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viernes, 28 de enero de 2011

Marge Gunderson

(Frances McDormand, "Fargo")

Marge, cumpliendo con su deber.

Vuelvo a los hermanos Coen para hablar de un personaje sumamente peculiar y fascinante: el de una mujer policía, inteligente y cortés, en avanzado estado de gestación, para quien lo extraordinario de su existencia no es la investigación de una serie de crímenes complejos sino su exageradamente apacible vida marital. Marge Gunderson (Olmstead, de soltera) (Frances McDormand) nos sorprende porque, pese a su eficacia, es la antítesis de los agentes policiales de muchas películas, esos que se pasan las veinticuatro horas del día pensando en su caso, sin apenas comer ni dormir, atiborrados de café y tabaco, alejados de sus familias y con la tensión permanente en el rostro.
Cuando Marge vuelve a casa le espera su esposo Norm (John Carroll Lynch), un tipo bonachón, callado y relajado que nunca le pregunta por los casos que investiga. Ella, sin embargo, está vivamente interesada en la rutina diaria de Norm, los sellos que pinta de forma artesanal, su pesca y las sencillas noticias que le comenta. La trivialidad es su felicidad, mientras que el sentido del deber policial, cumplido con sensatez y exquisitez, no traspasa el umbral de su hogar. Y es que uno de los grandes aciertos de esa maravilla cinematográfica que se llama "Fargo" (1996) es convertir la espeluznante historia criminal que nos cuenta en uno más de los acontecimientos secundarios en la vida de Marge.
Frances McDormand es una de esas prodigiosas actrices que responden siempre a los grandes papeles. Como Meryl Streep, Jessica Lange, Glenn Close o Sigourney Weaver, entre otras (creo que ya hablé de esto a propósito de la Weaver y su Paulina Escobar). Lo malo es que esos grandes papeles no suelen ser frecuentes, pero cuando se produce salen momentos tan inolvidables para el cine como "La decisión de Sophie", "Frances", "Atracción fatal" o "La muerte y la doncella". En el caso de McDormand, "Fargo" es una de las cimas de su carrera, pero no hay que perder de vista sus personajes en "Camino al paraíso", "Casi famosos", "Vidas cruzadas", "Arde Mississippi" o "En tierra de hombres".
Marge Gunderson es la jefa de policía de Brainerd (Minnesota, Estados Unidos), una pequeña ciudad de unos diez mil habitantes, cerca de la frontera con Canadá, donde las principales noticias suelen ser domésticas. El invierno dura desde noviembre hasta abril y la nieve es un elemento habitual en ese periodo. Es una población peculiar, ya que el origen alemán, noruego y sueco de muchos de sus habitantes ha creado un acento comunitario muy singular. Por si fuera poco, la falta de estrés y de tensiones ha proporcionado a la gente un poso de extremada tranquilidad que se advierte en su parsimonia para hablar y actuar.
Es lo que se conoce por el nombre de "Minnesota nice", un estereotipo aplicado a los habitantes de este Estado (precisamente en el que nacieron y se criaron los hermanos Coen) que define su conducta social: son educados, generosos, corteses, agradables, suaves en el trato, reservados para los forasteros, contenidos emocionalmente y poco dados a la confrontación, entre otras características. Sólo por el esfuerzo de Frances McDormand con su "acento Minnesota" es aconsejable ver la película en versión original... y con subtítulos, por muy buen dominio del idioma anglosajón que se tenga, ya que muchas expresiones son demasiado localistas.

Norm y Marge, una pareja plácidamente enamorada.

Marge está embarazada de siete meses, pero su avanzado estado de gestación no le impide por el momento cumplir con su labor. Su marido, Norm Gunderson, también era policía, pero acordaron que él dejaría el trabajo para ocuparse de las labores domésticas y de sus plácidas aficiones: pintar y pescar. Sus conversaciones no parecen tener una gran trascendencia:

Norm:
Lo publicaron.
Marge: ¿Lo publicaron?
Norm: Sí.
Marge: ¿De veras?
Norm: El sello de tres centavos.
Marge: ¿Tu pato real?
Norm: Sí.
Marge: ¡Oh, eso es fantástico!
Norm: Es sólo un sello de tres centavos.
Marge: Es fantástico.

Marge es la protagonista de la película, pero se trata de una condición discutible. Para empezar, aparece cuando ya ha transcurrido la media hora de proyección, todo un desafío para las leyes del buen guión cinematográfico, que aconsejan incluir al personaje principal en las cinco primeras páginas. Pero Ethan y Joel Coen se saltan esta norma de forma magistral, porque luego su presencia cobra una fuerza magnética que nos hace creer que ha estado siempre en pantalla. Está tan bien trabajado su personaje que nos encandila de inmediato.
Las comidas cobran una gran importancia en la película, en parte por el embarazo de Marge. A ella la vemos comer en restaurantes, en la cocina de su casa, en la carretera o en su despacho. En todas las escenas en que aparece con Norm o bien están en la cama, generalmente pensativos, o engullendo cualquier tipo de alimento.
Desde un punto de vista narrativo, muy a gusto de cada espectador, "Fargo" también se puede ver como la historia de un tipo gris, inseguro, humillado por la sociedad, sin personalidad, anulado por todos los que le rodean, manejable y tan vacío que nos da lástima. Tenemos entonces la historia de Jerry Lundegaard, interpretado de manera magistral por William H. Macy. Jerry ha contratado a dos individuos en la ciudad de Fargo para que secuestren a su mujer; el objetivo es que su millonario suegro pague el rescate y él pueda hacer frente, con la mitad de ese dinero, a sus numerosas deudas. Pero Jerry es un pobre hombre incapaz de controlar la situación. A los dos delincuentes se les va de las manos ese encargo y antes de secuestrar a su esposa ya han dejado cadáveres por el camino. Y es ahí donde aparece la jefa de policía de Brainerd.
Marge recibe una llamada de madrugada; le informan de que han aparecido tres cadáveres en la carretera del término municipal. Norm también se levanta para prepararle unos huevos a modo de desayuno. Se despiden con dulzura. Cuando llega al escenario del crimen, acompañada por Lou (Bruce Bohne), demuestra su sagacidad para, con un simple vistazo, darse cuenta de lo que ocurrió: un policía hizo detener a dos sospechosos; estos le asesinaron y, cuando escondían el cadáver, fueron vistos por dos testigos que iban en un vehículo. Los persiguieron y los mataron unos kilómetros más adelante.
- ¿Has visto algo ahí, jefa?
- No, es que creo que voy a vomitar.
- ¡Demonios! ¿Necesitas ayuda, Margie?
- No, ya se me ha pasado: Vuelvo a tener hambre.
Los protagonistas van actuando según el plan previsto. Jerry, ajeno al triple asesinato, trata de convencer a su suegro, Wade Gustafson (Harve Presnell), de que no hay que llamar a la policía por el secuestro, sino dejar que las negociaciones las lleve él en persona. Los criminales, Carl Showalter (Steve Buscemi) y Gaear Grimsrud (Peter Stormare), han llegado a una cabaña, donde ocultan a Jean (Kristin Rudrüd), la mujer de Jerry, a la espera de noticias y del dinero.
Pese a la brutal naturaleza del crimen, Marge recuerda  que tiene que comprarle a Norm lombrices para pescar; y cuando éste le espera en la jefatura de policía, no le abruma con detalles del caso, sino que le pregunta por el concurso local de pintura al que se va a presentar. Su esposo ni siquiera parece interesado cuando Lou le informa a su jefa acerca de las pesquisas sobre el coche alquilado que han utilizado los asesinos.
Marge consigue que la gente se sienta a gusto en su compañía; sabe escuchar, sonríe y trata a las personas con tacto y psicología. Cuando se entrevista con dos prostitutas de un club de carretera (que pasaron una noche con los ocupantes del vehículo alquilado), se muestra afectuosa y cordial, por lo que consigue mucha más información que si hubiera sido fría y distante.

- La verdad es que el bajito era raro.
- ¿En qué sentido?
- No lo sé, pero era raro.
- ¿No puedes concretar un poco más?
- No sabría decírselo... la tenía muy torcida.
- ¿Y seguía siendo raro además de eso?

Marge pone nervioso al desgraciado Jerry Lundegaard.

La investigación le lleva a Minneapolis, la capital del Estado, para hablar precisamente con Jerry Lundegaard, jefe de ventas del concesionario de coches al que pertenecía el vehículo de los secuestradores. En ese momento no puede imaginarse lo cerca que está de la clave del caso. Viajar hasta allí es tan especial que hasta Norm se sorprende ligeramente. Con cualquier otro policía de película, la acción iría directamente al meollo de la cuestión, pero con ella, no: La vemos acercarse a la conserjería del hotel, saludar a los empleados con exquisita amabilidad, preguntar por un buen restaurante para cenar y guardar bien las distancias, sin parecer antipática, con un antiguo compañero de estudios, Mike (Steve Park), quien afirma estar viudo para intentar ligar con ella.
Marge puede parecer frágil, sobre todo por su estado, pero no se amilana ni siquiera ante la amenazadora presencia de Shep Proudfoot ("Pie Ligero") (Steve Reevis), un fornido y violento indio cuyo teléfono particular aparece en el registro de llamadas que hicieron Carl y Gaear desde el club de carretera. Shep trabaja en el concesionario de coches donde Jerry es el jefe de ventas y fue el vínculo entre éste y los secuestradores. Con sagacidad y con asombroso conocimiento de la naturaleza humana, no le deja opción para inventarse ninguna excusa y le lleva adonde quiere. "¿Cree usted que recordará ahora quién hizo la llamada?", concluye sonriendo.
El círculo criminal se está cerrando en torno a un sobrepasado Jerry, incapaz de controlar lo que ha provocado. Su suegro es asesinado porque no le deja entregar el dinero; no sabe nada de su mujer, es incapaz de consolar a su hijo y los problemas le atosigan sin que pueda hacerles frente. Marge se convierte en su nuevo problema cuando ella va a visitarlo por segunda vez. Está plenamente convencida de que el coche de los delincuentes salió de allí; la actitud de Jerry, nervioso e inseguro, le confirmará sus sospechas cuando eleve la voz y se ponga muy tenso durante el interrogatorio.

- Ese coche no es nuestro. Yo lo sé.
- ¿Pero cómo lo sabe? ¿Cuentan los coches todos los días?
- Señora: ya he contestado a su pregunta.
- ¿Disculpe, señor?
- Señora, ya he contestado a su pregunta. Ya he contestado a su... ¡Estoy cooperando!
- Señor, debería intentar no ponerse borde, porque estoy haciendo mi trabajo.

Jerry acaba desquiciado y la deja sola en el despacho con la promesa de que va a comprobar si realmente le falta algún vehículo. La mirada de Marge se detiene en la libreta de aquel tipo, luego pasa a la mesa, las paredes, una fotografía enmarcada de su mujer y, finalmente, la ventana: entonces descubre que Jerry se va con su coche. "¡Maldita sea! ¡Se está largando! ¡Se está largando!", exclama nerviosa y, por primera vez en la película, un tanto excitada. Sabe que está muy cerca de la resolución de su caso.
El azar juega a su favor cuando Marge da una vuelta con su coche por la zona de los lagos: descubre el vehículo (un Sierra marrón) que andaba buscando y, cuando se acerca a la cabaña, observa que un individuo (Gaear) está triturando un cadáver. La escena está exenta de dramatismo, heroísmo y riesgo, salvo un trozo de madera que le lanza él antes de intentar escapar. El ruido ensordecedor de la máquina anula la música y el diálogo, de forma que tampoco es un momento aterrador. La jefa de policía le detiene con un balazo en la pierna.
En el coche policial, Gaear escucha en silencio el monólogo de Marge, abatida por las circunstancias. Ha apresado a un tipo que ha asesinado a cinco personas, entre ellas a la secuestrada señora Lundegaard (porque no soportaba sus gritos) y a su compinche Carl. Y todo por un poco de dinero. Su frase final es como una declaración de principios, un canto a la honestidad y a la sencillez. Una filosofía de la vida resumida en una simple frase:
  
"Hay cosas en la vida más importantes que el dinero, ¿sabes? ¿No lo sabías? Y ahora estás aquí. Y hace un precioso día. Es muy difícil entenderlo".

"Dos meses más...".

Marge es la antítesis de la degradante actitud que han mostrado Jerry, Carl y Gaear, tres seres solitarios e incapaces de encontrar sentido a sus vidas. El dinero es lo último que necesita ella. Tiene a Norm, que le aporta serenidad, tiene una existencia placentera, que irá consumiendo sin sobresaltos, con la fuerza del cariño, y tiene a un bebé en camino que se convertirá en el punto culminante de su felicidad. Si eres feliz, ¿para qué ambicionar poder o dinero?
- Te quiero, Margie.
- Te quiero, Norm.
- Dos meses más.
- Dos meses más.

La película
- Aunque al comienzo se advierte que está basada en hechos reales, lo cierto es que los Coen tomaron dos episodios trágicos ocurridos en 1962 y 1972 y mezclaron ambas situaciones en una sola historia.
- El título "Fargo" hace referencia a una localidad de Dakota del Norte, aunque realmente no se filmó ahí ninguna escena y sólo se menciona la ciudad cuando Jerry se entrevista con los dos secuestradores.
- La genial actuación de Steve Buscemi, como Carl Showalter, era de prever; no en vano, los Coen escribieron el papel pensando en él.
- William H. Macy tuvo que insistir para encarnar, de forma espléndida, a Jerry Lundegaard. Tras hacer una prueba y esperar a que le llamaran, decidió volar a Nueva York y entrevistarse con el director y el guionista. Al parecer les convenció tras asegurar que si no le daban el papel arruinarían la película: "Es mi papel".
- La actuación de Macy provocó grandes elogios y en varias entrevistas tuvo que admitir que no improvisó nada: hasta la tartamudez estaba en el guión.
- Frances McDormand, que es la esposa de Joel Coen, tuvo una profesora, Larissa Kokernot, natural de Minnesota, para conseguir su peculiar acento local. Curiosamente, esa profesora hace el papel de una de las prostitutas.
- De las siete nominaciones que obtuvo la película en la gala de los Oscar de 1997, se llevó la del mejor guión original (Ethan y Joel Coen) y mejor actriz, para McDormand, que superó, entre otras, a la espléndida Brenda Blethyn ("Secretos y mentiras").
- El personaje de Marge Gunderson está considerado entre los cien mejores de la historia del cine (el 33, según el American Film Institute; el 75, según la revista Empire).
- Durante años circuló el rumor de que una mujer japonesa había estado buscando realmente el maletín del dinero que Carl Showalter escondió en la nieve.
- Una curiosidad: Santiago Mainar, condenado por el asesinato del alcalde de Fago, una pequeña y bella localidad de Huesca, tenía el dvd de "Fargo" cuando las televisiones le entrevistaron antes de que fuera inculpado por el crimen.

domingo, 2 de enero de 2011

Glenn Holland

(Richard Dreyfuss, "Profesor Holland")

Holland lleva la batuta de la orquesta y de la película.

"Mire a su alrededor: No hay una sola vida en esta sala en la que usted no haya influido. Todos nosotros somos mejores personas gracias a usted. Somos su sinfonía, señor Holland. Somos las melodías y las notas de su concierto. Somos la música de su vida"

Glenn Holland, compositor frustrado, profesor de Música, hombre insatisfecho, parece una mezcla perfecta entre Charles Edward Chipping ("Adiós, Mr. Chips", 1939 y 1969) y George Bailey ("¡Qué bello es vivir!", 1946). Del primero recoge su profesión, obviamente, su buen corazón, sus indecisos comienzos, un drama personal y el cariño de sus alumnos. Del personaje que encarnó James Stewart (y que comenté hace unos días) absorbe su permanente frustración por algo inalcanzable, su desdichada felicidad (la tiene pero no la reconoce), su relación amorosa a prueba de obstáculos y ese masivo reconocimiento final de familiares, estudiantes y colegas. Cuando cientos de alumnos y profesores le tributan un emotivo homenaje en el auditorio del instituto John F. Kennedy, uno cree estar ante una versión musical de la escena final de "¡Qué bello es vivir!".
"Profesor Holland" ("Mr. Holland's Opus", 1995), dirigida por Stephen Herek, plantea un recorrido de treinta años por la vida de un hombre que se metió en la enseñanza de modo provisional hasta que pudiera convertirse en un famoso compositor. Durante ese tiempo (de 1965 a 1995) apreciamos la vertiginosa evolución de la sociedad norteamericana en contraste con la lenta progresión del protagonista, quien sólo parece haber aprendido una cosa a lo largo de tres décadas: la enseñanza era su pasión y no lo supo hasta el final.
Holland está anclado en una dimensión temporal (o en una burbuja) diferente, donde las transformaciones sociales no le afectan. Él manifiesta siempre las mismas inquietudes, frustraciones y anhelos, desde una posición liberal y permisiva, como si desde el comienzo estuviera unas décadas por delante de los demás. Glenn Holland (Richard Dreyfuss) se apasiona hablando de Bach y Beethoven, pero defiende el rock y lo que está por venir. No comparte la estricta moralidad académica de los años 60, aunque tampoco es un adalid de las libertades, al menos como podría serlo su colega John Keating (Robin Williams, "El club de los poetas muertos", 1989).
La película tiene los suficientes requisitos como para convertirse en una historia entrañable, nostálgica, reflexiva y emocionante. Y de algún modo lo es, aunque uno echa en falta un mayor equilibrio en el peso de los personajes a lo largo de los años. Si en "Adiós, Mr. Chips" (la de Robert Donat y la de Peter O'Toole), seguimos con mucho interés las historias paralelas de varios alumnos bien perfilados e identificables, con sus dramas y alegrías que nos emocionan, en la película de Herek esas historias pierden interés y continuidad; realmente no nos llegan -quizá con la excepción de Rowena (Jean Louisa Kelly)- al corazón.
Al comienzo de la película descubrimos ya las principales claves del personaje: es un tipo insatisfecho porque quiere abarcar más de lo que puede. Escribe una sinfonía (la llama "Sinfonía Americana"), pero su creatividad se atasca. El día en que empieza su trabajo como profesor de Apreciación Musical parece más bien un alumno quejica por tener que levantarse. Su mujer Iris (Glenne Headly) le anima como si fuera su madre. Deambula por el centro escolar como un colegial despistado: no reconoce a la directora Jacobs, que lo contrató (Olympia Dukakis), no sabe dónde está su clase y se pone en la fila de los alumnos en el comedor hasta que Bill Meister (Jay Thomas), el profesor de Educación Física, le advierte que un profesor no espera, no hay democracia en el instituto.
Holland es, por lo demás, un hombre responsable de su trabajo, pese a que no le guste la enseñanza y a que es un hombre imperfecto. Quizá por ello sea tan creíble el personaje. Desde el principio se queda asombrado por la falta de interés de sus alumnos hacia la música. No consigue conectar con ellos para convertir la clase en un momento atractivo y apasionante. "Se supone que tocar música debe ser algo divertido. Trata sobre el corazón, sobre los sentimientos, sobre motivar a la gente, es algo hermoso. No es simplemente unas notas en una página".

El profesor disimula su horror ante el pésimo nivel de sus alumnos.

Pero casi al final de su primer curso se produce el milagro. Cansado de los silencios, de los bostezos, de las miradas de incomprensión, de esa atmósfera plomiza que se respira en su aula y de sentirse fracasado, cambia de táctica y comienza a preguntarles a sus alumnos qué música les gusta. "El rock&roll" es la respuesta casi unánime. Holland toca al piano "A lover's concerto", un tema moderno que está de moda ese año, y les pregunta de quién es. "The Toys", es la respuesta. El profesor interpreta entonces el "Minueto en Sol", de Johann Sebastian Bach: es la misma música. En pocos minutos ha conseguido lo que no pudo lograr en seis meses de curso, despertar la pasión de sus estudiantes por la música, aunque sea a través del rock, algo que escandaliza al subdirector Wolters (William H. Macy):

- El rock&roll, por su propia naturaleza, es el fin de la disciplina.

- ¿Y qué quiere usted que haga? ¿Negar que existe?
- Lo que le pedimos es que debería potenciar a los clásicos: Brahms, Mozart, Stravinsky...
- Stravinsky fue el músico de la Revolución rusa, si se refiere al fin de la disciplina.

Holland descubre algo muy importante: enseñar también significa escuchar, saber qué quieren los alumnos. Le ocurre con Gertrude Lang (Alicia Witt), una joven obsesionada por su falta de talento y su incapacidad para tocar el clarinete, en contraste con su artística familia. Tras muchos meses de infructuoso aprendizaje, el profesor da con la clave para ayudarla:
- Cuando se mira al espejo, ¿qué es lo que más le gusta ver?
- Mi pelo.
- ¿Por qué?
- Bueno, mi padre siempre dice que le recuerda una puesta de sol.
- Toque esa puesta de sol. Cierre los ojos. Uno, dos, tres, cuatro...
A pesar de sus avances, Holland no parece darse cuenta de que esa va a ser la clave de su felicidad. La directora Jacobs le reprocha su falta de entusiasmo y de compromiso hacia la enseñanza. Parece agobiado por su falta de tiempo para progresar en su sinfonía e incluso se quedará contrariado cuando Iris le anuncie que va a ser padre, como si fuera otro obstáculo más en su propósito vital. Todo lo que emprende parece ser provisional, como dar clases de conducir durante el verano para conseguir más ingresos; pero los años pasarán y él seguirá siendo instructor de autoescuela y no dejará de encontrarse con alumnos especiales a quienes debe proporcionar el estímulo adecuado, como Louis Russ (Terrence Howard), a quien le enseña en tiempo récord cómo llevar el ritmo y cómo tocar el bombo.

Glenn Holland, cuando se entera de que va a ser padre.

Nace su hijo Cole (llamado así en honor a Cole Porter) y Glenn parece haber encontrado a su perfecto discípulo. Le sienta en sus rodillas ante el piano, le pone discos y le habla de los mejores músicos. Pero cuando Iris descubre que el niño sufre una sordera del 90%, él no aceptará la realidad. Es un golpe durísimo, sobre todo para su ego. En la magistral escena (Richard Dreyfuss está realmente sublime) en que Holland habla a sus alumnos de Ludwig van Beethoven, de su sordera y de su empeño para seguir escribiendo música, en realidad está hablando de su drama personal y apenas puede contener la emoción.
El tiempo pasa deprisa. El mundo se transforma con la guerra de Vietnam, el movimiento hippie, los Beatles y las agitaciones sociales en busca de un mundo mejor. Cole crece en silencio, Iris se vuelca en su compañía, impotente ante su sordera, y Holland se compadece de sí mismo, recreándose en una desgracia que cree suya. Su hijo necesita de sus padres un gran esfuerzo para su aprendizaje, mediante el lenguaje a través de signos, pero sólo Iris está dispuesta a ese sacrificio. Glenn parece resignado a tener un niño con el que no pueda comunicarse y se ampara en los consejos de un médico, quien les recomienda no someter al niño a ninguna enseñanza especial. "¡Quiero hablar con mi hijo! No me me importa lo que cueste, no me importa lo que ese médico estúpido crea que esté bien o mal. ¡Quiero hablar con mi hijo!", le grita Iris a su marido por primera vez.
Conforme pasan los años vemos a un Holland más autoritario y seguro de sí mismo en el instituto. No le importan demasiado los cambios que se están produciendo a gran velocidad, sino que sus alumnos sepan apreciar la música como un elemento importante más en sus vidas. Un día descubre la prodigiosa voz de Rowena Morgan, una joven que comparte con él su absoluta pasión por la belleza y la emoción de la música. Rowena se enamora de Glenn y éste se da cuenta de que esa situación le está poniendo ante un delicado dilema por primera vez en su vida: si se marcha con ella a Nueva York es muy posible que alcanzará esa felicidad soñada, al lado de alguien que aprecia y comparte profundamente su sensibilidad.
La bella joven está llamando a su corazón, además, en uno de sus peores momentos familiares: Iris le recrimina que se ocupe más de los alumnos que de su propio hijo y, de hecho, Glenn se ha desentendido mucho de Cole, de forma que apenas entiende y practica los signos para comunicarse con él. En contraste, su esposa aparece más vieja, cansada y descuidada que esa encantadora muchacha.

Rowena representa la felicidad utópica de Holland. 

Holland renuncia al idealismo y a la supuesta felicidad en compañía de Rowena y se queda con Iris, que se ha dado cuenta de esa historia sentimental, sufriendo en silencio sin posibilidades de competir. "Te quiero", le despierta él por la noche. "Lo sé", responde ella radiante.
A Glenn sólo le falta ganarse a su hijo, ya crecido (Joseph Anderson), para darse cuenta de que la felicidad a la que aspira la tiene más cerca de lo que siempre ha creído. Cole da un gran paso cuando le reprocha a su padre que le desprecie por suponer que no le importa nada la muerte de John Lennon, que ha conmocionado a todo el mundo. El diálogo que mantienen, traducido por Iris, es una auténtica lección para el profesor y se la da precisamente el alumno que nunca tuvo:

- Yo nunca dije que fueras estúpido.
- Pero debes pensarlo si crees que no sé quiénes son los Beatles o cualquier otro músico. ¿Crees que no me importa lo que haces o lo que te gusta? ¡Tú eres mi padre! Me podrías ayudar a conocer mejor la música, pero te preocupas más por otros que por mí. (se va dedicándole un gesto).

- Iris, ¿qué significa ese gesto?
- Significa "capullo".

La respuesta de Glenn es ejemplar. Acude con más regularidad al centro de sordomudos para aprender a comunicarse con rapidez y ofrece a la directora la posibilidad de dar un concierto, combinado con luces que marquen la música para que puedan seguirla todos. Una vez en el escenario, Holland le dedica a su hijo la canción de John Lennon "Beautiful boy". Es uno de los momentos más hermosos de la película. Glenn no sólo parece cantarle a Cole, sino también a sí mismo: "La vida es aquello que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes". Eso es, precisamente, lo que le estaba ocurriendo al profesor Holland hasta ese momento.
El mundo sigue girando a gran velocidad. Glenn, con sesenta años, vio castigar a colegialas por llevar faldas que casi mostraban las rodillas y ahora ve a parejas gay por la calle. Todo está cambiando, incluso los planes del instituto. Gene Wolters, director desde la marcha de Jacobs, le anuncia que, debido a recortes educativos, ha decidido prescindir de su asignatura. Eso significa que está en la calle. "Tengo 60 años, Gene, ¿qué clase de recomendación me va a escribir? ¿una para la morgue?".
Tras luchar por su puesto de trabajo sin éxito, visita por última vez el aula donde ha estado trabajando durante treinta años. Un Cole ya adulto (Anthony Natale) e Iris le acompañan en su despedida. De repente, se vuelve molesto por escuchar ruidos en el auditorio y cuando abre la puerta descubre a cientos de personas, alumnos nuevos y de otras épocas, profesores y amigos, que le han preparado una gran fiesta de homenaje.

Holland, con su hijo Cole, Iris y su colega Meister, durante el homenaje. 

Los brotes de emoción de Richard Dreyfuss parecen absolutamente reales en esta lacrimógena escena. Su antigua alumna Gertrude Lang, aquella que era incapaz de tocar el clarinete, es ahora una figura política importante y se encarga de presentar el acto de reconocimiento al hombre que influyó en tantas vidas. Será ella quien le diga, delante de todos, lo que tenía que haber escuchado hace años: es más rico de lo que pudiera soñar jamás y no ha desperdiciado su vida en absoluto. Y por primera vez puede escuchar una parte de esa sinfonía que iba a hacerle famoso, interpretada por alumnos de todas las generaciones.
Esa es verdaderamente su obra, como la de tantos y tantos profesores en el mundo que alguna vez en sus vidas se sintieron tan vacíos como Glenn Holland, sin poder comprender cuál fue su verdadero logro: convertir en grandes personas a miles y miles de jóvenes desorientados. Con sus defectos e imperfecciones, la huella que deja Holland es semejante a la de otros muchos maestros en el mundo... y, de algún modo, es también su película.

La película
- "Profesor Holland" es, en la actualidad, una de las películas más apreciadas como ejemplo de estrategia didáctica. Dentro del subgénero de "cine de profesores" (si se puede calificar así), el personaje de Glenn Holland es también uno de los más valorados.
- El compositor Michael Kamen, autor de numerosas bandas sonoras, entre ellas la de esta película, y fallecido en 2001, fue el autor de la "Sinfonía Americana" que el protagonista sueña con terminar algún día.
- Nicolas Cage, por su papel en "Leaving Las Vegas", se llevó el Oscar al Mejor Actor de 1995, premio al que optaba Richard Dreyfuss.
- La película parece un oasis en la decepcionante carrera de Stephen Herek, que dirigió filmes tan dispares como "Somos los mejores", "101 Dálmatas, más vivos que nunca", "Las alucinantes aventuras de Bill y Ted" o "El gurú".
- Richard Dreyfuss, el inolvidable Matt Hooper de "Tiburón", también sufrió una trayectoria irregular. Ganador de un Oscar por "La chica del adiós" (1977), su adicción a las drogas y su dolencia depresiva (trastorno bipolar) han perjudicado su carrera cinematográfica.