viernes, 20 de julio de 2012

Eliza Doolittle

Audrey Hepburn ("My fair lady")


El paso del tiempo está convirtiendo a Audrey Hepburn en un símbolo del glamour más que del cine. Su imagen se explota hasta la saturación en bolsos, carpetas, tazas, monederos y cualquier objeto de uso femenino. Los libros dedicados a la actriz inundan las librerías, pero son, sobre todo, álbumes de fotos de su exquisito vestuario, diseñado por Valentino, Givenchy o Elizabeth Arden, o de su hermosa colección de peinados. Y es una pena, porque mientras vivió fue un icono de la elegancia natural, la originalidad y la frescura juvenil: el glamour más mercantil llegó después. Sólo espero que alguna generación futura no se confunda, porque era, ante todo, una maravillosa actriz con gran talento e instinto para elegir papeles inolvidables.
Cuando encarnó a Eliza Doolittle en 1964 tenía 35 años, pero seguía siendo la adolescente que los padres desean como hija. Ya había trabajado, e incluso repetido, con directores de enorme prestigio, como Billy Wilder, William Wyler, King Vidor, Stanley Donen, John Huston o Blake Edwards. También había protagonizado dos papeles de ensueño: la princesa Anna ("Vacaciones en Roma", 1953) y Holly Golightly ("Desayuno con diamantes", 1961).
Adorada por el público, admirada por las mujeres y muy querida por los actores que pasaron a su lado (desde Gregory Peck y William Holden a Fred Astaire y Cary Grant), Audrey significaba una garantía de éxito para cualquier película. Por eso, la Warner decidió ofrecerle el papel protagonista del musical "My fair lady" en lugar de apostar por la mujer que había hecho de Eliza Doolittle en las salas de teatro de Broadway y Londres: la formidable, aunque todavía desconocida, Julie Andrews.
¿Y quién es Eliza Doolittle? Ciñéndome exclusivamente a su versión cinematográfica, se trata de una florista originaria de Lisson Grove, en Westminster (Londres), con un fuerte acento cockney; algo desarrapada y sucia tras un día de intenso trabajo, que comienza de madrugada; ordinaria, insolente a ratos y con un hablar espantoso; sensible y soñadora, aunque demasiado ocupada en sobrevivir como para pensar mucho en el futuro. Huérfana de madre, es una joven que tuvo que buscarse la vida desde niña, ya que su padre, el soltero Alfred P. Doolittle (soberbio Stanley Holloway), es un vividor que deambula de taberna en taberna y sólo busca a su hija para que le preste algunos chelines.

¿Unos bombones, Eliza?

Así es Eliza, a grandes rasgos, hasta que una noche (de 1912) conoce a Henry Higgins (Rex Harrison), un profesor de Fonética horrorizado por la forma en que sus paisanos -y en especial ella- destrozan el idioma de Shakespeare. Higgins se apuesta con el coronel Pickering (Wilfrid Hyde-White), un distinguido caballero a quien conoce a la salida de la ópera, en Covent Garden, que podría hacer pasar a la joven florista por una gran dama de la sociedad, una duquesa, en apenas seis meses.
Es una especie de broma, pero las palabras de Higgins le llegan al alma a Eliza. Ella sólo quiere una habitación lejos del frío de la noche, chocolate para comer y tener la cara, las manos y los pies calientes (la canción "Wouldn't it be loverly"). Aspira, en fin, a salir de la dura y monótona vida que lleva, siempre en la calle desde madrugada hasta la noche, recogiendo flores, limpiando y vendiendo su mercancía a gente rica como si pidiera limosna. Quiere ser una señora, trabajar en una tienda de flores en una zona más distinguida (en Tottenham Court Road, por ejemplo) y ser feliz. Una modesta aspiración, aunque para ello necesitará aprender a hablar correctamente inglés.
Llena de dignidad, aunque asustada y recelosa, al día siguiente se planta en el domicilio de Higgins con el propósito de dar clases. "¿Ya le he dicho que he venido en taxi?", le dice orgullosa a la ama de llaves, la señora Pearce (Mona Washbourne). Nada de lo que pueda hacer la joven, que se esfuerza en hablar con supuesta elegancia, impresiona a la señora Pearce, al coronel Pickering y al profesor Higgins.
Para Eliza es muy importante conservar la dignidad. No soporta, por ello, que Higgins le grite, le llame "calamidad" (en versión original, "baggage", que significa bulto pero también ramera) o que amenace con tirarla por la ventana o pegarle con el palo de una escoba. Tampoco le gusta que se burle de ella ni mucho menos la cadena de despectivos comentarios e insinuaciones que le suelta.

- Aquí tendrá comida y vestidos; si le diera dinero se lo gastaría en bebida.
- ¡Usted es un bestia! ¡Eso es mentira! ¡Nadie me ha visto catar nunca ni una gota de alcohol!


Conviene aclarar que el profesor Higgins es un misógino que no se esfuerza nada en ocultar esa condición. Más bien al contrario, exagera de manera grotesca y consciente su aversión hacia esa muchacha, quizá para dejarle bien claro dónde se ha metido y que no va a sentir ninguna compasión si le enseña a hablar correctamente. Se considera un hombre normal (la canción "I'm an ordinary man" define perfectamente su personalidad) y, por lo demás, detesta la hipocresía, los convencionalismos y cualquier rito social que signifique un retraso en su concepción del mundo... lo que significa que le desespera la alta clase social a la que pertenece.

- Pickering: ¿No se le ha ocurrido pensar, Higgins, que la chica tenga sentimientos?
- Higgins: No, no creo que tenga sentimientos que nos puedan preocupar. ¿Los tienes, Eliza?
- Eliza: ¡Tengo sentimientos como cualquiera!

La tentación del chocolate, un verdadero lujo para la muchacha, acabará por vencer su miedo y toda su resistencia. Finalmente se queda porque Pickering se compromete a asumir todos los gastos del que, para ellos, será un excitante experimento: dentro de seis meses se celebrará el baile de la embajada y a Eliza la harán pasar por una duquesa ante toda la distinguida aristocracia. Comienza así un juego para los hombres y un suplicio para ella, que ni siquiera conoce lo que es un buen baño. "¡Soy una chica decente!", berrea cuando la obligan a meterse en el agua caliente.

Cinco momentos de la evolución de Eliza: en la calle, hablando con un
hombre en Covent Garden; soñadora tras lograr hablar bien inglés por
primera vez; 
en las carreras de Ascot; en el baile de la embajada; y
tomando el té con 
la madre de Higgins, convertida ya en una dama. 

Lógicamente, uno de los aspectos más gratificantes del personaje que encarnó Audrey Hepburn es la gradual transformación que sufre desde el momento en que se somete al experimento. Eliza no sólo tiene que aprender a hablar correctamente su idioma, sino a utilizar el pañuelo en vez de la manga; a bañarse todo el cuerpo y no sólo la cara y las manos; a adquirir disciplina y capacidad de sacrificio; a valorar los pequeños logros como si fueran grandes conquistas; a apreciar, en suma, un universo desconocido.
A lo largo de esta considerable transformación, comprobamos cómo Eliza pasa del odio más visceral a la admiración más afectuosa hacia Higgins; del sencillo vestido verde que lleva en las agotadoras clases al excéntrico atuendo que luce en las carreras de Ascot; del "¡Garnnnn!", expresión soez de burla y fastidio que aplica a todo aquello que no le gusta, al fabuloso dictado de "The rain in Spain stays mainly in the plain", uno de los momentos cumbre de la película.
Es el canto del triunfo, un instante fabuloso de felicidad que explota cuando la chica adquiere por fin conciencia de lo que está haciendo tras una agotadora sesión a contrarreloj.

Podría bailar toda la noche.

Durante semanas, Higgins no ha podido sacarle de esta otra frase: "The rine in spine sties minely in the pline". Son casi las tres de la madrugada. Con un dolor de cabeza espantoso, fatigado y casi derrotado, el profesor le habla del prodigio de la lengua inglesa, de la herencia que recibe y de los altos ideales que transmite. Y es cuando Eliza, pensativa y silenciosa, consciente de todo cuanto supone su aprendizaje, arranca a hablar con perfecta dicción.
Su primera aparición en público se produce en las famosas carreras de Ascot, donde la joven se convierte en una sugerente atracción para gente como Freddy Eynsford-Hill (Jeremy Brett) o la propia madre del profesor, Mrs. Higgins (Gladys Cooper). El problema ya no es cómo habla -con suma elegancia- sino qué es lo que dice: familiares envenenados, borrachines o el famoso "Come on, Dover, move yer bloomin' arse!" ("¡Vamos, Dover, mueve ese cochino culo!"), con el que trata de animar al caballo por el que han apostado.
Hasta el baile de la embajada queda tiempo para resolver ese problema, pero ella no va a tener que actuar en esa señalada fiesta, sólo lucir su figura y su encanto para embaucar a todos. Con un vestido y un peinado fascinantes, Eliza se convierte en un maniquí perfecto: saluda, sonríe, hace reverencias, baila y camina como si hubiera nacido para ello. El milagro es absoluto y el triunfo de Higgins, total.

Eliza, el centro de atención del baile en la embajada.

Sólo hay un problema: que los sentimientos de Eliza han quedado profundamente heridos. Higgins y Pickering no celebran la tremenda transformación de la joven, sino haber ganado la apuesta. Ella es un objeto al que nadie felicita por su esfuerzo titánico, su dedicación y su éxito. El profesor no advierte tampoco que en el interior de la chica ha surgido algo más fuerte que el afecto. Ya no es una flor tirada a la que pueda pisotear, sino una mujer que desea amar y sentirse amada y respetada... preferentemente por Higgins, si fuera posible. De vuelta en la mansión de Henry, la vemos avanzar como si fuera al cadalso, mientras los dos hombres cantan y bailotean felices. Ella se siente morir. El proceso de aprendizaje le ha despertado todo tipo de sentimientos, entre ellos el del amor propio. Se siente ahora más herida que cuando él le llamaba "insecto presuntuoso".
Esta es otra de las escenas imprescindibles de la película, por el giro argumental y el decisivo paso que dan los personajes. Para Higgins es fundamental, ya que hasta entonces vivía sin ningún tipo de remordimientos, ajeno al corazón de cualquier persona y a los sentimientos que pudiera despertar a su alrededor. Eliza sigue siendo para él una niña de instintos básicos. Ahora, cuando se quedan solos, hay una joven que le lanza las zapatillas a la cara, que rechaza dolida el chocolate que le ofrece, porque ya no es la chica glotona y tan simple como era antes y le resulta doloroso que él siga tratándola igual.

- ¿Acaso te hemos tratado mal aquí?
- No.
- ¿Alguien se ha portado mal contigo? ¿El coronel Pickering? ¿La señora Pearce?
- No.
- ¿No pretenderás decirme que yo te he tratado mal?
- No.

El profesor tardará un tiempo en comprender lo que le ocurre y en notar el poderoso cambio que se ha producido en el interior de Eliza, que también sabe herir a su manera: cuando le tira las joyas que le ha regalado, le advierte que no quiere quedárselas por si luego él denuncia su desaparición. Es un golpe bajo para su ego.
Eliza abandona el hogar de Henry y al salir a la calle de noche se encuentra con Freddy, que no ha dejado de pasear por la calle donde ella vive (la canción "On the street where you live"). Ella está harta de palabras (la canción "Show me"):

Words! Words! I'm so sick of words!
I get words all day through;
First from him, now from you!
... if you're in love,
Show me!
(¡Palabras! ¡Palabras! ¡Estoy harta de tantas palabras! Escucho palabras todo el día. Primero, de él, ahora, de ti... Si me quieres, ¡demuéstralo!
).

Un paseo nocturno por el Londres de sus orígenes le demuestra que tampoco pertenece ya a ese mundo. Se despide de su padre, que está celebrando con tristeza el final de su soltería, y observa a las floristas, sus antiguas compañeras, como si hubieran pasado muchos años. Definitivamente, no pertenece a ese mundo. Su sitio está en un escalón social más elevado. Eliza se refugia en casa de la madre de Henry, quien le anima a mantenerse fuerte y en su sitio frente a la ruda y misógina resistencia de su hijo. El objetivo ya no es tanto el amor sino el respeto. Y la independencia. Cuando ambos se encuentran en casa de la madre, sabemos que la tarea será durísima, pero Higgins se ha acostumbrado a su cara, a su voz, a la melodía que canturrea, a su figura... a estar a su lado (la canción "I've grown accustomed to her face"). Que el profesor se muestre de repente tan frágil, desvalido y celoso, nos permite pensar que Eliza le ha ganado la partida.



La película:
- Procede de la comedia musical "My fair lady", de 1956, sobre la pieza escrita en 1918 por George Bernard Shaw, titulada "Pigmalion". En 1938 se filmó una adaptación cinematográfica ("Pigmalion"), dirigida por el británico Anthony Asquith, con Leslie Howard y Wendy Hiller en sus principales papeles.
- El musical teatral de 1956 contó con Rex Harrison y Julie Andrews, que fue descartada para la versión cinematográfica. Esta decisión provocó una fuerte polémica, ya que Harrison se posicionó a favor de su compañera. Ninguna actriz se atrevió a postularse para el papel, hasta que Audrey Hepburn, la principal favorita, se enteró de que Liz Taylor estaba dispuesta a aceptarlo. Fue entonces, según la propia actriz declaró más tarde, cuando dio una respuesta afirmativa.
- Rex Harrison consideraba que Audrey tenía un pasado y unas maneras demasiado aristocráticas como para hacer de florista callejera. No obstante, el rodaje y el esfuerzo de la actriz le hicieron cambiar de opinión y, durante la ceremonia de entrega de los Oscar, dedicó el suyo a sus dos actrices preferidas, Audrey Hepburn y Julie Andrews. Años más tarde, cuando le preguntaron quién había su compañera ideal de rodaje, declaró: "Audrey Hepburn".
- Julie Andrews y Audrey siempre destacaron que no hubo enfrentamiento ni malos rollos por este episodio entre ambas. Ni siquiera cuando, paradójicamente, Audrey se quedó sin Oscar porque lo ganó Julie gracias a la película "Mary Poppins".

Audrey, sonriente pero sin Oscar, entre Warner, Rex Harrison y Cukor.

- Pero la gran decepción de Audrey Hepburn no fue quedarse sin premio, sino la decisión de grabar su voz en las canciones y lanzar la película con la voz de la soprano Marnie Nixon en casi todos los temas. En la película sólo se escucha la voz de Audrey en unas pocas líneas no dobladas de las canciones "Just you wait" y "I could have danced all night". La razón aducida es que la actriz tenía un tono de mezzosoprano, no apto para la inmensa mayoría de las canciones.
- El actor Jeremy Brett (Freddy) también se quedó sorprendido y muy molesto cuando vio que sus canciones las había doblado otro cantante, Bill Shirley.
- Jack L. Warner, el productor, parecía muy dispuesto a borrar cualquier atisbo teatral en la película; además de tantear a James Cagney para el papel de Alfred Doolittle, quería a Cary Grant para el rol principal, el de Henry. La respuesta de Cary Grant fue ejemplar: no sólo rechazó la oferta sino que le dijo a Warner que no iría a ver la película si no actuaba Rex Harrison.
- El veterano actor Henry Daniell, que encarna al embajador en la secuencia del baile, falleció horas después del rodaje por un ataque al corazón.
- Audrey Hepburn fue la encargada de anunciar a todos los miembros del rodaje, tras filmar la escena de la canción "Wouldn't it be loverly", que el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, había sido asesinado.
- Vincente Minnelli y Joshua Logan fueron dos de los directores tanteados para dirigir la película antes de George Cukor.

Audrey y Rex, en una pausa del rodaje, con George Cukor.

- George Bernard Shaw no estuvo nada conforme con el final amoroso entre Henry y Eliza que plantea la película. El autor de la pieza teatral consideraba que no era posible esa opción. De hecho, en su versión, Eliza se casa con Freddy y consigue abrir una tienda de flores.
- En España, el doblaje destrozó la película, ya que hasta las canciones se grabaron en castellano. En el recuerdo queda "La lluvia en Sevilla es una pura maravilla", que sustituye a "The rain in Spain stays mainly in the plain".
 

jueves, 21 de junio de 2012

Sargento Nicola Lorusso

Diego Abatantuono ("Mediterráneo")


“Hay que saber esperar. Sentir el aroma y esperar,
 ese es el placer. ¿Entiendes?”


Junio de 1941. Un grupo de soldados italianos, al mando del teniente Raffaele Montini (Claudio Bigagli), desembarca en la isla griega de Megisti (Castelrosso), la más pequeña del mar Egeo, para ocuparla en misión de observación. Excepto el sargento Nicola Lorusso (Diego Abatantuono), que se empeña en mantener cierta disciplina militar, nadie se toma demasiado en serio el asunto, sobre todo al comprobar que no parece haber ni un alma en la isla. Cuando sus habitantes dan señales de vida, la situación se relajará de tal manera que los soldados vivirán unas vacaciones de más de tres años. Italia les ha olvidado por completo.
“Mediterráneo” fue una de las sorpresas más agradables que destapó la notable cosecha cinematográfica de 1991. La película de Gabriele Salvatores irrumpió con toda su frescura y su delicioso mensaje vitalista en medio de un clima político y social muy convulso por las guerras que se libraban, o estaban a punto, en Afganistán, el Golfo Pérsico y la antigua Yugoslavia. Además de esta lógica lectura, la película formó parte de la llamada "trilogía de la fuga" del director, junto con "Marrakech Express" (1989) y "Turné" (1990): tres obras que son cantos a la amistad y al deseo de escapar de una realidad adversa, con el propósito de encontrar la felicidad.
Básicamente, de eso va "Mediterráneo", una comedia coral, repleta de personajes inolvidables, que transcurre casi por completo en la isla griega. Los protagonistas son abandonados a su suerte por el ejército italiano, aliado de Hitler al principio. Hundido el barco que les había transportado y sin radio para comunicarse con el exterior, se verán aislados y desorientados en un territorio bellísimo pero desconocido. No saben a qué atenerse.

El sargento y el teniente, al llegar a la isla.

El teniente Montini es uno de los primeros en adaptarse al lugar y a las circunstancias, como si la guerra hubiera acabado para él nada más llegar a territorio griego; siempre a su lado está su ayudante, el idealista Antonio Farina (Giuseppe Cederna); el grupo lo completan Eliseo (Gigio Alberti), que destroza la radio cuando sus compañeros matan por error a su burra Silvana; los hermanos Líbero y Felice Munaron, dos montañeses que se sienten más cómodos lejos del mar; Luciano Colasanti (Ugo Conti), el telegrafista, que vive a la sombra del sargento Lorusso, y Corrado Noventa (Claudio Bisio), siempre dispuesto a fugarse para ver a su mujer y conocer a su hijo. "Todo teníamos más o menos la misma edad en que no se sabe si formar una familia o perderse por el mundo", explica el narrador, el teniente Montini.
De todos ellos, sobresale la figura de Nicola Lorusso, un sargento de oficio, curtido en muchas batallas. Participó en la Guerra Civil española y completó toda la campaña en África. Sus maneras son rudas e impulsivas. Es valiente, decidido y vehemente. Le gusta gritar y gesticular, aunque no parece un militar autoritario, sino en cierto sentido comprometido con sus hombres. Nada más llegar al pueblo, es el primero en arriesgarse y forzar una puerta, mientras los demás se resguardan y cubren su espalda. Sin duda, es de los que piensan que un sargento debe dar ejemplo a la tropa.
Tantos años en la guerra le han proporcionado un lenguaje que aplica a cualquier conversación, lo que resulta cómico a menudo. Cuando se produce un pequeño tiroteo por culpa de una gallina que asusta a Farina, trata de explicar la situación como mejor sabe:
- “Mi teniente, yo lo he visto todo. Farina ha sido agredido por un pollo y se ha resistido. Justamente, según mi opinión. Entonces, la tropa, nerviosa… porque aquí el factor sorpresa ha jugado un papel muy… o sea, hemos sido atacados por los pollos griegos”.
Nicola Lorusso debió aprender de muchos mandos a lo largo de su carrera. Es temperamental, impaciente y malhablado, seguramente porque así fueron con él otros sargentos. Su particular manual le dicta que debe levantar la moral de los soldados siempre que sea preciso, hacerse respetar y, a la vez, conseguir que la tropa le considere alguien muy cercano. Para ello, tiene que bromear, insultar y preocuparse por los problemas de los demás.

- Farina: ¿Por qué grita siempre, sargento? Más valdría que echase una mano.
- Lorusso: ¡El sargento Lorusso grita cuando le sale de las pelotas! ¡Porque desde que el mundo es mundo, el sargento es una persona que grita! ¿Está claro? ¿Está claro?

Jugando al fútbol en la playa.


Pasa el tiempo y no ocurre nada. La vida transcurre de forma apacible y tediosa para quien no se deja llevar, como sí le sucede al teniente, por los encantos, la historia y las vibrantes sensaciones que transmite la isla. Lorusso sigue alerta, preocupado por el hastío y la apatía de sus hombres. Como militar, sabe que semejante situación puede conducir al fracaso, aunque ignora cómo elevar la moral del grupo: sólo se le ocurre hacerles cavar una buena trinchera o simular un ataque enemigo. Cuando la población aparece de repente -mujeres, niños y ancianos se han ocultado hasta estar bien seguros de que no  iban a actuar como los nazis-, el sargento dicta su primera amenaza: "Al primero que lo vea tocando una mujer, una gallina o un pollo le monto un consejo de guerra", les grita.
Pero ni siquiera él será capaz de cumplir sus órdenes cuando aparezca la bella Vassilissa (Vanna Barba), una prostituta que llegó con los alemanes y se quedó en la isla para ejercer su profesión. Al principio le cuesta explicar a los italianos qué es lo que quiere exactamente, hasta que encuentra la palabra.

- Vassilissa: Yo soy puta.
- Lorusso: ¿Puta en griego...?
- Colasanti: Es un putón.
- Lorusso: ¡Hombre, un poco de respeto!
- Vassilissa: ¡Eso, un putón!
- Lorusso: ¡Bravo! ¡Bravo!
- Vassilissa: ¿Interesa?
- Lorusso: Bueno, tendré que... echar un vistazo a las ordenanzas, que son muy... pero creo que... sí, puede interesar.

El sargento no sólo será el primero en acostarse con Vassilissa, sino que organizará las citas de lunes a domingo, con un día de descanso, y el orden de sus hombres para acudir a casa de la prostituta. A partir de ese instante, Lorusso se relajará como ya lo estaban, más o menos, todos sus compañeros. Por fin se ha quitado su ropa militar y va todo el día en camisa y calzones. Juegan al fútbol en la playa, ante la divertida mirada de los habitantes de la isla, y la misión de observación ha quedado olvidada. Los únicos que se lo toman un poco más en serio son los hermanos Munaron, de guardia permanente en una montaña árida frente a la isla, aunque con una agradable sorpresa, la compañía de una joven pastora con la que vivirán ambos una idílica relación.
La llegada de un mercader turco va a ser el último conato de rebeldía de Nicola Lorusso frente a la placidez que están disfrutando. Quiere requisarle la barca, salir de aquel paraíso y regresar a los frentes de guerra para sentirse útil. Pero el opio que, hábilmente, les va suministrando el turco durante toda la noche, aplacará su resistencia. No sin antes expresar a su manera (con esos circunloquios tan cómicos) que tal vez no estén haciendo lo correcto al olvidarse de la guerra:

- No estoy de acuerdo con la actitud de laxitud y relajo que se ha difundido entre vosotros; siendo un compañero no puedo, no puedo, no seguir la corriente, es decir, no puedo alinearme en contra de la mayoría, digamos. Comprendo también vuestra actitud de rebelión frente a la autoridad debida a una absoluta ocultación de la circunstancia del Estado...
- ¿Pero qué coño estás diciendo, Lorusso?, se ríe el teniente.

Sedados por el opio que les ha regalado "No sé", como llaman al turco, éste aprovecha para robarles todo, incluidas las armas. Definitivamente, la misión militar ha dejado de existir y los deseos de estar en guerra desaparecen incluso cuando el Pope (sacerdote) de la isla les ofrece el arsenal que guardan los habitantes. De repente, Lorusso se ha convertido en el más descreído de todos. Se siente traicionado por su país, y desconcertado, además, cuando un piloto que ha aterrizado por una leve avería les comunica que Italia ha cambiado de bando y lucha ahora con los aliados.

Colasanti masajea al sargento.

Mientras Colasanti le hace un masaje, él reflexiona en voz alta, delante de dos niños. Una sola vida no le basta ahora: "¿Sabes que cada vez que veo una puesta de sol se me encogen los huevos porque ha pasado otro día?". Quisiera vivir todos los días siempre en buena compañía, "y las noches me gustaría pasarlas solo, solo o con una zorra que esté buena", puntualiza.
¿Qué se puede hacer cuando tu país te abandona en una isla paradisíaca, pasan los años y no se acuerda de ti? El sargento lo tiene claro: adaptarse al lugar, vestir como los aldeanos, jugar con los ancianos, disfrutar de los placeres cotidianos, aprender a bailar el sirtaki y a beber el ouzo, el raki o su café. "Hay que saber esperar. Sentir el aroma y esperar, ese es el placer, ¿entiendes?", le cuenta al impaciente Noventa, que sigue obsesionado con escapar de la isla.
Uno de los placeres habituales para los soldados está a punto de terminarse. Farina se ha enamorado de Vassilissa y no permite que nadie se acerque a ella. Aunque Colasanti acaba herido en un brazo por el disparo de Farina, no se lo tendrán en cuenta. Y mucho menos, Lorusso, que siente cariño hacia ese joven tan tímido y sensible. Tras la boda, el novio tiene que cumplir un ritual y romper el vaso del brindis para disipar así cualquier maleficio sobre la pareja; pero el cristal rebota, da vueltas y sigue intacto en el suelo. Sonriente, Lorusso pondrá su bota sobre el vaso y lo hará pedazos. Simbólicamente, el sargento vela por su soldado incluso en esos momentos.
Pese a su aspecto rudo, varonil y castrense, su visión del mundo es muy amplia. Tras la boda de Farina con Vassilissa, echa en falta una mujer. Incluso le gustaría sentirse enamorado. Todo esto se lo cuenta a Luciano Colasanti, su inseparable compañero:

- Empiezo a sentir la necesidad de una persona, de alguien. De estar enamorado.
- Sargento, quizá esa persona podría ser yo. Sargento, me he enamorado de usted.

Lorusso no sabe qué hacer ni hacia dónde mirar. Se siente incómodo, aunque cuando pase el tiempo no le dará más importancia y tratará a Colasanti como siempre, sin escandalizarse ni reprocharle esa actitud que, inmersos en una guerra y en pleno 1944, podría acarrearle problemas.
Italia ha sido liberada y los hombres de la isla regresan. Con ellos llegan los ingleses, que rescatan al grupo para devolverlos a su país. El único que se resiste es Farina, recién casado y con planes de futuro en la isla, que se ha ocultado para quedarse. Nicola Lorusso lo encuentra y trata de convencerle sin entusiasmo. "Construiremos un país grande y bonito, te lo prometo", le explica. Pero ni él mismo se lo cree.
Han pasado más de cuarenta años. El teniente Montini, ya anciano, desembarca en la isla tras saber que su ayudante Antonio Farina se ha quedado viudo. Y se encuentra con Nicola, que llevaba un tiempo viviendo allí, decepcionado por lo que ocurrió en su país. "En realidad no se vivía tan bien en Italia; no nos dejaron cambiar nada". Y la mirada del sargento se posa sobre el mar Mediterráneo, testigo inmóvil de placeres, tragedias y sentimientos a lo largo de los siglos. Con razón, Lorusso necesitaba más de una vida para sentirse libre.

Imagen promocional de la película.


La película:

- El rodaje de la película duró nueve semanas. Como en la isla Castelrosso sólo había un hotel, la mayoría del equipo tuvo que alojarse en casas de pescadores.
- En 1992 consiguió el premio Oscar al mejor film extranjero. Además, se llevó tres premios Donatello, de Italia, entre ellos a la mejor película del año 1991.
- Diego Abatantuono es amigo íntimo de Gabriele Salvatores y su actor fetiche, ya que ha participado en casi todas sus películas desde la década de los años 80. Ugo Conti (Colasanti) y Claudio Bisio (Corrado Noventa) son otros de sus actores habituales.
- "Mediterráneo", que recoge el gusto por la comedia exquisita y simpática y por la nostalgia, como "Cinema Paradiso" (1988), consiguió despertar la casi olvidada comedia italiana, que a partir de ese año ofreció otros títulos interesantes.



domingo, 10 de junio de 2012

Tracy Lord

Katherine Hepburn ("Historias de Filadelfia")

Tracy Lord se deja querer por el encandilado Macaulay Connor. 

"Yo no quiero que me adoren, quiero que me amen"

Existen personajes que están pensados para intérpretes concretos y uno de ellos es, sin duda, el de Tracy Lord: sólo podía ser Katherine Hepburn. No es que se trate de un papel a su medida, es que ambas son la misma persona. Así lo concibió Philip Barry, amigo personal de la actriz, cuando escribió en 1938 la obra teatral del mismo título. Altiva, autoritaria, enérgica, disciplinada, deportista y de una elevada talla intelectual. Cuando la gran dama del cine protagonizó "Historias de Filadelfia" ("The Philadelplhia Story", 1940), Hollywood le acababa de colgar la maldita etiqueta de "veneno para la taquilla". Y ella empezó a redimirse a partir de esta película, como si tuviera que pedir perdón por su férrea independencia en ese mundo dominado por hombres. Básicamente es lo que le ocurre a esta mujer llamada Tracy Samantha Lord.
Conviene advertir, eso sí, que esta comedia hay que verla hoy en día sin los lógicos prejuicios de la época actual. Porque un análisis social ligeramente severo de los personajes puede ofrecer conclusiones casi esperpénticas. Por ejemplo, el más antipático es el prometido de Tracy, George Kittredge (John Howard), un hombre que procede de una clase social baja, lo que le convierte poco más o menos en un advenedizo; Margaret (Mary Nash) es la madre que acepta con bendita resignación y extraña comprensión la permanente infidelidad de su marido, Seth (John Halliday), un vivales que hoy llamaríamos "sinvergüenza" con todas las letras.
La propia Tracy oculta, bajo esa figura de diosa fría e intransigente, la apariencia de una mujer cuyos pecados son, en esencia, su enorme fortaleza y su independencia. ¿Debe cambiar y pedir perdón por ser una estatua en un pedestal o por ser una mujer que piensa por sí misma? Además, la aristocracia es aquí la clase social ideal y envidiable, pese a que presumen de ser lo que, en la actualidad, llamaríamos "parásitos". Lo dicho, "Historias de Filadelfia" es un film de 1940 y no debe sacarse de ese contexto, como ocurre con otras grandes obras maestras del cine.

El punto final a un matrimonio y el comienzo de la película.

El arranque de la película ya resulta muy significativo: C.K. Dexter Haven (Cary Grant) se marcha del hogar conyugal porque no aguanta a su intolerante esposa, Tracy. Ella le rompe los palos de golf en la puerta; él responde empujándola al suelo de un manotazo. Dos años después, la prensa se hace eco del nuevo enlace matrimonial de la joven con un millonario, el insípido George Kittredge. Es un tipo de origen humilde que desconoce muchas de las normas de la alta sociedad.
La madre es quien mejor explica el comportamiento de su hija: "Lo que pasa es que Tracy se impone normas de conducta muy severas y los demás no siempre son capaces de vivir de acuerdo a ellas". Tracy es, pues, la que manda. Era inflexible con las debilidades de su marido, sobre todo con la bebida, lo es también con su padre y, muy especialmente, con la necesidad de preservar su intimidad. Por desgracia para ella, Dexter va a colar en la boda a dos reporteros de la revista sensacionalista Spy como supuestos amigos del hermano de Tracy: Macaulay Connor (James Stewart) y Elizabeth Imbrie (Ruth Hussey).
Ambos tienen tantos prejuicios hacia Tracy como ésta hacia ellos. Macaulay, un tipo sarcástico, escéptico y, sobre todo, frustrado escritor que está descontento con su trabajo, sospecha que la joven es una estúpida snob; cuando ella se presenta ante la pareja decide no sacarles del error y exagera esa impresión con una  cursilería casi enfermiza.
- Connor: Y respecto a esa chica, Tracy Samantha Lord...
- Dexter: ¿Qué pasa con ella?
- Connor: ¿Cuáles son sus características?
- Dexter: Odia a la gente que lleva puesto el sombrero en casa.
El corazón de Tracy es, al principio, un misterio para todos, incluso para el espectador. Se muestra cariñosa con su novio, pero no hay evidencia de amor hacia él; quiere humillar al periodista porque representa, al menos a primera vista, la clase intelectual que tanto detesta; es dura y sarcástica con su anterior marido y apenas se aprecian signos de la vieja pasión que pudo haber entre ellos a lo largo de la película. "La pelirroja de siempre: ni amargura ni recriminaciones, sólo un buen izquierdazo en la mandíbula", le apostilla su ex.
Pero existe también una Tracy risueña, amistosa, familiar y sensible, que se divierte montando a caballo, trasteando con su hermana pequeña Dinah (Virginia Weidler) o leyendo en la biblioteca, con deleite, los cuentos que escribió Macaulay Connor antes de ganarse el pan con la prensa rosa. Es una mujer divertida en el fondo, aunque demasiado preocupada por la pulcritud y la disciplina como para que se le note.

Tracy, intransigente y distante con su padre. 

Los hombres la ven como una especie de diosa, aunque con diferentes intenciones. Para Kittredge, esa es precisamente su principal virtud. Lo que quiere es construirle una torre de marfil para adorarla a todas horas. "Nadie ha sido ni será tu dueño y señor", le asegura. Dexter Haven opina que sería una mujer ideal si se bajara del pedestal y cometiera errores: "Por supuesto, es tolerante con ciertos defectos... a excepción de los defectos ajenos". El padre considera que su intolerancia ha arruinado la perfecta relación que mantenían cuando era más joven: "Tienes todo lo que puede tener una mujer encantadora, menos lo esencial, un corazón comprensivo. Y sin eso daría lo mismo que fueras de bronce".
Tracy desorienta especialmente a Connor, que pasa del rechazo inicial, la sorpresa (al verla leyendo su libro de cuentos en la biblioteca) y la suspicacia (cuando ella le ofrece su casa de campo para que siga escribiendo) a una progresiva fascinación. Cuando todo el mundo parece ponerse en su contra, cuando recibe sucesivos reproches por su intransigencia y su frialdad, Macaulay (o Mike) acabará siendo su refugio.
Existe una tercera Tracy que sólo aparece en contadísimas ocasiones: cuando bebe champán. Por lo que sabemos, ocurrió una vez durante su matrimonio con Dexter: se subió desnuda al tejado y se puso con los brazos abiertos mirando la luna. Aunque es algo que ella no recuerda o no desea recordar. Y en la noche previa a su boda volverá a suceder. Apreciamos entonces una mujer mucho más divertida, a la vez sensual, despreocupada y provocativa. "De repente, lo que antes consideraba de gran importancia ya no me lo parece tanto", le confiesa a su madre.
Los momentos más fascinantes de esta mujer suceden al lado de Macaulay, ahora llamado Mike. Ambos salen de la fiesta con más champán de la cuenta; se buscan para pasarlo bien cuando los demás (un Dexter pasivo y un Kittredge soporífero) se retiran a descansar; ambos, en fin, deciden jugar al romance, abiertos a todo, cuando se ven solos en el jardín de la mansión.
La larga y apasionante secuencia nocturna siempre me ha parecido una película distinta. Es evidente que existe una química especial entre Tracy y Mike que, sin embargo, echamos de menos en su relación con C.K. Dexter Haven (genial nombre, por cierto). También es notorio que los dos están deseando que ocurra algo: Macaulay, porque se siente muy atraído por esa mujer, y Tracy, porque necesita que la quieran de verdad, no que la idolatren.

Tracy, en brazos de Macaulay, ante la mirada de Kittredge y Dexter.

Katherine Hepburn está simplemente adorable: cuando acerca su rostro al de James Stewart de forma sensual y arrebatadora; cuando le lanza miradas que apabullan al periodista; al reprocharle lo que a ella siempre le han recriminado, su intolerancia, o cuando trata de desarmarle con su ingenio dialéctico.

- Si me dan a elegir, me quedo con la clase baja, entérate.

- Y con un millón de dólares...
- ¿Qué has querido decir?
- Me equivoqué.
- No hay duda de que estás insultándome. ¡No! ¡No pidas perdón!
- ¿Perdón? No iba a hacerlo.

La escena está lleno de instantes románticos, en los que sus conciencias acaban frenando siempre el impulso y la pasión. Macaulay le dice lo que necesita escuchar: ella es un sueño hecho realidad, tiene un fuego intenso en su interior y está llena de vida y de encanto. Sin embargo, el beso apasionado al que se entregan parece disipar las dudas: "¿Esto puede ser algo parecido al amor?", le pregunta él. "¡No, no, no! No es posible, no puede ser. Sería terrible. Además, sé que no lo es".
A la mañana siguiente, Tracy aparece con una fuerte resaca ("ayer debí tomar demasiado el sol") y no se acuerda de lo ocurrido por la noche. Intuye que algo grave ha podido pasar cuando ve las caras de Dexter y Macaulay. De repente ya no es la mujer soberbia y segura de sí misma, sino una joven vacilante, indecisa y preocupada. Definitivamente humana.
Romper con George Kittredge es el primer paso hacia su redención, si es que se puede llamar así al proceso de transformación que va a sufrir: humilde, cariñosa y amable e incluso capaz de pedir perdón. Así es la nueva Tracy Lord, otra vez al lado de C.K. Dexter Haven. Es lo que todos esperaban de ella, ¿no?

... Y volvieron a ser felices.

La película
- Cuando Katherine Hepburn apareció en la famosa lista de "veneno para la taquilla" (con Fred Astaire, Joan Crawford, Marlene Dietrich, entre otros), dejó por un tiempo el cine y protagonizó en Broadway "The Philadelphia Story", escrita por Philip Barry, que era su amigo. Éste había creado una parodia de la fama que tenía la actriz de autoritaria y poco femenina. Además, se había basado en otro personaje real, muy conocido en Filadelfia, la filántropa Helen Hope Montgomery Scott
- La obra fue un gran éxito y las productoras empezaron a pujar por los derechos para el cine, sin pensar en ningún momento en la actriz para la que se había escrito la pieza teatral. La pareja de Katherine Hepburn en ese momento, el magnate Howard Hughes, fue quien le regaló a ella los derechos. 
- La actriz vendió la obra para el cine a la MGM, pero con tres condiciones: ella sería la protagonista, la adaptación correría a cargo de dos guionistas desconocidos, Donald Odgen Stewart y Waldo Salt, y podría elegir al director y a los actores principales.
- Como director escogió a su amigo George Cukor y como protagonistas, a Clark Gable y Spencer Tracy. No obstante, estos tenían otros compromisos y la MGM le sugirió entonces a Cary Grant y James Stewart.

George Cukor dirige a los actores.

- Curiosamente, James Stewart se ofreció para el papel de Macaulay Connor sin saber que ya había sido elegido.
- De la obra teatral se prescindió de un personaje, el hermano de Tracy. Joseph Cotten (Dexter) y Van Heflin (Connor) fueron sus principales protagonistas masculinos.
- El célebre manotazo que le da Cary Grant a Katherine Hepburn al comienzo de la película fue idea de George Cukor para satisfacer al público que odiaba a la actriz. Así, en el resto de la película ya no caería tan mal al haber sido "escarmentada" previamente.
- El rodaje de la película costó tan solo ocho semanas, en gran medida porque Cukor no tuvo que repetir ninguna escena.
- Donald Odgen Stewart ganó el Oscar al mejor guión, James Stewart, al de mejor actor y la película contó con cuatro nominaciones más, una de ellas para Hepburn, que pudo resurgir en el cine gracias a esta obra. Stewart, en un rasgo de honestidad, afirmó que la estatuilla la merecía mucho más Henry Fonda por su espléndido papel de Tom Joad en "Las uvas de la ira", de John Ford.
- El productor del film era Joseph L. Mankiewicz, guionista y, desde 1946, uno de los más grandes directores de Hollywood.

jueves, 12 de enero de 2012

Rick Blaine

Humphrey Bogart (Casablanca)

"Louis, I think this is the beginning of a beautiful friendship"
("Louis, presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad")

La despedida de Ilsa. El sacrificio de Rick.
                                                                                      
Humphrey Bogart es un póster antiguo que ya nunca se caerá de nuestra pared. Como Marilyn Monroe, Elvis Presley o Groucho Marx. No son carteles rancios ni están rotos o descoloridos;
aguantan el paso del tiempo con una elegancia admirable, como si acabaran de colocarse por primera vez.
De todos ellos, Bogart es el más sorprendente. No era esencialmente guapo ni atractivo; había sufrido lo suyo para alcanzar el estrellato -lo consiguió nada menos que a los 40 años de edad- y poseía un defecto en el habla, producto de una herida de guerra en el labio. Durante una larga década protagonizó papeles poco llamativos, a menudo de gángster vulgar. En los años 30 parecía estar condenado a ser un actor secundario más o menos solvente, capaz de asombrar en "El bosque petrificado" (1936) y de encarnar a matones mal esbozados, como el Jim Frazier de "Ángeles con caras sucias" (1939).
Pero cuarenta películas después de su debut en Hollywood le llegaron dos papeles tan fascinantes que su carrera dio un giro radical y sorprendente: el de Roy Earle ("El último refugio", 1941, de Raoul Walsh), y, sobre todo, el de Sam Spade ("El halcón maltés", 1941, de su amigo John Huston). Bogey se convirtió en una estrella de repente.
Adquirido ya con Spade el perfil de tipo duro, quizás el mejor tipo duro que se había conocido hasta entonces (con permiso de Edward G. Robinson), un año más tarde puso alma, cuerpo y vida a esa silueta cuando interpretó uno de los personajes más inolvidables del cine: Rick Blaine ("Casablanca", 1942, Michael Curtiz). 
Antes de desmenuzar el personaje, conviene destacar que "Casablanca" es una excelente película a la que el tiempo ha dotado de un halo mítico que complica cualquier análisis convencional. Pero si somos capaces de olvidarnos de la leyenda, nos encontramos con una trama narrada y explicada a la perfección, pese a las dificultades que surgieron en la elaboración del guión. Fue, como a menudo suele ocurrir, el milagro de las obras maestras. "'Casablanca' es un milagro, cuya parte milagrosa está en su terca persistencia. No hay adelantado a los tiempos que destruya su leyenda, lo mismo da con labia que con ira. 'Casablanca' es más que una película, es un sueño compartido por millones y millones de pobladores nómadas" (Ángel Fernández Santos, de "Casablanca, colección Cine de Oro").

El capitán Renault quiere saber si Rick añora su país.

Tres rasgos esenciales de Rick nos han cautivado desde siempre: es un hombre que desprecia a los mediocres y a los tiranos; posee una amarga ironía que le sirve lo mismo para colocar en su sitio a un nazi que para cultivar la amistad del capitán Louis Renault (Claude Rains); y finalmente, pese a los contundentes síntomas de su granítica personalidad, es un sentimental 
absoluto, clamoroso, inolvidable, capaz de sacrificarse por el amor que siente hacia Ilsa Lund (Ingrid Bergman).
"Rick es la idea que del hombre tienen las mujeres", se escucha en el documental "Casablanca revisitada", de José Luis Garci. Quizá sea porque no es un tipo que inspire un amor confortable y hogareño, sino más bien una relación inesperada, arriesgada y apasionada, de las que dejan una huella imborrable. O tal vez porque parece el hombre más seguro de sí mismo que se haya visto en una pantalla. 
Y si las mujeres se enamoran de Rick sin remedio, los hombres le han imitado durante generaciones. Es un héroe existencial que no necesita guardar las apariencias; su rostro es el de la lealtad, la entereza y, como se aprecia a medida que avanza la película, la esperanza. Rechaza la cobardía y la mediocridad, pero acepta la falta de escrúpulos de gente como Renault o Ferrari (Sydney Greenstreet), con los que simpatiza. Con su máscara contra las heridas del pasado, Rick es admirado en cualquier tiempo y por cualquier generación, porque físicamente, además, no es un adonis inalcanzable.
Su poder y su independencia quedan en evidencia desde el comienzo de la película, cuando el camarero Carl (S.Z. Sakall) aclara a un cliente que Rick no va a sentarse con él y con sus amigos, por muy importante banquero que sea: "El director del primer banco de Amsterdam es ahora nuestro cocinero".
Es un solitario porque, al contrario de lo que le ocurre al resto de la gente que espera y sobrevive en Casablanca, él no necesita a nadie. Juega al ajedrez solo, sin contrincante, fuma y bebe en silencio y decide con un ligero movimiento de cabeza quiénes pueden entrar en la sala de juegos del café y quiénes no. El Rick's Café Américain es su embajada particular, un territorio neutral que acoge a refugiados, nazis, gente del hampa, ciudadanos de la Francia Libre, pobres, ricos, espías o traidores. En efecto, todo el mundo va a Rick's.
Posee además un alto sentido de la ética y de la justicia, pese a su cinismo. Menosprecia a Ugarte (Peter Lorre), el tipo que trapichea con salvoconductos, y no porque sea una actividad ilegal y perseguida, sino porque se aprovecha de las ilusiones de esa gente que desea escapar de Casablanca. 

Ugarte: Me desprecias, ¿verdad, Rick?

Rick: Si llegara a pensar en ti, probablemente sí.

Pero, a pesar de ello, Ugarte pertenece a su bando y le ayudará hasta cierto punto, concretamente, hasta el límite de su propia supervivencia:
"Yo no me juego el cuello por nadie", exclamará ante todos cuando la policía detenga a Ugarte justo a su lado.

"Me desprecias, ¿verdad, Rick?".

Como Ugarte,
Ivonne (Madeleine Lebeau) quiere agradar a toda costa a Rick para recuperar su amor perdido. Es una joven despechada -con la que probablemente disfrutó de unas cuantas noches de pasión-, que ahora no soporta su desprecio. Él la rechaza sin contemplaciones, pero su conciencia le obliga a protegerla, a apartarla del alcohol y de los peligros de la noche y mandarla a casa en un taxi.

Yvonne: ¿Dónde estuviste anoche?

Rick: ¿Anoche? No tengo la menor idea.
Yvonne: ¿Y qué harás esta noche?
Rick: No hago planes por anticipado.

El carácter y el semblante de Rick se transforman ante el capitán Renault, con quien mantiene a menudo un sabroso duelo dialéctico. Con Renault le vemos sonreír y relajarse por primera vez. El peculiar jefe de policía de Casablanca es un tipo corrupto, sin escrúpulos y, aparentemente, sin principios. No son defectos intolerables para Rick y ambos congenian desde hace tiempo. Es lo más parecido a una amistad. 

Cuando observan el despegue de un avión con rumbo a Lisboa, la puerta hacia Estados Unidos, Renault intuye que aquel norteamericano solitario, insensible y de pocas palabras desearía regresar a su país; y un gesto casi imperceptible de Rick lo confirma. Gracias al policía, el espectador también sabe que su amigo es un defensor de las causas perdidas (luchó a favor de la República en la Guerra Civil española), lo que desmonta esa imagen de indiferente y antisolidario que se ha ganado en Casablanca.

- Pero, ¿por qué demonios vino a Casablanca?

- Mi salud. Vine a Casablanca a tomar las aguas.
- ¿Las aguas? ¿Qué aguas? ¿Las del desierto?
- Me informaron mal.

Tres nuevos personajes aparecen para desvelar más características de la personalidad de nuestro héroe. El primero es el mayor Strasser (Conrad Veidt); se trata del odioso jefe de la Gestapo que acude a Casablanca para localizar al asesino de un correo nazi y, además, para poner un poco de orden en la ciudad. Rick lo recibe con calculada cortesía y frialdad en su local. Ni simpatiza con él ni está dispuesto a demostrarlo. El trato es lo suficientemente educado como para evitar problemas con los nazis, pero a la vez evita cualquier tipo de familiaridad.

- Strasser: ¿Cuál es su nacionalidad?

- Rick: Soy borracho.

Casi a la vez llega una pareja sobre la que va a girar el resto de la trama:
Victor Laszlo (Paul Henreid) e Ilsa Lund. Laszlo es un reconocido y admirado líder de la Resistencia antinazi en toda Europa. Por primera vez, como bien observa Renault, Rick Blaine está impresionado por una visita a su café. Por primera vez se va a sentar a beber con clientes. Es como si Laszlo despertara en él elevados ideales ya olvidados. Su cinismo no confunde al héroe de la Resistencia: "¿Sabe cómo suenan sus palabras? Como las de un hombre que está tratando de convencerse a sí mismo de algo que no cree en su corazón".

Rick Blaine, Louis Renault, Victor Laszlo e Ilsa Lund.

Con él viaja una joven que le rompió ese corazón tiempo atrás. Ella es la causa de su hermetismo, de su soledad y de su insensibilidad ante la vida. Tras la memorable escena con el pianista Sam (Dooley Wilson), en la que interpreta y canta "As times goes by", la máscara de Rick comenzará a resquebrajarse poco a poco: rabia, dolor y nostalgia le acompañan por la noche mientras apura una botella de whisky y le ordena a Sam que vuelva a tocar esa melodía que tanto daño le hace.
En un espléndido flash-back descubrimos que Ilsa y él vivieron una corta historia de pasión en París poco antes de la ocupación nazi. Richard, como entonces le llamaba ella, era un hombre abiertamente enamorado, comprometido con la lucha antinazi, perseguido por el Tercer Reich y solidario con esas causas perdidas que esconden una buena ración de romanticismo. Durante ese nebuloso recuerdo de París conocemos al verdadero Rick. La máscara que lleva en Casablanca se la puso el mismo día de la ocupación nazi, cuando tuvo que subirse él solo al tren rumbo a Marsella porque ella decidió abandonarlo.
El carácter de Richard Blaine atravesará diversas fases a partir de entonces: en primer lugar, quiere herir a Ilsa, humillarla si cabe. Pero, progresivamente, comenzará a ablandarse. Cuando ayuda a un joven matrimonio búlgaro a ganar a la ruleta para conseguir el dinero que les permita salir de Casablanca, los camareros del Rick's Café celebran lo que siempre habían imaginado: su jefe esconde un corazón de oro bajo esa férrea coraza.

"Here's looking at you, kid".

El hecho de conservar él los valiosos salvoconductos que había robado Ugarte le convierte, además, en objeto de deseo por parte de todos. Sobre todo de Ilsa, que acude una noche a su habitación dispuesta a conseguirlos como sea. En esta escena se produce el cambio más radical de Rick. Cuando ella le confiesa que sigue enamorada, que no le ha olvidado y que tendrá que pensar por los dos si se queda con Victor o con él, nuestro protagonista comienza a considerar cuál es su verdadero papel en el final de esta historia: ¿debe retomar su romance? ¿fugarse con ella? ¿sacrificarse? ¿volver a ser el tipo comprometido y solidario que era antes de llegar a Casablanca?

Durante unos minutos, Rick confundirá a los espectadores; parece dispuesto a entregar a Laszlo a la policía y fugarse con Ilsa. Demasiado traidor, demasiado miserable. No encaja con su imagen. El final ideal, el que ha quedado, el del sacrificio y la amistad con Renault, alimentó la leyenda de Rick, de Bogart y de "Casablanca".

El comienzo de una hermosa amistad.

La película:
- Esta obra maestra del cine está basada en "Everybody comes to Rick's", una pieza de teatro escrita por Murray Burnett y Joan Alison en 1940. El éxito de "Argel" (1938), con Charles Boyer y Hedy Lamarr, motivó a los productores a cambiar el título de la obra original por el de Casablanca, para que tuviera una resonancia exótica similar.
Los hermanos Epstein.
- Julius y Philip Epstein se encargaron inicialmente del guión, pero tuvieron que dejarlo al ser reclamados por Frank Capra para sus documentales sobre la guerra mundial. Cuentan que ambos contribuyeron a buena parte de la ironía y del cinismo en los diálogos; Howard Koch, el siguiente guionista, incidió más en los valores morales y patrióticos en tiempos de guerra; un cuarto escritor no acreditado, Casey Robinson, optó por darle un aire más romántico a la película. Los Epstein regresaron en el tramo final.
- El guión se convirtió en el gran problema durante el rodaje. Se cuenta que ninguno de los guionistas conseguía un final apropiado y a menudo se trabajaba con lo que se había escrito la noche anterior. Ingrid Bergman explica en sus memorias que le angustiaba no saber de quién estaba enamorada realmente y de vez en cuando le preguntaba a Curtiz. El director húngaro le respondía: "Aún no lo sé. Mientras tanto, usted... actúe". En la actualidad, sin embargo, se cree que el guión estaba perfectamente definido desde el principio y que el único intérprete que lo sabía -por privilegios de su contrato- era Bogart. Al parecer, Curtiz mantuvo la incógnita hasta el final de forma intencionada en beneficio de la interpretación de Henreid y Bergman.
- Durante años se propagó que Ronald Reagan había sido un serio candidato para el papel de Rick, pero el tiempo demostró que había sido una invención de la Warner con el fin de promocionar la película "King's row". A George Raft, que había despreciado los papeles que encumbraron a Bogart, en "El último refugio" y "El halcón maltés", no le dieron ocasión esta vez de que abriera la boca y fue rechazado. Ann Sheridan y Hedy Lamarr constituyeron serias alternativas para encarnar a Ilsa, al igual que Michèle Morgan, aunque ésta quedó descartada al pedir 55.000 dólares. Ingrid Bergman, cedida por David O'Selznick, costó sólo 25.000.
- Conrad Veidt, que interpreta al jefe nazi Strasser, era bien conocido en el mundo teatral alemán por sus actividades contra el nazismo. De hecho tuvo que huir de su país en 1933 al saber que la Gestapo iba a asesinarle. Falleció pocos meses después del estreno de la película. Curiosamente, algunos de los extras que interpretaron a soldados nazis eran en realidad judíos que habían escapado del Tercer Reich.
 

Michael Curtiz.
William Wyler, William Keighley y Vincent Sherman fueron tres de las opciones del productor, Hal B. Wallis, antes de decantarse por Michael Curtiz como director.
- Max Steiner, autor de la banda sonora, se planteó sustituir la mítica canción "As time goes by" por una propia. Por fortuna, Ingrid Bergman se había cortado el pelo drásticamente para protagonizar "¿Por quién doblan las campanas?" y no se pudieron repetir las escenas con el pianista Sam. 
- A propósito de Sam, antes de que lo encarnara Dooley Wilson se llegó a plantear que el pianista fuera una mujer: Ella Fitzgerald fue una de las opciones barajadas. Wilson era un reputado batería y, en realidad, quien tocaba el piano en la película era Elliot Carpenter, que se ocultaba tras una cortina y sólo a la vista del actor, de forma que pudiera estudiar los movimientos de sus manos. 
- La Academia de Cine de Hollywood premió a "Casablanca" con tres Oscar: mejor película, mejor director y mejor guión; además obtuvieron nominaciones Max Steiner (música), Humphrey Bogart (actor principal), Claude Rains (actor de reparto), Arthur Ederson (fotografía) y Owen Marks (montaje).
- La censura española suprimió la mención de la participación de Rick en las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española; los italianos sustituyeron Etiopía por China como país donde había luchado el protagonista años atrás.
- La película tuvo tres diferentes doblajes en España: en 1946 (Rafael Navarro como Rick), en 1966 (Arsenio Corsellas) y en 1983 (José Guardiola). 
- Woody Allen ayudó a mitificar a Bogart y a "Casablanca" cuando escribió "Play it again, Sam", una obra teatral que Herbert Ross se encargó de dirigir en el cine ("Sueños de un seductor", 1972), con el propio Allen, Diane Keaton y Tony Roberts en sus principales papeles.

Roosevelt y Churchill en Casablanca.
- La invasión aliada de Casablanca se produjo el 8 de noviembre de 1942 y los productores de la película se plantearon incorporar una referencia a ese hecho bélico en el diálogo final. David O'Selznick (MGM) convenció a Jack L. Warner, el magnate de la Warner, para que aprovechara esa feliz circunstancia, efectuara un preestreno en Nueva York (a finales de noviembre) y compitiera para los Oscar de 1943. El estreno oficial de la película se produjo el 23 de enero de 1943 en Los Angeles (Estados Unidos). Casualmente coincidió con la Conferencia de Casablanca, que mantuvieron Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y representantes de la Francia Libre tras la liberación de la emblemática ciudad de Marruecos.
- La frase que Rick le dedica a Ilsa en París, "Here's looking at you, kid", ("Esta va por ti, muñeca", aunque en la versión doblada se perdió su sentido: "A tu salud, querida"), está considerada como una de las cinco frases más memorables de la historia del cine, según el American Film Institute. La frase la improvisó Bogart y se refería a lo que le decía a Ingrid Bergman cuando ella aprendía a jugar al póker en los ratos libres.
- "Casablanca" es una de las películas con más citas memorables. Una de ellas, "Siempre tendremos (o nos quedará) París" ("We'll always have Paris") es una de las más reconocidas a lo largo de los tiempos.
- En la célebre escena en que Victor Laszlo ordena tocar "La Marsellesa" para ahogar la canción que corean los nazis, "Watch on the Rhine", muchos de los extras acabaron llorando por la emoción. No en vano, la mayoría eran refugiados y judíos.
- Ante la avalancha de turistas que estaban convencidos de la existencia del Rick's Café y del Blue Parrot (el local de Ferrari), la ciudad de Casablanca decidió construir dos bares con características similares para contentarlos.