jueves, 11 de noviembre de 2010

Lisa Berndle

Joan Fontaine
"Carta de una desconocida"



El amor absoluto (amor total, amor a través de los tiempos, "amour fou" o como queramos llamarlo) ha interesado a cineastas tan dispares como King Vidor, Luis Buñuel, Frank Borzage, Alfred Hitchcock o François Truffaut. Incluso alguien tan ajeno a las corrientes del romanticismo como Henry Hathaway dirigió la que, a juicio del maestro del surrealismo André Breton, era la mejor película de todos los tiempos, "Sueño de amor eterno" (1935). El austriaco Max Ophüls firmó en 1948 "Carta de una desconocida" ("A letter from an unknown woman"), un extraordinario drama amoroso que nos sorprende por la osadía de su planteamiento: una mujer siente una pasión irresistible (e insobornable) a través de los años por un hombre que ignora su existencia; ella perseguirá ese idealizado amor sin importarle ni el desencanto permanente que le produce ni todo aquello que debe sacrificar.  
Lo más atrevido, para la época en que está hecha la película, es que esa pasión la sufra una mujer, Lisa Berndle (Joan Fontaine en el papel de su vida), y no un hombre, como ocurre en la mayoría de los filmes que han abordado historias de amor imposible. Stephan Brandl (Louis Jourdan) no se entera hasta el final de que hubo una mujer en su vida que le quiso siempre, en silencio, sin reproches y con una entrega absoluta.
Estamos en Viena, año 1900. Stephan llega de noche a su casa con la perspectiva de tener que batirse en duelo a la mañana siguiente, pero tiene decidido huir antes. Mientras refresca su cara, lee con asombro las primeras líneas de una carta que ha llegado.

"Cuando leas esta carta, puede que ya esté muerta. Sabrás cómo fui tuya sin que tú supieras siquiera de mi existencia"

Un largo flash-back reconstruye esta dramática historia cíclica. Ella apenas tenía 18 años cuando un nuevo inquilino llega al edificio donde vive. Se trata de un pianista que está empezando a hacerse un hueco en la vida musical de la ciudad. Se queda fascinada incluso sin verlo, como si recibiera un flechazo a distancia. "Todos tenemos dos cumpleaños, uno cuando nacemos y otro cuando nos abrimos a la vida", le explica en la carta.
El instante mágico en que decide que es el hombre de su vida lo apreciamos gracias a su ensoñadora mirada. Su rostro infantil se ilumina cuando escucha la música que surge desde una ventana abierta. Realmente se ha enamorado de un ideal que ni siquiera tiene forma física, aunque en el momento en que se encuentran por primera vez ella se ruboriza; desde entonces su obsesión jamás desaparecerá.
Al principio podemos interpretar su conducta como un capricho infantil: comienza a preocuparse por su imagen femenina, aprende buenos modales y se interesa por la música y la danza sólo para estar a su altura. En silencio le admira a través de la ventana sin importarle que la mayoría de sus visitas sean mujeres. "Aunque no lo sabías, me estabas dando las horas más felices de mi vida". El día en que su madre le anuncia que abandonan Viena, ella sufre por alejarse de él (será el único arrebato que muestra en pantalla) y decide regresar de la estación de tren a su casa sólo para volver a verle; se queda acurrucada en la escalera, como los fieles perros a la espera de sus amos. Pero cuando rechaza un serio compromiso con un teniente (a quien le advierte con absoluta serenidad que va a casarse con otro), comprendemos que su pasión hacia Stephan es algo muchísimo más serio que un simple antojo.
Ella regresa a Viena en busca de su destino y atrás deja a su madre, lo que constituye el primer sacrificio en su vida. Todas las noches acude a la calle donde vive el pianista, ahora una celebridad, con la esperanza de verle y de que se fije en ella. La noche en que él se percata por fin de su presencia, ella está radiante de felicidad, como una niña. Para un hombre acostumbrado a tratar con mujeres que siempre le piden algo, la aparición de aquella joven tímida de rostro infantil es una revelación. "Hace muchos años que nadie me trataba así", le confiesa él cuando empieza a sentir su cálida y hechicera compañía.
Lisa nunca pide nada. Le escucha con verdadera devoción cuando habla de su música (el motivo de su amor absoluto hacia él) y le mira con una dulzura infinita en el momento en que él toca el piano para ella. Cuando pasan la noche y la madrugada juntos da la sensación de que, en efecto, han nacido el uno para el otro. Lisa le ha entregado su corazón y su cuerpo sin exigirle ningún  tipo de compromiso. Para Stephan, esa generosidad es nueva y maravillosa.

- Prométeme que no desaparecerás en el aire.
- Prometo que no seré yo quien desaparezca. 

Los tres momentos especiales en la relación entre Elsa y Stephan.

El hechizo se rompe cuando Stephan le anuncia que se marcha a Milán para dar una serie de conciertos en La Scala. Aunque en la estación de tren le promete que regresará en dos semanas, ella comprende que, una vez más, se le escapa la felicidad. Ni siquiera entonces es capaz de declararle su amor o de pedirle que la lleve con él a Italia. Como producto de esa noche inolvidable, Lisa tiene un hijo y se convierte en madre soltera, porque no quiere comprometer a Stephan. "Quería ser la única mujer de tu vida que no te debiera nada", le comenta en la carta.
Cuando decide casarse para darle un padre a su hijo, no le ocultará nada a su esposo, Johann Stauffer. Es íntegra y honesta, en su menudo cuerpo no hay ni una pizca de maldad. Johann le pregunta si es feliz y ella no responde al principio; ante la insistencia de su marido contestará con otra pregunta ("¿por qué no iba a serlo?") que no supone ni una mentira para ella ni una ofensa para él.
La gran prueba de honestidad se produce cuando Lisa se reencuentra con un Stephan más envejecido, producto de una vida desordenada. "En un instante, todo el mundo corría peligro, todo cuanto había creído seguro. Mirara adonde mirara, estaban tus ojos", le escribirá. Stephan no la reconoce cuando coinciden a la salida de la ópera. Su rostro le es familiar y tiene una extraña sensación de bienestar, como si acabara de encontrar lo que lleva tiempo buscando. Se ha dado cuenta de que ella puede ser ese sueño de felicidad que anhela tras muchos años de existencia vacía y superficial, en los que ha renunciado ya a la música.
Lisa no puede engañar a su marido ni puede renunciar a su gran amor. "La única voluntad que tengo es suya", le confiesa con sorprendente franqueza. Es consciente de que tendrá que renunciar a su cómodo mundo e incluso a su hijo si se marcha con Stephan, pero está irremediablemente dispuesta a dar ese paso.
El reencuentro no puede ser más decepcionante para Lisa. Stephan, el hombre al que ha querido toda su vida, la trata con cierta vulgaridad, como si fuera una de sus amantes; no se la toma en serio ni se da cuenta de la enorme trascendencia de aquel momento. El piano está simbólicamente cerrado. Él ha roto de repente toda la esperanza de felicidad que le quedaba a Lisa. "Había ido a ofrecerte toda mi vida, pero ni siquiera te acordaste de mí", le escribirá.
La fatalidad es el destino de Lisa, que va a morir de tifus y ha perdido a su hijo por la misma enfermedad. Pero al menos su carta conseguirá redimir el alma de Stephan, que finalmente ha comprendido lo ciego que ha estado y cómo ha desperdiciado la felicidad que le brindó siempre aquella mujer. Sereno, sonriente incluso, al amanecer aceptará su desenlace, batirse en duelo con el hombre que le había retado por la noche, precisamente el marido de Lisa. Quizá en la otra vida consiga reparar todo el daño que le causó.
La sensible y maravillosa interpretación de Joan Fontaine es uno de los milagros de esta obra maestra. La actriz interpreta con su rostro y su mirada toda la esencia del personaje. Esa eterna chiquilla, dulce y tímida, que posee una inmensa capacidad de sacrificio nos desborda con su poderosa personalidad: en ningún momento renuncia a su sueño, aunque el camino que ha elegido le llene de dolor, de angustia, de desencanto y de soledad. Tampoco se traiciona a sí misma y por ello afronta con valentía, lealtad y franqueza todos los obstáculos y sinsabores que se le presentan en la vida. En realidad sólo en una ocasión advertimos cierto convencionalismo en su actitud: cuando el pretendiente que le ha buscado su madre le dice que toca la trompeta, ella exclama: "¡Oh, qué maravilla!": Teniendo en cuenta que el hombre de su vida es un prodigioso pianista, es lo único que suena falso en el memorable personaje de Lisa Berndle.

Curiosidades
- El guionista Howard Koch adaptó la novela del austriaco Stefan Zweig, uno de los grandes escritores europeos del siglo XX. Básicamente se mantiene el espíritu de la historia, aunque cambian detalles (en la novela no existen nombres, sólo iniciales), profesiones (Stephan es novelista en el libro) o situaciones (Lisa no se casa en el texto literario, se vende a otros hombres).
- Joan Fontaine convenció a su entonces marido, el productor William Dozier, para que financiara la película, ya que le había impresionado el personaje de Lisa y quería interpretarlo. Pese a que tenía 31 años cuando se rodó el film, el rostro infantil de la actriz resulta convincente.
- El austriaco Max Ophüls, director de otras grandes películas como "Lola Montes", "La ronda" o "Almas desnudas", resultó una elección perfecta, ya que ha pasado a la historia como uno de los cineastas que mejor han retratado a la mujer. Sus protagonistas son independientes, soñadoras, maltratadas a menudo por la vida y por los amores imposibles.
- Como suele ocurrir con las películas que están adelantadas a su tiempo y que tienen vocación de perdurar en la memoria del aficionado, "Carta de una desconocida" fue un fracaso clamoroso en taquilla y en la crítica y estuvo a punto de frustrar la carrera de Ophüls en Estados Unidos. Hoy en días es la obra más admirada de este gran director.
- En 2004, el director chino Jinglei Xu realizó un remake de esta película (o una nueva adaptación de la novela), ambientada no en Viena sino en Pekín.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Príncipe Fabrizio Salina

(Burt Lancaster, "El Gatopardo")

El príncipe besa a su admirada Angélica, símbolo de la juventud inalcanzable.

“Nosotros fuimos los leopardos, los leones; los que nos sustituyan serán los chacales y las ovejas; y todos, leopardos, leones, chacales y ovejas, seguirán creyéndose la sal de la tierra”


Cuando
Luchino Visconti anunció que un duro galán de Hollywood iba a interpretar el papel del príncipe Fabrizio Salina, la noticia causó una gran perplejidad en Italia. El protagonista de la novela escrita por Giuseppe Tomassi di Lampedusa es un aristócrata siciliano, así que quien se atreviera con el papel debería ser, si no italiano o europeo, al menos un actor habituado a personajes algo refinados. Burt Lancaster había sido en la pantalla indio, vaquero, malabarista, sargento, boxeador, asesino y predicador, entre otros papeles, pero nunca se había puesto en la piel de alguien tan distinguido.
Hoy en día, sin embargo, nadie concibe otra estampa del príncipe que la elegante y majestuosa de este extraordinario actor. Que años más tarde participara en “Confidencias” (1974, Luchino Visconti) y “Novecento” (1976, Bernardo Bertolucci) confirmó no sólo el acierto del director, sino el perfeccionamiento de un arquetipo de personaje: el autoritario, reflexivo y decadente noble de ese monumento cinematográfico que se llama “El Gatopardo” (“Il Gattopardo”, 1963).
Fabrizio Salina, el patriarca de una ilustre familia siciliana, vive con inquietud las horas decisivas del “Risorgimento” de 1860. Giuseppe Garibaldi y sus mil camisas rojas acaban de desembarcar en Marsala y avanzan hacia Palermo para iniciar la conquista del Reino de las Dos Sicilias. Don Fabrizio intuye que su privilegiado mundo está a punto de hundirse y será su vitalista y descarado sobrino Tancredi (Alain Delon) quien le abra bien los ojos antes de unirse a las tropas de Garibaldi:
“Créeme, tío, si no intervenimos proclamarán la República en un abrir y cerrar de ojos. Si queremos que todo quede como está es preciso que cambie todo”. El noble tomará esa frase como suya para aplicarla a su propio destino.
El príncipe de Salina es un hombre maduro, enérgico y dominante. Desde el principio nos deja bien claro cómo es su carácter: a la hora del rosario exige que todos recen a su lado, incluidos sus criados. Él es quien toma las decisiones que afectan a las propiedades y a la familia, por muy intrascendentes que sean.
Aunque vive según sus normas y su privilegiada posición, es un personaje insatisfecho. En su afán por controlarlo todo, ha anulado la energía de su familia y echa en falta que alguien le transmita un poco de vigor y dinamismo. Le gustaría que sus hijos fueran como su sobrino Tancredi, a quien admira por ser impetuoso y espontáneo. Pero, sobre todo, lo que más extraña es la juventud. El paso del tiempo le está mortificando.
Su relación con el padre Pirrone, el sacerdote de la casa, es la de un amo con un criado; acepta sus reproches sólo hasta un límite, porque su moralidad es cosa suya, no de la Iglesia. Cuando el sacerdote le echa en cara que frecuente a una prostituta de Palermo, él le replica que su esposa siempre hace la señal de la cruz cada vez que la abraza. “Siete hijos he tenido con ella y no le he visto nunca más allá del tobillo”.
Don Fabrizio, la familia, los criados y el sacerdote se refugian en Donnafugata, un pequeño pueblo al sur de Sicilia, para instalarse en el palacio veraniego. La sumisión de los habitantes hacia él es significativa: un desfile y una banda de música salen a recibirlo junto al alcalde y las principales autoridades de la villa. Sin tiempo siquiera para limpiarse el polvo del camino, el príncipe se dirige a la iglesia, donde les han reservado los mejores bancos.

El baile de la lujosa fiesta.

Con nadie mantiene una relación de igual a igual. Aunque no es exactamente despectivo con las personas de otra condición social, sí establece una pose distante con ellas. Por ejemplo, a don Calogero, pese a ser el terrateniente del pueblo, casi le ordena, más que le pide, la mano de su hija Angélica (Claudia Cardinale) para su sobrino Tancredi; a don Ciccio, que le acompaña en la caza, le trata con afecto, pero no duda en encerrarlo con el perro para ocultarlo de la visita de don Calogero.
El príncipe sacrifica los intereses de su hija Concetta, enamorada de Tancredi, para rendir tributo a la belleza y juventud de su sobrino y Angélica, que forman una pareja  ideal ante sus ojos. Su mujer, Stella, lloriquea y se muestra escandalizada ante la perspectiva de una boda entre su sobrino y esa “desvergonzada y pelandusca”, pero él, tras un paciente silencio, explota y le deja bien claro quién manda en casa. “¡Y además en mi casa no quiero oír más lloriqueos! ¡En mi habitación, en mi lecho! ¡Basta ya de “harás y no harás”! ¡Decidiré yo! ¡Se acabó!”. Stella ahoga sus sollozos de golpe y acaricia su rosario.
Al enviado del nuevo gobierno italiano, Chevalley, que llega a su palacio para proponerle el cargo de senador, lo acoge con respeto pero con indiferencia. Fabrizio se muestra absolutamente revelador cuando rechaza la oferta, porque no se sentiría seguro en la política: Le devorarían.

“Soy un exponente de la vieja clase, fatalmente comprometido con el pasado Régimen, al que estoy ligado por vínculos de descendencia y afecto. La mía es una generación desgraciada, a caballo entre dos mundos, sin encajar en ninguno. Y además he perdido por completo las ilusiones”

Fabrizio, ante el simbólico cuadro.
Basta con detenerse un poco en esa conversación con Chevalley para apreciar la grandeza de Burt Lancaster a lo largo de la película. Es una poderosa escena: mientras escucha atentamente la proposición, cierra los ojos y alza sus cejas levemente para hacernos entender que la oferta apenas le satisface; no necesita ningún gesto más; luego expone sus motivos y sólo con su mirada podemos apreciar la melancolía, la ironía, el desencanto y la firmeza de su discurso. Cuando se levanta, camina lentamente y no podemos apartar los ojos de su solemne figura; cruza sus manos a su espalda, las extiende y las choca con gran naturalidad; se detiene ante el fuego de la chimenea, pensativo, vuelve a pasear despacio y se sienta en otra silla casi sin que nos demos cuenta; enciende con elegancia un cigarro y fuma con deleite... Todo ello mientras discurre una elaborada reflexión sobre el carácter de Sicilia, que no de los sicilianos, que su interlocutor apenas comprende.
La lujosa fiesta en el palacio de Ponteleone es como una película aparte, debido a su duración (45 minutos) y resulta absolutamente esencial. El príncipe saluda, sonríe y participa al principio en ese ritual ceremonioso lleno de conversaciones triviales y sin sustancia. De repente se detiene ante un espejo y observa con temor la vejez de su rostro. Parece presentir la muerte. Está angustiado y fuera de sitio. Pasea en solitario por los salones y en uno de ellos, cansado y sudoroso, contempla con preocupación el cuadro “La morte del giusto”. A Fabrizio sólo le reconforta el esplendor de la juventud, un don inalcanzable para él, que ve reflejado en Tancredi y su prometida.
Cuando sale a la calle solo, al alba, alza la vista y siente que la muerte será al fin y al cabo una liberación. Así parece transmitírselo al cielo: "¡Oh, estrella mía! ¿Cuándo podremos tener una cita menos efímera en tu mundo de perenne seguridad?".

Curiosidades
- El éxito de la película en el Festival de Cannes de 1963 le abrió a Visconti las puertas de Hollywood, aunque el pésimo doblaje y los cortes del metraje original perjudicaron la calidad de la obra y el director desautorizó la exhibición. El desastre se solucionó en 1983 con una nueva versión para los países de habla inglesa.
- Burt Lancaster causó una gran impresión a Luchino Visconti desde el principio. El director italiano temía enfrentarse con un divo difícil de manejar e indiferente a la cultura italiana, pero se encontró con un actor entusiasmado y humilde, admirador de su película “Rocco y sus hermanos”. Burt Lancaster llegó una semana antes de tiempo para ambientarse y fue el intérprete al que menos tiempo tuvo que dedicar Visconti durante el rodaje.
- El actor norteamericano se aprendió en latín la oración que recita toda la familia en la escena inicial y la repitió doscientas veces hasta lograr su perfecta fonética. No obstante, el resto de sus diálogos los efectuó en inglés y en la versión local fue doblado al italiano por otro actor.
- Aunque no aparecen como personajes ni Garibaldi ni el conde de Cavour ni otros célebres protagonistas del Risorgimento, la película refleja a la perfección las tensiones históricas del momento. “El Gatopardo” (“El leopardo” sería su traducción más correcta) es una película de contradictorias interpretaciones políticas desde que se estrenó. Para algunos se trata de una lectura muy conservadora de la unificación italiana, mientras que otros aprecian el discurso marxista de Luchino Visconti, de origen aristócrata por cierto. Visconti aclaró, no obstante, que quiso mostrar la “lenta evolución de un mundo condenado” y la desilusión de la Sicilia popular que creía obtener pan, libertad y tierra, cuando realmente todo siguió igual: “Los más ricos perdieron algo en favor de algunos burgueses avispados, mientras que la plebe sigue esperando pan y libertad”.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Norma Belvedere (Norma Aleandro, El hijo de la novia)

- "Este restorán lo empecé con Norma. Yo cocinaba, ella atendía: era una cuestión de dos. Recuerdo que siempre discutíamos de por qué venía la gente, y ella decía que era por la cocina y yo decía que por su atención. Es que Norma era una cosa... ¡ella sí que era la especialidad de la casa, con esa sonrisa que tenía! ¡Aquel cartel luminoso! Imagínate, entraba la gente y se encontraban con esa pintura... y ahí aparecía la Norma verdadera: más alegre, más luminosa y, claro, el cliente pensaba que había entrado en, qué sé yo, en el Paraíso por lo menos. Entonces ella pedía que la siguieran, que los iba a llevar a la mejor mesa. Eso se lo decía a todo el mundo, que los llevaba a la mejor mesa, y todos se lo creían porque si ella te llevaba, era la mejor mesa. Te hacía sentir como si fueras el único”. (Nino Belvedere)

Norma vuelve a proteger a su hijo, como cuando era pequeño.

Norma Belvedere es una mujer excepcional. Su marido la adora a pesar de que la enfermedad de Alzheimer le provoca trastornos de conducta y una alarmante pérdida de memoria y de otras facultades. Él afronta su mal con una ternura infinita; está tan enamorado que muestra la ilusión y el entusiasmo de un veinteañero. Por su cabeza, además, ronda la idea de casarse por la Iglesia, una ilusión a la que tuvo que renunciar ella por respetar los principios de él.
Rafael, el hijo de ambos, tiene 42 años y aún recuerda con admiración cómo su madre le protegía de niño cuando se metía en líos y cómo le reprendía, de manera firme pero cariñosa. La recuerda, sí, pero hace un año que no va a visitarla a la residencia donde está internada: en parte, porque Rafael se encuentra al borde de un colapso por sus problemas laborales y personales y no tiene tiempo para nadie; pero también porque le produce dolor ver a su madre en esas condiciones.
Norma (Norma Aleandro) es el extraordinario personaje sobre el que gira la trama de “El hijo de la novia” (2001, Juan José Campanella), una película sencilla, profunda y conmovedora. Cuando ella sale en la pantalla, Nino (Héctor Alterio), Rafael (Ricardo Darín) y los espectadores parecen estar flotando en una nube. Norma puede perder la mirada en el vacío durante horas hasta que sus ojos te regalan una sonrisa cautivadora; puede pasar en un instante de la dulzura al desconcierto o, incluso, a la grosería. Su marido la observa con orgullo, a veces maravillado por ese prodigio de persona que es y que ha sido. 
Su hijo, además, la necesita como cuando era pequeño e indefenso, aunque sólo lo sabrá en la magistral y crucial escena de su encuentro a solas en la residencia: Norma eleva y agita la emoción que nos envuelve (a nosotros, a su hijo y, casi con total seguridad, al propio actor) con su mirada, sus gestos y sus escasas palabras:"Yo te cuido. Yo te quiero. No te preocupes". Es todo lo que ansiaba oír Rafael, que está perdido en una existencia incoherente, vacía y sin compromiso.   
La primera vez que aparece en la pantalla la vemos a través de los ojos de Rafael, que ha accedido a visitarla con su padre después de un año. Norma llora de felicidad al verlos:

- ¡Papito!
- No, no, no llores, ¿eh? No llores. Está todo bien, está todo bien.

Los tres protagonistas principales.

Cuando se despiden, el rostro de Nino (un Héctor Alterio grandioso) es el de un hombre que sólo espera que pasen las horas para volver a su lado; el de Rafael es el de alguien que acaba de ver alejarse a un fantasma del pasado. El padre asume la enfermedad como un revés inevitable que ha multiplicado su cariño hacia ella; para el hijo es un aspecto desolador más de su vida que tiene que afrontar como siempre lo hace, sin comprometerse a nada. Por eso rechazará en un principio la idea de su padre, casarse con ella por el rito cristiano tras 44 años de vida en común.
Norma brilla pero no eclipsa a los demás personajes. Su papel es el más intenso de todos, pero también el más corto. La película se centra en Rafael (espléndido Ricardo Darín), un hombre que va de un lado a otro, como esos chinos que giran los platos sostenidos por palillos para evitar que no se caigan (así lo describe de manera acertada el ejecutivo que pretende comprarle el restaurante). Vive perseguido por los problemas de un negocio que se le va de las manos y la única manera que tiene de afrontarlos es aislarse de la familia, de la novia y de aquellos que trabajan para él. Su sueño es desaparecer y no preocuparse por nada.
El infarto que sufre no le hace cambiar demasiado, pero al menos acepta ayudar a su padre a preparar su boda con Norma. La Iglesia Católica no acepta ese acto de amor (es excelente y revelador el diálogo que mantiene el protagonista con el sacerdote) y Rafael ya no puede más: ha discutido con su amigo de la infancia, Juan Carlos (Eduardo Blanco), con su novia Naty (Natalia Verbeke) y ha vendido el restaurante a una multinacional. Debe enderezar su vida y acude a la única persona que siempre le ha reconfortado, su madre. Quiere saber si se siente orgullosa de él. Norma, a su manera, le demostrará que sí lo está.

Nino cumple el sueño de Norma.

Interpretar a una enferma de Alzheimer no puede ser nada sencillo, pero Norma Aleandro transmite una enorme sensación de credibilidad. Sus súbitos cambios de humor, la naturalidad con la que pasa de un elogio a un insulto, y su mirada, inquieta unas veces, tierna otras y casi siempre ajena a la realidad, dibujan un personaje inolvidable. En contadas ocasiones vemos un destello de lucidez, como cuando le confiesa a su hijo que no se quiere morir, o en alguna conversación con su marido:

- De mí no te libras, voy a estar siempre a tu lado. Siempre.
- ¡Qué pesado!


Como la vida misma
La base del personaje de Norma es la madre del propio director, que también sufrió la enfermedad de Alzheimer. Su padre le comentó un buen día que quería casarse con ella y de ahí surgió la idea de la película. El personaje de Rafael ya lo había esbozado tiempo atrás con su guionista Fernando Castets, tomando rasgos y situaciones de sus hermanos y de él mismo. “La de los padres es concretamente la historia de mis viejos. Incluso todo lo que dice Norma son frases de mi vieja cuando estaba en esa etapa del Alzheimer y el hecho de querer casarse por la Iglesia es algo que fue lo que provocó la película, algo que me dijo mi viejo una noche durante una cena”, explicó Juan José Campanella en una entrevista.


Curiosidades
- Héctor Alterio y Norma Aleandro ya trabajaron juntos en la memorable “La historia oficial”, ganadora del Oscar en 1984. Diecisiete años más tarde vieron cómo “El hijo de la novia” volvía a conquistar el premio de la Academia de Hollywood a la mejor película extranjera.

Imagen de "La historia oficial".
- Aleandro es una de las figuras más respetadas y representativas de la escena argentina, tanto en cine como en teatro. Es autora de varios libros y ha recibido innumerables premios de interpretación. En 1987 fue nominada al Oscar como mejor actriz de reparto por “Gaby: A true story”.
- La actriz chilena María Cánepa protagonizó en 2006 una situación similar a la de la película: a sus 85 años, aquejada de Alzheimer, se casó por la iglesia con su pareja, con la que llevaba viviendo casi treinta años.
- Juan José Campanella posee una gran experiencia como director de series televisivas en Estados Unidos. Es un gran admirador del cine de Frank Capra, lo que tal vez explique el final feliz de la película.

viernes, 29 de octubre de 2010

Tom Doniphon (John Wayne, El hombre que mató a Liberty Valance)

“Hablas demasiado. Piensas demasiado. Además, tú no mataste a Liberty Valance” (Tom Doniphon a Ransom Stoddard)

"Además, tú no mataste a Liberty Valance. Haz memoria".

Mientras el cine exploraba nuevas vías narrativas, interpretativas y tecnológicas en 1962, John Ford decidía recuperar ese año las raíces esenciales del cine clásico con un western en blanco y negro, sobrio y teatral, y un plantel nostálgico que encabezaban dos ilustres veteranos de la pantalla. “El hombre que mató a Liberty Valance” (“The man who shot Liberty Valance”) es, como definió Joseph McBride en su libro “Tras la pista de John Ford”, un espléndido final de la frontera, de la frontera del cine de Ford y del western.
Con esta película, Ford le regaló a John Wayne el que posiblemente sea el personaje más complejo, dramático y sublime de su carrera. Tom Doniphon es, como Liberty Valance (Lee Marvin) y sus secuaces, un hombre del Viejo Oeste que aún se rige por los códigos habituales: las armas, el caballo, las fronteras, el ganado, las incontrolables borracheras, una discusión que acabe a puñetazos... La llegada del abogado Ransom Stoddard (James Stewart) anticipa la imparable civilización (leyes, política, cultura, ferrocarril y una visión más amplia del mundo) para la que este héroe sombrío no va a estar preparado.
La calidad interpretativa de John Wayne se sigue discutiendo hoy en día. Son tantos los prejuicios que se han creado en torno a esta figura esencial del cine que resulta pesado rebatirlos. Sin embargo, bastaría con echar un vistazo a la larga lista de obras maestras en las que ha participado (la mayoría firmadas por John Ford y Howard Hawks) para darse cuenta de que la mediocridad no fue precisamente el defecto de este espléndido actor. Y es que “El Duque” será siempre para determinados estudiosos del cine como uno de esos delanteros de fútbol que siempre son cuestionados aunque metan treinta goles por temporada (que Diego Milito, por cierto, no haya sido nominado para el Balón de Oro de 2010 me viene al pelo en esta comparación).
Wayne poseía un enorme instinto para captar la esencia de los personajes. Ford le pidió que interpretara a Doniphon “con ambigüedad” y, sin entender muy bien a qué se refería, bordó el papel como ya había hecho en “Centauros del desierto” con su magistral Ethan Edwards; a éste le mueve la venganza y el odio, mientras que el hombre que disparó a Valance actúa por amor, respeto y generosidad.
El film arranca varios años después de la acción principal, cuando el senador Stoddard y su esposa acuden a la pequeña localidad de Shinbone para asistir a un funeral. El difunto es alguien muy especial para ambos, pero no lo conocen los periodistas que están sorprendidos por la presencia del político en la ciudad. Un largo flash-back nos explicará la historia de aquel hombre llamado Tom Doniphon.
Esencialmente, se trata de un tipo honesto, enérgico y con un sarcástico sentido del humor. Su objetivo en la vida es casarse con Hallie (Vera Miles) y desde hace tiempo está construyendo una casa para ambos. Le acompaña siempre su fiel Pompey (Woody Strode), ayudante, guardaespaldas y chico para todo. Al ser negro no se le permite beber whisky en ningún local; sin duda, habrá sacado a Tom de muchos apuros. Doniphon comercia con ganado, aunque intuimos que tiene o ha tenido ocupaciones más vinculadas con el revólver.
Él no es estrictamente el héroe de la película. No tiene ninguna intención de eliminar a ese matón peligroso, atracador y asesino que es Liberty Valance. Puede vivir sin preocuparse de él, como si fuera una serpiente de cascabel en el camino. Seguramente, alguna vez habrán tenido algún roce, pero no de la suficiente gravedad como para pegarle un tiro. Tampoco es consciente de que haría un gran servicio a la sociedad si le matara. El más valiente de la historia, en realidad, es el frágil y asustadizo abogado que se ha visto obligado a detenerse en Shinbone para meter en la cárcel a Liberty. A ojos de los demás, esa sí que es una auténtica acción de coraje y agallas. Inútil, por la naturaleza del matón, pero valiente al fin y al cabo.
Tom es tremendamente generoso con Stoddard. Le ha salvado la vida tras la paliza que le ha propinado Valance, le ha conseguido comida y alojamiento, le enseña a disparar, le protege y, sobre todo, renuncia a Hallie para que ella progrese en la vida al lado del abogado. Incluso le animará a proseguir con su carrera política en el momento de mayor abatimiento: “Hallie es tu chica ahora. Vuelve ahí dentro y acepta la nominación. Le enseñaste a leer y a escribir; ¡ahora dale algo sobre lo que leer y sobre lo que escribir!”.

Tom le enseña a Ransom cuál es la ley del Oeste.

Tom renuncia a la felicidad para hacer feliz a la mujer que ama cuando advierte que ella admira a Stoddard. Podría actuar según su código y tal vez matar a ese tipo o permitir que lo haga Liberty Valance, pero su conciencia le conduce al drama de la soledad porque entiende que no puede competir. Para decirlo de una manera poética, mientras Ransom le explica a Hallie qué bellas son las rosas, Tom sólo puede ofrecerle una flor de cactus. Curiosamente, es lo primero que busca ella cuando acuden a su funeral, lo que demuestra, amargamente, que en realidad amaba a Doniphon y hubiese sido más feliz a su lado.
El personaje acaricia la tragedia cuando, tambaleándose borracho, se dirige a la casa que estaba construyendo para Hallie y le prende fuego. Cae al suelo, resignado a morir, y sólo la intervención de su fiel Pompey impide el fatal desenlace. Pese a esta (soberbia y auténtica) escena, Doniphon es un hombre de enorme fortaleza física y mental, amable e incluso divertido, con una fuerte carga irónica cuando habla. La respuesta que le da al periodista Dutton Peabody (Edmond O’Brien) cuando éste no quiere ser elegido compromisario político, es un ejemplo:

- Peabody: ¡Gente de Shinbone! Yo... yo... yo soy vuestra conciencia, yo soy la voz que truena en la noche, soy vuestro perro guardián que os protege de los lobos. Yo... yo soy vuestro padre confesor, yo... ¿qué más soy yo?
- Doniphon: ¿El borracho de la ciudad?

La mirada de John Wayne dice a menudo mucho más que sus palabras. Cuando Valance le pone la zancadilla al “lavaplatos” (Stoddard) y provoca que un bistec caiga al suelo, Tom se levanta de su mesa y se enfrenta al asesino. “¡Ese es mi bistec, Valance! ¡Recógelo!”, le ordena mientras sus manos se preparan para disparar. Ni siquiera el despiadado Liberty es capaz de hacerle frente cuando la ira asoma a sus ojos.

- ¿Estás buscando problemas, Tom?
- ¿Me vas a ayudar a encontrarlos?

Lo más paradójico en las actitudes de Stoddard y Doniphon es que, para conseguir sus propósitos, ambos tendrán que actuar al margen de sus convicciones: el abogado empuña un revólver para imponer la ley, mientras que Tom, además de ayudarle a consolidar la civilización que le va a marginar, oculta a todos que él fue quien mató al temido delincuente. Sin duda, un enorme sacrificio para alguien que presume de ser el más rápido al sur del Picketwire.

Liberty, con Ransom y Tom. A la izquierda, un joven Lee van Cleef.

 El paso del tiempo ha sido espléndido con "El hombre que mató a Liberty Valance". Hoy en día es un referente básico en la historia del cine y una lección más del maestro sobre cómo se narra una historia para que resulte conmovedora, divertida y entrañable sin perder su grandeza épica. El hombre que hacía westerns, como modestamente se presentó en una famosa reunión del Sindicato de Directores, resumió todo su legado en un film que lanza una mirada amarga sobre la nueva América, la que estaba a punto de civilizar al Viejo Oeste. Tom Doniphon era consciente de ese mensaje; me pregunto si John Wayne lo entendió también o sólo lo intuía.

Curiosidades
- Pese a que John Wayne había alcanzado un nivel superior de estrella en Hollywood, jamás rechazó una película de John Ford, a quien consideraba como su segundo padre. En 1961 tuvo que retrasar o paralizar otros proyectos para no desairar a su gran amigo y participar en el rodaje.
- Wayne no se sintió cómodo con el papel. Pensaba erróneamente que el protagonista era James Stewart. “Ford había escogido a Jimmy para el papel de héroe. Tenía a Andy Devine para el humor inteligente. Y a Lee Marvin como el llamativo villano, y, mierda, yo sólo me paseaba por la película” (del libro “Tras la pista de John Ford”, de Joseph McBride).
- El director, que habitualmente solía meterse con Wayne, en esta ocasión se mostró demasiado grosero con el actor durante el rodaje. Tensó tanto la cuerda que la estrella estuvo realmente enojado con Ford, sobre todo cuando se burló de que no había participado en la Segunda Guerra Mundial, algo que ofendía especialmente a Wayne.
- La película está basada en un relato corto de Dorothy Johnson, una escritora muy aficionada a las historias del Viejo Oeste. John Ford le añadió unos cuantos personajes secundarios y alteró de forma notable algunas situaciones. Entre ellas, el inicio del film, en el que el senador Stoddard revela al director del periódico toda la verdad.
- De John Ford es también ese espléndido añadido poético que pronuncia el director del periódico: “Cuando la leyenda se convierte en realidad, se imprime la leyenda”.
- “El hombre que mató a Liberty Valance” está considerada hoy en día como una de las diez mejores películas de la historia del cine, según encuestas del American Film Institute y otros prestigiosos organismos cinematográficos. Es, a su vez, uno de los títulos más emblemáticos entre los aficionados.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Susan Vance (Katherine Hepburn, La fiera de mi niña)

“Reconozco que en los momentos de paz me he sentido atraído por usted, pero lo cierto es que no ha habido paz”.  David Huxley (Cary Grant)

Susan, siempre más libre que David.

Katherine Hepburn está considerada como la mejor actriz de todos los tiempos y no tengo argumentos ni deseos de discutir esa merecida distinción. Existe al menos una docena de grandes películas que lo respaldan y el doble de personajes protagonizados por ella que prácticamente lo confirman. De todos ellos, siento verdadera devoción por Leonor de Aquitania (“El león de invierno”), Tracy Lord (“Historias de Filadelfia”), Amanda Bonner (“La costilla de Adán”), por supuesto Rose Sayer (“La reina de África”) y, especialmente, ese delicioso desastre natural que se llama Susan Vance.
La actriz tenía 31 años cuando afrontó la primera comedia loca (“screwball comedy”) de su carrera. Aunque ya era una estrella gracias a “Gloria de un día”, “Damas de teatro” y “Mujercitas”, los estudios la consideraban “veneno en taquilla”. Y “La fiera de mi niña” (“Bringing up, Baby”, 1938), dirigida por Howard Hawks, no iba a ser una excepción. Posiblemente, el espectador de aquella época ya tenía bastante con los hermanos Marx y no estaba preparado para asimilar semejante desenfreno de comedia con otros intérpretes.

Paula Prentiss con Rock Hudson.
Susan Vance es un personaje irracional pero encantador y ese equilibrio es uno de los que más escuela han creado en el cine. Directamente la imitaron Barbra Streisand (“¿Qué me ocurre, doctor?”) y Paula Prentiss (“Su juego favorito”), casi dos homenajes de Peter Bogdanovich y del propio Hawks, pero la personalidad de Susan la hemos visto reflejada en infinidad de actrices, desde Barbara Stanwyck y Jennifer Jones a Rosanna Arquette y Melanie Griffith.
El argumento de la película podría explicarse así: El profesor David Huxley (Cary Grant) necesita un millón de dólares para su museo de historia natural y tropieza con Susan Vance, la sobrina de la millonaria señora que debería donarle ese dinero. En apenas veinticuatro horas será cómplice del robo de un vehículo, tendrá que comprarle 12 kilos de solomillo a un leopardo, perseguirá de forma incansable a un perro, vestirá un salto de cama femenino, le tomarán por loco hasta los empleados de un circo y hará el ridículo de una manera permanente.
David conoce a Susan en el campo de golf donde ha quedado con Alexander Peabody (George Irving), abogado de la millonaria Carleton Random (May Robson). Le ha quitado su pelota de golf, pero ella no atiende a razones. Tampoco cuando se dispone a marcharse con el vehículo de David.
“Su pelota de golf, su coche... ¿Pero hay algo aquí que no sea suyo?”.
“Por suerte, usted”.
Es evidente que Susan vive a un alto nivel, sin necesidad de trabajar, gracias a las rentas de su tía. No conocemos nada de sus padres ni de su pasado, ni de su éxito con los hombres ni de sus amistades. De su vida privada sólo sabemos que tiene un bonito apartamento y que su hermano Mark está en Brasil. Es una mujer inclasificable e independiente. La vemos en una fiesta sentada en la barra del bar y jugando con el camarero a meter olivas en las copas. Ahí vuelve a encontrarse con David, con humillante resultado para él. “Se le cae una aceituna y yo me siento en mi sombrero, veo que todo encaja”.

David siempre está huyendo de ese desastre natural que es Susan.
 Ella se ha fijado en ese hombre con gafas, torpe y despistado que la regaña siempre y que anda preocupado sólo por la clavícula intercostal del brontosaurio que tiene en el museo. Su mirada nos muestra de repente que acaba de encontrar al hombre de su vida y, pese al rechazo de David, no va a darse por vencida. En la misma fiesta, y tras una breve conversación con el psiquiatra Fritz Lehman (Fritz Feld), le persigue con resultados catastróficos: se equivoca de bolso, le rasga la levita y ella acaba con el vestido roto, enseñando su ropa interior (“¿No pensará que lo hice a propósito?”, es la disculpa que repite). La genial salida que improvisan para que nadie la vea en paños menores es una de las escenas más divertidas del cine.
Susan Vance es un cóctel que de vez en cuando se agita frenéticamente: irreflexiva, absurda, irracional, despreocupada, caprichosa, mentirosa, divertida, imprudente y espontánea. Para David Huxley es un torbellino peligroso. Primero le convence de que el abogado que busca, Peabody (a quien de forma sistemática él siempre da plantón), es amigo suyo y hace todo lo que le pide; luego se le ríe en la cara cuando le cuenta que se va a casar: “¿Y para qué?”, exclama jocosa; al día siguiente le llama por teléfono para preguntarle si quiere un leopardo y, cuando él acude en su ayuda por creer que le está atacando, se mete definitivamente en el lío. “Usted lo ve todo al revés, no he conocido a nadie igual”.
A Susan no le queda más remedio que improvisar para atraerle y así retrasar su boda con la señorita Swallow (Virginia Walker). Se llevan a Baby, el leopardo, a la finca de su tía en Connecticut, y lo que les ocurre es un frenesí continuo. Para ella, sin embargo, no hay nada extraordinario en lo que hace. Parece como si robar un vehículo, chocar contra un camión o arrastrar a un leopardo formaran parte de su cotidiana existencia. “David, no hay quien le entienda, en cuanto se soluciona una cosa empieza a preocuparse por otra”, le reprocha.

Baby, el otro protagonista de la película.

Dispuesta a todo para que no regrese a Nueva York, ordena que laven y planchen su ropa mientras él se ducha. David tiene que salir con una bata femenina, lo que da pie a uno de los diálogos más analizados y polémicos (por los rumores de homosexualidad en torno a Cary Grant) de la época:
“¿Por qué va vestido así?”, le pregunta la tía Elizabeth Random.
“¡Porque de pronto me he hecho gay!”, exclama él en la versión original.


Susan es incansable para meter en líos al que ya considera “el único hombre al que he amado”. A su tía le hace creer que sufre un trastorno psíquico, que se llama David Hueso (Bone en original) y que su ocupación es la caza mayor. El diálogo entre ellas no tiene desperdicio:

- ¿Cómo se llama él?
- David… Hueso.
- ¿Huesos?
- Un hueso.
- Uno o dos huesos sigue siendo ridículo. ¿A qué se dedica?
- Caza.
- ¿Qué caza?
- Animales.
- ¿Caza mayor?
- Enorme.

Durante la cena, a la que acude el comandante Horace Applegate (Charles Ruggles), David sólo se ocupa de vigilar al perro George -que le ha robado su hueso prehistórico- para que no se encuentre con Baby. Susan, mientras tanto, sigue a lo suyo: “El señor Hueso tiene dos médicos; uno le dice que descanse y el otro, que haga deporte”, les explica a su tía y a Applegate para justificar la extraña conducta de David.
Cuando el leopardo se escapa, la trama se complica de una manera vertiginosa. Susan le pedirá a David que hable con el personal del zoo para que atrapen al leopardo, pero cuando se entera de que la mansa fiera es un regalo para su tía, se enfada con él por cumplir lo que le había pedido: “Oh, David, nos has metido en un buen lío”.

David Huxley, al borde de la desesperación.

La persecución del leopardo y del perro transcurre por el bosque de manera delirante. Se caen por un barranco, se hunden en el río, roban un peligroso leopardo creyendo que es Baby… Susan está deliciosa cuando se pone a bailar al perder un tacón y observa con dulzura a David, que ya no lleva gafas. Pero cuando éste le invita a marcharse porque es un estorbo, ella se echa a llorar por primera vez. Juraría, una vez más, que no es más que una de sus tretas para conseguir lo que se propone.

- ¿Quieres que vuelva a casa?
- Sí.
- ¿No quieres que te ayude?
- No.
- ¿Con lo que nos divertimos?
- Sí.
- ¿Con todo lo que he hecho por ti?
- Por eso mismo.

La pareja va a parar a la cárcel, donde el sheriff Elmer (más absurdo si cabe que Susan), acabará encerrando a todos, incluida a la tía Elizabeth. Susan se da cuenta de la estupidez de ese hombre y decide ponerse a su altura para tratar de escapar; así, le hace creer que todos pertenecen a la “banda del leopardo”, imita a la perfección la voz de una delincuente barriobajera (Susie “Cerraduras”) y en un descuido se escapa por la ventana.

“Veo que cojea. ¿Le hirieron en algún golpe?”
“No, he perdido el tacón”

Susan es tan obstinada que acaba atrapando al leopardo peligroso que se había escapado, convencida de que se trata de Baby. No podemos ni imaginar cómo habrá podido hacerlo, pero ahí está ella, satisfecha mientras los demás contemplan aterrados a la fiera. David le ayudará con sangre fría y lo encerrará antes de desmayarse.
Un hombre puede enamorarse de una mujer así, no cabe duda, pero ¿será capaz de convivir con semejante peligro? Mientras trabaja en su brontosaurio, David Huxley se da cuenta de que está enamorado de Susan. No puede evitarlo. Le arruinará el museo, le pondrá en ridículo muchas veces y transformará su apacible y metódica vida en una continua e inesperada pesadilla, pero, puestos a elegir, se lo va a pasar en grande el resto de su vida. Como nosotros desde que se estrenó esta joya de película.

Curiosidades
- “La fiera de mi niña” está considerada hoy en día como la “screwball” del cine por excelencia y una de las mejores películas de todos los tiempos. No obstante, en su día sólo recaudó unos 300.000 dólares, ni siquiera una tercera parte de lo que costó.
- En el guión, firmado por Dudley Nichols, participó Hagar Wilde, la autora de la novela corta en que está basada la película.
- Katherine Hepburn sólo había protagonizado dramas románticos y comedias blandas antes de hacer el papel de Susan. A Hawks le costó trabajo explicarle que no tenía que hacerse la graciosa, sino dejarse llevar por las situaciones. La Hepburn lo entendió perfectamente.
- La actriz estaba atravesando en esos momentos por una delicada situación: por un lado, estaba luchando para conseguir el papel más codiciado del momento, la Escarlata O’Hara de “Lo que el viento se llevó”, para la que existían numerosas candidatas. Además, por Hollywood circulaba una lista de intérpretes “venenosos” para la taquilla y ella estaba incluida, junto a Joan Crawford, Greta Garbo, Marlene Dietrich o Fred Astaire, entre otros. 
- Su relación sentimental con el magnate Howard Hughes le permitió protagonizar a Susan, aunque no consiguió imponer, como pretendía, a Spencer Tracy para el papel de David.
- El rodaje debió ser un divertido caos, ya que Howard Hawks improvisaba a su antojo y cambiaba el guión con mucha frecuencia. Los actores aportaron ideas y diálogos sobre la marcha.
- El perro George se llamaba Skippy y había saltado a la fama en las películas “La cena de los acusados”, “Ella, él y Asta” y “La pícara puritana”, entre otras.
- Katherine Hepburn se encariñó del leopardo durante el rodaje y jugaba con él a todas horas. A la domadora de la película le asombró la facilidad con que la actriz dominaba a los animales.

lunes, 25 de octubre de 2010

Harry Powell (Robert Mitchum, La noche del cazador)

¿Quieres que te cuente la historia de la mano derecha y la mano izquierda? La historia del bien y del mal”

Imagen clásica de Harry Powell: love and hate.

Harry Powell es el predicador, estafador y asesino de “La noche del cazador” (“The night of the hunter”, 1955), la única película que dirigió el actor Charles Laughton. Digamos ya que es un personaje de culto entre muchos aficionados y uno de los más impactantes de la historia del cine. Cuando a alguien se le ocurre elaborar la lista de los mejores villanos de la gran pantalla, Powell (Robert Mitchum) siempre está allí, con las palabras “love” y “hate” (amor y odio) inmortalizadas en sus puños y convertidas en un icono de la cultura cinematográfica.
Para esta obra maestra del cine, Laughton y el guionista James Agee perfilaron el personaje de Powell como si fuera el terrible lobo de los cuentos infantiles: acecha a los niños como un astuto depredador ante dos ovejas asustadas; aullará de rabia cuando se le escapen sus presas, o de dolor, cuando le disparen con una escopeta; y sabe disfrazarse con la piel de cordero para engañar a los adultos mediante su palabrería de falso predicador.
La similitud es más que evidente cuando Powell descubre a los pequeños hermanos en la casa de acogida de la señora Cooper (Lillian Gish): Por la noche vemos al siniestro reverendo sentado en el jardín, esperando un descuido de la valiente mujer, que, escopeta en mano, ha escondido el rebaño (a los niños) y vigila al lobo como si fuera un pastor.
El argumento de la película es similar al de la novela: Antes de ser detenido por el atraco a un banco en el que han muerto dos personas, Ben Harper (Peter Graves) esconde el botín de 10.000 dólares y les hace prometer a sus hijos, John (Billy Chapin) y Pearl (Sally Jane Bruce), que jamás dirán nada a nadie. Condenado a la horca, en la prisión coincide con Harry Powell, un falso predicador y asesino de mujeres que, sin embargo, ha sido detenido sólo por el robo de un vehículo. Cuando sale de la cárcel, su objetivo es encontrar ese dinero. Engaña a la viuda, Willa Harper (Shelley Winters), y trata de engatusar a los dos pequeños. Después de asesinar a la mujer, que descubre sus intenciones, perseguirá a los niños para apoderarse del botín.
Powell es un misógino psicópata que oculta su trastorno mental bajo la apariencia de un pastor de Dios. Ningún indicio nos aclara cuál es la causa de su conducta y, a mi juicio, eso le hace más inquietante todavía. ¿Mata por dinero en realidad? ¿Sufrió algún tipo de revés emocional para odiar tanto a las mujeres?
Nada más iniciarse la película, la música de Walter Schumann y el movimiento de cámara nos retratan al falso predicador. “¿Bueno, qué va a ser ahora, Señor? ¿Otra viuda?¿Cuántas van? ¿Seis o tal vez doce? Tú mandas”, exclama con la vista hacia el cielo. Para no tener remordimientos por sus crímenes, ha llegado al convencimiento de que es Dios directamente quien le encarga eliminar a las mujeres, esos seres impuros y depravados que buscan contaminarle con su atracción sexual. “Hay demasiadas mujeres en el mundo. Tú solo, Señor, no puedes exterminarlas a todas. Deja que te ayude”.

La lucha entre el bien y el mal.

Poco antes de ser detenido por el robo del vehículo, vemos cómo el rostro de Powell se contrae hasta el odio más profundo al contemplar el baile de una mujer semidesnuda en un night-club. El arma con la que comete sus crímenes es un crucifijo-navaja, cuya punta le atraviesa el bolsillo cuando no puede contener la rabia.
En la cárcel escucha a Ben Harper hablar en sueños sobre el botín que ha robado. Además del admirable puñetazo que le suelta el reo a muerte, aquí apreciamos la segunda y más lógica motivación de su existencia, el dinero. Estamos en la época de la Gran Depresión americana y todo el mundo sufre. Powell no tiene propiedades, excepto su vestimenta, su navaja y su vengativa fe.

- ¿Qué religión profesas, reverendo?
- La que el Señor y yo hemos convenido.

La necesidad de proteger a la infancia de la perversidad de los adultos parece una de las lecturas esenciales de esta película. Se aprecia con la siniestra música que acompaña al tren donde viaja Powell, rumbo a la casa de la viuda de Harper. El denso humo negro de la máquina alerta al público sobre la inminente llegada de un ser maléfico. La primera imagen que tienen los dos hermanos del reverendo es, precisamente, su amenazadora sombra proyectada sobre la pared de la habitación.
Al día siguiente, John se encuentra con ese hombre e instintivamente sabe que no se puede fiar de él. Tiene a su hermana en brazos y está seduciendo con su perfecta verborrea a su madre y a los dueños de la tienda, el matrimonio Spoon. Interpreta la Biblia como mejor le conviene y cuando les explica cómo es la lucha del bien y del mal, sus puños se entrelazan y pelean como si estuviera en una clase de párvulos: pero todos, salvo John, se quedan fascinados.
Powell conduce la farsa con maestría. Se ha propuesto entrar en la familia y todas sus acciones y palabras sirven para encandilar a la viuda y a esos habitantes del pueblo que son guardianes de las buenas costumbres y virtudes. A quien no consigue conquistar es al maduro hijo mayor de los Harper; cuando ayuda al niño a ajustarse la corbata, el rostro de Harry Powell parece el de un verdugo a punto de ahorcar a su víctima.
Rechaza a Willa en la noche de bodas con tal convicción que ella se convertirá en una fanática religiosa, una más entre las personas que acuden a los sermones de Powell. Al predicador se le resisten los dos hijos, a quienes presiona en exceso con sus preguntas sobre el dinero. Cuando Willa escucha desde la calle cómo insulta a sus pequeños, Powell decide asesinarla. La mata de forma implacable, sin remordimientos, de manera exageradamente teatral y en una habitación que parece un escenario expresionista de “El gabinete del doctor Caligari” (no es el único homenaje que la película rinde a las tendencias artísticas en la historia del cine).
Es posible que Kirk Douglas o incluso Burt Lancaster hubieran podido estar a la altura de Robert Mitchum en este papel. Pero dudo que alguno de ellos hubiera aportado su altivo porte y su increíble mirada. Por ejemplo, cuando miente a los Spoon y les asegura entre lágrimas que su esposa se ha fugado, levanta la cabeza y vemos unos ojos cargados de cinismo que sólo puede percibir el espectador: “No volverá, creo que eso puedo prometérselo”. Willa se encuentra en el fondo del río, como descubre fascinado el espectador ante las bellísimas imágenes que filmó Laughton.
Powell es un lobo sediento de sangre cuando acomete la persecución de los niños. La forma en que aúlla cuando ellos se escapan en la barca y su grito desgarrador resultan aterradores. A lo largo del camino, él no descansa. Le oímos cantar de forma perversa su tema religioso preferido, “Leaning on the everlasting arms”, mientras recorre la orilla del río a lomos de un caballo.

El lobo feroz espera un descuido del pastor.
Harry reaparece cuando John y Pearl han sido recogidos por Rachel Cooper, una mujer decidida y de buen corazón. El predicador conoce a Ruby, una de las niñas que viven en ese hogar de acogida, que le confirma dónde están los hermanos. La señora Cooper no se deja impresionar ni por la palabrería del reverendo ni por sus fingidas lágrimas y consigue hacerle huir.
Por la noche, consciente del peligro que representa ese hombre, estará alerta como un pastor ante la amenaza de una fiera. Cuando consigue herirle, la policía hará el resto. John no puede soportar que lo tiren al suelo para reducirlo y le coloquen las esposas. Sabe que el lobo no volverá a hacer más daño a nadie, pero no puede evitar pensar que esa fue la última imagen que le queda de su padre.

Curiosidades
- Harry Powers fue un estafador que atrajo a varias viudas mediante anuncios en periódicos con el fin de robarles el dinero y luego matarlas. Fue ahorcado en 1932 tras comprobarse que había asesinado a varias mujeres y niños a lo largo del estado de Virginia. El escritor Davis Grubb tomó como referencia a este individuo real para crear su novela “La noche del cazador” en 1953, que James Agee adaptaría al cine poco después.
- Harry Powell está considerado, por el American Film Institute, como el 29º mejor villano de todos los tiempos. El primero es Hannibal Lecter (Anthony Hopkins). Para el escritor Stephen King, se trata de uno de los más terroríficos personajes de la historia del cine.
- Cuentan que Charles Laughton odiaba cordialmente a los niños y tuvo muchos dificultades para rodar con los dos protagonistas infantiles de la película. Al parecer, Robert Mitchum estaba más pendientes de ellos que el propio director.
- El sorprendente fracaso del film, hoy considerado una de las grandes joyas del cine, decepcionó tanto a Laughton que ya no volvió a dirigir ninguna película.