.
 
"Di que te casarás conmigo. Di que sí".

Scarlett le rechaza inicialmente, pero acabará aceptando, casi desmayada, cuando Rhett la abrace y bese con un ardor desconocido para ella. “Nadie te ha besado nunca así. Ni Charles ni Frank ni tu estúpido Ashley”. Viste de negro, pero el luto se ha terminado en el momento en que Rhett le promete el anillo más grande y vulgar de toda Atlanta: vuelve a sonreír como si se encontrara de nuevo en los porches de Tara, dispuesta para otra fiesta. Y eso es lo que va a vivir desde entonces. Una costosa luna de miel con todos los caprichos y la reconstrucción lujosa de Tara colman sus deseos. Los de su marido nacen poco después: una preciosa niña de ojos azules llamada Bonnie. Gracias a la niña, la pareja recupera su sitio en la tradicional sociedad de Atlanta, pese a los reparos de Scarlett.
Ella sigue soñando de forma melancólica con Ashley y con el pasado; guarda su foto en su tocador y le confiesa a Rhett que no quiere tener más hijos, tras comprobar que ya no puede llevar los vestidos que lucía antes del embarazo. Se está volviendo a comportar como una niña caprichosa justo cuando la vida le sonríe y posee todo el dinero que pueda pretender. Un malentendido alimenta el rumor de que estaba seduciendo de nuevo a Ashley en el día del cumpleaños de él. Con un impactante vestido rojo, el color del pecado, acude a la fiesta asustada, pero cuando cruza el umbral se transforma en altiva y provocadora. No cabe duda de que se trata de una mujer capaz de enfrentarse con todo. Melanie, que ha expulsado de su casa a India por difundir esos rumores, obligará a toda su familia y sus amistades a recibir a “nuestra querida Scarlettcon educación.
Comienza una fase de amor-odio en el matrimonio Butler. Rhett la fuerza a hacer el amor y a la mañana siguiente ella aparece radiante y feliz. La escena, que arranca con el marido llevando en brazos a su mujer por las escaleras, es una de las más polémicas de la película. Algunos la interpretaron como una violación que satisface a la protagonista, lo que rompía la imagen feminista que encarnaba, y otros como un salvaje acto sexual consentido por ella. Es evidente que ambos se desean y se aman, pero están jugando al perro y al gato con sus sentimientos continuamente: cuando ella espera prolongar dulcemente la noche que han pasado, él se disculpa con sarcasmo y anuncia que se va de viaje; Scarlett le ofende al insinuar que si se lleva a Bonnie con él la meterá en prostíbulos como el de Belle Watling (Ona Munson). “Una gata es mejor madre que tú”, le responde él.
El juego de amor y odio adquiere tintes trágicos cuando Escarlata sufre un aborto tras un nuevo desencuentro afectivo. Ella llama a Rhett en el delirio de su habitación; él, abatido por la desgracia, cree que nunca le ha querido y que nunca le querrá. Pero lo peor viene con la cruel muerte de Bonnie, el último vínculo de cariño que le quedaba a Rhett.

"Francamente, querida...". Una de las grandes frases de todos los tiempos.

El funesto final de la película, que incluye la emotiva y lacrimógena muerte de Melanie, nos revela por fin lo que ya sabíamos: Scarlett nunca amó a Ashley en realidad. Fue un sueño adolescente que persiguió a lo largo de los años y del que hubiera despertado sólo con que él le hubiera hecho caso. Rhett es su hombre, pero lo está perdiendo, se marcha a otra ciudad. Ha estado doce años detrás de ella, esperando que le demostrara amor y cariño. Aunque lo ha conseguido al final, es demasiado tarde. Scarlett le está implorando su amor, pero ya no tiene nada que hacer. Y cuando le pregunta qué va a ser de ella, Rhett se vuelve con indiferencia y le suelta la frase de todas las frases: “Francamente, querida, me importa un bledo” (“Frankly, my dear, I don’t give a dawn”).
También hubiera sido un gran final, pero tanto la novela como la película nos dejan a Scarlett hundida en la escalera, pensando en cómo podrá recuperar a Rhett. En su mente surge una palabra: Tara. Su casa es lo que le dará fuerzas para seguir y para idear algo. Ya lo pensará mañana, porque, “definitivamente, mañana será otro día”. Si “Lo que el viento se llevó” es la película más legendaria, excesiva y monumental de la historia del cine, Scarlett O’Hara es, sin duda, el personaje más mítico y fascinante que haya existido.

La película
- Con más de 250 millones de espectadores, 
“Lo que el viento se llevó” sigue siendo la película más vista de la historia del cine en salas comerciales.
- David O. Selznick, un joven productor independiente (Selznick International Pictures), adquirió los derechos de la novela por 50.000 dólares y fue el verdadero artífice de la película.
- El director Victor Fleming es el único que aparece en los créditos como tal, pero el primer contratado fue George Cukor, a quien Selznick despidió porque le veía incapaz de darle a la película el aliento épico que quería. Fleming abandonó en abril de 1939, poco antes de acabarse el rodaje, debido a una crisis nerviosa, y Sam Wood terminó la película. Incluso William Cameron Menzies, director artístico, filmó varias escenas, entre ellas el incendio de Atlanta, para el que se utilizaron decorados de la película "King Kong".
- Al parecer, otra de las causas del despido de Cukor fue sus desavenencias con Clark Gable, quien se quejaba de que el director prestaba más atención a los papeles femeninos.
- Margaret Mitchell cogió el emblemático título de un poema titulado "Cynara", de Ernest Dowson.
- La elección para el papel de Rhett fue clara desde el primer momento, tenía que ser Clark Gable, aunque el actor se sentía aterrado ante el reto y hubo momentos en que pareció imposible contar con él. Gary Cooper, Ronald Colman y Errol Flynn fueron otras opciones.
- Lo que movilizó a fans de la novela y público en general fue la elección de la protagonista principal. Más de 1.400 actrices, entre ellas Paulette Godard, Tallulah Bankhead, Carole Lombard, Norma Shearer, Katherine Hepburn, Susan Hayworth, Lana Turner, Joan Bennett, Loretta Young, Jean Arthur... y hasta la propia Olivia de Havilland, pasaron un casting o fueron consideradas para el papel de Scarlett. Laurence Olivier se presentó un día ante Selznick con su joven esposa, Vivien Leigh, y el productor encontró así su Escarlata.
- El rodaje se inició el 26 de enero de 1939 y se prolongó hasta el 27 de junio del mismo año. Su estreno mundial tuvo lugar en Atlanta el 15 de diciembre de 1939.
- "Francamente, querida, me importa un bledo" fue elegida en 2005 como la mejor frase cinematográfica de todos los tiempos.
- La película triunfó plenamente en los Oscar de 1939 y obtuvo 10 estatuillas de 13 nominaciones. Sorprendentemente, ni Clark Gable ni Max Steiner, autor de la excelente banda sonora, lograron sus respectivos premios. A Gable le ganó Robert Donat, por su papel en "Adiós, Mr. Chips".
- Para saber más sobre Scarlett O'Hara y la película es recomendable leer "¡Este rodaje es la guerra! Lo que el viento se llevó y otras batallas campales", de Juan Tejero, y, por internet, las páginas: http://www.vivien-leigh.com/ y http://vientoescarlata.blogspot.com/.
   



domingo, 2 de enero de 2011

Glenn Holland

(Richard Dreyfuss, "Profesor Holland")

Holland lleva la batuta de la orquesta y de la película.

"Mire a su alrededor: No hay una sola vida en esta sala en la que usted no haya influido. Todos nosotros somos mejores personas gracias a usted. Somos su sinfonía, señor Holland. Somos las melodías y las notas de su concierto. Somos la música de su vida"

Glenn Holland, compositor frustrado, profesor de Música, hombre insatisfecho, parece una mezcla perfecta entre Charles Edward Chipping ("Adiós, Mr. Chips", 1939 y 1969) y George Bailey ("¡Qué bello es vivir!", 1946). Del primero recoge su profesión, obviamente, su buen corazón, sus indecisos comienzos, un drama personal y el cariño de sus alumnos. Del personaje que encarnó James Stewart (y que comenté hace unos días) absorbe su permanente frustración por algo inalcanzable, su desdichada felicidad (la tiene pero no la reconoce), su relación amorosa a prueba de obstáculos y ese masivo reconocimiento final de familiares, estudiantes y colegas. Cuando cientos de alumnos y profesores le tributan un emotivo homenaje en el auditorio del instituto John F. Kennedy, uno cree estar ante una versión musical de la escena final de "¡Qué bello es vivir!".
"Profesor Holland" ("Mr. Holland's Opus", 1995), dirigida por Stephen Herek, plantea un recorrido de treinta años por la vida de un hombre que se metió en la enseñanza de modo provisional hasta que pudiera convertirse en un famoso compositor. Durante ese tiempo (de 1965 a 1995) apreciamos la vertiginosa evolución de la sociedad norteamericana en contraste con la lenta progresión del protagonista, quien sólo parece haber aprendido una cosa a lo largo de tres décadas: la enseñanza era su pasión y no lo supo hasta el final.
Holland está anclado en una dimensión temporal (o en una burbuja) diferente, donde las transformaciones sociales no le afectan. Él manifiesta siempre las mismas inquietudes, frustraciones y anhelos, desde una posición liberal y permisiva, como si desde el comienzo estuviera unas décadas por delante de los demás. Glenn Holland (Richard Dreyfuss) se apasiona hablando de Bach y Beethoven, pero defiende el rock y lo que está por venir. No comparte la estricta moralidad académica de los años 60, aunque tampoco es un adalid de las libertades, al menos como podría serlo su colega John Keating (Robin Williams, "El club de los poetas muertos", 1989).
La película tiene los suficientes requisitos como para convertirse en una historia entrañable, nostálgica, reflexiva y emocionante. Y de algún modo lo es, aunque uno echa en falta un mayor equilibrio en el peso de los personajes a lo largo de los años. Si en "Adiós, Mr. Chips" (la de Robert Donat y la de Peter O'Toole), seguimos con mucho interés las historias paralelas de varios alumnos bien perfilados e identificables, con sus dramas y alegrías que nos emocionan, en la película de Herek esas historias pierden interés y continuidad; realmente no nos llegan -quizá con la excepción de Rowena (Jean Louisa Kelly)- al corazón.
Al comienzo de la película descubrimos ya las principales claves del personaje: es un tipo insatisfecho porque quiere abarcar más de lo que puede. Escribe una sinfonía (la llama "Sinfonía Americana"), pero su creatividad se atasca. El día en que empieza su trabajo como profesor de Apreciación Musical parece más bien un alumno quejica por tener que levantarse. Su mujer Iris (Glenne Headly) le anima como si fuera su madre. Deambula por el centro escolar como un colegial despistado: no reconoce a la directora Jacobs, que lo contrató (Olympia Dukakis), no sabe dónde está su clase y se pone en la fila de los alumnos en el comedor hasta que Bill Meister (Jay Thomas), el profesor de Educación Física, le advierte que un profesor no espera, no hay democracia en el instituto.
Holland es, por lo demás, un hombre responsable de su trabajo, pese a que no le guste la enseñanza y a que es un hombre imperfecto. Quizá por ello sea tan creíble el personaje. Desde el principio se queda asombrado por la falta de interés de sus alumnos hacia la música. No consigue conectar con ellos para convertir la clase en un momento atractivo y apasionante. "Se supone que tocar música debe ser algo divertido. Trata sobre el corazón, sobre los sentimientos, sobre motivar a la gente, es algo hermoso. No es simplemente unas notas en una página".

El profesor disimula su horror ante el pésimo nivel de sus alumnos.

Pero casi al final de su primer curso se produce el milagro. Cansado de los silencios, de los bostezos, de las miradas de incomprensión, de esa atmósfera plomiza que se respira en su aula y de sentirse fracasado, cambia de táctica y comienza a preguntarles a sus alumnos qué música les gusta. "El rock&roll" es la respuesta casi unánime. Holland toca al piano "A lover's concerto", un tema moderno que está de moda ese año, y les pregunta de quién es. "The Toys", es la respuesta. El profesor interpreta entonces el "Minueto en Sol", de Johann Sebastian Bach: es la misma música. En pocos minutos ha conseguido lo que no pudo lograr en seis meses de curso, despertar la pasión de sus estudiantes por la música, aunque sea a través del rock, algo que escandaliza al subdirector Wolters (William H. Macy):

- El rock&roll, por su propia naturaleza, es el fin de la disciplina.

- ¿Y qué quiere usted que haga? ¿Negar que existe?
- Lo que le pedimos es que debería potenciar a los clásicos: Brahms, Mozart, Stravinsky...
- Stravinsky fue el músico de la Revolución rusa, si se refiere al fin de la disciplina.

Holland descubre algo muy importante: enseñar también significa escuchar, saber qué quieren los alumnos. Le ocurre con Gertrude Lang (Alicia Witt), una joven obsesionada por su falta de talento y su incapacidad para tocar el clarinete, en contraste con su artística familia. Tras muchos meses de infructuoso aprendizaje, el profesor da con la clave para ayudarla:
- Cuando se mira al espejo, ¿qué es lo que más le gusta ver?
- Mi pelo.
- ¿Por qué?
- Bueno, mi padre siempre dice que le recuerda una puesta de sol.
- Toque esa puesta de sol. Cierre los ojos. Uno, dos, tres, cuatro...
A pesar de sus avances, Holland no parece darse cuenta de que esa va a ser la clave de su felicidad. La directora Jacobs le reprocha su falta de entusiasmo y de compromiso hacia la enseñanza. Parece agobiado por su falta de tiempo para progresar en su sinfonía e incluso se quedará contrariado cuando Iris le anuncie que va a ser padre, como si fuera otro obstáculo más en su propósito vital. Todo lo que emprende parece ser provisional, como dar clases de conducir durante el verano para conseguir más ingresos; pero los años pasarán y él seguirá siendo instructor de autoescuela y no dejará de encontrarse con alumnos especiales a quienes debe proporcionar el estímulo adecuado, como Louis Russ (Terrence Howard), a quien le enseña en tiempo récord cómo llevar el ritmo y cómo tocar el bombo.

Glenn Holland, cuando se entera de que va a ser padre.

Nace su hijo Cole (llamado así en honor a Cole Porter) y Glenn parece haber encontrado a su perfecto discípulo. Le sienta en sus rodillas ante el piano, le pone discos y le habla de los mejores músicos. Pero cuando Iris descubre que el niño sufre una sordera del 90%, él no aceptará la realidad. Es un golpe durísimo, sobre todo para su ego. En la magistral escena (Richard Dreyfuss está realmente sublime) en que Holland habla a sus alumnos de Ludwig van Beethoven, de su sordera y de su empeño para seguir escribiendo música, en realidad está hablando de su drama personal y apenas puede contener la emoción.
El tiempo pasa deprisa. El mundo se transforma con la guerra de Vietnam, el movimiento hippie, los Beatles y las agitaciones sociales en busca de un mundo mejor. Cole crece en silencio, Iris se vuelca en su compañía, impotente ante su sordera, y Holland se compadece de sí mismo, recreándose en una desgracia que cree suya. Su hijo necesita de sus padres un gran esfuerzo para su aprendizaje, mediante el lenguaje a través de signos, pero sólo Iris está dispuesta a ese sacrificio. Glenn parece resignado a tener un niño con el que no pueda comunicarse y se ampara en los consejos de un médico, quien les recomienda no someter al niño a ninguna enseñanza especial. "¡Quiero hablar con mi hijo! No me me importa lo que cueste, no me importa lo que ese médico estúpido crea que esté bien o mal. ¡Quiero hablar con mi hijo!", le grita Iris a su marido por primera vez.
Conforme pasan los años vemos a un Holland más autoritario y seguro de sí mismo en el instituto. No le importan demasiado los cambios que se están produciendo a gran velocidad, sino que sus alumnos sepan apreciar la música como un elemento importante más en sus vidas. Un día descubre la prodigiosa voz de Rowena Morgan, una joven que comparte con él su absoluta pasión por la belleza y la emoción de la música. Rowena se enamora de Glenn y éste se da cuenta de que esa situación le está poniendo ante un delicado dilema por primera vez en su vida: si se marcha con ella a Nueva York es muy posible que alcanzará esa felicidad soñada, al lado de alguien que aprecia y comparte profundamente su sensibilidad.
La bella joven está llamando a su corazón, además, en uno de sus peores momentos familiares: Iris le recrimina que se ocupe más de los alumnos que de su propio hijo y, de hecho, Glenn se ha desentendido mucho de Cole, de forma que apenas entiende y practica los signos para comunicarse con él. En contraste, su esposa aparece más vieja, cansada y descuidada que esa encantadora muchacha.

Rowena representa la felicidad utópica de Holland. 

Holland renuncia al idealismo y a la supuesta felicidad en compañía de Rowena y se queda con Iris, que se ha dado cuenta de esa historia sentimental, sufriendo en silencio sin posibilidades de competir. "Te quiero", le despierta él por la noche. "Lo sé", responde ella radiante.
A Glenn sólo le falta ganarse a su hijo, ya crecido (Joseph Anderson), para darse cuenta de que la felicidad a la que aspira la tiene más cerca de lo que siempre ha creído. Cole da un gran paso cuando le reprocha a su padre que le desprecie por suponer que no le importa nada la muerte de John Lennon, que ha conmocionado a todo el mundo. El diálogo que mantienen, traducido por Iris, es una auténtica lección para el profesor y se la da precisamente el alumno que nunca tuvo:

- Yo nunca dije que fueras estúpido.
- Pero debes pensarlo si crees que no sé quiénes son los Beatles o cualquier otro músico. ¿Crees que no me importa lo que haces o lo que te gusta? ¡Tú eres mi padre! Me podrías ayudar a conocer mejor la música, pero te preocupas más por otros que por mí. (se va dedicándole un gesto).

- Iris, ¿qué significa ese gesto?
- Significa "capullo".

La respuesta de Glenn es ejemplar. Acude con más regularidad al centro de sordomudos para aprender a comunicarse con rapidez y ofrece a la directora la posibilidad de dar un concierto, combinado con luces que marquen la música para que puedan seguirla todos. Una vez en el escenario, Holland le dedica a su hijo la canción de John Lennon "Beautiful boy". Es uno de los momentos más hermosos de la película. Glenn no sólo parece cantarle a Cole, sino también a sí mismo: "La vida es aquello que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes". Eso es, precisamente, lo que le estaba ocurriendo al profesor Holland hasta ese momento.
El mundo sigue girando a gran velocidad. Glenn, con sesenta años, vio castigar a colegialas por llevar faldas que casi mostraban las rodillas y ahora ve a parejas gay por la calle. Todo está cambiando, incluso los planes del instituto. Gene Wolters, director desde la marcha de Jacobs, le anuncia que, debido a recortes educativos, ha decidido prescindir de su asignatura. Eso significa que está en la calle. "Tengo 60 años, Gene, ¿qué clase de recomendación me va a escribir? ¿una para la morgue?".
Tras luchar por su puesto de trabajo sin éxito, visita por última vez el aula donde ha estado trabajando durante treinta años. Un Cole ya adulto (Anthony Natale) e Iris le acompañan en su despedida. De repente, se vuelve molesto por escuchar ruidos en el auditorio y cuando abre la puerta descubre a cientos de personas, alumnos nuevos y de otras épocas, profesores y amigos, que le han preparado una gran fiesta de homenaje.

Holland, con su hijo Cole, Iris y su colega Meister, durante el homenaje. 

Los brotes de emoción de Richard Dreyfuss parecen absolutamente reales en esta lacrimógena escena. Su antigua alumna Gertrude Lang, aquella que era incapaz de tocar el clarinete, es ahora una figura política importante y se encarga de presentar el acto de reconocimiento al hombre que influyó en tantas vidas. Será ella quien le diga, delante de todos, lo que tenía que haber escuchado hace años: es más rico de lo que pudiera soñar jamás y no ha desperdiciado su vida en absoluto. Y por primera vez puede escuchar una parte de esa sinfonía que iba a hacerle famoso, interpretada por alumnos de todas las generaciones.
Esa es verdaderamente su obra, como la de tantos y tantos profesores en el mundo que alguna vez en sus vidas se sintieron tan vacíos como Glenn Holland, sin poder comprender cuál fue su verdadero logro: convertir en grandes personas a miles y miles de jóvenes desorientados. Con sus defectos e imperfecciones, la huella que deja Holland es semejante a la de otros muchos maestros en el mundo... y, de algún modo, es también su película.

La película
- "Profesor Holland" es, en la actualidad, una de las películas más apreciadas como ejemplo de estrategia didáctica. Dentro del subgénero de "cine de profesores" (si se puede calificar así), el personaje de Glenn Holland es también uno de los más valorados.
- El compositor Michael Kamen, autor de numerosas bandas sonoras, entre ellas la de esta película, y fallecido en 2001, fue el autor de la "Sinfonía Americana" que el protagonista sueña con terminar algún día.
- Nicolas Cage, por su papel en "Leaving Las Vegas", se llevó el Oscar al Mejor Actor de 1995, premio al que optaba Richard Dreyfuss.
- La película parece un oasis en la decepcionante carrera de Stephen Herek, que dirigió filmes tan dispares como "Somos los mejores", "101 Dálmatas, más vivos que nunca", "Las alucinantes aventuras de Bill y Ted" o "El gurú".
- Richard Dreyfuss, el inolvidable Matt Hooper de "Tiburón", también sufrió una trayectoria irregular. Ganador de un Oscar por "La chica del adiós" (1977), su adicción a las drogas y su dolencia depresiva (trastorno bipolar) han perjudicado su carrera cinematográfica.  


jueves, 30 de diciembre de 2010

Martina

(Lola Gaos, "Furtivos")

Martina comulga como si fuera a recibir la extremaunción.

"Quiero hacer una película con un bosque y Lola Gaos"
. El germen de "Furtivos" (1975) es esa rotunda intención del director José Luis Borau. Había visto a la actriz en "Tristana" (1969) y consideraba que Lola Gaos, en su papel de Saturna, estaba muy por encima de Catherine Deneuve, Fernando Rey y Franco Nero. A partir de esa idea comenzó a escribir, junto con Manuel Gutiérrez Aragón, la que se convertiría en una de las películas más duras, exitosas, controvertidas y duramente atacadas del cine español. Hoy en día, una vez que el tiempo ha conseguido separar mejor el grano de la paja, nos queda una obra maestra, una soberbia lección narrativa, algunas interpretaciones (incluida la del propio Borau como gobernador civil) para enmarcar y una escena tan brutal como, bajo mi punto de vista, lamentable e innecesaria: la muerte real de un animal, apaleado por la protagonista.
Supongo que Lola Gaos hubiera triunfado plenamente en Hollywood como una excelente actriz de reparto, al estilo de Thelma Ritter, Anna Lee, Mildred Natwick o Anne Revere, por citar a cuatro grandes intérpretes del teatro y del cine que poseían, además, características físicas muy apropiadas para determinados papeles. La actriz valenciana, pese a su tremenda calidad interpretativa, la dureza de su rostro y su grave y rasgada voz, pocas veces encontró en España a un cineasta capaz de inventarse personajes apropiados para sus recursos.
En "Furtivos" se pone en la piel de una mujer que se nos quedará grabada para siempre en la retina por muy olvidada que tengamos la película. Si los personajes de ficción pudieran cobrar vida por el alma y el esfuerzo que han puesto sus intérpretes, creo que su Martina sería uno de los que podría traspasar esa dimensión.
Martina es una mujer de carácter agrio y autoritario que vive con su tímido hijo Ángel (Ovidi Montllor) en una casona situada en pleno monte. Por los desvencijados letreros en la fachada sabemos que es algo parecido a una taberna, lo suficientemente cerca del pueblo como para que algunos vecinos acudan a jugar al tute mientras toman unos vinos. Martina se ocupa de las labores domésticas, del huerto y de hacer comidas para los visitantes ocasionales, mientras que Ángel "El Alimañero" es un furtivo que conoce a la perfección el bosque segoviano y se dedica a cazar para vender las pieles en los pueblos de la zona.
Ambos llevan una vida un tanto al margen de las leyes sociales y, en algunos casos, parecen más adaptados a las normas del mundo animal en el que conviven. Ella sugiere a veces la figura de una loba: posesiva, territorial y protectora con su hijo. Mantienen una relación incestuosa -o al menos es lo que sugieren algunas escenas- en la que la madre actúa de forma dominante ante la sumisión de su cachorro. 

Martina, con el gobernador civil.

Es mujer de pocas palabras y su mirada se asemeja a la de un depredador que vigila los peligros del mundo exterior, ya sean guardias que puedan interferir en la actividad ilegal de Ángel o mujeres que enturbien el extraño mundo que ha creado con su hijo.
En su primera aparición en pantalla, Martina observa desde lo alto del monte la llegada del autobús de línea, pero su hijo, que ha estado en la feria de la capital, no viene. Su mirada es tan dura e inexpresiva que no sabemos cuándo ha pasado de la expectación a la decepción: de vuelta a casa le pega una patada al perro, que no para de ladrar.
Del marido, si lo hubo, no sabemos nada. Ella amamantó de pequeño (de nuevo otra referencia a la loba) al gobernador civil de la provincia, un tipo que acude a la casa de Martina con escolta, funcionarios y coche oficial para probar las calderetas y cazar ciervos. Es como un niño repelente que se enrabieta cuando no le salen bien las cosas. Pero siente un afecto muy especial por aquella mujer que le cuidó de pequeño.

- De niño no había quien me arrancara de ella.
- Así me dejaste, mamón.

Martina le guarda mucho cariño y apreciamos cierta actitud servil en su comportamiento, pero en absoluto es por sumisión al poder; a los demás altos cargos que le acompañan en la cacería, sobre todo al secretario, les muestra un desprecio apenas disimulado.
Ángel llega al día siguiente con Milagros (Alicia Sánchez), una joven que se había escapado de un convento para reunirse con su novio, un delincuente a quien llaman El Cuqui (Felipe Solano). Martina se siente ofendida y celosa, como si ella fuera la esposa de Ángel y tuviera que aceptar la llegada de una amante. Ni le saluda ni pregunta quién es. Durante el desayuno, la madre (que bebe un coñac barato incluso a horas tempranas) se dirige a la joven a través de su hijo: "¿Le dará asco?", pregunta cuando derrama en un tazón un cuenco de leche con una espesa capa de nata.

Ángel y Milagros, con tazones de leche; Martina prefiere el coñac barato.

Desde el momento en que Milagros entra en esa casa, el objetivo de Martina será echarla de su hogar y recuperar la relación con su hijo, a quien abofetea sin más como si le culpara de una infidelidad. Pero antes tiene que sufrir una humillación inesperada: Ángel entra en el dormitorio (el único de la casa) y echa violentamente a su madre de la cama. La escena es de una ferocidad inigualable gracias a la resistencia animal que opone ella, agarrada con fuerza y desesperación a las barras de la cabecera, mientras su hijo trata de arrastrarla fuera de la habitación.

La escena más polémica de la película, la que movilizó a sociedades protectoras de animales y causó un gran escándalo, arranca con Martina en la cocina, bebiendo su coñac y ahogando sus lágrimas. De repente escucha aullar a la loba que había encadenado el día anterior bajo un puente, tras capturarla al caer en una trampa de su hijo. Ciega de rabia, baja al río y golpea con furia al animal, que muere apaleado brutalmente. La suave música que acompaña añade una pincelada más siniestra aún a ese escalofriante momento.
Martina había desvelado a su ahijado, el gobernador civil, el paradero de Milagros y la Guardia Civil no tarda en detenerla por escaparse del convento. Ángel tiene que casarse con ella para recuperarla. Durante la boda, la mirada de la madre es extraordinaria; parece una esposa despechada que tiene que resignarse a compartir el marido. Hay algo en los ojos de Lola Gaos que resulta fascinante: no necesita gesticular ni arquear las cejas para transmitir múltiples sensaciones.
Martina parece aceptar la situación definitivamente. Habla mucho más con su nuera, pero al mismo tiempo apreciamos que su instinto agresivo sigue latente: cuando ambas trabajan en el huerto, la madre lleva una pequeña azada en la mano y parece calcular cómo podría matar a Milagros, que está agachada de espaldas a su suegra, de un golpe certero.
La llegada de El Cuqui, el antiguo novio de Milagros, devuelve la esperanza a Martina de recuperar la vida normal que llevaba antes. A través de la ventana descubre, feliz y sonriente, que ambos se besan. Más tarde escucha la conversación que mantienen, en la que la joven declara que está dispuesta a marcharse con ese chulo. Pero la presencia del gobernador civil y de los guardias que le escoltan frustran sus esperanzas: El Cuqui tiene que escapar solo, a Ángel le encargan que lo busque por el monte y Milagros, que ha jugado con su esposo y su amante, se queda en la casa. "Así es que te quedas. Ayer te ibas y hoy te quedas", le reprocha.
José Luis Borau no quiso mostrar en ningún momento la muerte (al menos humana) en la película. La desaparición de Milagros no se ve en la pantalla, pero tampoco hace falta: Martina le manda a por patatas en el huerto más pegado al arroyo y cuando la observa por la ventana sabemos que la tragedia se está fraguando en ese momento. A su hijo le cuenta que ha huido. Actúa por instinto animal, para recuperar su vida anterior y su posición como "líder de la manada". Bajo esa perspectiva, su proceder criminal no es inmoral, simplemente ha hecho lo que una loba (hembra alfa, según la jerarquía de esta especie) hubiera hecho.
Por la noche, con un Ángel angustiado y entristecido, ella despliega su energía, su cariño y sus encantos. "Menos mal que estoy aquí. ¿Qué sería de ti sin mí, pobrecito? Estamos mejor así, los dos solos, como siempre". Él se deja desnudar y acariciar, de nuevo impotente e indefenso, hasta que se rebela tras un lascivo y ridículo comentario maternal ("¡Si se te ve el pajarito!", le suelta mientras se ríe de forma escandalosa).
El hijo se comporta igual que su madre. Si ella mató brutalmente a la loba que tenía encadenada, él descarga su ira disparando contra el hermoso ciervo "cinco estrellas" que parecía estar reservado a su hermano de leche, al gobernador.
Ángel descubre que Milagros no se hubiera marchado sin su pequeña caja de los tesoros y sabe que su madre la ha asesinado. Martina está al borde la tragedia. Su hijo le ordena que acuda a misa al día siguiente y ella seguramente intuye entonces que tendrá que estar en paz con Dios. Cuando el cura (Ismael Merlo) le ofrece la hostia durante la comunión, ella siente como si estuviera recibiendo la extremaunción.
Esperando la muerte.
Si no vemos el asesinato de Milagros a manos de su suegra, tampoco contemplamos el momento en que Martina cae sobre la nieve. Cuando salen del pueblo y se dirigen a casa a través del bosque, ella abre el camino, esperando escuchar en cualquier momento algo que la detenga para siempre. Ha salido de misa pero sigue rezando.

- ¡Espere!
- ¿Qué vas a hacer conmigo?
- Ya lo sabe usted.
- Pues hazlo pronto, jodido.

La última imagen que tenemos de Martina es un rostro seco, unos ojos que invaden la pantalla y un cuerpo que, después de tantos años luchando, va a terminar de sufrir por fin. "Concédeme una buena muerte", rezaba días antes, cuando Ángel la expulsó de la habitación. Quizá era esa, a manos de su hijo, su muerte soñada.

La película

- "Furtivos" sigue siendo, hoy en día, con más de 3,5 millones de espectadores, una de las quince películas del cine español más vistas en las salas comerciales. No fue un hito en su día, ya que "No desearás al vecino del quinto" (1970) o "La ciudad no es para mí" (1970) superaron los cuatro millones de espectadores.
- José Luis Borau tuvo que emplearse a fondo contra la censura franquista, que intentó eliminar numerosas escenas. El director aragonés se las ingenió para mantener la figura corrupta del jerarca franquista que él mismo interpretaba, así como las escenas de desnudo, unas cuantas palabras malsonantes, las insinuaciones de incesto y la escena de la muerte del lobo.
- El cineasta fue duramente atacado por fuerzas de la derecha y de la izquierda, en este caso porque la película tuvo diferentes interpretaciones ideológicas. Agustín Sánchez Vidal recoge, en su libro "Borau", que recibió numerosas amenazas.
- No obstante, el principal quebradero de cabeza para el director fue la escena del lobo apaleado hasta la muerte, por la que recibió muchísimas críticas. Borau repitió muchas veces que el animal estaba enfermo en fase terminal y que hubo un veterinario permanente para supervisar las escenas, sobre todo aquellas en las que aparecia un perro similar, para que no sufriera.
- Ovidi Montllor se rompió un dedo durante la escena en que echa de la cama a Lola Gaos y se lo tuvieron que escayolar, aunque cuando era preciso le quitaban el yeso para que no se notara en la película.
- La película sirvió para que muchos espectadores, críticos y cineastas se dieran cuenta de la tremenda calidad interpretativa de Lola Gaos, que estaba muy lejos de ser la "bruja" que parecía ser en la pantalla. Quienes la conocieron aseguran que era una mujer encantadora y simpática, además de muy comprometida, sobre todo en la lucha contra el franquismo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

George Bailey

(James Stewart, "¡Qué bello es vivir!")

Mary, George y Zuzu viven un momento irresistible de felicidad.

James Stewart es una de las estrellas del cine que mejor han sabido sufrir en pantalla. Encarna como nadie la figura del héroe frágil y vulnerable, capaz de arrastrar su idealismo por el Senado norteamericano con un discurso agotador ("Caballero sin espada"), de enfrentarse a un temible pistolero con un delantal de camarero ("El hombre que mató a Liberty Valance") o de plantar cara, inválido y con una cámara de fotos, a un asesino ("La ventana indiscreta"). En muchos de sus westerns, en las películas de Hitchcock e incluso en algunas de sus comedias, su rostro refleja a la perfección miedo, dolor, angustia o terror.
"¡Qué bello es vivir!" ("It's a wonderful life", 1946) marca, en este sentido, un hito en la capacidad de sufrimiento que es capaz de transmitirle Stewart a cualquiera de sus personajes. Lejos de esa imagen feliz y afortunada que refleja la (maravillosa) escena final -y que parece contagiar al propio espíritu del film-, en realidad George Bailey es un hombre frustrado por no poder cumplir nunca sus sueños, por tener que vivir como un condenado en ese pueblo llamado Bedford Falls. Su negocio no prospera con el paso de los años y su vieja casa está muy lejos de ser la mansión que hubiera deseado regalarle a Mary (Donna Reed), su mujer.
En el Día D de su existencia (24 de diciembre de 1945), está al borde del abismo, vaga desesperado por las calles convencido de que vale más muerto que vivo. Siente pánico porque un descuido le va a llevar a la ruina y al escándalo. James Stewart pasa de la desesperación al terror cuando el entrañable ángel Clarence (Henry Travers) le priva de su vida para que pueda comprobar cómo sería la de sus seres queridos si él no hubiera nacido. Es difícil expresar mejor el espanto y la amargura como hizo este genial actor. Pese a ello, esta obra maestra de Frank Capra nos deja una cálida sensación de bienestar en el cuerpo: "Ningún hombre es un fracaso. La vida de cada hombre afecta a muchas vidas", explicó el director.
George Bailey es un triunfador pero no lo sabe. Tiene la felicidad muy cerca, en su casa, en su pueblo, con sus seres queridos, pero él cree que se halla en mundos desconocidos. Desde niño demuestra que, además de soñador, es solidario, valiente, generoso y sacrificado. Primero salva la vida de su hermano pequeño al evitar que se ahogue en un lago helado; impide también que su jefe, el señor Gower (H.B. Warner), envenene a uno de sus pacientes al advertir un cambio de etiquetas en un fármaco; y se encara con el ruín señor Potter (Lionel Barrymore), que desprecia la pequeña cooperativa de construcciones y préstamos de su padre, Peter Bailey (Samuel S. Hinds).

Mary Hatch se ha convertido en una espléndida mujer.

Cuando pasan los años, George sigue siendo soñador e idealista. Quiere viajar para conocer países exóticos y construir edificios por todo el mundo. Está a punto de emprender un viaje por Europa. Es divertido y se siente joven. Por eso le cuesta entender a su padre, que le define con pocas palabras: "Tú naciste viejo, George". Peter cree que es como él y desea que su hijo mayor se quede en Bedford Falls para hacerse cargo de la cooperativa en vez de ir a la Universidad.
La vida le sonríe en esos momentos, sobre todo cuando acude con su hermano Harry (Todd Karns) a la fiesta de fin de curso del colegio. Allí descubre fascinado a la deslumbrante y encantadora Mary Hatch, que de niña estaba enamorada de él.

"¿Qué es lo que deseas, Mary? Dime lo que deseas. ¿La luna? Pídemela y echaré un lazo y la bajaré para ti"

Mientras flirtea con la chica, su tío Billy (Thomas Mitchell) le busca para anunciarle que su padre ha sufrido un ataque al corazón. Su muerte retrasa los planes de George y cuando por fin ya está a punto de marcharse, escucha al viejo Potter quejarse de la familiaridad con que Peter trataba a sus clientes. "Para mi padre eran personas; pero para usted, viejo frustrado, son sólo bestias. Mi padre murió mucho más rico de lo que usted nunca será", le increpa.
Su reacción provoca que los socios de la compañía rechacen a Potter como presidente, pero a la vez le eligen a él para sustituir a su padre en el cargo. Su rostro se torna grave y dramático cuando tío Billy le recuerda que, si se va, el viejo usurero del banco se apoderará de la empresa y de la ciudad. George se queda paralizado: una vez más tendrá que cancelar su sueño.
Han pasado cuatro años. Pasea impaciente por la estación ferroviaria. Su hermano está a punto de llegar para tomar el relevo en el negocio familiar, de forma que él pueda explorar el mundo. Pero Harry se ha casado y por ello no va a dejar que la felicidad de su hermano menor se enturbie. George está decepcionado y furioso. Sus pasos le llevan hasta la casa de Mary, a quien no ve desde la muerte de su padre. Está extrañamente enfadado y molesto con ella, que le ha recibido con ilusión, en recuerdo de aquella noche especial en la que se enamoraron sin declararse. George Bailey está molesto, tal vez, porque no quiere atarse a nadie y, sin embargo, sabe que se ha enamorado irremediablemente.

Mary y George, en la bellísima escena de amor que están viviendo.

Estamos en la antesala de una de las escenas de amor más bellas y sensibles del cine. Mary se pone a hablar por teléfono con su amigo Sam, éste reclama que también escuche George y mientras conversan sobre el negocio del plástico, la proximidad de sus rostros les está embelesando. Él siente la caricia de su pelo y ella parece latir con el corazón de su amado. Bailey ya no puede soportar más esa tensión emocional, le agarra con fuerza y, antes de besar sus labios, le suelta una frase absolutamente conmovedora:

"¡Ahora escúchame a mí! No me interesa el plástico ni empezar ningún negocio ni quiero casarme nunca. ¿Has entendido? Quiero hacer lo que me venga en gana... Y tú eres... tú eres..."
      
Una vez más, George no podrá cumplir sus planes. El viaje de novios se cancela para siempre cuando la caída de la Bolsa de Nueva York provoca un clima de pánico en todo el país. Los clientes quieren retirar su dinero y la cooperativa de préstamos está cerrada al público. Él actúa con extrema tranquilidad cuando cruza delante de todos para acceder a las oficinas. Alguien anuncia que Potter está comprando las acciones de la cooperativa a la mitad de precio, lo que supondría la ruina para Bailey. "Potter no vende: compra. ¿Por qué? Porque nosotros sentimos pánico y él no", trata de advertirles. Vista hoy, la escena es magistral porque explica a la perfección aquel momento histórico de 1929 como muy pocas películas han sabido hacerlo. Cuando Mary entrega el dinero destinado a la luna de miel para satisfacer las necesidades de la gente, George consigue salvar por escaso margen la supervivencia del negocio.
El idealismo de Bailey ya no se refleja en su afán por explorar el mundo, sino en su lucha por conseguir que la gente llana y humilde tenga una vida digna. Pasan los años y su honestidad no se resiente ni siquiera cuando Potter le ofrece un sueldo anual de 20.000 dólares y una casa mucho más grande que la que posee para que venda la cooperativa. Su arranque de integridad al rechazar la oferta es ejemplar, pero eso no va a mejorar su rutinaria y sufrida existencia.
Llegan los niños, el pomo de la escalera de su casa siempre está suelto -como un símbolo de su austera existencia-, y la Segunda Guerra Mundial encumbra como héroes a casi todos sus conocidos, mientras que él, por su sordera en el oído izquierdo (cuando salvó a su hermano pequeño) tiene que conformarse con dirigir la defensa local en Bedford Falls. George ha envejecido, su pelo está más blanco y parece más cansado y triste.

James Stewart, magnífico en la escena en que le suplica a Potter.

En vísperas de la Navidad de 1945, su situación financiera no marcha nada bien, pero se complicará de forma trágica cuando tío Billy entregue a Potter por error un depósito de 8.000 dólares. George no puede más y estalla de indignación y rabia contra su tío: "¿Dónde está el dinero, viejo imbécil? ¿Sabes lo que significa esto? ¡Ruina, escándalo y cárcel!". Por primera vez en su vida está al borde de la desesperación. Arremete con violencia y agresividad contra todo y contra todos, incluidos sus hijos. Mary observa con horror la transformación insólita de su marido.
George visita a Potter para suplicarle ayuda. Es una escena soberbia, en la que James Stewart parece estar realmente hundido y destrozado. "Vales más muerto que vivo", le expone el banquero. Esas palabras le persiguen mientras huye sin rumbo por la ciudad. Llega hasta el puente del río, se asoma con intención suicida... y en ese momento cae alguien desde más arriba. Clarence Odbody, un viejecito de aspecto bonachón, se ha lanzado el agua para salvarle la vida. Es su ángel de la guardia, un ángel de segunda clase, y por eso no tiene aún las alas que tanto ansía.
Por mucho que se lo explique, George no se lo cree e insiste en que más le valdría no haber nacido. A Clarence se le ocurre entonces una genial idea: demostrarle cómo sería la vida de los demás si él no existiera. De repente, deja de nevar afuera y un fuerte viento golpea la puerta de la garita donde están secando sus ropas. Está hecho: George no existe. Su labio deja de sangrar y su oído izquierdo está perfectamente.

"No has nacido, no existes, no tienes preocupaciones ni molestias ni obligaciones. No has de conseguir ocho mil dólares. Potter no ha enviado a la policía en tu busca... tu labio ha dejado de sangrar"

Comienza así una nueva película: fantástica, gótica, tenebrosa, en ocasiones hasta terrorífica. Su coche no está empotrado en un viejo árbol; la ciudad se llama Pottersville porque él no estuvo para impedir que el banquero se apoderara de ella; su hermano lleva muchos años enterrado porque George no pudo salvarle al no existir; el viejo Gower es un borrachín vagabundo porque nadie impidió que le suministrara veneno a un cliente en vez de medicina; sus amigos y su madre no le reconocen; Mary es una solterona que se ocupa de la biblioteca... "Te ha sido concedido un gran don, la oportunidad de ver cómo habría sido el mundo sin ti", le aclara el ángel.

George, desesperado, al borde del suicidio.

Tras su frenético y angustioso descenso a su no-existencia, George vuelve al puente y comienza a rezar. Quiere vivir, quiere ver a su mujer y a sus hijos, quiere participar de nuevo en ese mundo imperfecto, aunque tenga que ir a la cárcel por malversación. Bert, el policía (Ward Bond), se le acerca en ese momento y le llama por su nombre: George ha vuelto a la vida, se ríe eufórico al descubrir que le sangra el labio y que unos pétalos de la flor de su hija Zuzu están en su bolsillo. Recorre la ciudad con una alegría infinita y llega a casa emocionado al ver a sus seres queridos. Sin duda, otro momento fantástico que nos ha regalado el cine y uno de los más recordados e imitados.
La magia de Capra, la esencia de su cine, se condensa con una inolvidable dosis de emoción en el tramo final de la película. Mary y tío Billy han difundido por la ciudad que George tiene problemas y todos los vecinos contribuyen con sus ahorros para cubrir el dinero perdido. Llegan todos los personajes entrañables de la película, como si fuera un homenaje al genial reparto de secundarios, y acude también Harry, que ha dado plantón al presidente del país cuando iba a condecorarle como héroe de guerra. "Brindo por mi querido hermano George, el hombre más rico de la ciudad".

George, eufórico tras volver a la vida.

George no dice nada, sólo mueve los labios para citar en silencio a los amigos que desfilan por su casa y lo observa todo con una mirada que nos invita a compartir la emoción del instante. Su vida tiene sentido después de tantos años. Los hombres honestos, solidarios y comprometidos no pueden desaparecer en el caos de una depresión económica o de una desoladora guerra mundial. Ningún hombre es un fracaso y menos George Bailey. "Nadie fracasa si tiene amigos", lee en ese viejo libro de Mark Twain que Clarence le ha dejado como regalo de Navidad. Para nosotros, el regalo navideño será siempre esta hermosa e imprescindible película.

La película
- Nada más concluir la Segunda Guerra Mundial, los coroneles Frank Capra, George Stevens, William Wyler y Samuel Briskin crearon Liberty Films, una compañía que funcionó mediante un acuerdo con la RKO. "¡Qué bello es vivir!" fue la primera de las nueve películas que tenían que realizar la productora.
- El film está basado en el cuento "El mayor regalo", escrito por Philip Van Doren Stern como una original felicitación navideña para sus amigos. "¡Esta era la historia que había esperado toda mi vida!", exclamó Capra al leer la historia.

Frank Capra.
- El director no tuvo dudas, pensó de inmediato en James Stewart como George y en Lionel Barrymore para el papel de Potter.
- "Creí que era el mejor film que había hecho en mi vida. Mejor aún, creía que era el mejor film que nadie había hecho nunca", confiesa Capra en su autobiografía "El nombre delante del título".
- James Stewart, que también había estado inactivo durante la guerra, tenía muchas dudas sobre la profesión de actor después de cuatro años sin actuar, como le reveló a Barrymore. Éste le convenció de que ningún oficio podía hacer tanto por la gente como el de un actor y Stewart decidió seguir su carrera, aunque a partir de esta película trató de conseguir papeles más duros y dramáticos.
- La película no alcanzó el éxito comercial que se esperaba. Tampoco triunfó en los Oscar, ya que un drama sobre la vuelta de los soldados tras la guerra, la maravillosa "Los mejores años de nuestra vida", de William Wyler, resultó la gran triunfadora. Pese a que James Stewart era el gran favorito para el premio al mejor actor, Fredric March le ganó por sorpresa.
"¡Qué bello es vivir!" empezó a convertirse en un clásico de las programaciones televisivas de medio mundo cuando en 1974 nadie se preocupó de renovar los derechos de autor del film. Durante casi treinta años ha sido la película más emitida en Navidad por múltiples canales televisivos. Hace poco años se recuperaron los derechos gracias a que una parte de toda la producción (concretamente, el cuento original) sí renovó dicha licencia.