miércoles, 22 de diciembre de 2010

Paulina Escobar

(Sigourney Weaver, "La muerte y la doncella")

Sigourney Weaver, hermosa y sugerente.

Sigourney Weaver
es una actriz fuera de lo común. Empezó en el cine a los 28 años, con un corto papel en "Annie Hall" (1977, Woody Allen). Alcanzó la fama mundial como oficial de una misión espacial (la teniente Ripley) en la película de terror "Alien, el octavo pasajero" (1979, Ridley Scott), que se convirtió en una fructífera saga, así como en una comedia fantástica, "Los cazafantasmas" (1984, Ivan Reitman), que resultó otro gran éxito de taquilla. Mide más de 1,80, posee un atractivo perenne y una sonrisa que te desarma. Es una mujer culta, comprometida, activista en pro de los Derechos Humanos y, sobre todo, una actriz capaz de convertir un buen papel en un personaje extraordinario. Lo malo es que los guionistas y los directores no siempre se han percatado de su potencial y de su talento.
En 1994 se puso en la piel y en la mente de Paulina Escobar, una mujer a quien el destino le ofrece la posibilidad de vengarse del hombre que la torturó durante la dictadura en un país sudamericano (Chile, Argentina, Brasil o cualquier otro). En "La muerte y la doncella" ("Death and the maiden", Roman Polanski), uno intuye que el papel de Paulina lo escribieron expresamente para ella, pero lo cierto es que la misma sensación podemos tener ante la Helen Hudson de "Copycat" o la Dian Fossey de "Gorilas en la niebla".
Paulina es un ser atormentado por los recuerdos de abril de 1977, fecha en que fue secuestrada, recluida durante semanas, torturada y violada. Su mente y su cuerpo fueron ultrajados sin compasión para que confesara las actividades clandestinas de su novio, Gerardo Escobar (Stuart Wilson), redactor jefe del periódico Liberación y uno de los líderes de la Resistencia contra la dictadura. No lo consiguieron.
Aquella joven estudiante universitaria soportó un durísimo castigo y regresó destrozada al lado de Gerardo, justo para descubrir a éste en la cama con una mujer. Otra tortura mental más que añadir. Con el tiempo ambos se casaron y, quince años después de aquellos sucesos, él tiene ante sí un envidiable futuro político en la recién instaurada democracia.
A su esposa le han quedado secuelas emocionales muy fuertes. Parece estar en continuo estado de alerta; apenas sonríe y cuando lo hace su mueca es fugaz y nerviosa. Se sobresalta ante cualquier ruido inesperado, vive intranquila y sigue sintiendo miedo. Puede ser cínica y sarcástica, pero sobre todo es una mujer terriblemente sincera; no soporta la mentira ni las actitudes falsas. De su marido, que muestra un acusado complejo de culpabilidad por lo que le ocurrió a ella, busca siempre la verdad.

Paulina prepara la casa ante la amenaza de la tormenta.

Mientras espera la llegada de Gerardo, sola en una casa de campo aislada y bajo una fuerte tormenta, se entera por la radio de que él va a ser nombrado presidente de la comisión de Derechos Humanos contra los actos de la dictadura. Su marido llega al cabo de un rato en el coche de un desconocido que le ha acercado por la avería de su vehículo. Tras servirle la cena, le recrimina que haya aceptado un cargo testimonial, ya que está convencida de que no va a ir a fondo contra los crímenes del régimen.
    
- Has dicho al presidente que sí.
- Sí, lo siento.
- ¡Maldita sea, no digas lo siento! ¿Crees que puedes salvarlo siempre todo con esas dos jodidas palabras? Si de verdad lo sintieras le hubieras dicho no. Hubieras dicho no a ese encubrimiento; hubieras dicho: “¡No, señor presidente, no quiero dignificar semejante traición!”.
 
Paulina desconfía de las intenciones del nuevo Gobierno democrático y de la actitud de su marido, a quien conoce perfectamente. No es un hombre valiente, decidido, impulsivo ni entusiasta. Él fue un líder de la Resistencia pero no conoció la barbarie de la dictadura. Va a presidir una comisión sin haber probado en sus carnes la dureza de sus verdugos.
La película da un giro dramático cuando llega de nuevo en su coche el hombre que ha ayudado a Gerardo. Es el doctor Roberto Miranda (Ben Kingsley), que trae la rueda pinchada que se dejó en su maletero. Paulina, oculta tras una puerta, empieza a preguntarse cuándo ha oído antes esa voz. De repente reacciona con una risa ahogada y nerviosa que parece un sollozo. Es como si estuviera escuchando la voz de un fantasma lejano y terrorífico.
Mientras ellos hablan, Paulina empieza a preparar con rapidez una maleta -como seguramente hizo muchas veces en los tiempos duros de la dictadura- se marcha de casa, se monta en el coche del desconocido y se escapa ante la sorpresa de los dos hombres. Dentro del vehículo descubre como una revelación fatal una cinta de cassette de "La muerte y la doncella", de Franz Schubert. Tras lanzar el coche por un acantilado, regresa andando.
Los dos hombres se han emborrachado tras el estupor inicial. Miranda, que ha elogiado la capacidad política de Gerardo, se ha quedado dormido en el sofá del salón. Ella se descalza y entra con sigilo; en su mano lleva una pistola; se acerca hasta él, le mira detenidamente y luego huele su cuerpo: cuando se despierta le golpea con fuerza hasta que se desvanece. Luego le ata las manos a la espalda, le sienta en una silla y le sujeta los pies a las patas. Para evitar que grite le mete sus bragas en la boca y le cubre con cinta aislante.
No es una larga escena. En realidad, todo lo que ha hecho Paulina es como si lo hubiera ensayado durante mucho tiempo. Acaba de secuestrar al hombre que le mortificó durante días en su tortuoso cautiverio hace quince años. Nunca le había visto la cara, pero le resultan terroríficamente familiares su tono de voz y su olor corporal. Ella es ahora su verdugo y le golpea e insulta con dureza cuando empieza a gimotear.

Paulina, con su antiguo verdugo, Roberto Miranda.

El ansia de venganza se entremezcla con sus emociones. Por eso se echa a llorar cuando se pone encima suyo y le recuerda cómo era hace unos años. "Lo que más me ha afectado es encontrar esto en su coche. Vamos a escucharla para recordar viejos tiempos". Paulina está llorando, de nuevo aterrada, al escuchar "La muerte y la doncella", la música que ese hombre le ponía cada vez que la violaba.

- ¿Sabe cuánto hacía que no escuchaba este cuarteto? Si lo ponen en la radio la apago. Una vez tuve que salir corriendo de una cena para no oírlo. Escucharlo me ponía enferma, físicamente enferma. Pero ya es hora de que recupere a mi Schubert, a mi compositor favorito.

La música ha despertado a Gerardo, que se queda asombrado ante la escena. No es un hombre de acción, precisamente, sino más bien moderado y conciliador, virtudes que su esposa reprueba, pero que le pueden llevar a ser futuro ministro del Gobierno. Paulina ha decidido mantener a raya también a su marido porque no se fía de él. Tiene indefenso a Miranda, su antiguo verdugo, y en su contra a Gerardo, un hombre que cree en la democracia, en la reconciliación, en hacer tabla rasa del pasado. Pero ella, no. Para Paulina, el tipo que está atado y amordazado es el único criminal; y ella tiene la pistola y grandes deseos de venganza.


- Aunque sea culpable no puedes torturarle así.
- ¿Torturarle? Diriges la comisión del presidente y a esto llamas tortura. ¡Qué poco sabes de lo que te incumbe.

Desde el principio intuimos, no obstante, que Paulina busca más la verdad que la venganza. Quiere oír una confesión íntegra de Miranda, quiere saber por qué la violó hasta catorce veces, por qué al principio parecía un doctor de dulces palabras y delicadas atenciones para convertirse luego en un ángel de la muerte, más cruel que los brutales sicarios que le apalizaban. Le acusa, en definitiva, de supervisar, aprobar y participar en la tortura mental y física que sufrió durante dos meses.

Paulina es irónica, dura y mordaz con ambos, está dispuesta a aceptar que su verdugo se someta a una especie de juicio y pretende grabar todo lo que diga para utilizarlo en caso de que aquel hombre, una vez libre, pueda atentar contra ellos. Pero antes Gerardo quiere saber por qué nunca le dijo que había sido violada. A ella le vuelve a sonar muy falso y le reprocha que, si tan experto es en la lucha contra la dictadura, ya debería saber lo que les ocurría a las mujeres que caían en manos del ejército.
Su relato de los hechos resulta conmovedor. Paulina le cuenta por primera vez los detalles de su suplicio y lo hace al principio con una pasmosa tranquilidad, hasta que las lágrimas aparecen poco a poco y su voz se va quebrando conforme llega a los momentos más duros. "¡Dios, qué dolor! Era como fuego. Yo me puse a gritar, grité tan fuerte como cuando me aplicaban la corriente, pero él no se detuvo, ¡no se detuvo!".
Ella escandaliza a su marido cuando le revela que primero pretendía violar a Miranda para que supiera qué se siente y que llegó a plantearse pedirle a él que lo sodomizara. Ahora lo que quiere es arrancarle una confesión.

Paulina conduce a Miranda al acantilado.

- ¿Y qué pasaría si fuera inocente?
- Si fuera inocente estaría realmente jodido.
Cuando vuelven dentro, Paulina no cede ni un ápice en el control de la situación, pese a que la luz vuelve de forma inesperada y se produce un momento de pánico al dispararse su pistola. Suena el teléfono; es el propio presidente del país, que avisa a Gerardo de que dos policías acuden para protegerle, ya que al conocerse por una filtración que va a presidir la comisión de Derechos Humanos han recibido las primeras amenazas de muerte. Queda poco tiempo para la confesión y los dos hombres, uno como acusado y otro como abogado, preparan el simulacro de juicio.

- Tu mujer necesita una terapia.
- Tú eres su terapia.

Paulina vigila desde fuera, pero aún le queda una pregunta que le atormenta: cuando fue liberada regresó a casa de su novio y se lo encontró en la cama con otra mujer. Es una noche para liberarse de todos los temores y de todo aquello que le ha atenazado durante años. Gerardo le confiesa lo que necesita escuchar, incluso que él no hubiera aguantado las torturas ni un solo día.
La declaración de Miranda es deliberadamente falsa y fingida con el fin de que parezca inocente. Ella se da cuenta enseguida ("Esto no es una confesión, es una carta de recomendación") y se harta de esa farsa. Ahora está dispuesta a matarle. De repente, el doctor se libera, le arrebata el arma y se apodera de la situación durante unos instantes, justo hasta que vuelve la luz y el marido le golpea. A Miranda aún le queda una esperanza: llamar a un teléfono de Barcelona, donde una mujer puede atestiguar que en abril de 1977 él se encontraba en España.
Gerardo consigue contactar con esa mujer y le confirma lo que le ha contado Miranda, pero Paulina no traga: ella no va a presidir la comisión de Derechos Humanos, pero sabe que se trata de una tapadera preparada por los militares para proporcionar coartadas a los criminales de la dictadura. La suerte de Roberto Miranda está echada, han llegado al acantilado por donde cayó su vehículo.

- Míreme. Hay suficiente luz para que pueda verme. ¿De verdad no me conoce? ¿No me contó sus sucios pensamientos? ¿No me contó sus secretos?

Él empieza a confesar tranquilamente, resignado a morir, con una sinceridad apabullante. La escena es magnífica; el momento resulta impactante más por cómo lo cuenta que por las revelaciones en sí. Gerardo se abalanza contra él con intención de tirarle, pero no puede hacerlo. Ella, que se ha apartado tranquilamente, satisfecha, ni siquiera se ha movido para detenerlo porque sabe perfectamente que su marido no se atreverá a matarlo. Roberto Miranda se queda solo y libre, al borde del precipio.
La película ha sido un largo flash-back. Han pasado varios meses y Gerardo y Paulina asisten a un concierto. En el escenario, un cuarteto de cuerda interpreta "La muerte y la doncella". Ella sigue estando tensa y parece asustada; eleva su vista hacia los palcos del teatro y ahí está, con su familia, Roberto Miranda, que le devuelve la mirada casi con añoranza. Da la impresión de que Paulina sigue siendo una eterna víctima.

La película
- Roman Polanski adaptó para el cine la obra teatral de Ariel Dorfman, que había escrito "La muerte y la doncella" en 1991 y que fue coguionista del film, junto con Rafael Yglesias. Lógicamente, algunas situaciones cambian respecto a la pieza escénica, que en Broadway interpretaron Richard Dreyfuss (Gerardo), Gene Hackman (Miranda) y la excelente Glen Close, bajo la dirección de Mike Nichols.
- Una de las diferencias principales es que la acción en la película se desarrolla sólo a lo largo de una noche. Polanski rodó en orden cronológico, excepto la escena final del acantilado, que tuvo que filmarla al amanecer.
- El rodaje del film se desarrolló en Chile, en Francia y en las localidades gallegas de Meirás, El Ferrol y Valdoviño.
- Polanski revivió con esta gran película la experiencia de "El cuchillo en el agua" (1962), un film que comparte la misma atmósfera claustrofóbica y un reparto de tres personajes.
- Como ocurre en la versión teatral, no hay ninguna alusión a ningún país concreto, pese a que Dorfman vivió en Chile durante muchos años. En la película se alude a los "escuadrones de la muerte", propios de la dictadura brasileña, pero también se puede interpretar alguna referencia de Argentina.
- El film obtuvo generosas criticas con todo merecimiento. Pocos cineastas como Polanski podrían reflejar la enfermiza atmósfera, cargada de tensión y electricidad, como ocurre en esta película. Además de la magnífica actuación de Sigourney Weaver, Ben Kingsley está soberbio y Stuart Wilson, con un personaje de menor carga emocional, completa perfectamente el ajustado reparto.



jueves, 16 de diciembre de 2010

Ed Horman

(Jack Lemmon, "Desaparecido")

Ed Horman busca con desesperación a su hijo en el Estadio Nacional.

Uno de los momentos más admirables que recuerdo de Jack Lemmon sucedió allá por 1998 en un programa de televisión, en el imprescindible (y hace tiempo olvidado por los canales españoles) "Inside the Actor's Studio" que dirigía magistralmente James Lipton. Estaban hablando de "Días de vino y rosas" (1962, Blake Edwards, tristemente fallecido cuando termino estas líneas), en la que Lemmon interpretaba a Clay, un alcohólico, y el actor añadió:
Lemmon: - Alcohólico como soy yo, dicho sea de paso.
Lipton: - ¿Quién?
Lemmon: - Yo.
Lipton: - ¿Estás hablando como Clay o como Jack Lemmon?
Lemmon: - No, como Jack Lemmon. Soy un alcohólico.
Fue una revelación tan asombrosa e inesperada que Lipton no podía ni consolar a ese gigante del cine que estaba abriendo su corazón con lágrimas en los ojos. Si ya entonces le apreciaba por su talento, desde entonces admiré mucho más cada uno de sus personajes: de alguna manera comprendes que el hombre íntegro, honesto, frágil y a veces angustiado que se esconde en muchas de sus películas es realmente la persona, no el actor.
Además de esas cualidades, en 1982 demostró que era una persona comprometida en la lucha contra la injusticia al aceptar el papel de Ed Horman, el hombre que se enfrentó al Gobierno de los Estados Unidos por su implicación en la desaparición de su hijo Charles Horman y en el sanguinario golpe de Estado en Chile. Hay que tener en cuenta que en esa época -sólo nueve años después del fatídico 11 de septiembre de 1973- era muy arriesgado meterse en un proyecto cinematográfico que acusaba a la Casa Blanca de facilitar la insurrección militar de Augusto Pinochet. No fue hasta 1998 cuando se desclasificaron los documentos secretos que involucraban a la CIA y a altos mandos militares de la Inteligencia Naval estadounidense con la brutal dictadura chilena.
El argumento de "Desaparecido" ("Missing", de Constantin Costa-Gavras) se ajusta muchísimo a lo que ocurrió realmente, porque está basado en los testimonios de la viuda de Charles y del propio Ed y, sobre todo, porque el tiempo se encargó de confirmar la base de esas acusaciones:
El 16 de septiembre de 1973, cinco días después del golpe de Estado, el periodista Charlie Horman (John Shea) es secuestrado en su domicilio de Santiago por militares chilenos y desaparece. Ante la alarmante falta de noticias, su padre llega al país para tratar de averiguar su paradero. No se fía de su nuera Beth (Sissy Spacek) porque ella comparte las ideas izquierdistas de su hijo y está convencido de que su ausencia es producto de su propia irresponsabilidad. Pero la mentalidad de Ed Horman se transformará por completo cuando compruebe poco a poco que el Gobierno estadounidense está involucrado no sólo en el golpe militar sino en la misma desaparición de Charlie.
Jack Lemmon sorprende gratamente en un papel tan dramático. Aunque ya había protagonizado "El síndrome de China" (1979, James Bridges), es en esta película cuando borra todos los gestos característicos que le identificaban como actor puro de comedia. Su Edmond Horman es un hombre creyente, de moral y talante conservadores, respetuoso con la autoridad y defensor de unos firmes valores que él cree arraigados también en la democracia de su país, entre ellos la justicia y la honestidad.
La evolución del personaje arranca en una primera fase de impaciencia y malestar. Culpa a su hijo y a su nuera de haber metido las narices donde nadie les llamaba. Está convencido de que Charlie ha hecho algo que no debía y por eso se ha visto obligado a huir. Por supuesto, está seguro de que sobrevive, quizá escondido con algún grupo de contrarios a la dictadura. Le sorprende y le irrita, además, la actitud de franca hostilidad que tiene su nuera hacia el embajador norteamericano (Richard Venture) y sus asesores.

- Si hubiérais prestado atención a las cosas básicas esto no hubiera ocurrido.

- ¿Y qué son las cosas básicas, señor Horman? ¿Dios, Patria y Wall Street?

Sumiso y amable con los representantes de su Gobierno en Chile, Ed investiga por su cuenta, habla con testigos, con amigos de Charlie, con funcionarios chilenos y con una periodista independiente, Kate Newman (Janice Rule), que conoció a su hijo cuando los militares iniciaron el golpe en Viña del Mar. Cuando Ed pierde los nervios dentro de un coche ante un tiroteo indiscriminado en plena calle, Kate le hará ver que ha reaccionado exactamente igual que Charlie días atrás. "¡Es usted como su hijo! ¡Ha hecho la misma tontería que hizo él!".

Beth y Ed, con la periodista Kate Newman.
Quizá lo que más le sorprende es la revelación de Terry (Melanie Mayron), amiga de la pareja; ésta desvela el crucial encuentro que tuvieron con un tejano llamado Andrew Babcock (Richard Bradford), que se encontraba en Viña del Mar sin ser ningún turista: "La Marina me ha enviado a hacer un trabajito y ya está hecho". Lo que le escandaliza es que Terry y Charlie durmieran juntos en un hotel y que a su nuera no le importara; o que Beth y Terry se alojaran en casa de uno de los asesores militares de la embajada norteamericana, el capitán Ray Tower (Charles Cioffi), y su nuera se metiera en su bañera. Esas situaciones no encajan con su moralidad y con su sentido de la decencia.
Conforme pasan los días, comienza a poner en duda la versión diplomática de su país. Cuando el cónsul Phil Putnam (David Clennon) le pregunta con mucha torpeza qué clase de contactos tiene para que tantos altos cargos de Washington se hayan interesado por su caso, Ed Horman se da cuenta de que no es la primera vez que actúan con una intencionalidad oculta y le replica con frialdad: “Sólo soy ciudadano americano”
El hecho esencial es la falsa información que le dan sobre el paradero de otro amigo de Charlie, Frank Teruggi (Joe Regalbuto). Según la embajada, Teruggi regresó a Estados Unidos, pero su familia y amigos le dan por desaparecido. Ed Horman intuye que ambos han sufrido la misma suerte por saber demasiado y decide apelar directamente a la compasión. Su nueva conversación con el embajador es, desde el punto de vista emocional, impactante y muy reveladora. Se empeña en dejar muy claro, por si puede servir para salvarle, que no moverá ningún hilo si se lo devuelven vivo. Se ha dado cuenta, en definitiva, de que la vida de Charlie depende siniestramente de quienes deberían haberle defendido.

“Tal vez fue torturado, tal vez lo golpearon tanto que lo retienen hasta que esté en condiciones de volver. No lo sé y no me importa. De verdad que no me importa. Porque lo que está hecho, hecho está. No armaré alboroto, no hablaré con la prensa… Sólo quiero recuperar a mi hijo”.

Sus súplicas apenas encuentran respuesta, excepto para entrar en lugares como el Estadio Nacional, donde cientos de personas se encuentran retenidas por los militares a la espera de un destino incierto. En una conmovedora escena, Horman se dirige con un micrófono a la multitud con la esperanza de que Charlie, cualquiera que sea su estado, pueda escucharle y dé señales de vida. Cuando alguien baja corriendo por las gradas, Ed se precipita a su encuentro, eufórico, pero se lleva una doble decepción: además de no ser su hijo, el joven le reprocha que haya privilegios en el trato a los prisioneros.

Sissy Spacek y Jack Lemmon en la emotiva escena del estadio.  

A estas alturas, Ed Horman es un hombre angustiado, resignado a la suerte de su hijo, sea cual sea, y ansioso por salir de un país que odia profundamente. Observa una película casera en la que Charlie habla de paz, de igualdad y de libertad y se queda perplejo, como si ese discurso fuera exactamente el suyo; aprecia sus dibujos y sus escritos y comenta admirado: "Parece tan inocente, es casi deliberadamente ingenuo". Pese a las diferencias ideológicas entre ambos, Ed descubre un vínculo que les une por encima de las formas, como si ambos defendieran esencialmente los mismo objetivos y valores.
Ed intuye que el destino de Charlie ha sido la muerte cuando descubre el cuerpo sin vida de Teruggi entre cientos de cadáveres sin identificar. El testimonio de un agente chileno que asegura haber presenciado el brutal interrogatorio a un tal Horman delante de un militar norteamericano le confirma la sospecha de que fue torturado y asesinado por orden estadounidense.
En pocos días cambia radicalmente. Sigue creyendo en las mismas ideas, en la fe cristiana, la justicia, la honestidad o la libertad, pero no en esa autoridad que debía defenderlas, según la doctrina que aprendió de niño, y que él tanto respetaba. Ahora ve a Beth por fin como una idealista sincera, una frágil víctima y “una de las personas más valientes que he conocido en mi vida”.
La Fundación Ford le confirma la muerte de su hijo y Ed Horman regresa a su hotel hundido y derrotado. Allí le llaman desde la embajada para que acuda deprisa, ya que tienen una importante noticia que comunicarle: saben que Charlie se escapó del país con un grupo de izquierdistas. Su reacción deja mudos a los diplomáticos y nos deja fascinados a los espectadores: no hay ira ni violencia; con su mirada y sus palabras muestra una increíble dignidad y un absoluto desprecio a quienes han ordenado la muerte de su hijo. “¿Cuál es su papel aquí además de apoyar a un régimen que asesina a miles de seres humanos?”, recrimina al embajador.

Beth y Ed Horman, en el aeropuerto, de regreso a Estados Unidos.

Poco después, la diplomacia norteamericana reconoce la versión real y admite la muerte de su hijo. La confirmación oficial hunde a Ed, que recoge, emocionado, todos los dibujos, notas y objetos personales de Charlie y reclama todo lo que los militares le requisaron. Se marcha del país hastiado y cansado, pero aún tiene fortaleza para anunciarle al cónsul que va a calentar todo el asunto de tal forma "que van a desear estar trabajando en la Antártida".

- Bueno, supongo que es su privilegio.
- No, es mi derecho. Gracias a Dios vivimos en un país donde todavía podemos poner a gente como usted en la cárcel.

Una voz en off relata que Ed Horman inició un proceso contra once funcionarios estadounidenses, entre ellos Henry Kissinger, pero sin éxito. Mientras, en marzo de 1974 llegaba a Estados Unidos el cadáver de Charlie, con el retraso suficiente como para frustrar la autopsia. Murió veinte años después sin poder cumplir su sueño de ver en la cárcel a los que ordenaron y ejecutaron su asesinato. Jack Lemmon inmortalizó su angustia y el germen de una injusticia que sigue sin esclarecerse.

La película
- Con esta obra maestra, Costa-Gavras volvió a denunciar, como ya hiciera en “Estado de sitio”, la implicación de Estados Unidos en dictaduras militares que servían a sus intereses. En esta ocasión, la ficción se quedó incluso corta: desde 1982 hasta ahora se conoce mucho mejor la vinculación norteamericana en el sangriento golpe de Estado de Pinochet (confirmada inicialmente en el Informe Church en 1975) y también las maniobras de Richard Nixon para acabar con la democracia en Chile. El ‘caso Horman’ sigue abierto, al igual que los de otras muchas desapariciones y ejecuciones.
- El director griego no encontró, obviamente, muchas facilidades para rodar la película en Estados Unidos (y mucho menos en Chile, por supuesto) y el equipo tuvo que filmar en México.
- Hollywood reconoció la calidad de la película y la interpretación de Jack Lemmon y de Sissy Spacek, aunque sólo ganó el Oscar al Mejor Guión, de Donald E. Stewart y del propio Costa-Gavras, basado en el relato "Missing" de Thomas Hauser.
- Como ya hiciera en la magnífica "Z" (1969), Costa-Gavras eludió hablar del país (no se menciona a Chile en ningún momento) y cambia todos los nombres de los militares, asesores, agentes y diplomáticos involucrados por otros nombres ficticios, aunque con semejanzas fonéticas. Por ejemplo, el enlace de la CIA llamado Ray Tower en el film era en realidad Ray Davis y el coronel "Sean Patrick" toma el nombre de un tal Patrick Ryan, ambos presuntamente decisivos en el golpe militar. La decisión del director se explica en los títulos de crédito: "Para proteger a los inocentes así como a la película”. Los inocentes sí aparecen con sus nombres reales, excepto Joyce Horman, la viuda de Charlie, que prefirió que Costa-Gavras utilizara mejor el nombre de Beth, la madre de su marido asesinado.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Deanie Loomis

(Natalie Wood, "Esplendor en la hierba")

Deanie sueña con Bud. 

La misteriosa muerte de Natalie Wood acabó convirtiendo su vida en un atractivo enigma. Desde que se ahogó en 1981 han surgido muchos amantes ocultos, testimonios sobre su frenética afición a las drogas, al alcohol y al sexo y revelaciones acerca de sus desequilibrios emocionales. En su autobiografía "Mi vida", Elia Kazan la define como una joven inquieta, de "apetitos no satisfechos" y "una de esas chicas malas de la high school que tienen aspecto de niñas buenas". Gracias a esa impresión, que parece un calco de su personaje en "Rebelde sin causa" (1955), protagonizó el espléndido papel de Deanie Loomis en "Esplendor en la hierba" ("Splendor in the grass", 1961).
La película es un crudo retrato de la infelicidad, de los momentos de intensa belleza que jamás volverán, de las complejas relaciones entre padres e hijos y de la represión sexual que sufre la juventud justo cuando más necesita liberarse. "Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo"Estos versos de la "Oda a la inmortalidad", que escribió el poeta William Wordsworth en 1807, podrían considerarse perfectamente como la base del guión que escribió William Inge, aunque realmente el origen es la historia real de una pareja de adolescentes que el escritor conoció en Kansas. El director Elia Kazan intervino decisivamente en ese guión. 
1928. Kansas (Estados Unidos). Deanie Loomis y Bud Stamper (Warren Beatty) son dos adolescentes que, por prejuicios, educación y convencionalismo, no pueden saciar sus deseos sexuales. La frustrante situación se agrava cuando el autoritario y manipulador padre de Bud, Ace Stamper (soberbio Pat Hingle) presiona a su hijo para que estudie en la Universidad antes de casarse. Cuando Bud decide romper durante un tiempo la relación, Deanie no puede soportarlo y sufrirá un grave trastorno mental que le llevará al intento de suicidio y, más tarde, a un centro psiquiátrico. Cuando regresa, dos años y medio más tarde y en medio de la profunda crisis que sufre el país por el "crack del 29", la belleza de las cosas sólo queda ya en el recuerdo.

El deseo sexual de la pareja, siempre aplacado.

Deanie piensa como una enamorada, pero actúa según la educación que le transmite su madre (Audrey Christie), una mujer dominante y preocupada por el hecho de que su hija acaba de llegar a la adolescencia. Para ella, el porvenir de una mujer consiste en encontrar un hombre que la respete hasta el matrimonio y que sea un buen partido. "Tu padre no me puso la mano encima hasta que nos casamos. Y entonces cedí porque una esposa tiene que entregarse. Una mujer no disfruta de esas cosas como lo hace el hombre", le aconsejará ante el estupor de ella.
En el caso de Bud, quien controla todas las situaciones, tanto la rica hacienda, los pozos de petróleo o el futuro de su hijo, es el padre. El deseo de Ace es conducir la vida de su hijo sin importarle lo que realmente quiere. Su preocupación es también el sexo, porque podría frustrar sus planes. "Tendrías que casarte con ella. ¿Te haces cargo, hijo?", le advierte seriamente. En ambos casos, el amor es secundario para los padres.
Deanie tiene claro qué es lo que quiere. En clase, mientras los compañeros atienden a la profesora, ella escribe en un cuaderno la invitación de boda que algún día enviará a sus amigas. Es una chica envidiada porque sale con el más apuesto, el mejor deportista, el hijo del más rico de la ciudad. Aunque la pasión y el deseo no satisfechos le mortifican tanto como a Bud, ha decidido seguir los consejos de su madre y esperar, aunque sin descuidarse: cuando Juanita (Jan Norris) coquetea con su novio, ella se inquieta y reaccionará celosa.
La atmósfera que Elia Kazan recrea entre ellos es deprimente: besos fugaces, miradas cargadas de lujuria, de sufrimiento y ansiedad, un deseo compartido que no pueden culminar porque ninguno tiene la fuerza suficiente como para liberarse del peso moral que sus padres les han impuesto. Deanie ama realmente a su chico, haría cualquier cosa por él. "Me pondría de rodillas para adorarte si me lo pidieras", le confiesa muy seria cuando ambos juguetean en casa de ella.
El problema de Deanie es que la personalidad de Bud está siendo anulada por su padre. Ace le anima a ir con prostitutas para desahogar la pasión que siente, le compromete a estudiar en la Universidad contra sus deseos y le obliga a ejercer de "carabina" de su liberada hermana Ginny (Barbara Loden). Tras recibir una paliza por defender a Ginny, la mente de Bud acaba explotando y decide romper momentáneamente su relación con Deanie: se encuentra en un callejón sin salida y ha elegido apartarla de sus problemas. En realidad ya no puede soportar más estar con ella sin poder satisfacer su pasión. Prefiere hacerlo con Juanita, una altiva compañera de su novia.

Deanie lee los versos en clase.
Deanie se siente humillada y destrozada. En la espléndida escena en clase de Literatura, la profesora Metcalf (Martine Bartlett) le elige a ella precisamente para que recite los versos de Wordsworth. Delante de todos, con la voz entrecortada, los ojos llorosos y ante la burlona mirada de la propia Juanita, tendrá que leer el poema e interpretarlo, que será tanto como estar abriendo su corazón. "Cuando eres joven ves las cosas de un modo muy idealista, supongo. Y creo que Wordsworth quiere decir que cuando crecemos tenemos que olvidar los ideales de la juventud y encontrar fuerza". Deanie no encuentra esa fuerza para seguir y tiene que huir del aula, presa de una crisis nerviosa.
Elia Kazan plantea una magistral escena en su casa: Todo parece tranquilo, su madre le llama a cenar con dulzura, y ella avanza con recelo, insegura, como si en cualquier momento pudiera echarse a correr. La cámara nos muestra un suculento plato de asado de ternera y puré de patatas que ella no va a poder digerir. Baja la persiana como si tuviera miedo de que alguien la vea y juguetea con la carne, mientras sus padres le dan la noticia: son ricos, sus acciones se han revalorizado. Pero a ella no le importa; cuando su padre menciona que Bud Stamper tiene un coche nuevo, Deanie se derrumba y sale de la habitación. En voz baja, con enorme dramatismo pero como si fuera una simple confidencia, le susurra a su madre:

- "Mamá, no puedo comer. No puedo estudiar. No puedo ni estar con mis amigos. Quiero morirme. Quiero morirme"
.

Natalie Wood está espléndida en esos momentos. Su personaje quiere gritar, destrozaría la casa si pudiera, pero le han enseñado a contenerse y trata de ocultar su angustia y desesperación. Lo único que puede hacer, cuando se encuentra en la bañera, es mostrar sus ansias suicidas cuando su madre, de forma muy torpe, le pregunta si ha hecho algo con Bud de lo que pueda arrepentirse. "¡No, mamá, no estoy desflorada! ¡Soy tan pura y virginal como el día en que nací!". La reacción de sus padres es muy significativa: están más preocupados por si los vecinos la oyen gritar que por su salud emocional.  
Decidida a todo con tal de recuperar a su antiguo novio, cambia su imagen de manera radical para asistir, meses después, a una fiesta del colegio. Se corta el pelo y luce un corto vestido con el propósito de demostrarle que está dispuesta a lo que sea. Bud la sigue viendo como una buena chica, su amor es más platónico que físico, y por eso rechaza su invitación para entrar en el coche y hacer el amor, pese a las súplicas de ella. El momento es de una intensidad emocional insuperable.

Dos momentos del descenso a los infiernos de Deanie.

- Deanie, ¿dónde está tu orgullo?
- ¡Mi orgullo! ¡Mi orgullo! ¡Me trae sin cuidado mi orgullo! ¡Ya no tengo orgullo!
El rechazo de Bud le conduce al intento de suicidio. Deanie se va en el coche de un compañero de clase y se mete en el lago, dispuesta a que las aguas acaben con su vida. Pese a que la rescatan antes de ahogarse, su mente se ha desequilibrado y tendrá que ser recluida en un centro psiquiátrico.
Los acontecimientos se disparan mientras ella está internada. El "crack del 29" provoca una gran depresión en el país. Ace Stampler lo pierde todo y acaba tirándose por la ventana de un hotel. Bud se ha metido en la Universidad pero abandona los estudios tras la muerte de su padre. Deanie se ha infantilizado en el centro; parece muy feliz alejada de sus conflictos internos. Su mejor amigo es Johnny (Charles Robinson), otro joven trastornado por el capricho de un padre, que le obligó a ser cirujano.
Definitivamente, el problema de Deannie es su madre, que en su primera visita a su hija pretende fingir que todo está como siempre. "No te pasa nada, recuérdalo. Estás perfectamente bien". Su insistencia y la forma en que tiene de tratarla como a una niña le hacen sentirse tan incómoda como cuando le preguntaba tiempo atrás sobre su virginidad. Su padre, Del Loomis (Fred Stewart), comprende enseguida que su hija no está preparada para aceptar ni la hipocresía ni el fingimiento. "Creo que ya no podré volver a casa. Creo que no puedo sentir lo mismo que sentía antes por ellos", le revela al doctor Judd (Ivor Francis), con quien se siente muy segura y confiada. El doctor es el único que le pregunta por Bud, el único que se interesa por saber si ese nombre todavía le hace daño. Deanie responde afirmativamente con la cabeza. "Ya te sentirás más fuerte para afrontarlo con el tiempo".
Dos años más tarde, cuando ya está recuperada y dispuesta para volver a la vida real, el psiquiatra vuelve a hacerle la misma pregunta y le anima a enfrentarse a ese miedo. Johnny le ha pedido en matrimonio y antes de aceptar tiene que estar segura de que no ama todavía a Bud. Cuando vuelve a casa, ni sus amigas ni su madre quieren hablar de él, pero sí lo hace su padre, que le le dice dónde puede encontrarlo.
Creo que la escena del reencuentro con Bud es uno de los finales más hermosos y fascinantes que he visto en mi vida. Posee una tristeza casi abrumadora y una notable carga de melancolía. Ella está esplendorosa y guapísima; él, sucio y desarreglado, con una imagen muy diferente a la de cuando era joven. Pero ellos se siguen viendo como antes, apreciamos que el amor perdura, pese a que Bud se ha casado con una camarera italiana, Angelica (Zohra Lampert) y va a ser padre por segunda vez. Los versos de Wordsworth vuelven a sonar cuando se despiden para recordarnos que no hay que afligirse, porque la belleza perdurará en el recuerdo.

La película
- "Me gustaría contar una historia de cómo debemos perdonar a nuestros padres", le explicó el guionista William Inge a Elia Kazan. Inge se estaba psicoanalizando en esa época debido a los traumas causados por las relaciones con sus padres.
- La historia original parte de un relato corto que escribió Inge sobre una pareja real que en 1929 se vio obligada a separarse por la gran depresión económica.
- Las continuas referencias sexuales en la película quizá tuvieran que ver también con el momento sentimental que estaba atravesando el propio director, que vivía con su esposa e hijos pero que estaba liado con la actriz Barbara Loden, que interpreta a Ginny, la hermana de Bud.
- Natalie Wood apodó a Warren Beatty "Angustia mental" porque resultaba un tipo engreído y odioso. Aunque al principio estaban muy distanciados, ambos acabaron siendo amantes casi sin que el equipo de rodaje se diera cuenta.

Kazan, Beatty y Wood.
- Elia Kazan no estaba muy seguro de que la actriz pudiera encajar en el papel, la consideraba una niña prodigio acabada. No obstante, una charla con ella le sirvió para darse cuenta de que se trataba de la elección ideal. "Al verla detecté un brillo de desesperación en sus ojos".
- La película se estrenó con cierto retraso, por lo que coincidió con "West side story", también interpretada por Natalie Wood. 1961 resultó el mejor año para la actriz; aunque fue nominada para los Oscar por su papel de Deanie Loomis, el premio se lo llevó Sofia Loren por "Dos mujeres".
- Elia Kazan no dedica mucho espacio en su autobiografía a esta película -muy valorada por directores franceses como Bernard Tavernier, entre otros- pero sí se sintió muy orgulloso del final del film.
- Natalie Wood sentía un pánico tremendo al agua y se mostró reaccia a interpretar la escena en la que trata de ahogarse en el lago. Un técnico tuvo que sumergirse debajo del agua por si necesitaba ayuda; cuando salió se puso a reír de forma histérica. Fatalmente, su muerte se produjo en 1981 en esas circunstancias, cuando se ahogó al caerse del yate en el que también se encontraban su marido Robert Wagner y el actor Christopher Walken. El yate se llamaba "Splendor", en honor a la película.


viernes, 10 de diciembre de 2010

James Bond

(Sean Connery, "Goldfinger")

Bond, con una copa del mejor coñac en sus manos.

- ¿Por qué lleva siempre pistola?
- Tengo un ligero complejo de inferioridad.

Se suele considerar a "James Bond contra Goldfinger" ("Goldfinger", 1964) como la mejor película de la inagotable saga del agente 007. "Bondólogos", críticos de cine e incluso diseccionadores escépticos del personaje coinciden en señalar este film como el más completo y de mayor calidad de los 22 oficiales ("Nunca digas nunca jamás", de 1983, surgió al margen de la productora) que se han realizado hasta 2008. Incluso el público de la época recibió "Goldfinger" con un entusiasmo ilimitado, sin precedentes ni comparación posible con otras entregas posteriores.
Aunque me he acostumbrado a tratar las películas de James Bond como un todo inseparable (hay escenas, diálogos, artilugios y personajes muy brillantes en cada una de ellas), reconozco que, si tuviera que elegir una, sería ésta, entre otras razones porque marca el patrón de estilo para casi todas las demás, un molde que, por reiterativo que resulte, siempre nos ha fascinado a la mayoría de incondicionales de 007.
En "Goldfinger" por fin adquiere más protagonismo el personaje de Q (Desmond Llewelyn), con declarada antipatía hacia el héroe; la escena de coqueteo entre Bond (Sean Connery) y Monypenny (Lois Maxwell) alcanza entidad propia y será un sello más para las escenas iniciales de las siguientes aventuras; se introduce el afortunado "teaser" (secuencia inicial diferente a la trama principal) que abrirá las posteriores películas; el jefe M (Bernard Lee) marca perfectamente su autoridad y posee sus propios latiguillos ("Preste atención, 007"); y, para no extenderme demasiado, los títulos de crédito de Maurice Binder y la canción que los acompaña (en este caso, de Shirley Bassey, que logró un extraordinario éxito) se convierten en elementos indispensables para la serie.
También el agente 007 está perfectamente definido: muestra ya el cinismo y el peculiar sentido del humor que -al menos hasta la irrupción de Daniel Craig- va a caracterizar a las demás entregas; es más humano, menos grave y tenso, ya no mata a sangre fría y, aunque le afectan las cuestiones personales, antepone siempre el sentido del deber; demuestra ser "excepcionalmente culto" (como le definirá un personaje de "Sólo se vive dos veces", 1967) ya sea para hablar de vinos, de geografía o de oro; es elegante, sibarita, sensual, machista como siempre, afortunado, cortés y refinado, experto en artes marciales, en armas, en vehículos, en el dominio de cualquier tecnología avanzada, en el arte de la seducción... aunque quizá flojea un poco en música: para él, beber un Dom Perignon del 53 a más de 4 grados de temperatura es un crimen tan grande como "escuchar a los Beatles sin taparse los oídos".
Otro de los grandes méritos de la película es la poderosa personalidad que poseen el villano y su principal esbirro. Auric Goldfinger (Gert Fröbe) es uno de los mejores 'malos' de la saga, a la altura de Francisco Scaramanga (Christopher Lee, "El hombre de la pistola de oro", 1974), al que considero el más logrado. Y Oddjob (Harold Sakata) compone, con su mortífero sombrero, su helada sonrisa y sin necesidad de hablar, uno de los secuaces más impactantes de la serie.

James Bond, elegante en cualquier situación.

Pero vayamos con James Bond. Connery le aporta en esta película una apariencia de simpático vividor, más sociable y cordial que en las dos anteriores películas, y con un aire divertido y despreocupado que ya se perfilaba en "Desde Rusia con amor". En el episodio de presentación, que transcurre en México, se quita el traje de buzo y aparece vestido con un impecable esmoquin blanco; cuando estalla la bomba que ha colocado para destrozar depósitos de heroína, mira con cara angelical como si no supiera de qué va el asunto; antes de viajar a Miami se entretiene con una bailarina en su camerino, donde le espera un matón que acaba electrocutado en la bañera. "Chocante. Realmente chocante". Es la primera coletilla de humor que los siguientes Bond aplicarán con frecuencia (sobre todo Roger Moore), cuando liquiden a los malos.
Bond debe vigilar a un orondo traficante de oro y joyero de prestigioso, a quien le gusta hacer trampas jugando a las cartas, llamado Goldfinger. 007 no puede resistir la tentación de desmontarle el tinglado que le ha preparado a un incauto. Pero las consecuencias serán terribles para la joven Jill Masterson (Shirley Eaton), que le ha ayudado: aparece muerta en la cama por asfixia cutánea, ya que su cuerpo ha sido cubierto con un baño de oro.

James examina el cadáver de Jill Masterson.

James Bond es un profesional y aparcará sus tímidos deseos de venganza. De regreso a Europa se cita con el villano en un campo de golf y demostrará su gran facilidad para desquiciar a cualquier enemigo. Es una de las características novedosas del personaje, que no se toma en serio ni a sí mismo excepto en los momentos de alta tensión. "Cuide su próximo chiste, señor Bond, puede ser el último", le advertirá Goldfinger. La táctica que emplea, por ejemplo, para escapar del calabozo es muy significativa: se asoma a la ventanilla de la celda y sonríe con ánimo de coquetear con su sorprendido guardían; se aleja y vuelve a acercarse, esta vez con una pícara mirada que confunde al carcelero; finalmente, se agacha y desaparece de la vista del esbirro, quien acabará abriendo la puerta.
Pese a ser un hombre de acción, Bond se relaja como nunca en esta película. Durante buena parte de la trama, el agente 007 es prisionero de Goldfinger, bien vigilado por la bellísima e impactante Pussy Galore (Honor Blackman), que deja más o menos claras sus preferencias sexuales con insinuaciones sobre su lesbianismo. "No malgaste su atractivo, soy inmune", le advierte nada más conocerse.
No obstante, pese a esta aparente pasividad del personaje, el film contiene algunas de las escenas más inolvidables de la serie: además de la archifamosa muerte de Jill Masterson, cubierta de oro, o el original método de asesinato de uno de los financieros invitados por el villano (aplastado en un vehículo que acaba reducido a chatarra), el momento de mayor tensión sucede en un almacén de mercancías propiedad de Goldfinger. Bond está atado sobre una tabla y un rayo láser comienza a cortar lentamente la madera, con el propósito de partir en dos al héroe.

- "¿Espera usted que hable?
- ¡No, señor Bond! Espero que muera

Bond sobrevive justo a tiempo y será testigo de los planes criminales de su anfitrión, que pretender asaltar Fort Knox, el más importante banco de oro del mundo. Siguiendo el esquema clásico de la saga, tendrá que eliminar primero al esbirro principal, a Oddjob, que morirá electrocutado al intentar recoger su mortífero sombrero. El enfrentamiento con el malo principal será la sorpresa final de la película, como ya ocurrió en "Desde Rusia con amor" y como sucederá en muchos de los siguientes filmes.

Oddjob y Goldfinger, dos soberbios malvados.

James Bond no salva al mundo. Ni siquiera es el artífice de que Fort Knox se libre de volar por los aires, ya que será un experto en bombas explosivas quien detenga el mecanismo justo cuando faltan 007 segundos para el fatal desenlace. Pero es más humano que en otras películas y, por si fuera poco, vencerá la resistencia de Pussy Galore. Ya sólo por esto es un héroe este Bond.

La película
- En 1964, Sean Connery se tomó muy en serio el papel de 007 y transmitió a los productores Albert R. Broccoli y Harry Saltzman que estaba en plena forma para acometer la tercera película de la saga, tras haber vacilado un poco al pretender desligarse del personaje para dedicarse a otros proyectos cinematográficos. El suculento sueldo que le ofrecieron y la posibilidad de rodar a la vez "Marnie", de Alfred Hitchcock le convencieron para seguir en la piel de Bond.
- La película constituyó un rotundo éxito de público y se convirtió no sólo en una de las más taquilleras de 1964 sino en un fenómeno del merchandising. Una de las grandes sensaciones fue el Aston Martin DB5, que se convirtió en el coche de moda para la alta sociedad de la época.
- Guy Hamilton sustituyó a Terence Young en la dirección debido al elevado sueldo que pidió éste a los productores por dirigir de nuevo a Bond. Young volvería tras las cámaras en "Operación Trueno", mientras que Hamilton se encargó de tres películas más de la serie.
    
La inolvidable Pussy Galore.
- Gert Fröbe fue elegido para el papel de Goldfinger debido a su gran actuación en la película de Ladislao Vajda "El cebo", que impresionó a Hamilton y a los productores. Lo único malo es que no tenía ni idea de inglés y tuvieron que doblarle su voz.
- Harold Sakata era un luchador hawaiano que había sido medallista olímpico en 1948. Pese a la brutalidad de su personaje, se trataba de un tipo cordial y encantador. Como desconocía los trucos habituales en el cine, Sean Connery sufrió un fuerte golpe en la nuca durante la escena en que le asalta en la habitación del hotel.
- La elección de Honor Blackman para el papel de Pussy Galore fue decisión de Guy Hamilton. Había triunfado en la serie televisiva "Los vengadores" y existían dudas debido a su excesiva edad para el papel (37 años), pero hoy en día es una de las "chicas Bond" más memorables.
- La célebre escena del rayo láser no tenía truco, el haz de luz dorado cortaba realmente la tabla sobre la que reposaba Connery. Los técnicos habían dispuesto un mecanismo para que se detuviera en el momento preciso y el actor sufrió realmente la alta tensión de ese momento.
- El escritor Ian Fleming, creador de las novelas de James Bond, visitó el rodaje de la película pero no pudo verla, ya que falleció meses después, en agosto de 1964.
- Shirley Eaton conquistó la fama pese a su breve aparición en pantalla. Pero para el público y los medios de comunicación fue una revelación contemplar su figura bañada en oro. Durante el rodaje de la escena, un médico estuvo constantemente a su lado porque existía riesgo real de asfixia cutánea.



domingo, 5 de diciembre de 2010

Sally Bowles

(Liza Minnelli, "Cabaret")

Espléndido fotomontaje de Sally Bowles/Liza Minnelli.

- Bueno, ¿te acuestas con mujeres o no?

- Sally, esas cosas no se preguntan.
- Yo sí.

Sally Bowles
es un personaje que interpreta a varios personajes. Quiere ser una mujer fatal, misteriosa y codiciada por los hombres; sueña con imitar a la "vampiresa" de cine mudo Lya de Putti, aunque luego la desprecia; es una cantante de cabaret que quiere triunfar en la música, pero que se acuesta de vez en cuando con clientes; presume del cariño y de la compañía de su padre, un diplomático que nunca le ha hecho caso; aparenta ser sofisticada pero su vulgaridad la delata con frecuencia... Pretende siempre lo que no es, aunque se empeña en demostrar lo contrario.

Sally es un bombón para cualquier actriz y Liza Minnelli lo saboreó con deleite en 1972. El personaje, surgido de una novela corta en 1939 y que se fue puliendo en sucesivas adaptaciones teatrales desde 1951, llegó a la gran pantalla enriquecido con todas las aportaciones anteriores y con una revisión modernizada a cargo de Bob Fosse y de la guionista Jay Presson Allen. La película "Cabaret" convirtió a Sally en un icono más de los años 70, sobre todo con ese inolvidable y sorprendente estilismo que ha sido imitado continuamente desde entonces: pantalones negros y muy cortos, una chaqueta escotada del mismo color, medias y bombín. Un vestuario mítico.
Fosse rompió con muchas normas clásicas del musical. Su personal estilo coreográfico era provocativo, sensual y burlesco, con muchas influencias del jazz y del cabaret y muy pocas del Hollywood dorado. Los temas musicales se insertan con un motivo argumental. Tienen sentido por sí mismos. Y quizá sea rizar el rizo, pero incluso la primera aparición de Liza Minnelli en pantalla es muy poco convencional, para tratarse de la protagonista. Cuando el irreal y mágico maestro de ceremonias (Joel Grey) presenta a todos los personajes del cabaret, la cámara apenas se detiene en ella, es una más.
A Sally la conocemos cuando Brian Roberts (Michael York), un joven estudiante que llega a Berlín para completar su doctorado universitario de Lengua, llama al timbre de una pensión. "¿Tienes un cigarrillo? No puedo más", le suelta tras una breve presentación en alemán. (Quizá sea un sacrilegio para algunos decir esto, pero la versión doblada me parece que, si bien oculta muchas referencias sexuales de la versión original, sí ofrece matices más precisos del personaje, mérito de la soberbia actriz de doblaje María del Puy. Esta simple frase, por ejemplo, es mucho más rica en castellano: "¿Tienes un cigarrillo, encanto? Estoy desesperada").
En su primer encuentro con Brian, la personalidad de Sally se desborda de manera arrebatadora en apenas unos minutos. Es abierta, divertida, cariñosa, descarada, generosa, impulsiva... un torbellino que contrasta con la prudencia y timidez del joven estudiante. Cuando éste descubre enseguida que es norteamericana, ella bromea: "¡Qué deprimente! Quería parecer una misteriosa espía internacional. He estado ensayando meses como una loca".
Sally está muy lejos de ser misteriosa o enigmática. Es un libro abierto para todos sus amigos y dice lo que piensa en cada momento. Sólo en el cabaret representa lo que aspira ser. En su primer número (el mítico, excepcional e imitadísimo "Mein herr"), Sally interpreta a una mujer independiente, que no quiere ningún compromiso, una vagabunda que va por su camino libremente y que necesita aire.  
Cuando termina la actuación, vuelve a ser la chica apasionada, espontánea y frenética de siempre. Habla sin parar, intenta ser sofisticada y escandalosa, interrumpe en cualquier momento y actúa según su capricho o su instinto. Durante un tranquilo paseo por la ciudad, y mientras atiende a su manera a Brian, Sally escucha el sonido de un tren y se lanza a correr; se mete debajo de un túnel y lanza un grito prolongado y liberador, como si fuera un orgasmo.

Sally le enseña a Brian cómo liberarse, gritando debajo de un túnel.

Es Sally quien lleva siempre la iniciativa, la que intenta seducir a un Brian muy ambiguo en cuestiones de sexo. Cuando ella se lanza a por él en la habitación, se muestra seductora a su manera, pero no consigue vencer su resistencia y directamente le pregunta si le gustan las mujeres; a él le resulta complicado responder, pero a veces es mejor ser directo que irse por las ramas. "¿Ves como estas cosas hay que tratarlas abiertamente? Brian, tú eres mi mejor amigo. Hoy en día es más difícil encontrar un amigo que un amante. El sexo siempre arruina la amistad. ¡No lo permitiremos!", exclama feliz.
Brian se convierte en alguien muy especial para ella. Incluso cuando tiene un día malo, es comprensiva con él y puede cambiar súbitamente su humor. En la escena en que él da lecciones de inglés a Fritz Wendel (Fritz Wepper) y espera la llegada de la rica heredera Natalia Landauer (Marisa Berenson), Sally entra sin llamar a la habitación, quiere un trago y le importa poco quién esté. Finalmente cederá, pero decide quedarse en la habitación por simple curiosidad.
Liza Minnelli está especialmente inspirada en esta escena. Actúa sobre todo con los ojos: cuando observa las atenciones a la distinguida nueva alumna, cuando escucha la descripción literal de un resfriado o cuando se queda perpleja ante el burdo sentido del humor de Fritz. En el momento en que decide hablar (para explicar que las personas se pueden contagiar mediante el acto sexual, las consecuencias son temibles.

- Brian, ¿cómo se dice en alemán?

- No me acuerdo.
- Ah, sí: Bumsen. (Natalia se queda paralizada)
- Tenía que ser la única palabra alemana que conocieras.
- Claro, como que me he pasado la tarde "bumseando" con un productor carcamal que ha prometido contratarme.


Sally puede vivir en un mundo de fantasía, pero no sabe fingir. Cuando se hacen amigos de Natalia, a ella le importa bien poco guardar las formas delante de la elegante y refinada chica judía. Y cuando Natalia le revela que Fritz se ha abalanzado sobre ella en el sofá de su padre, la afligida chica quiere saber si eso es amor o debilidad carnal: "En realidad, qué importa, si se divierte", le suelta la sorprendida Sally.

Liza y Joel Grey, en el prodigioso número "Money, money".

Hay que quererla como es. Por ejemplo, ilusionada, feliz e infantil cuando se prepara para reunirse con su ocupado padre. O hundida, sensible y desolada cuando regresa sin conseguir verlo, una vez más. La transición entre ese estado de ánimo y el amor que nace entre Sally y Brian cuando éste la consuela es bellísima, aderezada con la canción "Maybe this time".
La intromisión de Maximilian von Heune (Helmut Griem) provoca los celos de Brian, que se siente desplazado y herido ante la fascinación de Sally por ese barón elegante y multimillonario que se ha colado en sus vidas y en su habitación, con caro champán francés, caviar, abrigos de piel, medias de seda y pitillera de lujo. Max manipula a la pareja a su antojo: a Sally porque es fácil de manejar cuando se trata de lujo y atenciones; a Brian, porque, aunque percibe cierta inmoralidad en las intenciones, es tan bisexual como Max: la escena en que los tres se abrazan bailando resulta excepcional: Sally no se entera de nada, pero ellos dos saben perfectamente qué está pasando en el momento en que cesa la música y siguen juntos.
En realidad, Sally Bowles es ajena a muchas situaciones que están ocurriendo a su alrededor. Mientras Natalia, Fritz (que ha ocultado su condición de judío), Brian y Max son conscientes del auge del nazismo en Berlín y del riesgo que supone, ella no tiene ni idea de lo que le están hablando. Tampoco se entera de que la historia con el barón millonario se ha terminado: sigue soñando con manejarle a su antojo y convertirse en una rica baronesa.
- ¡Por amor de Dios, Sally, ya basta! ¿Cuándo vas a dejar de engañarte a ti misma? ¡Manejar a Max! Te has portado como una mujer fatal ridícula. Y tú tienes tanto de fatal como un caramelo de menta.
La decisión más trascendental en su vida llega cuando se entera de que está embarazada. No sabe quién es el padre, pero quiere abortar. Brian le propone el matrimonio y durante un tiempo ambos son felices con la idea. "Por ti y por el niño", brindan, convencidos de que van a ser padres y tienen ante sí una vida en común.

Max, Brian y Sally, en la escena del baile a tres.

Pero Sally cambia de opinión y decide abortar. Es un acto de generosidad hacia él. Se da cuenta de que va a hacerle infeliz, de que su vida es demasiado descontrolada como para atarse al matrimonio. Está cansada, destrozada físicamente, y su estado de ánimo está por los suelos, pero finge frivolidad y despreocupación cuando él descubre la verdad.  
- Te has librado de él, ¿por qué?
- Uno de mis caprichos.
No ha sido, por supuesto, un capricho, pero es la forma más directa para acabar con una relación que acabaría fatal. Brian se marcha de Berlín y ella se aleja por el andén. De espaldas se despide de él agitando una mano, consciente de que la está observando. Consciente también de que no la olvidará jamás.
A veces he pensado cómo sería el futuro de Sally Bowles tras la película. Es posible que con el tiempo terminara sentando la cabeza, aunque me inquieta pensar que pudo acabar como fräulein Kost o fräulein Schneider, una vieja prostituta olvidada en una pensión. Quiero creer, más bien, que se convirtió en una espía internacional en la Segunda Guerra Mundial, viajando por Tombuctú, Singapur y Lisboa, de fiesta en fiesta, bebiendo y seduciendo a nazis para obtener secretos de Estado y enseñando sus uñas pintadas de verde: "Sofisticadas, ¿no?".
    
La película
- "Cabaret" es la adaptación de la obra teatral del mismo título, de John Kander y Fred Ebb, que se estrenó en Broadway en 1966. Este musical se inspiró a su vez en otra obra escénica, "I am a camera" (1951), de John Van Druten, con Julie Harris en el papel de Sally Bowles. Y, a su vez, esta pieza se basó en una novela corta de Christopher Isherwood, "Adiós a Berlín", escrita en 1939.
- Isherwood visitó a comienzos de los años 30 Berlín, una ciudad en la que existía mucha libertad sexual, justo antes de la irrupción del nazismo. En 1931 conoció a una tal Jean Ross, quien le sirvió de inspiración para su personaje de Sally Bowles. 
- "Cabaret" fue la gran triunfadora en la gala de los Oscar de 1972, aunque el premio a la mejor película se lo llevó "El Padrino", que también obtuvo dos estatuillas más, para Marlon Brando y para el mejor guión adaptado. Fue mala suerte que ambos filmes, dos obras maestras perdurables en el tiempo, compitieran en la misma edición. Las dos películas coincidieron en resucitar, con innovadoras aportaciones narrativas y de estilo, dos géneros cinematográficos que estaban en declive en esa época: el musical y el de cine de gángsters, en este caso con protagonismo absoluto de la Mafia italiana. 
- Liza Minnelli era la principal favorita como mejor actriz y superó a Diana Ross, Maggie Smith, Cicely Tyson y Liv Ullmann. Sus padres, Judy Garland y el director Vincente Minnelli, también lograron premios de la Academia, lo que constituye un hito (familiar) en la historia de los Oscar.

Liza, con su Oscar.
- Julie Andrews era la primera opción de Bob Fosse para el papel de Sally Bowles, pero finalmente lo rechazó. Pese a ello, el director se quedó encantado (al igual que el público) con la actuación de Liza.
- Cy Feuer, productor de la película, cuenta que cuando le propusieron a Liza Minnelli el papel, ésta les tranquilizó diciendo: "No os preocupéis, voy a estar genial". El mismo productor le advirtió seriamente a Bob Fosse que no se le ocurriera prescindir del genial Joel Grey para el papel de maestro de ceremonias que había desempeñado en el teatro: "Si perdemos a Joel, te perdemos a ti también".
- La contratación de Michael York para el papel de Brian parece una leyenda. El actor supo que alguien estaba buscando a un actor inglés "que se pareciera a Michael York" y le dijo a su agente que le concertara una cita con el productor, porque si alguien podía hacer de Michael York, era precisamente él.
- La actriz Judy Dench interpretó a Sally Bowles en la obra teatral de Broadway. Dench, que ha sido y es una de las más grandes figuras del teatro británico, se hizo célebre a partir de 1995 por su personaje de M en la saga de James Bond, además de otras grandes películas.
- La película de Bob Fosse revitalizó el cine musical y abrió un camino más fascinante para futuras obras, teatrales y cinematográficas, como "Chicago" (2004) o "Nine" (2009), que son herederas directas de "Cabaret".

miércoles, 1 de diciembre de 2010

François Pignon

(Jacques Villeret, La cena de los idiotas)

François Pignon, en plena acción.

“La cena de los idiotas” (“Le diner de cons”) es ya un clásico de la comedia teatral, pese a que surgió en 1996, poco antes de su adaptación al cine. La obra de Francis Veber (su creador absoluto) es tan universal que puede estar representándose hoy mismo en cualquier escenario del mundo; los diálogos ya garantizan de por sí la mitad del éxito, y si los directores tienen la fortuna de encontrar a un François Pignon adecuado, entonces las risas y los aplausos estarán asegurados.
Jacques Villeret fue el Pignon original, el de la escena y la pantalla, el que aportó los gestos, la mirada, los tonos de voz y el toque inconfundible, el que modeló al personaje para que la obra se convirtiera en el paradigma de comedia moderna, divertida, desternillante.
La película, realizada en 1998, constituyó un éxito rotundo de crítica y público, una feliz coincidencia que sólo obras tan audaces e innovadoras como “La vida de Brian” (1979, Terry Jones) o “La extraña pareja” (1968, Gene Saks), entre otras, habían alcanzado antes. Además del guión, el milagro de esta película francesa es un personaje de una bondad abrumadora y de una estupidez sin límites. Pignon nos cautiva porque es como un libro abierto, no tiene malicia ni prejuicios. Es un idiota maravilloso.
En su primera escena, cuando sube a bordo del TGV, una lámina de la Torre Eiffel que ha construido en miniatura con miles de cerillas se le cae del maletín y él aprovecha la circunstancia para mostrársela disimuladamente, con orgullo infantil, al pasajero de al lado, un tal Cordier. Casualmente, éste es amigo del editor Pierre Brochant (Thierry Lhermitte), un triunfador social, egoísta y soberbio, que se divierte participando con sus amigos en un juego un tanto cruel: todos los miércoles tienen que invitar a cenar a idiotas para burlarse de ellos.

- Pierre, ¡lo tengo!
- Dime, ¿cómo es?
- Un campeón del mundo.
Hay idiotas entrañables como Pignon, eruditos como Tanner (el chiflado de los boomerangs) o cretinos como Lucien Cheval (Daniel Prévost), un duro inspector de Hacienda y compañero del protagonista. Pero la película nos enseña que el límite es incierto y que cualquiera puede caer en la memez si se descuida. Como Pierre Brochant, por ejemplo, que será víctima de su propio juego. Cuando François llega a su casa para ir juntos a la cena, Pierre está en el sofá, aquejado de lumbalgia, y no puede valerse por sí mismo. A lo largo de la película permitirá que las llamadas telefónicas, todas de gran importancia para el propósito de reconciliarse con su esposa, caigan en manos de su singular invitado.

Pignon, herido en su orgullo, pero dispuesto a quedarse.

A Pierre sólo le interesa Pignon para presentarlo en la cena como el campeón indiscutible del juego. Le adula para burlarse aún más de él, le engaña con la propuesta de editar en un libro sus láminas de maquetas de cerillas y hasta elogia su infantil contestador automático. Sólo le importa presumir de haber encontrado al mejor idiota del mundo. Cuando François le cuenta que su mujer le abandonó por un zoquete, pone gran interés: podría servirle para otra futura cena.

- ¿Más zoquete que...? Desde luego, usted es inteligente, pero ¿comparado con usted?
- Oiga, no me gusta ser grosero, pero en su caso la palabra es idiota.


La sinceridad de Pignon resulta conmovedora frente a la hipocresía de su anfitrión. Está realmente apenado por su estado físico y no le importa abrirle su corazón, contarle que su esposa le abandonó o revelarle que su interés por invitarle a cenar y editar un libro sobre sus maquetas le ha cambiado por completo la vida.
La idiotez de François Pignon se basa en unas características esenciales:
a) Es corto de mente: no entiende, por ejemplo, que una persona pueda llamarse de nombre Juste (Solo, en versión doblada).
b) Es espontáneo: suelta las cosas como le vienen a la cabeza (a la amante de Pierre la tilda de loca y de ninfómana en su presencia).
c) Es torpe físicamente: intenta ayudar a Pierre, pero acaba aplastándolo y agravando su estado.
d) Mete la pata sin descanso: a la esposa de su anfitrión la trata como si fuera su amante y viceversa.
e) Se despista con facilidad: a Juste Leblanc (Francis Huster) le llama para saber si la esposa de Pierre está con él, pero acaba celebrando que le ha comprado los derechos de su novela.
d) Le divierte la simpleza: se ríe con las situaciones más elementales, ya sea una confusión de nombres o un chiste malo.
e) Es plomizo: Pierre le echa de casa varias veces, pero él nunca se va. Es capaz de hablar de sus maquetas hechas con cerillas durante horas.
f) Es como un niño: no tiene malicia, es curioso, tierno y disfruta cuando recurren a él continuamente para que llame por teléfono, como si fuera un juego.

 François Pignon tampoco es rencoroso. Le duele que Pierre cambie súbitamente de humor, que se indigne y que le eche de su casa (lo hará varias veces), pero más tristeza le produce la llamada de Christine (Alexandra Vandernoot), esposa de Brochant, que anuncia en el contestador automático su decisión de abandonarle.
El grave error de Pierre es hacerle caso y permitir que su orondo visitante sea quien le llame. La sucesión de desastres empieza ahí: Pignon se equivoca de teléfono y le cuenta todo lo que está ocurriendo a Marléne Sasseur (Catherine Frot), la amante, convencido de que se trata de la hermana de su anfitrión (confunde el apellido Sasseur con soeur, hermana en francés). Cuando trata de arreglarlo aún meterá la pata hasta el fondo, pero Pignon siempre se queda en ese apartamento, por muy indignado e insultante que se muestre Pierre.
La divertidísima escena de la llamada a Leblanc (amigo de Pierre y antiguo novio de Christine) es soberbia; en apenas cinco minutos el actor Jacques Villeret nos ofrece la esencia pura del personaje. Para empezar, Brochant quiere asegurarse muy bien de que su invitado ha entendido cuál es el propósito de la llamada, averiguar si Leblanc está con su esposa:

- Señor Pignon, ¿si le digo exactamente lo que tiene que decirle, cree que podrá hacerlo?
- En algunos momentos tengo la impresión de que me toma por un idiota. ¡Pues claro que puedo hacerlo!

Pierre le pide que se haga pasar por un productor de cine belga que quiere comprarle los derechos de una novela suya. Pignon no entiende nada, se pregunta para qué quiere comprar los derechos si la novela es mala, y se queda extrañadísimo de que se llama Juste Leblanc (Solo Leblanc en castellano).
- Tenga, ya suena.
- ¿Hago acento belga?
- ¡No!

Brochant, aterrado ante la actuación de Pignon.

Pero es inútil, Pignon tiene ideas propias y decide poner un exagerado acento belga. Tras una elaborada interpretación, cuelga sin saber si la esposa está con él… pero ha conseguir comprar los derechos de la novela. “¡Los derechos son nuestros!”, canturrea feliz ante el pasmo de Brochant. Cuando vuelve a llamar a Leblanc, éste le pide que le dé su teléfono… Y Pignon, por supuesto, le da el número de Pierre, que no puede dar crédito a lo que está pasando.

- ¿Usted nunca descansa, verdad?

- Disculpe, pero me he perdido.
- Un gran campeón, puede que sea el campeón mundial...


François Pignon no descansa, desde luego, Llega la esposa, posiblemente dispuesta a escuchar a su marido, pero él la confunde con la amante y decide actuar por su cuenta, con la psicología que él considera adecuada en estos casos. Le miente para quitársela de encima a Pierre, y la frase que le suelta no tiene desperdicio: “Me gustaría darle un consejo de amigo, Marlène. Paciencia, compórtese como la mujer sensual y divertida que debe ser. Sea toda ‘ligueros y champán’, siga viéndole tres o cuatro veces por semana, como antes. Distráigale y espere su turno”.
Cuando llega al apartamento la verdadera Marlène, la situación es grotesca, pero él aún la empeora todavía más al justificarse: “Creí que era la otra, la ninfómana”, explica delante de ella. Leblanc, que ha decidido acudir a casa de su amigo, no puede evitar partirse de risa continuamente ante el tremendo desaguisado que ha montado ese hombrecillo en poco rato.

Leblanc y Brochant, asombrados.

Pero, por muy mal que esté la situación para Pierre Brochant, el idiota siempre está ahí, dispuesto a enredar más la situación. Cuando los dos amigos sospechan que Christine ha podido caer en brazos de una especie de obseso sexual (Pascal Meneaux), Pignon se hace el interesante: su amigo Lucien Cheval sabe dónde vive ese tipo. El problema es que Cheval es un sagaz inspector de Hacienda y el piso de Pierre es una lujosa mansión. Aunque ocultan deprisa todos los objetos de valor y las obras de arte, será Pignon quien conducirá a Cheval por equivocación hasta la habitación donde los han dejado amontonados.

- El idiota se va pero antes quiere una respuesta: ¿Me invitó a una cena de idiotas, señor Brochant?

- Sólo puedo decirle que en una sola noche se ha vengado por todos los idiotas invitados a todas las cenas de idiotas a lo largo de todos los tiempos.

François se entera por fin de las verdaderas intenciones de Brochant al invitarle. Se siente humillado y frustrado, pero decide actuar con absoluta generosidad: Pierre se acaba de enterar de que su mujer ha tenido un accidente y se encuentra en un hospital; cuando ve que su anfitrión está mezclando pastillas con alcohol, tiene un arranque de lucidez, vuelve a coger el teléfono, se hace pasar por doctor y habla con la esposa para aclararlo todo definitivamente. La conversación es tan sincera y sentida que Christine le cree y Pierre se queda admirado. “Estoy preocupado por él, porque sé que las personas pueden morirse de amor”.

Estamos ante una comedia, no ante un drama romántico, y el desenlace no puede defraudar. Pignon aún se reserva un último toque. Es un bonachón, un tipo maravilloso, sincero y entrañable. Pero no nos engañemos, es un idiota. Adorable, pero idiota al fin.

Villeret, con su Cesar.
La película
- Francis Veber dirigió y escribió este film tras comprobar el tremendo éxito que la obra teatral había logrado apenas dos años atrás. La idea se le ocurrió cuando se enteró de que gente adinerada y sin muchos escrúpulos organizaba este tipo de cenas para divertirse.
- François Pignon es el nombre fetiche que Veber utiliza para muchos de sus personajes protagonistas. Lo han interpretado los actores Patrick Timsit, Gad Elmaleh, Daniel Auteuil, Pierre Richard y Jacques Brel en diferentes películas y caracterizaciones, no necesariamente de idiota. Su antecedente en otras películas escritas o dirigidas por Veber era “François Perrin”.
- Además de las numerosas adaptaciones teatrales de la obra en todo el mundo, en 2010 se estrenó un remake al estilo Hollywood, dirigido por Jay Roach. Steve Carell interpretó el papel de Pignon, pero con el nombre de Barry.
- En el año 2001, los directores Thibault Carterot y Nicolas De La Mothe realizaron un documental titulado “La saga Pignon”, un recorrido por la historia de este peculiar personaje. Participaron, además de Veber, los actores principales de “La cena de los idiotas”, además de otros grandes intérpretes del cine francés.

- Jacques Villeret recibió el Cesar (equivalente francés del Premio Oscar) al mejor actor en 1998 por su interpretación en esta película, que está entre las más taquilleras francesas de todos los tiempos.