domingo, 6 de febrero de 2011

Sally Albright

(Meg Ryan, "Cuando Harry encontró a Sally")

Altiva, orgullosa, metódica, encantadora.

"Te quiero cuando tienes frío a 21 grados; te quiero cuando tardas una hora para pedir un bocadillo; adoro la arruga que se te forma aquí cuando me miras como si estuviera loco; te quiero cuando, después de pasar el día contigo, mi ropa huele a tu perfume; y quiero que seas tú la última persona con la que hable antes de dormirme por las noches". (Harry a Sally)

Existe la peligrosa tendencia de reducir la excelente "Cuando Harry encontró a Sally" ("When Harry met Sally", 1989) a una sola escena, la del orgasmo fingido de Meg Ryan en un restaurante. Se trata, sin duda, de un momento ingenioso y magnífico, pero la película posee tal riqueza emocional que me parece injusto resumirla en un divertido gag. Su interés no sólo radica en el lúcido análisis de las relaciones de pareja, en la perfecta sintonía entre los dos personajes centrales, en su divertido planteamiento o en el romanticismo que respira cada fotograma; además, se trata de una comedia innovadora, que recuperó, en el momento oportuno, el camino que había abierto años atrás Woody Allen -verdadero inspirador de esta obra- con "Annie Hall" y "Manhattan".
La película de Rob Reiner, apoyada en un inteligente guión de Nora Ephron, acabó en 1989 con una década de comedias banales, juveniles o poco trabajadas que, por regla general, se realizaron en Hollywood en los años 80. El filón de "Cuando Harry encontró a Sally" se explotó en posteriores films, a veces con los mismos intérpretes, director o guionista, y ha servido de base para algunas de las series televisivas que han triunfado en los últimos años.
Meg Ryan (Margaret Mary Emily Anne Hyra, para más señas) salió de esta película convertida en la musa de la moderna comedia romántica: "Hechizo de un beso", "Algo para recordar", "Cuando un hombre ama a una mujer", "French kiss" o "Tienes un email" reforzaron esa imagen de chica soñadora, simpática y un tanto sensiblera. Sus personajes poseen un indudable atractivo físico, aunque muy poca sensualidad. Esa imagen se fue diluyendo poco a poco debido, principalmente, a que el prototipo se repitió hasta la saciedad.
"Cuando Harry encontró a Sally" es una obra maestra por muchos motivos, pero la admirable química entre Meg Ryan y Billy Cristal es probablemente el más evidente. El cómico interpreta de una manera magistral a Harry Burns. Simplemente genial. Es un tipo pesimista, divertido, mordaz, extrovertido, inteligente, inseguro, insolente, descarado y depresivo, entre otras características. Su personaje está trabajado a la perfección, aunque es obvio que toma el modelo de Alvy Singer (Woody Allen, "Annie Hall"). Algún día me detendré en él como se merece.

"Casablanca" y "Annie Hall", dos modelos para esta película.

Harry Burns y Sally Albright conectan a la perfección con el espectador porque son demasiado reales e imperfectos; no tienen, por ejemplo, el halo mítico e inalcanzable de Rick Blaine e Ilsa Lund ("Casablanca"), personajes a los que, de manera consciente, aluden en más de una ocasión a lo largo de la película. Harry y Sally sufren desengaños amorosos, son inseguros y no tienen muy claro si el sexo es la frontera que separa la amistad del amor.

Primera fase: Amor-odio
Sally es perfeccionista, ordenada, orgullosa, metódica, pudorosa y muy exigente. Su primer encuentro con Harry, en 1977, la desquicia. Nada más sentarse en el coche, para emprender el largo viaje que les va a llevar de Chicago a Nueva York, él se pone a comer uvas de manera ruidosa, escupiendo los granos por la ventanilla. Ambos son estudiantes universitarios, pero proceden de dos universos diferentes. Harry le contradice en todo, desde el verdadero significado del final de "Casablanca" hasta si realmente ha disfrutado haciendo el amor. Ella se escandaliza ante las opiniones, aparentemente firmes y seguras, de ese tipo engreído que no cree en la amistad entre hombre y mujer:

- Estás equivocado, yo tengo muchos amigos varones y para nosotros el sexo no cuenta para nada.
- No es cierto.
- Sí es cierto.
- No es cierto.
- ¡Sí es cierto!
- Sólo tú crees que es así.
- ¿Insinúas que me acuesto con todos mis amigos sin siquiera saberlo?
- No, lo que insinúo es que todos ellos quieren acostarse contigo.

Sally es exigente hasta límites sorprendentes. En el restaurante donde cenan deja boquiabierto a Harry cuando pide el postre. "Lo que quisiera es que me calentara la tarta; y no quiero el helado encima, lo quiero a un lado; y me gustaría de fresa si lo tienen, en vez de vainilla; si no, no quiero helado, quiero nata montada; pero sólo si es natural, si es de lata no quiero nada".
De Sally Albright desconocen muchos datos, pero el personaje es tan fascinante que realmente poco importan. No sabemos nada de su familia ni de su origen; tampoco de sus aficiones e incluso de cómo le va en el trabajo, si es ambiciosa o eficaz. Sabemos que es periodista, pero en ningún momento del film tenemos más indicios de su profesión.
Cuando se despiden en Nueva York, de una manera fría y un tanto brusca, nos queda la sensación de que ambos se quedan con ganas de prolongar esa relación en apariencia odiosa. Cinco años más tarde se encuentran en otro viaje, esta vez en un avión. Sally, que ya es periodista, tiene novio y Harry está a punto de casarse. Para ella es un reencuentro incómodo porque, además de estar enamorada, ha descubierto que algunas de las impertinencias de ese asesor político con incontinencia verbal son certeras. No obstante, en ese tiempo hay algo nuevo en su carácter: cierto sentido del humor. "Harry, tal vez no te lo creas, pero nunca he pensado que el hecho de no acostarme contigo fuera un sacrificio".

Segundo encuentro y desencuentro.

Segunda fase: Amistad
Han pasado de nuevo otros cinco años. La mujer de Harry se ha marchado con otro hombre y Sally ha roto con su novio. Tiene ya treinta años, lo que para sus amigas Marie (una espléndida Carrie Fisher) y Alice (Lisa Jane Persky) (ambas precursoras de los personajes de "Sexo en Nueva York" o "Mujeres desesperadas") empieza a ser un problema a tener en cuenta.
Cuando Harry se reencuentra con Sally en una librería, la tensión negativa que existía entre ambos  desaparece al instante. Él ha abandonado esa pose de cínico sabelotodo y hasta recuerda su nombre. Ella se siente reconfortada porque no tiene que aparentar ningún estado de ánimo diferente para ocultar su frustración amorosa. A él le puede confesar que rompió su relación porque quería formar una familia y su novio no. Súbitamente ha nacido una amistad basada en la necesidad de compañía, en la sinceridad y en el afecto.
- ¿Te gustaría cenar alguna noche conmigo?
- ¿Quieres decir que ya somos amigos?
- Bueno... sí.
- Estupendo, una amiga mujer.
Llega un dulce periodo de confidencias y de cariño mutuo. Hablan a todas horas, de sus aficiones, de sus pequeños defectos y de sus respectivas maneras de entender la vida. Ella sigue siendo meticulosa y ordernada. Por ejemplo, introduce las cartas en un buzón una por una, mientras él se desespera y acaba cogiendo el fajo entero para meterlo de una vez. "Ingrid Bergman era poco exigente; tú eres de las peores, eres muy exigente pero te crees poco exigente", le reprocha con afecto. Decía antes que "Casablanca" tiene un sentido especial para ellos. En realidad, Ingrid Bergman representa sus desengaños amorosos. Harry y Sally son, más bien, Humphrey Bogart y Claude Rains, que están en el inicio de una hermosa amistad, como la de ellos.
Las citas que tienen con otras personas fortalecen su propia relación, porque no tienen reparos en contarse todos los detalles con absoluta confianza. Se crea un clima de complicidad que supera el que existe entre Harry y su mejor amigo, Jess (Bruno Kirby). Éste no entiende esa relación sin atracción sexual ni tampoco la afinidad repentina que ha surgido entre ambos. Harry multiplica sus citas, pero eso no parece importar a su amiga. Lo único que le reprocha es que huya de esos ligues enseguida, como si fueran mujeres de usar y tirar.

Sally le demuestra a Harry que el orgasmo también puede ser ficción.

- La mayoría de las mujeres han simulado el orgasmo.

- Pues conmigo no lo han simulado.
- ¿Y tú cómo lo sabes?
- Porque lo sé.
- Oh, claro. Lo olvidaba. Eres hombre.

En esta escena, los gestos tienen tanta importancia como las palabras, sobre todo cuando ella termina de masticar, se limpia con la servilleta y empieza a fingir que está llegando al éxtasis. La cara de circunstancias de Harry y la sorpresa y el deseo de los comensales que les rodean acompañan la perfecta representación de Meg Ryan, aunque el gag, en realidad, lo firma una de las clientes (la actriz Estelle Reiner, madre del director), que le comenta al camarero: "Tomaré lo mismo que ella".

Tercera fase: Atracción

Llega la fiesta de Año Nuevo. Harry y Sally celebran juntos esa noche porque no tienen pareja. Bailan en un cotillón y bromean. Sus mejillas pueden juntarse sin peligro. O eso cree ella: cuando sus rostros se acercan en el baile, advierten una extraña sensación, como si el deseo mutuo estuviera a punto de cautivarles. Salen a la terraza para romper ese hechizo y observan cómo las parejas se besan para celebrar las campanadas del nuevo año. Sus labios se rozan y finalmente se abrazan como amigos. La escena es magnífica. En apenas unos segundos hemos descubierto que su amistad no es una barrera inquebrantable. Pueden enamorarse.

Cuando Marie encontró a Jess.

Una de las escenas más logradas transcurre durante la cena en la que sus respectivos amigos, Marie y Jess, se conocen por fin. Harry convence a Jess para tener una cita con Sally y ésta arrastra a Marie para que salga con Harry. Nadie se siente cómodo porque no existen puntos en común... hasta que a Marie se le ocurre decir que los restaurantes son para la gente de los 80 lo que los teatros eran para la gente de los 60. Está repitiendo una cita que Jess escribió en una revista. Ambos se quedan entusiasmados y se olvidan de sus respectivas parejas, mientras Harry y Sally nos lo dicen todo mientras se miran en silencio, casi humillados, conscientes de que están siendo testigos de un inesperado flechazo.
Ambos se sienten atraídos aunque mantienen esa relación de camaradería. En una fiesta en casa de Marie y Jess, que no han perdido el tiempo y ya viven juntos, los dos sienten celos ante sus respectivos acompañantes. Y por primera vez, Harry le miente a ella. "¿Emily es la tía Emily?", pregunta ofendida al saber que le ha ocultado el nombre de su pareja.
La amistad ya no suple las carencias sentimentales. Harry sufre una depresión cuando vuelve a ver a su ex mujer con otro hombre. Y Sally lo pasará mucho peor al enterarse de que Joe va a casarse. Sufre una crisis emocional y llama a su amigo para que la consuele. "Acaba de conocerla, se supone que tendría que ser una mujer de transición, no la definitiva", lamenta entre sollozos interminables. Es difícil interpretar una escena en la que apenas puedes hablar y hay que estar pendiente de las lágrimas, pero Meg Ryan sale airosa y muy convincente, entre lo dramático y lo cómico.
- ¡Voy a cumplir los 40!
- ¿Cuándo?
- ¡Algún día!
- Eso es dentro de ocho años.
- ¡Pero me están acechando!
Harry la reconforta de tal manera que sus abrazos y besos de cariño terminan siendo abrazos y besos de amor, por iniciativa de ella. Recuerda mucho, en este sentido, al momento de pasión de "Cabaret" (1972), cuando Sally Bowles y Brian Roberts dejan de ser amigos para ser amantes. La diferencia es que algo sale mal, fatal en realidad. Tras hacer el amor, Harry sufre un ataque de pánico, mientras ella se siente feliz. Él desea escapar cuanto antes, como le ocurre con tantas mujeres. Sólo que esta vez no puede engañarle, porque ella sabe perfectamente cómo se comporta él con sus ligues. Esta vez no va a poder colar una excusa y marcharse a las tres de la madrugada para contárselo al día siguiente a su amiga, porque se trata de ella.

Harry, aterrado, y Sally, feliz, tras romper su amistad por el amor.

Cuarta fase: Desengaño
Sally sufre una profunda decepción cuando él se marcha temprano, le da un beso en la frente y actúa como si esa noche no hubiera existido. "Me gustaría invitarte a cenar si estás libre", le dice para despedirse. Lo que han hecho ha sido un error fatal, porque ya no podrán volver a ser amigos y las perspectivas de convertirse en una pareja enamorado son bastante negras. Durante la cena, Sally descubre con preocupación que ya no tienen nada que decirse, porque han pasado a un nivel en el que las confidencias son imposibles, sobre todo si les afecta a ambos.
Sólo Sally Albright parece consciente del tremendo cambio que han experimentado sus vidas, porque él se sigue comportando como siempre. Durante la boda de Jess y Marie se siente incómodos cuando se miran; y ella le deja claro que el juego se ha terminado, ya no quiere saber nada de sus ligues ni le va a contar los suyos. "Los dos admitimos que fue un error", trata de explicar Harry. "¡El peor de mi vida!", le replica dolorida, antes de estallar en indignación cuando él le recuerda que hicieron el amor porque le dio lástima.
Llega de nuevo la Navidad. Sally y Harry hace tiempo que no se ven; ella no quiere saber nada de él, porque la situación le hace daño. Intenta rehacer su vida, consciente de que la amistad que busca él es imposible y el amor que desea ella no se lo va a ofrecer. "Las cosas han cambiado, ya no soy tu tabla de salvación", le explica por teléfono cuando le invita a celebrar el Año Nuevo.

Quinta fase: Amor
Durante la fiesta de Nochevieja, Sally se aburre, no conecta con nadie, sólo piensa en Harry. Sabemos que está enamorada de él, pero no está dispuesta a rebajar ese sentimiento para adecuarlo a sus pretensiones. Su relación depende de Harry, que en esos momentos está poniendo en orden sus emociones. Cuando tiene claro que quiere pasar el resto de su vida con la que fue su amiga, se lanza a correr por las calles para encontrarse con ella. Se habían odiado, fueron amigos y ahora se enamoran. Han tardado doce años en darse cuenta hasta llegar a un final previsible y feliz. ¿Pero acaso los finales felices tienen que ser los peores?

Curiosidades
- Molly Ringwald y Albert Brooks rechazaron los papeles que interpretaron finalmente Meg Ryan y Billy Cristal.
- La personalidad de Sally Albright toma como modelo a la de la guionista Nora Ephron, mientras que el carácter depresivo de Harry Burns es un calco de Rob Reiner, según confesó el propio director.
- Cuando Reiner comprobó lo exigente que era Nora Ephron para elegir la comida, se le ocurrió añadir en la película un par de escenas cómicas en las que el personaje de Sally recuerda a la guionista. En un viaje en avión, cuando Ephron empezó a ser quisquillosa con la comida, una azafata le hizo ver que se parecía "a la de 'Cuando Harry encontró a Sally'".
- La escena del orgasmo fingido fue idea de Meg Ryan, mientras que la frase que pronuncia una de las clientes del local ("Tomaré lo mismo que ella") fue sugerencia de Billy Cristal. Rob Reiner le propuso a su madre que pronunciara esa frase, hoy en día considerada la 33ª mejor frase de la historia del cine, según el American Film Institute.
- El restaurante Katz Deli, donde se filmó la famosa escena, conserva en la mesa donde se sentaron los protagonistas una placa que pone "Felicidades, está sentado donde Harry encontró a Sally".
- El American Film Institute también considera que la película está entre las diez mejores comedias románticas de todos los tiempos.
- Lo que más les costó decidir fue el título de la película. "Just friends", "Words of love", "It had to be you", "Harry, this is Sally" o "Blue moon" fueron algunas de las sugerencias barajadas. La guionista reconocería años más tarde que lo único que cambiaría de la película seguía siendo el título.
- Los segmentos de entrevistas que aparecen a lo largo de la película son de matrimonios reales, que explican sus experiencias verdaderas. En un detalle muy brillante, Reiner incorporó como si fueran reales los testimonios de Harry y Sally.




martes, 1 de febrero de 2011

Tom Ripley

(Alain Delon, "A pleno sol")

Tom Ripley utiliza todos sus recursos para seducir a Marge.

Tom Ripley es uno de mis personajes literarios favoritos, pero lo descubrí -como tantas otras cosas- gracias al cine. Mi entusiasmo por "Extraños en un tren", de Alfred Hitchcock, me llevó a la novela; su lectura despertó mi interés por su autora, la extraordinaria Patricia Highsmith; enseguida reparé en sus restantes novelas y, sobre todo, en ese fascinante individuo que lleva una doble vida: es un asesino, pero sólo mata para mantener su privilegiada posición social. Ni la escritora ni los lectores somos capaces de juzgar sus actos. Es un apasionado del arte (y de la falsificación), de la música clásica, de los vinos más selectos, de la jardinería, que practica en su espléndida finca francesa de Belle Ombre, y de la buena vida. Algo así como James Bond, pero sin licencia para matar y con una ambigüedad sexual un tanto disimulada.
Gracias a su boda con la rica heredera Héloise Plisson (quien tampoco le juzga, aunque sospeche algo), Tom no necesita más que uno o dos crímenes al año, los suficientes como para borrar huellas del pasado o recuperar su status social si está en peligro. Es un ser amoral y sin conciencia, pero nos cae francamente bien. Cuando le acecha el riesgo sufrimos con él, sobre todo gracias a la habilidad de Highsmith para mantenernos en una tensión a veces insoportable.
Sin embargo, ese Tom Ripley del que hablo es muy diferente al de la primera novela, "The talented Mr. Ripley" (1955), que el director francés René Clément llevó a la pantalla bajo el título de "A pleno sol" ("Plein soleil", 1960). En esta obra descubrimos las raíces de su comportamiento, su inseguridad juvenil y su incipiente ambición. En posteriores novelas comprenderemos que esa codicia nunca va a más: una vez que ya ha conseguido disfrutar de los placeres de la vida, sólo quiere mantenerlos, como un hedonista sin más aspiraciones.
Alain Delon, uno de los actores más deslumbrantes que ha dado el cine, tal vez no encajaría en un Ripley más maduro, el de las posteriores novelas (será una fijación, pero siempre pienso en el rostro firme, sereno y amable de Ed Harris para ese evolucionado personaje), aunque está francamente insuperable en "A pleno sol". Como lo está en esos papeles tan sórdidos y desapasionados del cine negro francés de los años 60-80, que incluye a dos soberbios personajes: Eugene Grindel (de la desapercibida y notable "No despertar al policía que duerme", 1988) y Mr. Klein ("El otro señor Klein", 1976).
Con 25 años, a este icono erótico del cine francés le sobró estilo y talento para llenar por sí solo la pantalla. Durante casi dos horas tiene que interpretar tres papeles: un Ripley sumiso, agradable y servil, al comienzo; un Ripley decidido, seductor, agobiado y ambicioso, cuando se desencadena la trama principal; y un Philippe Greenleaf a quien suplanta con increíble habilidad y tensión. Alain Delon supera con sobresaliente las tres pruebas.

Romy Schneider, novia de Alain Delon, tiene una aparición fugaz.

La novela arranca con el desesperado encargo que el millonario Herbert Greenleaf le hace a Tom Ripley en San Francisco: aunque es un amigo demasiado lejano de su incontrolado hijo Philippe, le pide viajar a Italia para contactar con él y obligarle a que vuelva a los Estados Unidos. La película, sin embargo, prescinde de esa innecesaria introducción: Tom se ha hecho amigo de Philippe (Maurice Ronet), que vive plácidamente en Mongibello (Italia), y la complicidad que existe entre ambos impide que se tome en serio el encargo del padre.
En este primer tramo de la película, la relación que mantienen es singular: Philippe, adinerado, juerguista y amante de los placeres de la vida, trata a su nuevo amigo con un calculado desprecio; le gusta como compinche y se divierte con él, pero sabe que Tom sólo aspira a conseguir los 5.000 dólares que le prometió su padre de recompensa si lo devolvía a casa. Por eso le mortifica de vez en cuando, trata de humillarlo y le convierte en su chico de los recados.
Pero en Tom Ripley no hay ni un atisbo de rebeldía. Él se encarga de las cartas, de llevar las maletas o de ir a comprar algún capricho. Y lo hace con entusiasmo, como si no se diera cuenta del trato vejatorio que está recibiendo. Da la impresión de que intenta hacerse imprescindible para ese "playboy" fútil y engreído. La denigrante situación afecta a la sensible novia de Philippe, Marge Duval (Marie Laforêt), que tiene que aguantar además el carácter irresponsable de éste.
Tom ha descubierto que quiere ser como Philippe: elegante, despreocupado, un "bon vivant" millonario. En una reveladora escena, se pone el traje de su amigo, se peina como él y besa el espejo al contemplar su nueva imagen. Cuando Philippe le descubre, se queda azorado y sin poder reaccionar. "Te estaba imitando", le tartamudea.
Pronto descubrirá también que el hijo de Herbert Greenleaf no tienen ninguna intención de regresar con su padre, lo que significa que se va a quedar sin cinco mil dólares. Pese a las promesas que le haya podido hacer, Tom entiende que formaba parte de un juego, del que Philippe parece estar ya cansado. Intuye que en cualquier momento le dirá que no le acoge más en su casa, que no tiene ganas de ser su amigo, que ya no le apetece mantenerle. "Unos tanto y otros tan poco", murmura resignado cuando le acompaña a sacar del banco una importante suma de dinero.
La situación se agrava durante un viaje de placer en velero. Tom acompaña a la pareja como si fuera un secretario personal o el siervo de su amigo. "Ni la cuarta parte de lo que te aguanta él soportaría yo", le recrimina Marge. "Quiero saber hasta dónde puede llegar. No lo compadezcas, sólo piensa en el dinero", objeta él.
Después de humillarle varias veces (le recuerda su humilde condición social e incluso le reprocha que no sepa utilizar los cubiertos para comer), Philippe le gasta una pesada broma al obligarle a salir del velero para que viaje en la barca que se ha soltado. Cuando la cuerda se rompe, se queda a la deriva y sufre una fuerte insolación. Su amigo ha ido demasiado lejos, pero Tom no parece tenerlo en cuenta. Más bien bromea con él sobre la súbita posibilidad de asesinarlo y quedarse con todos sus bienes, algo que Philippe considera un divertido juego.

Philippe, Marge y Tom, en el barco donde se desencadena la tragedia.

Es posible que en ese momento haya cambiado Tom Ripley sus objetivos. Ya no le interesan los cinco mil dólares de Herbert Greenleaf, sino la propia vida de su hijo. De noche, mientras la pareja duerme, ha colocado en el bolsillo de Philippe dos pendientes para hacerle creer a Marge que pertenecen a una de sus amantes. Tom consigue su propósito, porque desencadena una violenta situación y la ruptura de la pareja. La chica desembarca en un puerto y los dos hombres reanudan el crucero.
El juego sigue para Philippe, ansioso por reanudar esa morbosa conversación que han mantenido antes acerca de cómo Tom podría asesinarle y suplantar su personalidad. Cuando le confirma que se queda con Marge, que no tiene ninguna intención de marcharse a Estados Unidos, la mirada de Ripley parece condenarle. Philippe le propone pagarle 2.500 dólares si le gana al póker; intencionadamente hace trampa para perder, pero su compañero de viaje lo tiene muy claro: "Ni los cinco mil dólares me interesan ya, lo quiero todo", le dice poco antes de asesinarlo con un cuchillo.
Durante cinco largos minutos vivimos su angustia para mantener a flote el velero, cubrir al muerto con una lona, atarlo con el ancla para que se hunda, caer al mar por un golpe inesperado, volver a bordo milagrosamente y cortar el alambre que mantiene el cadáver de Philippe. Instintivamente, deseamos que Ripley salga airoso de la dramática situación.
Cuando vuelve solo a Mongibello se mete en una espiral de engaños de la que ya no podrá escapar. A Marge le hace creer que su novio se ha ido a Roma para olvidarla por una temporada y él sólo ha vuelto para llevarle su ropa y algunas pertenencias; en el banco inicia su proceso de suplantación de Philippe, para lo que necesita falsifica su pasaporte de forma minuciosa, imitar perfectamente su voz, con el fin de hacer creer que aún sigue vivo, y viajar constantemente de Roma a Mongibello para dejarse ver como Tom de vez en cuando. Como advierte Marge, ha cambiado mucho: su rostro es más duro y viste con mayor elegancia.
El juego tiene sus riegos: los oficinistas, botones o recepcionistas de hotel no le conocen, pero cuando tropieza con las amistades de Philippe tiene que esconderse súbitamente. Por eso decide abandonar el hotel donde se aloja bajo el nombre de Greenleaf y alquilar un lujoso apartamento en la capital. De nada le sirve porque le descubre Freddy Miles (Billy Kearns), un viejo amigo de Philippe que siente una abierta antipatía hacia Tom. Éste -muy elocuente su tic nervioso en el ojo derecho cuando le abre la puerta- acabará matándolo porque ha descubierto demasiado: comprueba que lleva las ropas y hasta el calzado de Philippe y, finalmente, que se hace pasar abiertamente por él.
El vertiginoso ritmo de tensión no parece tener fin. A René Clément no le importa detenerse varios minutos en la escena en que se deshace del cadáver de Freddy: Ripley le baja lenta y pesadamente por las escaleras; el esfuerzo es agotador; de repente, alguien sube y se le ocurre colocarle un cigarrillo para que parezca que el muerto está borracho. En la calle, ante la presencia de dos religiosos que pasan por la acera, le habla como si Freddy sufriera una cogorza tremenda. Finalmente, se libra del cadáver al arrojarlo por un barranco. "Ya está. El asesino será Philippe, nada tengo que ver yo con esto", murmura.
Ripley ha aprendido a conjugar ambas personalidades en una nueva. Y lo hace con soltura por estafetas, hoteles y oficinas bancarias, de donde saca todo el dinero de su amigo. Delante de la policía -que investiga ya la muerte de Freddy- es Tom, discreto y comedido, lo suficientemente hábil como para defender a Philippe frente a la sospecha de su culpabilidad; ante Marge sigue siendo el mismo, sólo que más elegante y decidido. Definitivamente, el Ripley servil no existe. Ahora es un tipo intuitivo, con la mente y los ojos bien abiertos. Consciente de que una policía de paisano escucha su conversación, le hace creer a Marge que su novio se esconde en Mongibello, lugar donde se va a desarrollar el desenlace de la trama que está tejiendo. Aunque tiene que escapar por la ventana antes de que lo atrapen, consigue preparar las pistas del supuesto suicidio de Philippe (incluso redacta un testamento a favor de Marge, para no levantar sospechas) y viajar rápidamente a Roma para que la policía le descubra durmiendo en una pensión.

Tom Ripley comienza a seducir a Marge.

Haciendo malabarismo y caminando por la cuerda floja, Tom ha conseguido milagrosamente lo que pretendía. Ahora sólo debe conquistar a Marge con un minucioso proceso de seducción para quedarse con todo, incluida la desolada novia. En sólo unos meses, Ripley se ha graduado en interpretación con matrícula de honor, por lo que no necesitará mucho tiempo para lograrlo. Es sumamente atractivo, sabe emplear en cada momento las palabras adecuadas y la besa en el instante preciso en que ella advierte que no quiere quedarse sola.
(Y si no has visto la película, mejor no leas esto)
Tom ha disipado todos sus temores. Ni siquiera la llegada del padre de Philippe a Mongibello le provoca inquietud. Herbert Greenleaf está en Italia para agilizar el testamento y vender el velero de su hijo. Ripley se queda en la playa esperando acontecimientos. Se encuentra extrañamente feliz, quizá como nunca en su vida. Sentado en una hamaca, junto a un bar pegado a la costa, solo tuerce el gesto ante el sol que le obliga a cerrar los ojos. Llama a la camarera.
- ¿Se encuentra bien?
- Sí, es sólo ese sol que molesta. Pero, aparte de eso, nunca me había encontrado mejor. Deme algo de beber.
- ¿Qué quiere?
- Lo mejor.
Una sonrisa de felicidad se adivina en su rostro mientras repite una y otra vez esas últimas palabras. Tom aspiraba a tener lo mejor desde el principio y cree haber llegado al final del camino. En el puerto, Marge, el padre de Philippe, un empleado del banco y operarios de puerto observan cómo atraca el velero, ya en venta. Un alambre sale de las aguas del mar y la chica lanza un grito de terror cuando observa que el extremo lleva atado un cadáver envuelto en una lona; su brazo izquierdo, casi esquelético, asoma con espantosa rigidez. Poco después, la policía llega a la playa donde un confiado Tom sigue sonriendo de felicidad.

La película
- 1960 fue el año de consagración de Alain Delon: además de su soberbia actuación en esta película, cautivó a medio mundo gracias a su papel de Rocco Parondi en "Rocco y sus hermanos", de Luchino Visconti.
- La actriz austriaca Romy Schneider tiene un breve papel en la película, pese a que ya arrastraba una gran fama internacional por haber protagonizado la serie de Sissi. Romy y Alain Delon eran novios por esa época, hasta que el actor francés rompió con ella, de manera traumática, años más tarde.
- Anthony Minghella filmó en 1999 el remake de "A pleno sol" y utilizó el título original de la novela de Patricia Highsmith, "El talento de Mr. Ripley", con Matt Damon como el protagonista.
- Barry Pepper ("El regreso de Mr. Ripley", 2005), John Malkovich ("El juego de Ripley", 2002) y Dennis Hooper ("El amigo americano", 1977) también encarnaron a este personaje para el cine.
- Highsmith declaró sentirse encantada con la película y con Alain Delon en el papel de Ripley, pero lamentó que hubieran cambiado el final de la novela por plegarse a la moralidad; es decir, que Tom es castigado por sus actos, pese a que en su obra literaria sale perfectamente indemne.
- Nino Rota firmó una espléndida banda sonora, mientras que el propio director, René Clément, se encargó del guión junto a Paul Gégauff.




viernes, 28 de enero de 2011

Marge Gunderson

(Frances McDormand, "Fargo")

Marge, cumpliendo con su deber.

Vuelvo a los hermanos Coen para hablar de un personaje sumamente peculiar y fascinante: el de una mujer policía, inteligente y cortés, en avanzado estado de gestación, para quien lo extraordinario de su existencia no es la investigación de una serie de crímenes complejos sino su exageradamente apacible vida marital. Marge Gunderson (Olmstead, de soltera) (Frances McDormand) nos sorprende porque, pese a su eficacia, es la antítesis de los agentes policiales de muchas películas, esos que se pasan las veinticuatro horas del día pensando en su caso, sin apenas comer ni dormir, atiborrados de café y tabaco, alejados de sus familias y con la tensión permanente en el rostro.
Cuando Marge vuelve a casa le espera su esposo Norm (John Carroll Lynch), un tipo bonachón, callado y relajado que nunca le pregunta por los casos que investiga. Ella, sin embargo, está vivamente interesada en la rutina diaria de Norm, los sellos que pinta de forma artesanal, su pesca y las sencillas noticias que le comenta. La trivialidad es su felicidad, mientras que el sentido del deber policial, cumplido con sensatez y exquisitez, no traspasa el umbral de su hogar. Y es que uno de los grandes aciertos de esa maravilla cinematográfica que se llama "Fargo" (1996) es convertir la espeluznante historia criminal que nos cuenta en uno más de los acontecimientos secundarios en la vida de Marge.
Frances McDormand es una de esas prodigiosas actrices que responden siempre a los grandes papeles. Como Meryl Streep, Jessica Lange, Glenn Close o Sigourney Weaver, entre otras (creo que ya hablé de esto a propósito de la Weaver y su Paulina Escobar). Lo malo es que esos grandes papeles no suelen ser frecuentes, pero cuando se produce salen momentos tan inolvidables para el cine como "La decisión de Sophie", "Frances", "Atracción fatal" o "La muerte y la doncella". En el caso de McDormand, "Fargo" es una de las cimas de su carrera, pero no hay que perder de vista sus personajes en "Camino al paraíso", "Casi famosos", "Vidas cruzadas", "Arde Mississippi" o "En tierra de hombres".
Marge Gunderson es la jefa de policía de Brainerd (Minnesota, Estados Unidos), una pequeña ciudad de unos diez mil habitantes, cerca de la frontera con Canadá, donde las principales noticias suelen ser domésticas. El invierno dura desde noviembre hasta abril y la nieve es un elemento habitual en ese periodo. Es una población peculiar, ya que el origen alemán, noruego y sueco de muchos de sus habitantes ha creado un acento comunitario muy singular. Por si fuera poco, la falta de estrés y de tensiones ha proporcionado a la gente un poso de extremada tranquilidad que se advierte en su parsimonia para hablar y actuar.
Es lo que se conoce por el nombre de "Minnesota nice", un estereotipo aplicado a los habitantes de este Estado (precisamente en el que nacieron y se criaron los hermanos Coen) que define su conducta social: son educados, generosos, corteses, agradables, suaves en el trato, reservados para los forasteros, contenidos emocionalmente y poco dados a la confrontación, entre otras características. Sólo por el esfuerzo de Frances McDormand con su "acento Minnesota" es aconsejable ver la película en versión original... y con subtítulos, por muy buen dominio del idioma anglosajón que se tenga, ya que muchas expresiones son demasiado localistas.

Norm y Marge, una pareja plácidamente enamorada.

Marge está embarazada de siete meses, pero su avanzado estado de gestación no le impide por el momento cumplir con su labor. Su marido, Norm Gunderson, también era policía, pero acordaron que él dejaría el trabajo para ocuparse de las labores domésticas y de sus plácidas aficiones: pintar y pescar. Sus conversaciones no parecen tener una gran trascendencia:

Norm:
Lo publicaron.
Marge: ¿Lo publicaron?
Norm: Sí.
Marge: ¿De veras?
Norm: El sello de tres centavos.
Marge: ¿Tu pato real?
Norm: Sí.
Marge: ¡Oh, eso es fantástico!
Norm: Es sólo un sello de tres centavos.
Marge: Es fantástico.

Marge es la protagonista de la película, pero se trata de una condición discutible. Para empezar, aparece cuando ya ha transcurrido la media hora de proyección, todo un desafío para las leyes del buen guión cinematográfico, que aconsejan incluir al personaje principal en las cinco primeras páginas. Pero Ethan y Joel Coen se saltan esta norma de forma magistral, porque luego su presencia cobra una fuerza magnética que nos hace creer que ha estado siempre en pantalla. Está tan bien trabajado su personaje que nos encandila de inmediato.
Las comidas cobran una gran importancia en la película, en parte por el embarazo de Marge. A ella la vemos comer en restaurantes, en la cocina de su casa, en la carretera o en su despacho. En todas las escenas en que aparece con Norm o bien están en la cama, generalmente pensativos, o engullendo cualquier tipo de alimento.
Desde un punto de vista narrativo, muy a gusto de cada espectador, "Fargo" también se puede ver como la historia de un tipo gris, inseguro, humillado por la sociedad, sin personalidad, anulado por todos los que le rodean, manejable y tan vacío que nos da lástima. Tenemos entonces la historia de Jerry Lundegaard, interpretado de manera magistral por William H. Macy. Jerry ha contratado a dos individuos en la ciudad de Fargo para que secuestren a su mujer; el objetivo es que su millonario suegro pague el rescate y él pueda hacer frente, con la mitad de ese dinero, a sus numerosas deudas. Pero Jerry es un pobre hombre incapaz de controlar la situación. A los dos delincuentes se les va de las manos ese encargo y antes de secuestrar a su esposa ya han dejado cadáveres por el camino. Y es ahí donde aparece la jefa de policía de Brainerd.
Marge recibe una llamada de madrugada; le informan de que han aparecido tres cadáveres en la carretera del término municipal. Norm también se levanta para prepararle unos huevos a modo de desayuno. Se despiden con dulzura. Cuando llega al escenario del crimen, acompañada por Lou (Bruce Bohne), demuestra su sagacidad para, con un simple vistazo, darse cuenta de lo que ocurrió: un policía hizo detener a dos sospechosos; estos le asesinaron y, cuando escondían el cadáver, fueron vistos por dos testigos que iban en un vehículo. Los persiguieron y los mataron unos kilómetros más adelante.
- ¿Has visto algo ahí, jefa?
- No, es que creo que voy a vomitar.
- ¡Demonios! ¿Necesitas ayuda, Margie?
- No, ya se me ha pasado: Vuelvo a tener hambre.
Los protagonistas van actuando según el plan previsto. Jerry, ajeno al triple asesinato, trata de convencer a su suegro, Wade Gustafson (Harve Presnell), de que no hay que llamar a la policía por el secuestro, sino dejar que las negociaciones las lleve él en persona. Los criminales, Carl Showalter (Steve Buscemi) y Gaear Grimsrud (Peter Stormare), han llegado a una cabaña, donde ocultan a Jean (Kristin Rudrüd), la mujer de Jerry, a la espera de noticias y del dinero.
Pese a la brutal naturaleza del crimen, Marge recuerda  que tiene que comprarle a Norm lombrices para pescar; y cuando éste le espera en la jefatura de policía, no le abruma con detalles del caso, sino que le pregunta por el concurso local de pintura al que se va a presentar. Su esposo ni siquiera parece interesado cuando Lou le informa a su jefa acerca de las pesquisas sobre el coche alquilado que han utilizado los asesinos.
Marge consigue que la gente se sienta a gusto en su compañía; sabe escuchar, sonríe y trata a las personas con tacto y psicología. Cuando se entrevista con dos prostitutas de un club de carretera (que pasaron una noche con los ocupantes del vehículo alquilado), se muestra afectuosa y cordial, por lo que consigue mucha más información que si hubiera sido fría y distante.

- La verdad es que el bajito era raro.
- ¿En qué sentido?
- No lo sé, pero era raro.
- ¿No puedes concretar un poco más?
- No sabría decírselo... la tenía muy torcida.
- ¿Y seguía siendo raro además de eso?

Marge pone nervioso al desgraciado Jerry Lundegaard.

La investigación le lleva a Minneapolis, la capital del Estado, para hablar precisamente con Jerry Lundegaard, jefe de ventas del concesionario de coches al que pertenecía el vehículo de los secuestradores. En ese momento no puede imaginarse lo cerca que está de la clave del caso. Viajar hasta allí es tan especial que hasta Norm se sorprende ligeramente. Con cualquier otro policía de película, la acción iría directamente al meollo de la cuestión, pero con ella, no: La vemos acercarse a la conserjería del hotel, saludar a los empleados con exquisita amabilidad, preguntar por un buen restaurante para cenar y guardar bien las distancias, sin parecer antipática, con un antiguo compañero de estudios, Mike (Steve Park), quien afirma estar viudo para intentar ligar con ella.
Marge puede parecer frágil, sobre todo por su estado, pero no se amilana ni siquiera ante la amenazadora presencia de Shep Proudfoot ("Pie Ligero") (Steve Reevis), un fornido y violento indio cuyo teléfono particular aparece en el registro de llamadas que hicieron Carl y Gaear desde el club de carretera. Shep trabaja en el concesionario de coches donde Jerry es el jefe de ventas y fue el vínculo entre éste y los secuestradores. Con sagacidad y con asombroso conocimiento de la naturaleza humana, no le deja opción para inventarse ninguna excusa y le lleva adonde quiere. "¿Cree usted que recordará ahora quién hizo la llamada?", concluye sonriendo.
El círculo criminal se está cerrando en torno a un sobrepasado Jerry, incapaz de controlar lo que ha provocado. Su suegro es asesinado porque no le deja entregar el dinero; no sabe nada de su mujer, es incapaz de consolar a su hijo y los problemas le atosigan sin que pueda hacerles frente. Marge se convierte en su nuevo problema cuando ella va a visitarlo por segunda vez. Está plenamente convencida de que el coche de los delincuentes salió de allí; la actitud de Jerry, nervioso e inseguro, le confirmará sus sospechas cuando eleve la voz y se ponga muy tenso durante el interrogatorio.

- Ese coche no es nuestro. Yo lo sé.
- ¿Pero cómo lo sabe? ¿Cuentan los coches todos los días?
- Señora: ya he contestado a su pregunta.
- ¿Disculpe, señor?
- Señora, ya he contestado a su pregunta. Ya he contestado a su... ¡Estoy cooperando!
- Señor, debería intentar no ponerse borde, porque estoy haciendo mi trabajo.

Jerry acaba desquiciado y la deja sola en el despacho con la promesa de que va a comprobar si realmente le falta algún vehículo. La mirada de Marge se detiene en la libreta de aquel tipo, luego pasa a la mesa, las paredes, una fotografía enmarcada de su mujer y, finalmente, la ventana: entonces descubre que Jerry se va con su coche. "¡Maldita sea! ¡Se está largando! ¡Se está largando!", exclama nerviosa y, por primera vez en la película, un tanto excitada. Sabe que está muy cerca de la resolución de su caso.
El azar juega a su favor cuando Marge da una vuelta con su coche por la zona de los lagos: descubre el vehículo (un Sierra marrón) que andaba buscando y, cuando se acerca a la cabaña, observa que un individuo (Gaear) está triturando un cadáver. La escena está exenta de dramatismo, heroísmo y riesgo, salvo un trozo de madera que le lanza él antes de intentar escapar. El ruido ensordecedor de la máquina anula la música y el diálogo, de forma que tampoco es un momento aterrador. La jefa de policía le detiene con un balazo en la pierna.
En el coche policial, Gaear escucha en silencio el monólogo de Marge, abatida por las circunstancias. Ha apresado a un tipo que ha asesinado a cinco personas, entre ellas a la secuestrada señora Lundegaard (porque no soportaba sus gritos) y a su compinche Carl. Y todo por un poco de dinero. Su frase final es como una declaración de principios, un canto a la honestidad y a la sencillez. Una filosofía de la vida resumida en una simple frase:
  
"Hay cosas en la vida más importantes que el dinero, ¿sabes? ¿No lo sabías? Y ahora estás aquí. Y hace un precioso día. Es muy difícil entenderlo".

"Dos meses más...".

Marge es la antítesis de la degradante actitud que han mostrado Jerry, Carl y Gaear, tres seres solitarios e incapaces de encontrar sentido a sus vidas. El dinero es lo último que necesita ella. Tiene a Norm, que le aporta serenidad, tiene una existencia placentera, que irá consumiendo sin sobresaltos, con la fuerza del cariño, y tiene a un bebé en camino que se convertirá en el punto culminante de su felicidad. Si eres feliz, ¿para qué ambicionar poder o dinero?
- Te quiero, Margie.
- Te quiero, Norm.
- Dos meses más.
- Dos meses más.

La película
- Aunque al comienzo se advierte que está basada en hechos reales, lo cierto es que los Coen tomaron dos episodios trágicos ocurridos en 1962 y 1972 y mezclaron ambas situaciones en una sola historia.
- El título "Fargo" hace referencia a una localidad de Dakota del Norte, aunque realmente no se filmó ahí ninguna escena y sólo se menciona la ciudad cuando Jerry se entrevista con los dos secuestradores.
- La genial actuación de Steve Buscemi, como Carl Showalter, era de prever; no en vano, los Coen escribieron el papel pensando en él.
- William H. Macy tuvo que insistir para encarnar, de forma espléndida, a Jerry Lundegaard. Tras hacer una prueba y esperar a que le llamaran, decidió volar a Nueva York y entrevistarse con el director y el guionista. Al parecer les convenció tras asegurar que si no le daban el papel arruinarían la película: "Es mi papel".
- La actuación de Macy provocó grandes elogios y en varias entrevistas tuvo que admitir que no improvisó nada: hasta la tartamudez estaba en el guión.
- Frances McDormand, que es la esposa de Joel Coen, tuvo una profesora, Larissa Kokernot, natural de Minnesota, para conseguir su peculiar acento local. Curiosamente, esa profesora hace el papel de una de las prostitutas.
- De las siete nominaciones que obtuvo la película en la gala de los Oscar de 1997, se llevó la del mejor guión original (Ethan y Joel Coen) y mejor actriz, para McDormand, que superó, entre otras, a la espléndida Brenda Blethyn ("Secretos y mentiras").
- El personaje de Marge Gunderson está considerado entre los cien mejores de la historia del cine (el 33, según el American Film Institute; el 75, según la revista Empire).
- Durante años circuló el rumor de que una mujer japonesa había estado buscando realmente el maletín del dinero que Carl Showalter escondió en la nieve.
- Una curiosidad: Santiago Mainar, condenado por el asesinato del alcalde de Fago, una pequeña y bella localidad de Huesca, tenía el dvd de "Fargo" cuando las televisiones le entrevistaron antes de que fuera inculpado por el crimen.

sábado, 22 de enero de 2011

Thomas E. Lawrence

(Peter O'Toole, "Lawrence de Arabia")

Lawrence de Arabia, reencarnado en Peter O'Toole.

Hay intérpretes que hacen historia en el cine durante años y sólo nos damos cuenta de ello cuando un día nos detenemos a repasar su filmografía. Hasta ese momento pensábamos que formaban parte de una moda pasajera y por eso seguíamos su trayectoria con escepticismo y máxima exigencia. Sólo cuando pasa el tiempo apreciamos verdaderamente lo que nos han ido dejando. Pienso en toda la carrera de Tony Curtis, en la primera década de Leonardo DiCaprio y de Tom Hanks o incluso en los primeros años de Sean Connery, por ejemplo.
Pero para mí el paradigma de esta teoría es Peter O'Toole, un verdadero genio de la actuación, un tipo con enorme talento para meterse en la piel de reyes, aventureros o seductores. Un excepcional intérprete a quien merece la pena redescubrir, porque durante su prodigiosa década, la de los años 60, se le juzgó como si fuera un fenómeno fugaz.
Sólo había rodado tres películas, dos de ellas en Inglaterra, cuando le tocó el premio gordo de la interpretación: Thomas E. Lawrence, “Lawrence de Arabia”. Para que nos hagamos una idea de lo que significó aquello: es como si un futbolista que debuta en Primera División con un equipo modesto acaba la temporada disputando la final del Mundial.
Siempre me ha parecido injusto que la mayoría de las reseñas sobre este actor se centren en el papel de Lawrence y, en menor medida, en el del rey Enrique II, monarca a quien encarnó en dos ocasiones: "Becket" y "El león en invierno". Se dice bien poco de "Lord Jim", "Adiós, Mr. Chips", "La noche de los generales", "Mi año favorito", "¿Qué tal, Pussycat?" y casi nada de esa pequeña joya de William Wyler llamada "Cómo robar un millón y...", en la que este actor irlandés nos fascina tanto como Audrey Hepburn.
No obstante, Lawrence es un personaje tan complejo, deslumbrante y grandioso que es imposible poner a su altura a otro cualquiera de su actor. Peter O’Toole lo creó, además, de manera sublime, con un aura casi divina que se eleva hasta el sol del desierto y desciende al infierno de la locura. Le salió con un sentido colosal de la vida que le aleja del resto de los mortales. Sólo el monumental paisaje, un protagonista poético en la película, es tan inmenso como él.
"Lawrence of Arabia" (1962, David Lean) es una obra maestra irrepetible, imposible de asumir hoy en día por una industria que valora aspectos más convencionales del arte cinematográfico. Fue posible por las circunstancias de la época, por ese afán de ofrecer espectáculo grandilocuente, ya fuera de calidad o mediocre, aprovechando las sucesivas novedades tecnológicas de exhibición (Cinemascope, Vistavision, Todd-AO, Panavision, Techniscope...). Fue posible gracias al entusiasmo de su director y de su productor, Sam Spiegel, que repetían juntos tras la experiencia de "El puente sobre el río Kwai" (1957). El resultado es una bellísima película en la que el sol abrasador, un místico aventurero y fascinantes personajes de las tribus árabes nos encandilan durante casi cuatro horas.
La película arranca en 1935. Thomas Edward Lawrence ha fallecido en un accidente de moto en Inglaterra y a su funeral acuden muchas personalidades. Lo describen como un poeta, un sabio, un buen soldado... y "el mayor exhibicionista que he conocido en mi vida", como le califica el corresponsal de prensa Jackson Bentley (Arthur Kennedy).
Y realmente lo es. Cuando la acción retrocede diecinueve años, Lawrence es un teniente del ejército inglés que trabaja en El Cairo en un puesto rutinario y poco atractivo. Ante sus compañeros es presumido, narcisista y soñador. Se sabe un ser singular. Mister Dryden (Claude Rains), un político del departamento de Asuntos Árabes, lo rescata de esa anodina labor para enviarlo al desierto a tratar con el príncipe Feisal y pulsar si los beduinos son capaces de aliarse con los británicos contra los turcos. Sorprende con su aire de visionario ingenuo y torpe, como si no perteneciera a ese mundo tan disciplinado, tan marcial, tan inglés. "Es usted un payaso, Lawrence", le amonesta un superior al tropezar con una mesa de billar. "No todos podemos ser domadores de leones, señor", le contesta con soltura.
El joven oficial está a punto de entrar en maravillosas y a la vez siniestras regiones de Arabia y de su propio interior, regiones de su mente y de su alma que jamás creyó que pudieran existir. Cuando enciende una cerilla y observa con devoción cómo arde, una fantástica elipsis (casi tan celebrada como la del hueso y la nave espacial de "2001, una odisea del espacio") nos traslada al desierto rojizo. Lawrence emprende el camino con ilusión y entusiasmo por aprender las costumbres árabes, sus diferentes tribus y todo lo relacionado con ellos. Ha decidido que si tiene que convivir con su gente tendrá que adaptarse enseguida.
Por eso emula a Tafas, su guía, que todavía no bebe agua, y cierra la cantimplora pese al tremendo calor que sufren. Éste morirá a manos de Sherif Ali (un soberbio Omar Sharif), jefe del clan Harith, por robar agua de su pozo, aunque respetará la vida de un indignado y valiente Lawrence, quien representa la civilización occidental que tanto admira. El sentimiento no es, sin embargo, recíproco: "Mientras los árabes luchen tribu contra tribu seguirán siendo un pueblo insignificante, idiota y bárbaro, voraz, asesino y cruel. ¡Como tú!", le grita el inglés en ese primer encuentro.

Sherif Ali defiende su pozo a muerte.

Visualmente, la escena de la llegada de Ali a lomos de su camello es fascinante. A lo lejos observamos un punto negro, inquietante, que se acerca lentamente como si fuera la muerte; David Lean no tiene prisa por que llegue y nosotros tampoco, ya que el silencio y la actitud de los protagonistas nos cautivan. Y cuando Tafas trata de coger su pistola suena un disparo lejano y certero que acaba con su vida. Ali simpatiza enseguida con ese joven rubio desafiante, digno pero asustado, pese a que éste le odia por haber matado a su guía.
- ¿Cómo te llamas, inglés?
- Mi nombre es para mis amigos.
Lawrence contacta con el coronel Brighton (Anthony Quayle) en Wadi Safra, donde las tropas del príncipe Faisal (Alec Guinness) sufren ante el acoso aéreo de los turcos. Faisal lamenta que los británicos estén más interesados en el canal de Suez que en ayudarles a ellos contra los obuses y las modernas armas turcas. El recién llegado sorprende al príncipe porque muestra simpatía y respeto hacia la cultura árabe e incluso es capaz de recitar pasajes del Corán. Intuye, además, que ese hombre de aspecto frágil y distraido será capaz de obrar el milagro.
El inglés se pasa la noche pensando en una solución milagrosa contra ese poderío turco; vaga por el desierto en solitario y observa el cielo y las dunas como si pudiera inspirarse en el paisaje. La música nos revela que ha dado con la solución: ir hasta Aqaba, donde los turcos tienen allí una plaza militar importante con cañones apuntando hacia el mar. Su idea es cruzar el desierto del Nefut ("el peor lugar creado por Dios") por detrás y sorprenderles. Para Sherif Ali es una locura, pero decide sumarse a la aventura con la bendición del príncipe.
Cruzar el desierto es una tortura que durará varias semanas y que pondrá a prueba su apasionada adaptación a la forma de vida bedu.
Pero Lawrence no ha viajado a esas remotas regiones para ser un árabe más; desafía a todos los guerreros, en especial a Ali, cuando decide retroceder para ir en busca de un beduino, Gasim, que se ha quedado fatalmente rezagado. Se está burlando del destino, lo que para ellos es una blasfemia, pero nada le detiene en su empeño, pese a que le insisten en que la muerte de ese hombre está escrita. "Nada está escrito", les reprocha a Ali.
De nuevo el desierto, cuyo horizonte desenfocado por el calor y la lejanía lo convierten en inalcanzable, es el protagonista de la acción. Gasim, sufriendo una agonía, Lawrence, a lomos de su camello, y su sirviente Farraj, que le espera con ansiedad en un punto más seguro, son almas insignificantes en ese mar de arena. De manera acertada, Lean oculta la escena en que le rescata, porque es mucho más emocionante el punto de vista de Farraj, que comienza a vislumbrar a lo lejos un punto diminuto que se agranda con el paso de los minutos. Su grito de alegría descarga la tensión de la espléndida escena.

Lawrence le muestra el camino a Sherif Ali.

Tras conseguir salvarlo, "El Aurens", como le llaman los beduinos, regresa como un héroe; se ha ganado el respeto de todos, incluso de un sonriente y admirado Sherif Ali, quien pronuncia la frase más ajustada a la personalidad de ese resuelto y audaz inglés:

"Para ciertos hombres nada hay escrito si ellos no lo escriben"

En esos momentos, el personaje está más cerca de sentirse un dios que un héroe. Lawrence ha obrado el milagro que le pedía Feisal; ha conducido a un pequeño ejército por un desierto mortal; ha desafiado a la providencia y "ha resucitado" a un hombre que para todos estaba muerto. Cuando regresa al campamento, su estampa recuerda a la de Jesucristo entrando en Jerusalén entre palmas. En posteriores momentos, su figura evocará diversas fases de la divinidad y él mismo establecerá significativas comparaciones: "Moisés lo hizo", responderá cuando le pregunten cómo será capaz de cruzar el desierto del Sinaí sólo con sus dos jóvenes sirvientes.
Ali le regala a Lawrence la elegante indumentaria de un sherif, todo un signo de hermandad y amistad. Cuando se aleja para lucir la túnica a su manera (juega a anticiparse a su propia sombra) se topa con Auda Abu Tayi (Anthony Quinn), un jefe Howeitat, arrogante, valiente y engreído, que se encara con los cincuenta hombres de Ali sólo con la ayuda de su hijo. Además de su encanto personal, Lawrence es un maestro de la diplomacia y conseguirá que los Harith y los Howeitat se unan en la aventura. "Quien recibe dinero es un siervo", le reprocha a Auda, que también se siente fascinado por ese inglés con alma árabe.
Todos se marchan a Aqaba, pero un incidente pone en peligro la unidad. Un miembro de la tribu de Abu Tayi ha muerto a manos de otro de la tribu rival.  Lawrence, al ser neutral, decide cumplir la ley, es decir, matarlo él mismo, para evitar ofensas: descubre que el hombre a quien tiene que ejecutar es Gasim, el hombre a quien salvó en el desierto. "Estaba escrito entonces, debió dejarle allí", sentencia Abu Tayi, cerrando así la paradoja del destino que había burlado. Es cuando Lawrence descubre algo aterrador en su interior, el placer de quitarle la vida a una persona, algo que también le acerca a la divinidad de una manera siniestra.
Tras conquistar Aqaba, decide marchar a El Cairo por el Sinaí para avisar a los generales británicos, mientras ordena a Ali que vaya a avisar al príncipe para que mande barcos a Aqaba. Su amigo cree que una vez en El Cairo se quitará sus ropajes y hablará sobre la barbarie de los árabes. "Eres un ignorante", le replica.
Lawrence se marcha con sus dos criados, Farraj y Daud, a quienes promete que dormirán por primera vez en sábanas limpias en un hotel de la capital. Pero en el penoso viaje, Daud desaparece en unas arenas movedizas. Su muerte deja un poso de tristeza infinita en el alma de El Aurens, que no ha podido salvarle.

El general Allenby atiende a Lawrence ante Dryden y Brighton.

Cansados, con semblante funesto, sucios y llenos de polvo, se acercan al cuartel general, donde tratan de impedirles la entrada por sus vestimentas. Lawrence es capaz de enfrentarse a cualquiera, superior o no, que prohíba a Farraj entrar en el bar de oficiales para beber un buen vaso de limonada, como le había prometido. Pero la desconfianza de los militares dará paso a la admiración cuando les cuente que las tribus árabes han tomado la crucial plaza de Aqaba y que han hecho prisioneros a muchos turcos. El Aurens se emociona por primera vez cuando sus compañeros le aclaman por la hazaña. Al nuevo general, Edmund Allenby (Jack Hawkins), le confiesa qué es lo que le atormenta hasta el punto de no desear volver al territorio árabe: tuvo que ejecutar a un hombre.

- Hubo algo que no me gustó nada. 
- Naturalmente, es lógico. 
- No, hay más todavía. 
- ¿Qué es?
- Disfruté haciéndolo. 

Lawrence asciende a comandante y regresa con las tribus beduinas para liderarlas en la Revuelta Árabe contra los turcos. Su motivación es la independencia del territorio y para ello pide armamento, dinero y todo aquello que haga posible esa aspiración. La motivación del gobierno británico en plena Primera Guerra Mundial es bien diferente: primero, debilitar a los turcos, aliados de los alemanes; y segundo, asentarse en el rico territorio del Imperio Otomano, muy apetitoso para cualquier nación europea. La figura ya mítica de Lawrence servirá como ejemplo para alentar a países como Estados Unidos a entrar en guerra. Quizá por esta razón llega el periodista norteamericano Jackson Bentley, decidido a entrevistar a Lawrence. Cuando habla con el príncipe Faisal le deja claras sus intenciones.
-Busco un héroe.
- ¿Busca a alguien que atraiga a su país a la guerra?
- Así es, señor.
- Lawrence es su hombre.
El periodista comprueba directamente el poderoso liderazgo de su héroe cuando las tropas beduinas asaltan un tren de mercancías turco: El Aurens camina por encima de los vagones como si un espíritu le poseyera. Aspira a ser un ángel inmortal y hace la prueba cuando se enfrenta, inmóvil, sereno y desafiante, a un soldado turco que le apunta con su fusil. Cuando éste le dispara, Lawrence no mueve ni un músculo porque realmente se cree inmortal.
Se sabe, no se cree, el salvador de los árabes, el creador sobrenatural de una nación que se dibuja en el aire, el ángel exterminador de los turcos y un ser omnipotente. Su universo es el desierto y le atrae, como revela a Bentley, porque "está limpio".
Lawrence comienza a sufrir su particular descenso a los infiernos cuando se desplaza con unos pocos hombres a Deraa. En una acción de sabotaje tiene que ejecutar a su fiel amigo Farraj, herido por un detonador, para que los turcos no le torturen. Ya no es omnipotente. Y cuando entre en la ciudad turca, con la única compañía de su solidario Sherif Ali, descubrirá que está muy lejos de cualquier condición extrahumana.
En Deraa es apresado y conducido ante un bey (José Ferrer) que, al contemplar su figura, su cabello rubio y sus ojos azules, le acaricia de forma lasciva. El Aurens grita aterrorizado y le golpea: quizá porque acaba de descubrir que no es tan extraordinario ni divino como para eludir los instintos humanos; tal vez porque es homosexual y no desea satisfacer así su apetito reprimido (estamos en 1916, no hay que olvidarlo) o porque es un heterosexual convencido.
La escena es significativa porque le azotan de inmediato; y precisamente sobre el Thomas Edward Lawrence real existe una eterna polémica sobre su condición sexual: masoquista y/o homosexual. El origen de este debate es una carta amorosa dirigida a S.A. ¿S.A. era Selim Ahmed, uno de sus sirvientes? ¿Se trataba de una mujer? ¿Era realmente masoquista? ¿Por qué se le ha dado tanta importancia a su sexualidad? David Lean no quiso profundizar en ese debate más allá de ese episodio, pero lo tuvo en cuenta sin necesidad de que resultara un factor clave en la película.
Sherif Ali le cuida durante días en una cueva, pero Lawrence ha llegado al límite de sus fuerzas. Física y mentalmente está exhausto y por eso vuelve a El Cairo, donde recupera su uniforme y su vida militar. Trata de adaptarse a la rutina del cuartel, pero no va con él. Allí se entera del tratado anglo-francés para repartirse el territorio turco, incluido Arabia, tras la guerra. "Puede haber honor entre ladrones, pero nunca lo habrá entre políticos", le reprocha a Dryden, el oscuro representante del Gobierno británico.

Espléndida estampa del héroe.

Nadie es consciente de su tormento interior. El general Allenby le insiste para que dirija una ofensiva contra Damasco y le adula con elogios sobre su personalidad. "Sé que no soy un hombre corriente. ¡Está bien, soy extraordinario! ¿Y qué más?", responde ante la presión del general. Lawrence le promete que tomará Damasco con los mejores guerreros, a quienes no hace falta contratar por un elevado precio. "Los mejores no vendrán por dinero, vendrán por mí".
Lawrence reúne a las tribus para formar un gran ejército e incluye a asesinos que forman su guardia personal; esto indigna especialmente a Ali, porque muchos no saben ni lo que significa la Revuelta Árabe. Su aspecto y su carácter ya no tienen nada que ver con aquel joven ilusionado, osado y vitalista de meses atrás. Ahora su tez es siniestramente oscura y nunca sonríe. Durante su avance hacia Damasco ven cómo un poblado árabe ha quedado destrozado al paso de una columna de turcos que se retiran con sus heridos. Su instinto criminal se desata con una pasión desmedida al ordenar aniquilar a la columna entera. Sherif Ali se queda horrorizado cuando observa el rostro desencajado de Lawrence mientras se recrea en la barbarie como si estuviera en éxtasis.
Su locura ha causado una matanza en Tafas y sólo su amigo Ali sabe que él ha sido el artífice. Pero poco importan los demonios interiores de El Aurens, porque consiguen tomar Damasco y organizan el Consejo Nacional Árabe. Las disputas internas, la ambición política y los graves problemas sanitarios, de suministro de agua y de luz, entre otros, ya no son asunto suyo: Lawrence está absolutamente destrozado, el esfuerzo por crear una nación árabe le ha dejado una profunda herida en su alma y ya no está en condiciones de seguir allí. Cuando acude a un hospital donde se encuentran hacinados cientos de heridos en lamentables condiciones, sin cuidados médicos ni agua, un oficial británico le golpea y le insulta: "¡Cochino árabe!", mientras él se ríe histérico.
"Mi deuda contigo no tiene precio", le dirá el príncipe Faisal al despedirse de él. Lawrence regresa a Inglaterra como coronel, triste, abatido y envejecido. La deuda que el Cine tiene con David Lean, Peter O'Toole, Omar Sharif, Anthony Quinn y con esta obra maestra tiene el mismo valor.

La película
- El origen literario de la película es la obra autobiográfica "Los siete pilares de la sabiduría", de T.E. Lawrence, que los guionistas Robert Bolt y Michael Wilson se encargaron de adaptar para la pantalla.
El verdadero T.E. Lawrence.
- Pese a tratarse de una superproducción con grandes estrellas del cine, un amplio elenco de intérpretes y centenares de extras (entre ellos los propios soldados del ejército árabe), ninguna mujer aparece en la pantalla.
- La revista Premiére Magazine publicó en 2006 la lista de las 100 mejores actuaciones en la historia del cine: la de Peter O'Toole, como Lawrence, fue elegida en primer lugar, por delante de Marlon Brando (Terry Malloy, "La ley del silencio"), Meryl Streep (Sophie Zawistowska, "La decisión de Sophie"), Al Pacino (Sonny Wortzik, "Tarde de perros") y Bette Davis (Margo Channing, "Eva al desnudo").
- Steven Spielberg y Martin Scorsese, entre otros, fueron artífices de la versión restaurada en 1989, que recuperó metraje descartado en su día hasta los 216 minutos actuales.
- Marlon Brando y Albert Finney fueron las dos primeras opciones para el papel de Lawrence, para el que también se tuvo en cuenta a Montgomery Clift, entre otros. En una obra teatral anterior a la película fue Alec Guinness, en la película el príncipe Faisal, quien hizo de Thomas E. Lawrence. David Lean se fijó en O'Toole cuando lo vio en la película "El robo al banco de Inglaterra" (1960).
- La película conquistó 7 Oscar en la gala de la Academia de Hollywood, entre ellos a la mejor película, mejor director, mejor banda sonora (Maurice Jarre) y mejor fotografía (por el impresionante trabajo de Freddie Young). Gregory Peck, por su papel de Atticus Finch en "Matar a un ruiseñor", ganó el premio de mejor actor al que optaba Peter O'Toole.
- Horst Buchholz y Alain Delon fueron tanteados para el papel de Sherif Ali, que interpretó magistralmente Omar Sharif, que en principio había sido seleccionado para un papel menor. Peter O'Toole se negó a acudir a la presentación oficial de la película en Hollywood si no se invitaba al actor egipcio.
- El episodio de la tortura y la violación de Lawrence no aparece en "Los siete pilares de la sabiduría", pero sí en otro relato más selecto y restringido del propio autor.
- David Lean sólo se perdió un día de trabajo, por enfermedad, desde que comenzó a trabajar en la película.



domingo, 16 de enero de 2011

Alicia Huberman

(Ingrid Bergman, "Encadenados")

El agente Devlin protege a Alicia Huberman.

Alicia Huberman es una mujer única en la filmografía de Alfred Hitchcock. Por mucho que repase los personajes femeninos de su cine no encuentro a nadie tan sacrificado y entregado como ella. Si acaso posee el aire victimista de Margot ("Crimen perfecto"), comparte la misma afición juvenil por la bebida, la juerga y los hombres que la redimida Melanie Daniels ("Los pájaros") y se echa en brazos del enemigo, al igual que Eva Kendall en "Con la muerte en los talones". Además, es tan apasionada que no juega ni coquetea con el amor: Alicia se entrega a Devlin con sincera devoción. A pesar de la fabulosa trama que se teje a lo largo de "Encadenados" ("Notorious", 1946), se diría que el único propósito que ella persigue es demostrarle a ese hombre que es una mujer de la que se puede fiar y enamorar.
Alicia resulta tan espléndida como la actriz que la interpreta, una Ingrid Bergman que ya había protagonizado excelentes películas, entre ellas "Casablanca" y "Luz que agoniza". Su carrera y su personalidad resultan admirables; además de una elegante belleza, Bergman poseía un halo trágico que encajaba muy bien en los papeles de cierta complejidad dramática. Su relación con el director italiano Roberto Rossellini destapó la bajeza moral del Hollywood más hipócrita e ingrato, ya que llegaron a declararle persona non grata. Pocos años después la encumbrarían de nuevo entre ovaciones y homenajes, pero el mal ya estaba hecho.
"Encadenados" es una historia de amor que late con fuerza entre botellas enigmáticas, llaves misteriosas, espías nazis, agentes federales y personajes de poderoso magnetismo. Alicia es hija de John Huberman, un agente alemán que ha sido condenado a veinte años de prisión por traición a los Estados Unidos. Agobiada por la presión policial y por su traumática situación familiar, ella sólo quiere olvidarlo todo con juergas, alcohol y compañía masculina.
La película arranca en Miami (Estados Unidos) en abril de 1946. Alicia da una fiesta en su casa tras el juicio a su padre. Reparte whisky y frivolidad entre sus invitados, pero hay uno especialmente que le llama la atención. No habla, no se inmuta; lo vemos de espaldas y sabemos lo atractivo que debe ser a través de la encandilada mirada de Alicia. Cuando se quedan solos descubrimos a T.R. Devlin (Cary Grant), un tipo elegante y frío, pero con un fuerte magnetismo.
Por lo que sabemos a lo largo de la película, ella es una mujer sensual, seductora con los hombres y ociosa, con un nivel de vida lujoso, al igual que los amigos que la acompañan. Parecen vivir en una continua fiesta, ahora en las playas de Miami y al día siguiente en La Habana. Hitchcock sólo nos da una pista acerca de su comportamiento: cuando descubrió las actividades de su padre, su mundo se derrumbó y es posible que actúe con ligereza en la vida para olvidar que es hija de un nazi.
Chica de mala fama: ese es uno de los significados de "notorious", el título original. En versión doblada nos ofrecieron otro igual de sugerente: encadenados. En el momento en que salen afuera y él le coloca un pañuelo a la altura del ombligo sentimos el alcance del título en castellano.
- ¿No necesitas un abrigo?
- Tú eres mi abrigo.

Alicia quiere borrarle la sonrisa de la cara a Devlin.

Devlin es un agente federal, pero ella sólo lo sabrá cuando un policía la detenga por conducir borracha y a gran velocidad, ya que ha decidido borrarle la sonrisa de la cara a ese hombre tan imperturbable y seguro de sí mismo. Alicia reacciona con agresividad al conocer de quién se trata y él le pega un puñetazo en la barbilla para dormirla; al día siguiente le explica el plan: el FBI la quiere utilizar para desmontar una red nazi en Sudamérica que tiene su sede en Brasil. Ella se muestra escéptica incluso cuando le pone una grabación en la que se demuestra que aborrece a padre y defiende el país que los acogió, los Estados Unidos.
Está dividida entre el odio que siente hacia la policía y su atracción por Devlin y éste no hace nada por convencerla, se muestra frío e indiferente. Cuando ella acepta, ni siquiera se lo agradece, simplemente se levanta y se marcha sin más; le deja bien claro que si ha habido algún momento de atracción sólo ha sido porque se trataba de su misión.
En el avión que les traslada a Río de Janeiro hay un momento prodigioso que casi pasa desapercibido. Devlin le ha comunicado que su padre se ha suicidado y para ella resulta un alivio. "Ya no tengo que seguir odiándole ni odiándome a mí misma". Cuando Alicia contempla la ciudad por la ventanilla de la derecha, su cuerpo y su rostro se inclinan hacia Devlin, que la mira como si hubiera recibido un flechazo instantáneo: resulta absolutamente revelador, porque en apenas tres segundos nos damos cuenta de la súbita atracción que siente hacia esa mujer a la que hasta hace un rato aborrecía.
Huberman se siente fascinada por ese tipo que no le hace ni caso, que contesta con monosílabos y que desconfía de su nuevo estado de ánimo. Se ha enamorado y eso la ha cambiado, pero no parece suficiente para el agente federal, frío, odioso y escéptico.
- ¿Me has oído? Me he vuelto abstemia. Un buen cambio, ¿eh?
- Bueno, eso es sólo una frase.
- ¿No puede cambiar una mujer?
- Sí, cambiar es divertido... durante un rato.
Mientras esperan instrucciones del capitán Paul Prescott (Louis Calhern), ambos están juntos a todas horas y esa estrecha relación acaba en el primer beso de amor. Alicia ha manejado la situación hasta donde ha querido y se entrega a Devlin sin condiciones. El largo beso en el apartamento, interrumpido por las cortas palabras que se dedican, es un momento de pasión irrepetible en la historia del cine. La mirada de Ingrid Bergman ilumina toda la secuencia hasta que él se despide en la puerta.

Uno de los besos más famosos de la historia del cine.

- Nuestro amor es bastante extraño.

- ¿Por qué?
- Porque a lo mejor tú no me quieres. ¿Me quieres?
- Los actos importan más que las palabras.

Paul Prescott le cuenta a su agente el plan previsto para Alicia: debe contactar con Alex Sebastian (Claude Rains), el jefe de la red nazi en Brasil, para saber todos los datos posibles acerca de sus actividades. A Devlin no le gusta la idea y le explica a Prescott que ella no es esa clase de mujeres. Pero su sentido del deber le lleva a retomar esa pose fría y desapasionada cuando vuelve a su lado. Ya no le abraza cuando ella, amorosa, juguetona y bromista, reanuda aquel beso.

- Este es el momento en que me vas a decir que tienes esposa y dos niños encantadores. Y que esta locura no puede continuar ni un minuto más.

- Apuesto a que has oído eso muchas veces.

La magia entre ambos ha desaparecido de repente. Alicia se siente humillada y herida por ese golpe bajo que le ha propinado. De nada ha servido el cariño de los últimos días y sus esfuerzos para demostrarle que es una mujer de fiar. Es como volver a empezar. Lo peor es que la misión significa agradar y enamorar a un hombre, es decir, una regresión al pasado que quería olvidar. "
¿No dijiste nada? ¿Por ejemplo, que no era la mujer adecuada? Ni una palabra a favor de esta loca enamorada que habías dejado unas horas antes"
, lamenta resignada.
Devlin no está por la labor de ayudarla. No quiere decidir por ella. Seguramente bastaría con una insinuación o un leve consejo, pero se muestra hermético incluso cuando le pide, como último recurso, que le diga lo que no se atrevió a decirles a sus jefes: que es buena, que le ama, que no cambiará más. "Espero tu respuesta", es su lacónica contestación. La habilidad de Hitchcock evita que el público odie a Cary Grant en ese momento: dedica miradas implacables a Alicia, sin un resquicio de compasión ni de simpatía; pero de alguna manera intuimos que en su interior le falta poco para abrazarla.

Ingrid Bergman, fascinante en la película.

Tal vez lo que nos saca de quicio es que Alicia Huberman es un personaje desamparado que busca la felicidad y el cariño de manera desesperada. Devlin tiene demasiados prejuicios como para colmarla. No sólo ha renunciado a hacerlo, sino que le lanza en brazos de un hombre que estuvo enamorada de ella, aunque no le correspondió.
Alicia contacta con Alex Sebastian y acepta cenar con él. Tras aclararle que Devlin la sigue desde que se conocieron en el avión, le lanza sus redes pero sin alardes, lo justo para conseguir que le invite a su casa. La mansión ya tiene una dueña, madame Anna Sebastian (la impresionante Leopoldine Konstantin), que posee una sonrisa y una mente tenebrosas.
- No testificó en el juicio de su padre. Pensamos que no era muy normal.
- Él no quiso. No dejó que sus abogados me llamaran a declarar.
- Me pregunto por qué lo haría.
La madre desconfía de Alicia y no quiere que Alex le dé muchas explicaciones delante de los invitados. Sin embargo, puede observar una escena extraña: un tal Emil Hupke se pone muy nervioso al ver una botella en el salón. Aunque luego pide perdón por su misteriosa reacción, los demás deciden eliminarlo, tarea de la que se encarga Eric Mathis (Ivan Triesault). Hitchcock ya ha introducido su particular macguffin, una botella contiene un misterio que afecta a toda esa red de espías nazis.
Alicia deberá comportarse como una excelente actriz ante Alex: por un lado tiene que enamorarle, lo que no le resultaría difícil antes, pero sí ahora que ama a otro hombre; además, ha de aparentar que ella también siente una atracción hacia él y que Devlin no significa nada, pese a que en el hipódromo han vuelto a estar juntos y Alex Sebastian ha intuido al verlos que hay algo más que simple amistad entre ellos. Quiere estar plenamente convencido de ella. Por eso le pide en matrimonio.
La proposición sorprende a Alicia, a Devlin y a los jefes del FBI, quienes creen que la capacidad seductora de la joven ha sido la clave del éxito. Cuando le preguntan a la señorita Huberman si llegaría tan lejos por la misión, ella mira constantemente a Devlin, que está vuelto de espaldas sin querer saber nada. Como siempre, él está esperando que ella decida. Alicia habla con Prescott y con los demás, pero su mirada está fija en la figura ausente de su amante por si encuentra algún signo que le impida casarse con Alex. Pero sólo halla sarcasmo.
Tras la luna de miel, Alicia asume el mando de la casa sin tener que enfrentarse a la madre, obligada por su hijo a mantenerse en un segundo plano. Dispone de todas las llaves de la mansión excepto una, la de la bodega. Cuando vuelve a encontrarse con Devlin, éste tiene claro que el misterioso asunto de la botella sólo se podrá resolver si ella se apodera de la llave. Por primera vez en mucho tiempo demuestra comprensión y simpatía hacia ella.
- Lo estás haciendo muy bien.
- No es divertido, Dev.
- Un poco tarde para eso, ¿no?

Devlin y Alicia, en su habitual punto de encuentro.

La tensión se dispara. Hasta entonces sólo ha tenido que desplegar sus armas femeninas, pero ahora deberá jugar a espías sin serlo. La escena en que le quita a Alex la llave de la bodega es magistral, con primeros planos que aceleran el corazón. Alex le coge sus manos con cariño, abre su puño derecho y lo besa; va a coger el izquierdo, donde está su llave, y ella se lanza a abrazarle. Es un aperitivo de la soberbia secuencia de la fiesta, que nos tiene en vilo desde el instante en que Alicia le entrega la llave a Devlin, que ha sido convenientemente invitado. El suspense se recrea en las botellas de champán que se van abriendo para los invitados: a la velocidad en que los camareros las descorchan es posible que el anfitrión tenga que bajar a la bodega a por más... y no tiene la llave.
Mientras Devlin aparenta, como siempre, una pasmosa serenidad, el espectador se pone en la piel de Alicia, que está sufriendo una angustia interminable conforme observa cómo se agotan poco a poco las reservas de champán. En un gesto casi inútil, ella rechaza siempre las copas que le ofrecen; al mismo tiempo, procura mantener una sonrisa forzada porque es consciente de que su marido vigila todos sus movimientos.
La tensión se eleva cuando Devlin y Alicia bajan a la bodega para investigar. Él tira al suelo sin querer una botella pero lo que se derrama no es líquido, sino una sustancia arenosa que podría ser uranio. No hay apenas tiempo para nada: Alex está llegando a la bodega con su criado para coger más champán y la única manera de que no sospeche que han estado fisgando es representar una escena amorosa. Para la nueva señora Sebastian no es, sin embargo, ninguna representación: estaba deseando volver a besar a Devlin, aunque a Alex le cuenta que no ha podido evitarlo, que el invitado estaba borracho e iba a montar un escándalo. Él sólo tiene que aparentar sentirse despechado ante el marido: "La conocí y la quise antes que usted, pero no he tenido tanta suerte", le explicará.
La escena teatral no ha servido para nada porque Alex se percata de que le falta la llave de la bodega. Al acostarse deja el manojo de llaves en su escritorio; a la mañana siguiente aparece la que buscaba. Enseguida se da cuenta de todo. "Me he casado con una espía americana", le revela a su madre. Anna Sebastian sabe tan bien como su hijo que sus camaradas le matarán si se enteran, pero decide un plan: "Tiene que irse... pero lentamente. Podría caer enferma".

Alicia agoniza en la cama, envenenada poco a poco. 

El veneno que le suministran en el café le va debilitando poco a poco. Su aspecto cuando se reencuentra con Devlin en su banco de cita habitual es el de una mujer agotada y enferma, pero ella se lo oculta porque él no le ha revelado lo que ya sabe, su intención de marcharse de Brasil e irse a España. Se siente herida de nuevo y lo último que desea es darle lástima.
- ¿Enferma?
- No, resaca.
- Vaya novedad, has vuelto a la botella.
- Me aligera las tareas.
Alicia rompe la relación con Devlin de una manera simbólica: le devuelve el pañuelo que él le anudó en su cintura cuando se conocieron; lo ha guardado desde entonces como si fuera su anillo de compromiso. La forma en que habla y mira a Devlin, con una profundidad y una sinceridad espléndidas, dice mucho de Ingrid Bergman en esa excelente escena, una de las mejores de la película.
Pero, sin duda, el momento más impresionante de la actriz es cuando descubre por sorpresa que no está enferma, sino que la están envenenando. El doctor Anderson (Reinhold Schünzel), otro de los agentes nazis, acude a visitarla y le anima a curarse en las montañas Aymores. Alex corta la conversación de golpe para que el médico no revele nada del proyecto que llevan a cabo; cuando el doctor se dispone a coger la taza de café de Alicia por equivocación, madre e hijo reaccionan alarmados. Ella mira la taza y se da cuenta de lo que está ocurriendo; se levanta, trata de ahogar el horror que le produce su terrible descubrimiento; se marcha hacia la habitación y cae desmayada antes de llegar a las escaleras. Cuando recobra el conocimiento grita de impotencia porque sabe que va a morir. Sinceramente, creo que es una de las escenas mejor elaboradas por Hitchcock y un prodigio de actuación por parte de Ingrid Bergman.
Alex Sebastian y su madre la recluyen en una habitación a la espera de su lenta muerte. Se encuentra tan débil que no puede escapar. Devlin ha estado un día entero esperándola e intuye que algo grave está pasando, por lo que decide ir a la casa. Por primera vez actúa según lo que le dicta el corazón. Cuando la encuentra y descubre cómo está, por primera vez le confiesa su amor. Alicia está absolutamente feliz pese a su delicado estado de salud.
 
- Dilo otra vez. Me mantiene despierta.
- Te quiero.

Devlin, Alicia, Anna Sebastian y su hijo Alex, en la soberbia escena final.

La escena final de "Encadenados" es una obra maestra por sí sola. Devlin maneja la situación con una soltura envidiable mientras desciende las escaleras lentamente con ella a su lado. Alex, que inspira más compasión que odio -al margen de esas maquinaciones nazis que jamás llegamos a saber en qué consisten exactamente- es la víctima ahora. Cuando Devlin le cierra las puertas del coche sabemos que está sentenciado por sus camaradas. Dentro, Alicia sonríe feliz. Ha tenido que casarse con un tipo al que no quería y estar al borde de la muerte para que el hombre al que ama le abra por fin su corazón. Nosotros sólo podemos decir: Ya era hora, Devlin.