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viernes, 25 de febrero de 2011

Leonor de Aquitania

(Katherine Hepburn, "El león en invierno")

Katherine Hepburn y Peter O'Toole, una espléndida pareja.

James Goldman, hermano del guionista William Goldman ("Dos hombres y un destino", "La princesa prometida", "Misery"...) se inventó en 1966 un jugoso libreto sobre una supuesta reunión familiar entre el rey Enrique II de Inglaterra, su esposa Leonor (Eleanor of Aquitaine) y sus hijos. El juego sucio y las múltiples intrigas dominan la trama, aderezada por unos diálogos soberbios. En "El león en invierno", la palabra vale como mil imágenes, no hay desperdicio.
Dos años más tarde, el británico Anthony Harvey reunió a Katherine Hepburn y a Peter O'Toole para dar vida a los personajes centrales de la versión cinematográfica ("The lion in winter", 1968). La química entre ambos supuso un extraordinario hallazgo para los aficionados, una de esas felices coincidencias que surgen en el pantalla cada mucho tiempo. Por edad, la actriz (61 años) podía pasar por la legendaria reina de Aquitania, pero el actor británico sólo tenía 36 años y, sin embargo, está perfecto como el fatigado, exaltado y pasional monarca.
Diciembre de 1183. El rey Henry II traslada su Corte a Chinon (Francia) para pasar las navidades en familia. Llama a sus tres hijos y a su esposa Eleanor, a quien encerró diez años atrás en el castillo de Salisbury por promover una rebelión contra él. Su propósito es anunciarles que tras la muerte del primogénito, Henry, ha decidido nombrar como sucesor al trono a su hijo menor, John (Nigel Terry), quien deberá casarse con la amante de su padre, Alais (Jane Merrow), hermana del nuevo rey de Francia.
El planteamiento inicial ya promete una interesante sucesión de intrigas. Dos de los hijos, Richard (Anthony Hopkins) y Geoffrey (John Castle), odian a su padre y no ocultan su ambición por el trono. Pero la figura que desata todas las tensiones e intrigas familiares es una amable y encantadora mujer que no ha perdido ni la sonrisa ni las buenas maneras pese a haber estado diez años encerrada en un castillo. Eleanor llega a la reunión en una barcaza, sentada tranquila y esplendorosa en un trono, como si hubiera vuelto de unas vacaciones. La magnífica banda sonora del recientemente fallecido John Barry (con el precioso tema "Eleanor's arrival") envuelve la escena de manera majestuosa.

Los reyes presiden la comida navideña.

Lo primero que llama la atención del matrimonio es su intensa relación amor-odio. El rey recibe a su reina como un adolescente excitado. Ha bajado corriendo desde la torre del castillo y está francamente ilusionado por volver a verla. Ella le dedica una sonrisa apasionada y limpia, sin asomo de rencor, a pesar de su prolongado cautiverio y de que en la misma orilla le aguarda también la nueva amante de su marido, Alais, una joven a la que la reina cuidó de pequeña.
Esa especial relación es importante para entender la película. Eleanor y Henry contrajeron matrimonio en 1152, con 30 y 19 años de edad, respectivamente. Ella había estado casada anteriormente con el rey francés Luis VII, un hombre mucho más débil que ella, hasta que apareció en su vida el joven monarca de la saga de los Plantagenet. Durante mucho tiempo se entendieron a la perfección, porque su nivel intelectual era parejo y ambos eran fogosos amantes y fuertes de carácter.
Sin embargo, la relación se fue deteriorando. Quizá la causa principal fue la diferencia de edad entre ambos, notable conforme pasaba el tiempo. La reina podía asumir las infidelidades de su marido, porque ella también se desquitaba, pero no aceptó la aparición de Rosamund Clifford, que se convirtió en la amante duradera del rey. Es como si el corazón de éste se hubiera dividido en dos.
En 1173, la reina alentó a sus hijos Henry, Geoffrey y Richard a participar en una revuelta contra su esposo, pero éste la abortó y, como resultado, ordenó el exilio de su mujer, que permaneció encerrada durante una década en un castillo... hasta que le llamó en 1183 para celebrar las navidades juntos.
La relación entre Leonor de Aquitania y su marido parece como una partida de ajedrez que ambos reanudan después de tantos años con tremendas ganas y de manera irresistible; las piezas que ponen sobre el tablero son los sentimientos, el sarcasmo, sus debilidades, algunos secretos del pasado, la inteligencia y la enorme fortaleza de carácter, pero nunca la autoridad. Si el rey impone su poder, la partida se acabará. El duelo entre ambos me recuerda al que entablan los protagonistas de "¿Quién teme a Virginia Wolf?" (1966, Mike Nichols).
El objetivo práctico es colocar a los hijos predilectos en el trono, pero el juego es mucho más que eso. Ambos intentan demostrarse que uno es más fuerte que el otro, que la razón está y ha estado de una parte y que, a lo largo de su vida en común, uno de ellos ha sido siempre superior al otro, intelectual y afectivamente.
La reina tiene un objetivo político, conseguir que Richard (Ricardo Corazón de León) sea el futuro rey y herede la región de Aquitania, cuyos derechos le pertenecen a ella. Para conseguirlo tendrá que desplegar todas sus armas, porque hasta su hijo predilecto es duro, agresivo, tosco y vengativo. Detesta a su madre tanto como odia a su padre; a ella no le ha perdonado que le utilizara de forma maquiavélica diez años atrás para enfrentarse con el rey.

- "Eres Medea hasta los dientes, pero a este hijo no lo utilizarás en tu venganza contra tu marido".

"Eres Medea hasta los dientes", le reprocha Richard.

Los tres hijos son egoístas, ambiciosos y desconfiados. Sólo están pendientes, como los buitres, de la corona real. Son incapaces de disimular su odio y de mostrar afecto y cariño. La madre va a tener el tiempo justo para tratar de ganarse la confianza de los tres, intrigar contra el padre y darle la vuelta a una situación muy desfavorable en esa particular partida de ajedrez, ya que el monarca ha elegido como sucesor a John, el desaliñado y niñato hijo menor. A Geoffrey lo ignoran ambos, no le tienen ningún aprecio. "Tengo que hacerte una confesión: no me gustan nada nuestros hijos", le revela a su marido.
Leonor no es una madre convencional, al uso. Reconoce que no tiene ningún afecto hacia Geoffrey, un hijo no deseado que deambula como alma en pena reclamando un cariño inexistente. Es una madre imperfecta, más preocupada por la fortaleza de espíritu, el orgullo, el carácter y con un sentido del humor hiriente.
Decía antes que ambos se profesan amor y odio a partes iguales, aunque no está claro dónde está la frontera. Cada uno trata de herir los sentimientos del otro, pero con un cinismo agudo y guardando las formas. Se diría que quien no encuentra una réplica oportuna, pierde los nervios o grita en exceso, se halla en desventaja en esa partida de ajedrez mental. Por eso, Henry sonríe amablemente cuando le asegura que jamás la liberará de su cautiverio; por eso, Eleanor le amenaza sutilmente con una nueva guerra por la posesión de las tierras o se muestra extremadamente cariñosa con Alais, la sumisa y callada amante de él. "La cama de Henry es la provincia de Henry, puede meterse en ella hasta una oveja si quiere... cosa que, por cierto, ya ha hecho", le suelta en referencia a Rosamund, la amante que rompió el matrimonio.
Henry sorprende con un movimiento inesperado: anuncia que el heredero será Richard en vez de John, lo que deja a la reina descolocada. Exactamente es lo que ella pretendía, pero deseaba ganarlo, luchar por ello, no obtenerlo de esa manera. Todos desconfían de sus intenciones, incluido Richard, quien le reprocha a su madre sus ansias por destrozar a su padre. Eleanor tiene su momento de melancolía cuando habla sinceramente con su hijo. Quizá sea la primera vez en su vida que revela lo mucho que quiso a su marido.

"Henry vino desde el norte a París con la mente de Aristóteles y un cuerpo ardiente de pecador. Quebrantamos los mandamientos al instante".

El juego es constante. Los tres hijos son peones de ese ajedrez que cuenta en el tablero con otro rey, Felipe de Francia (Timothy Dalton), quien ha ocupado el trono de su país tras la muerte de su padre. Felipe es, además, hermano de Alais, la amante de Henry, aunque radicalmente diferente a ella: maquiavélico, cruel y desapasionado. Ha sido invitado a la reunión familiar para arreglar la boda de Alais con uno de los hijos, pero su presencia y su ambición condicionan a todos. Sobre todo a Geoffrey, el despechado, por quien nadie siente ni una pizca de cariño.
Leonor sabe muy bien cómo herir a Henry. Primero le insinúa que se acostó con Tomas Becket, el antiguo arzobispo de Canterbury, un amigo muy especial para el rey y que fue asesinado por su culpa. Y luego le suelta, entre espontánea y divertida: "¿Te has preguntado alguna vez si me acosté con tu padre?". Esa frivolidad es el talón de Aquiles del monarca, el recurso para sacarle de quicio.
El rey mueve otra fichas. Proponer a Richard como sucesor sólo ha sido una estrategia de confusión para comprobar las distintas reacciones. A su esposa le ofrece luego la libertad a cambio de que John obtenga Aquitania, pero Leonor contraataca con una condición: que Alais y Richard se casen de inmediato. El resultado es que los hijos son meros títeres del pasatiempo de sus padres, a quienes les importa bien lo que están causando con sus intrigas.
La reina no aparece en una de las escenas más importantes de la película: el joven rey francés acoge en su cámara, uno por uno, a los hijos, deseosos de aliarse con él para emprender una guerra contra el padre. Conforme van llegando, cada uno se esconde y se entera de las intenciones de los demás. Descubrimos que Richard ha estado y está enamorado de Felipe, pero éste no sólo le desprecia sino que aprovecha esa circunstancia para herir al rey inglés. "¿Qué piensas oficialmente de la sodomía?", le pregunta cuando Henry acude también a la habitación del monarca francés.
Felipe ha jugado con todos. Los tres hijos salen de sus respectivos escondites, pero a Henry sólo le duele encontrar ahí a John, a quien iba a confiarle el trono. Se siente traicionado, profundamente herido. "Resultará mucho más brillante leer mi vida que haberla vivido". "El rey Henry nunca tuvo hijos, tuvo tres cosas peludas, pero las desheredó. ¡No sois míos! ¡No estamos relacionados! ¡Reniego de vosotros! ¡Ninguno heredará mi reino! ¡No os dejaré nada y os deseo lo peor!  ¡Que todos vuestros hijos enfermen y mueran!", les grita in crescendo antes de marcharse.

John, Eleanor, Richard y Geoffrey.

Henry está derrotado, pero su esposa no lo sabe. Ella está cansada del juego, de las intrigas y de una situación que parece haberse vuelto en contra de los dos. Aunque es tan excelente actriz (el personaje) que nos da la impresión de estar fingiendo una vez más. Después del terrible desengaño que ha sufrido él con la evidente traición de sus hijos, se muestra primero indiferente, desapasionado y sin ganas de seguir esa partida de ajedrez emocional. Ya sólo desea desheredar a todos, casarse con su amante y tener nuevos hijos a los que querer. Eso es lo que más le duele a la reina.
- Fuera Eleanor, dentro Alais... ¿por qué?
- Esposa mía, quiero una nueva esposa, que llevará dentro a mis nuevos hijos.
- Hijos... Pensaba que precisamente de eso ya tenías suficiente.
Esta escena resulta ejemplar. La conversación da un vuelco y ambos miran al pasado con añoranza. Se abrazan y se besan con cariño porque, por encima de traiciones, celos y ambiciones, en el fondo se siguen amando. Pero la perspectiva de hacerse daño les resulta más atractiva. En pocos minutos surgen los viejos rencores y vuelven a desafiarse: él le anuncia que va a ir a Roma a pedir la separación y ella le atormenta de nuevo con la revelación de que se acostó con su padre. "Te he puesto más cuernos de los que pudo llevar Luis", en referencia a su primer marido.
Henry da por terminada la partida. Ha impuesto su autoridad y ya no desea seguir ese juego que le resulta tan doloroso. Ordena que su esposa se prepare para regresar al día siguiente a su castillo y decide encerrar a sus tres hijos en la bodega, bajo arresto. La situación se torna dramática. Eleanor se reúne con Geoffrey, Richard y John y les entrega tres puñales para que puedan huir; pero ellos quieren emplear esas armas para asesinar a su padre.
En ese punto, la reina confiesa por primera vez cuáles han sido sus intenciones desde que promovió una guerra contra su marido, diez años atrás. "Yo amaba a mi Henry", les dice. Ella quería recuperar ese viejo amor, irreconocible con el paso del tiempo; deseaba volver a sentir y a disfrutar como en los primeros años de su matrimonio. La tragedia planea con la súbita llegada de Henry a la bodega. Se enfrenta a los tres y está a punto de matarlos, pero se reprime pese a que Eleanor, sorprendentemente, le anima a ello. Ella se ha dado cuenta de que tampoco desea estar con esos hijos incapaces de amar, que sólo saben traicionar a su padre por ambición.

- Yo te amaba. Y aún te sigo amando.

- De todas las mentiras que has dicho, ésta es la más terrible.
- Lo sé. Por eso la he guardado para el final.

"El león en invierno"
es, bien mirado, una gran historia de amor. La reina se queda a solas con Henry y le confiesa lo que había revelado a sus hijos, que le ama. Y realmente es así, de eso estamos seguros. Aunque él no está por la labor de reconciliarse hasta ese punto. Finge que forma parte de ese juego que consiste en herir los sentimientos, provocar y humillar. Sólo que esta vez no es así. Eleanor se está sincerando; se siente vacía sin él y se da cuenta de que ha intentado recuperarle sin éxito.
Al día siguiente se produce la despedida. Es maravillosa. No importa que se separen. Henry, desde la orilla, le lanza abrazos con una ternura infinita; ella, en la barcaza que se aleja, responde con una sonrisa que revela un amor profundo y eterno. Ambos se ríen, llenos de felicidad. Eleanor vuelve a su prisión, pero lo hace más viva y libre que nunca.

La película
- "El león en invierno" significó el debut en el cine de Timothy Dalton (futuro James Bond) y de Nigel Terry (el rey Arturo de "Excalibur"), así como la segunda película para Anthony Hopkins, John Castle y el propio director. Todos ellos destacaron simultáneamente en el teatro y la televisión, aunque la carrera más importante es la de Hopkins, sobre todo en el cine.
- Peter O'Toole se reencontró con el papel de Henry II de Inglaterra, a quien ya había encarnado de manera magistral en "Becket" (1964).
- Curiosamente, Katherine Hepburn se consideraba descendiente de la reina Eleanor por dos líneas genealógicas, por lo que interpretar ese papel resultó muy especial para ella. Sus antepasados irlandeses habían estado entre los pasajeros que viajaron en el Mayflower, el barco que transportó a los primeros colonos británicos al territorio de Estados Unidos en 1620.
- La película no está basada en hechos reales. Es decir, no hubo reunión familiar en diciembre de 1183. Sin embargo, sí recrea con mucha inteligencia la crisis de sucesión que se produjo tras la muerte de Henry, el primogénito del monarca, sucedida sólo unos meses antes. El rey quería a John para el trono y la reina desterrada hizo lo posible para que fuera Richard. La historia complació a ambos, ya que primero Richard the Lionheart (Ricardo Corazón de León) y luego John Lackland (Juan Sin Tierra) fueron reyes de Inglaterra.
- Entre Katherine Hepburn y Peter O'Toole surgió una gran relación afectuosa. En una reciente entrevista, el actor reconocía que "la adoraba, la amaba de forma platónica". Hepburn le golpeó en una ocasión y luego le pidió disculpas: "Cerdo -así le llamaba cariñosamente- yo sólo golpeo a la gente que quiero".
- El rodaje resultó muy especial para la actriz, que unos meses antes acababa de perder al amor de su vida, Spencer Tracy, con quien había mantenido una intensa relación durante décadas. Hepburn reconocería después que el rodaje de esta película tuvo un efecto balsámico en su vida.
- Andrei Konchalovsky dirigió en 2003 una aceptable versión televisiva, con Glenn Close y Patrick Stewart en los papeles principales. Rosemary Harris y Robert Preston fueron los originales Eleanor y Henry II en la primera representación teatral de la obra, en marzo de 1966.

Los cuatro Oscar de la gran Katherine Hepburn, todo un hito.

- Katherine Hepburn y Barbra Streisand (por "Funny girl") compartieron el premio Oscar en esa edición; era la primera vez que se entregaba ex-aequo. Para la veterana actriz fue el tercero de sus 4 Oscar, ya que en 1981 aún ganaría el de mejor actriz por "En el estanque dorado". Peter O'Toole volvió a sufrir una nueva decepción, después de haber sido nominado sin éxito por "Lawrence de Arabia" y "Becket". En total ha sumado ocho nominaciones y un solo premio... honorífico en 2003. (Sin comentarios).




sábado, 22 de enero de 2011

Thomas E. Lawrence

(Peter O'Toole, "Lawrence de Arabia")

Lawrence de Arabia, reencarnado en Peter O'Toole.

Hay intérpretes que hacen historia en el cine durante años y sólo nos damos cuenta de ello cuando un día nos detenemos a repasar su filmografía. Hasta ese momento pensábamos que formaban parte de una moda pasajera y por eso seguíamos su trayectoria con escepticismo y máxima exigencia. Sólo cuando pasa el tiempo apreciamos verdaderamente lo que nos han ido dejando. Pienso en toda la carrera de Tony Curtis, en la primera década de Leonardo DiCaprio y de Tom Hanks o incluso en los primeros años de Sean Connery, por ejemplo.
Pero para mí el paradigma de esta teoría es Peter O'Toole, un verdadero genio de la actuación, un tipo con enorme talento para meterse en la piel de reyes, aventureros o seductores. Un excepcional intérprete a quien merece la pena redescubrir, porque durante su prodigiosa década, la de los años 60, se le juzgó como si fuera un fenómeno fugaz.
Sólo había rodado tres películas, dos de ellas en Inglaterra, cuando le tocó el premio gordo de la interpretación: Thomas E. Lawrence, “Lawrence de Arabia”. Para que nos hagamos una idea de lo que significó aquello: es como si un futbolista que debuta en Primera División con un equipo modesto acaba la temporada disputando la final del Mundial.
Siempre me ha parecido injusto que la mayoría de las reseñas sobre este actor se centren en el papel de Lawrence y, en menor medida, en el del rey Enrique II, monarca a quien encarnó en dos ocasiones: "Becket" y "El león en invierno". Se dice bien poco de "Lord Jim", "Adiós, Mr. Chips", "La noche de los generales", "Mi año favorito", "¿Qué tal, Pussycat?" y casi nada de esa pequeña joya de William Wyler llamada "Cómo robar un millón y...", en la que este actor irlandés nos fascina tanto como Audrey Hepburn.
No obstante, Lawrence es un personaje tan complejo, deslumbrante y grandioso que es imposible poner a su altura a otro cualquiera de su actor. Peter O’Toole lo creó, además, de manera sublime, con un aura casi divina que se eleva hasta el sol del desierto y desciende al infierno de la locura. Le salió con un sentido colosal de la vida que le aleja del resto de los mortales. Sólo el monumental paisaje, un protagonista poético en la película, es tan inmenso como él.
"Lawrence of Arabia" (1962, David Lean) es una obra maestra irrepetible, imposible de asumir hoy en día por una industria que valora aspectos más convencionales del arte cinematográfico. Fue posible por las circunstancias de la época, por ese afán de ofrecer espectáculo grandilocuente, ya fuera de calidad o mediocre, aprovechando las sucesivas novedades tecnológicas de exhibición (Cinemascope, Vistavision, Todd-AO, Panavision, Techniscope...). Fue posible gracias al entusiasmo de su director y de su productor, Sam Spiegel, que repetían juntos tras la experiencia de "El puente sobre el río Kwai" (1957). El resultado es una bellísima película en la que el sol abrasador, un místico aventurero y fascinantes personajes de las tribus árabes nos encandilan durante casi cuatro horas.
La película arranca en 1935. Thomas Edward Lawrence ha fallecido en un accidente de moto en Inglaterra y a su funeral acuden muchas personalidades. Lo describen como un poeta, un sabio, un buen soldado... y "el mayor exhibicionista que he conocido en mi vida", como le califica el corresponsal de prensa Jackson Bentley (Arthur Kennedy).
Y realmente lo es. Cuando la acción retrocede diecinueve años, Lawrence es un teniente del ejército inglés que trabaja en El Cairo en un puesto rutinario y poco atractivo. Ante sus compañeros es presumido, narcisista y soñador. Se sabe un ser singular. Mister Dryden (Claude Rains), un político del departamento de Asuntos Árabes, lo rescata de esa anodina labor para enviarlo al desierto a tratar con el príncipe Feisal y pulsar si los beduinos son capaces de aliarse con los británicos contra los turcos. Sorprende con su aire de visionario ingenuo y torpe, como si no perteneciera a ese mundo tan disciplinado, tan marcial, tan inglés. "Es usted un payaso, Lawrence", le amonesta un superior al tropezar con una mesa de billar. "No todos podemos ser domadores de leones, señor", le contesta con soltura.
El joven oficial está a punto de entrar en maravillosas y a la vez siniestras regiones de Arabia y de su propio interior, regiones de su mente y de su alma que jamás creyó que pudieran existir. Cuando enciende una cerilla y observa con devoción cómo arde, una fantástica elipsis (casi tan celebrada como la del hueso y la nave espacial de "2001, una odisea del espacio") nos traslada al desierto rojizo. Lawrence emprende el camino con ilusión y entusiasmo por aprender las costumbres árabes, sus diferentes tribus y todo lo relacionado con ellos. Ha decidido que si tiene que convivir con su gente tendrá que adaptarse enseguida.
Por eso emula a Tafas, su guía, que todavía no bebe agua, y cierra la cantimplora pese al tremendo calor que sufren. Éste morirá a manos de Sherif Ali (un soberbio Omar Sharif), jefe del clan Harith, por robar agua de su pozo, aunque respetará la vida de un indignado y valiente Lawrence, quien representa la civilización occidental que tanto admira. El sentimiento no es, sin embargo, recíproco: "Mientras los árabes luchen tribu contra tribu seguirán siendo un pueblo insignificante, idiota y bárbaro, voraz, asesino y cruel. ¡Como tú!", le grita el inglés en ese primer encuentro.

Sherif Ali defiende su pozo a muerte.

Visualmente, la escena de la llegada de Ali a lomos de su camello es fascinante. A lo lejos observamos un punto negro, inquietante, que se acerca lentamente como si fuera la muerte; David Lean no tiene prisa por que llegue y nosotros tampoco, ya que el silencio y la actitud de los protagonistas nos cautivan. Y cuando Tafas trata de coger su pistola suena un disparo lejano y certero que acaba con su vida. Ali simpatiza enseguida con ese joven rubio desafiante, digno pero asustado, pese a que éste le odia por haber matado a su guía.
- ¿Cómo te llamas, inglés?
- Mi nombre es para mis amigos.
Lawrence contacta con el coronel Brighton (Anthony Quayle) en Wadi Safra, donde las tropas del príncipe Faisal (Alec Guinness) sufren ante el acoso aéreo de los turcos. Faisal lamenta que los británicos estén más interesados en el canal de Suez que en ayudarles a ellos contra los obuses y las modernas armas turcas. El recién llegado sorprende al príncipe porque muestra simpatía y respeto hacia la cultura árabe e incluso es capaz de recitar pasajes del Corán. Intuye, además, que ese hombre de aspecto frágil y distraido será capaz de obrar el milagro.
El inglés se pasa la noche pensando en una solución milagrosa contra ese poderío turco; vaga por el desierto en solitario y observa el cielo y las dunas como si pudiera inspirarse en el paisaje. La música nos revela que ha dado con la solución: ir hasta Aqaba, donde los turcos tienen allí una plaza militar importante con cañones apuntando hacia el mar. Su idea es cruzar el desierto del Nefut ("el peor lugar creado por Dios") por detrás y sorprenderles. Para Sherif Ali es una locura, pero decide sumarse a la aventura con la bendición del príncipe.
Cruzar el desierto es una tortura que durará varias semanas y que pondrá a prueba su apasionada adaptación a la forma de vida bedu.
Pero Lawrence no ha viajado a esas remotas regiones para ser un árabe más; desafía a todos los guerreros, en especial a Ali, cuando decide retroceder para ir en busca de un beduino, Gasim, que se ha quedado fatalmente rezagado. Se está burlando del destino, lo que para ellos es una blasfemia, pero nada le detiene en su empeño, pese a que le insisten en que la muerte de ese hombre está escrita. "Nada está escrito", les reprocha a Ali.
De nuevo el desierto, cuyo horizonte desenfocado por el calor y la lejanía lo convierten en inalcanzable, es el protagonista de la acción. Gasim, sufriendo una agonía, Lawrence, a lomos de su camello, y su sirviente Farraj, que le espera con ansiedad en un punto más seguro, son almas insignificantes en ese mar de arena. De manera acertada, Lean oculta la escena en que le rescata, porque es mucho más emocionante el punto de vista de Farraj, que comienza a vislumbrar a lo lejos un punto diminuto que se agranda con el paso de los minutos. Su grito de alegría descarga la tensión de la espléndida escena.

Lawrence le muestra el camino a Sherif Ali.

Tras conseguir salvarlo, "El Aurens", como le llaman los beduinos, regresa como un héroe; se ha ganado el respeto de todos, incluso de un sonriente y admirado Sherif Ali, quien pronuncia la frase más ajustada a la personalidad de ese resuelto y audaz inglés:

"Para ciertos hombres nada hay escrito si ellos no lo escriben"

En esos momentos, el personaje está más cerca de sentirse un dios que un héroe. Lawrence ha obrado el milagro que le pedía Feisal; ha conducido a un pequeño ejército por un desierto mortal; ha desafiado a la providencia y "ha resucitado" a un hombre que para todos estaba muerto. Cuando regresa al campamento, su estampa recuerda a la de Jesucristo entrando en Jerusalén entre palmas. En posteriores momentos, su figura evocará diversas fases de la divinidad y él mismo establecerá significativas comparaciones: "Moisés lo hizo", responderá cuando le pregunten cómo será capaz de cruzar el desierto del Sinaí sólo con sus dos jóvenes sirvientes.
Ali le regala a Lawrence la elegante indumentaria de un sherif, todo un signo de hermandad y amistad. Cuando se aleja para lucir la túnica a su manera (juega a anticiparse a su propia sombra) se topa con Auda Abu Tayi (Anthony Quinn), un jefe Howeitat, arrogante, valiente y engreído, que se encara con los cincuenta hombres de Ali sólo con la ayuda de su hijo. Además de su encanto personal, Lawrence es un maestro de la diplomacia y conseguirá que los Harith y los Howeitat se unan en la aventura. "Quien recibe dinero es un siervo", le reprocha a Auda, que también se siente fascinado por ese inglés con alma árabe.
Todos se marchan a Aqaba, pero un incidente pone en peligro la unidad. Un miembro de la tribu de Abu Tayi ha muerto a manos de otro de la tribu rival.  Lawrence, al ser neutral, decide cumplir la ley, es decir, matarlo él mismo, para evitar ofensas: descubre que el hombre a quien tiene que ejecutar es Gasim, el hombre a quien salvó en el desierto. "Estaba escrito entonces, debió dejarle allí", sentencia Abu Tayi, cerrando así la paradoja del destino que había burlado. Es cuando Lawrence descubre algo aterrador en su interior, el placer de quitarle la vida a una persona, algo que también le acerca a la divinidad de una manera siniestra.
Tras conquistar Aqaba, decide marchar a El Cairo por el Sinaí para avisar a los generales británicos, mientras ordena a Ali que vaya a avisar al príncipe para que mande barcos a Aqaba. Su amigo cree que una vez en El Cairo se quitará sus ropajes y hablará sobre la barbarie de los árabes. "Eres un ignorante", le replica.
Lawrence se marcha con sus dos criados, Farraj y Daud, a quienes promete que dormirán por primera vez en sábanas limpias en un hotel de la capital. Pero en el penoso viaje, Daud desaparece en unas arenas movedizas. Su muerte deja un poso de tristeza infinita en el alma de El Aurens, que no ha podido salvarle.

El general Allenby atiende a Lawrence ante Dryden y Brighton.

Cansados, con semblante funesto, sucios y llenos de polvo, se acercan al cuartel general, donde tratan de impedirles la entrada por sus vestimentas. Lawrence es capaz de enfrentarse a cualquiera, superior o no, que prohíba a Farraj entrar en el bar de oficiales para beber un buen vaso de limonada, como le había prometido. Pero la desconfianza de los militares dará paso a la admiración cuando les cuente que las tribus árabes han tomado la crucial plaza de Aqaba y que han hecho prisioneros a muchos turcos. El Aurens se emociona por primera vez cuando sus compañeros le aclaman por la hazaña. Al nuevo general, Edmund Allenby (Jack Hawkins), le confiesa qué es lo que le atormenta hasta el punto de no desear volver al territorio árabe: tuvo que ejecutar a un hombre.

- Hubo algo que no me gustó nada. 
- Naturalmente, es lógico. 
- No, hay más todavía. 
- ¿Qué es?
- Disfruté haciéndolo. 

Lawrence asciende a comandante y regresa con las tribus beduinas para liderarlas en la Revuelta Árabe contra los turcos. Su motivación es la independencia del territorio y para ello pide armamento, dinero y todo aquello que haga posible esa aspiración. La motivación del gobierno británico en plena Primera Guerra Mundial es bien diferente: primero, debilitar a los turcos, aliados de los alemanes; y segundo, asentarse en el rico territorio del Imperio Otomano, muy apetitoso para cualquier nación europea. La figura ya mítica de Lawrence servirá como ejemplo para alentar a países como Estados Unidos a entrar en guerra. Quizá por esta razón llega el periodista norteamericano Jackson Bentley, decidido a entrevistar a Lawrence. Cuando habla con el príncipe Faisal le deja claras sus intenciones.
-Busco un héroe.
- ¿Busca a alguien que atraiga a su país a la guerra?
- Así es, señor.
- Lawrence es su hombre.
El periodista comprueba directamente el poderoso liderazgo de su héroe cuando las tropas beduinas asaltan un tren de mercancías turco: El Aurens camina por encima de los vagones como si un espíritu le poseyera. Aspira a ser un ángel inmortal y hace la prueba cuando se enfrenta, inmóvil, sereno y desafiante, a un soldado turco que le apunta con su fusil. Cuando éste le dispara, Lawrence no mueve ni un músculo porque realmente se cree inmortal.
Se sabe, no se cree, el salvador de los árabes, el creador sobrenatural de una nación que se dibuja en el aire, el ángel exterminador de los turcos y un ser omnipotente. Su universo es el desierto y le atrae, como revela a Bentley, porque "está limpio".
Lawrence comienza a sufrir su particular descenso a los infiernos cuando se desplaza con unos pocos hombres a Deraa. En una acción de sabotaje tiene que ejecutar a su fiel amigo Farraj, herido por un detonador, para que los turcos no le torturen. Ya no es omnipotente. Y cuando entre en la ciudad turca, con la única compañía de su solidario Sherif Ali, descubrirá que está muy lejos de cualquier condición extrahumana.
En Deraa es apresado y conducido ante un bey (José Ferrer) que, al contemplar su figura, su cabello rubio y sus ojos azules, le acaricia de forma lasciva. El Aurens grita aterrorizado y le golpea: quizá porque acaba de descubrir que no es tan extraordinario ni divino como para eludir los instintos humanos; tal vez porque es homosexual y no desea satisfacer así su apetito reprimido (estamos en 1916, no hay que olvidarlo) o porque es un heterosexual convencido.
La escena es significativa porque le azotan de inmediato; y precisamente sobre el Thomas Edward Lawrence real existe una eterna polémica sobre su condición sexual: masoquista y/o homosexual. El origen de este debate es una carta amorosa dirigida a S.A. ¿S.A. era Selim Ahmed, uno de sus sirvientes? ¿Se trataba de una mujer? ¿Era realmente masoquista? ¿Por qué se le ha dado tanta importancia a su sexualidad? David Lean no quiso profundizar en ese debate más allá de ese episodio, pero lo tuvo en cuenta sin necesidad de que resultara un factor clave en la película.
Sherif Ali le cuida durante días en una cueva, pero Lawrence ha llegado al límite de sus fuerzas. Física y mentalmente está exhausto y por eso vuelve a El Cairo, donde recupera su uniforme y su vida militar. Trata de adaptarse a la rutina del cuartel, pero no va con él. Allí se entera del tratado anglo-francés para repartirse el territorio turco, incluido Arabia, tras la guerra. "Puede haber honor entre ladrones, pero nunca lo habrá entre políticos", le reprocha a Dryden, el oscuro representante del Gobierno británico.

Espléndida estampa del héroe.

Nadie es consciente de su tormento interior. El general Allenby le insiste para que dirija una ofensiva contra Damasco y le adula con elogios sobre su personalidad. "Sé que no soy un hombre corriente. ¡Está bien, soy extraordinario! ¿Y qué más?", responde ante la presión del general. Lawrence le promete que tomará Damasco con los mejores guerreros, a quienes no hace falta contratar por un elevado precio. "Los mejores no vendrán por dinero, vendrán por mí".
Lawrence reúne a las tribus para formar un gran ejército e incluye a asesinos que forman su guardia personal; esto indigna especialmente a Ali, porque muchos no saben ni lo que significa la Revuelta Árabe. Su aspecto y su carácter ya no tienen nada que ver con aquel joven ilusionado, osado y vitalista de meses atrás. Ahora su tez es siniestramente oscura y nunca sonríe. Durante su avance hacia Damasco ven cómo un poblado árabe ha quedado destrozado al paso de una columna de turcos que se retiran con sus heridos. Su instinto criminal se desata con una pasión desmedida al ordenar aniquilar a la columna entera. Sherif Ali se queda horrorizado cuando observa el rostro desencajado de Lawrence mientras se recrea en la barbarie como si estuviera en éxtasis.
Su locura ha causado una matanza en Tafas y sólo su amigo Ali sabe que él ha sido el artífice. Pero poco importan los demonios interiores de El Aurens, porque consiguen tomar Damasco y organizan el Consejo Nacional Árabe. Las disputas internas, la ambición política y los graves problemas sanitarios, de suministro de agua y de luz, entre otros, ya no son asunto suyo: Lawrence está absolutamente destrozado, el esfuerzo por crear una nación árabe le ha dejado una profunda herida en su alma y ya no está en condiciones de seguir allí. Cuando acude a un hospital donde se encuentran hacinados cientos de heridos en lamentables condiciones, sin cuidados médicos ni agua, un oficial británico le golpea y le insulta: "¡Cochino árabe!", mientras él se ríe histérico.
"Mi deuda contigo no tiene precio", le dirá el príncipe Faisal al despedirse de él. Lawrence regresa a Inglaterra como coronel, triste, abatido y envejecido. La deuda que el Cine tiene con David Lean, Peter O'Toole, Omar Sharif, Anthony Quinn y con esta obra maestra tiene el mismo valor.

La película
- El origen literario de la película es la obra autobiográfica "Los siete pilares de la sabiduría", de T.E. Lawrence, que los guionistas Robert Bolt y Michael Wilson se encargaron de adaptar para la pantalla.
El verdadero T.E. Lawrence.
- Pese a tratarse de una superproducción con grandes estrellas del cine, un amplio elenco de intérpretes y centenares de extras (entre ellos los propios soldados del ejército árabe), ninguna mujer aparece en la pantalla.
- La revista Premiére Magazine publicó en 2006 la lista de las 100 mejores actuaciones en la historia del cine: la de Peter O'Toole, como Lawrence, fue elegida en primer lugar, por delante de Marlon Brando (Terry Malloy, "La ley del silencio"), Meryl Streep (Sophie Zawistowska, "La decisión de Sophie"), Al Pacino (Sonny Wortzik, "Tarde de perros") y Bette Davis (Margo Channing, "Eva al desnudo").
- Steven Spielberg y Martin Scorsese, entre otros, fueron artífices de la versión restaurada en 1989, que recuperó metraje descartado en su día hasta los 216 minutos actuales.
- Marlon Brando y Albert Finney fueron las dos primeras opciones para el papel de Lawrence, para el que también se tuvo en cuenta a Montgomery Clift, entre otros. En una obra teatral anterior a la película fue Alec Guinness, en la película el príncipe Faisal, quien hizo de Thomas E. Lawrence. David Lean se fijó en O'Toole cuando lo vio en la película "El robo al banco de Inglaterra" (1960).
- La película conquistó 7 Oscar en la gala de la Academia de Hollywood, entre ellos a la mejor película, mejor director, mejor banda sonora (Maurice Jarre) y mejor fotografía (por el impresionante trabajo de Freddie Young). Gregory Peck, por su papel de Atticus Finch en "Matar a un ruiseñor", ganó el premio de mejor actor al que optaba Peter O'Toole.
- Horst Buchholz y Alain Delon fueron tanteados para el papel de Sherif Ali, que interpretó magistralmente Omar Sharif, que en principio había sido seleccionado para un papel menor. Peter O'Toole se negó a acudir a la presentación oficial de la película en Hollywood si no se invitaba al actor egipcio.
- El episodio de la tortura y la violación de Lawrence no aparece en "Los siete pilares de la sabiduría", pero sí en otro relato más selecto y restringido del propio autor.
- David Lean sólo se perdió un día de trabajo, por enfermedad, desde que comenzó a trabajar en la película.